Las nueve musas
Alexandre Alekhine

La obstinación de Alekhine

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Quienes creen que el alma es inmortal cuentan que el 24 de marzo de 1946 una de esas almas, muy singular por cierto, partió de la portuguesa ciudad de Estoril en viaje hacia arriba, pero en el camino se le cruzó Caissa:

—¿Adónde vas? —le reprochó la diosa.

—¿Y a dónde voy a ir sino al Cielo? Bautizado de bebé por la Madre Iglesia Ortodoxa, tengo derecho, ¿no?

Caissa le aclaró que ya no era así, al menos no para los grandes personajes. Zeus y sus hermanos hacía rato habían acantonado a las musas por las cercanías de la Tierra. Desde allí, estas chicas desviaban hacia el Olimpo a cuanta alma eximia en las artes quedara libre de vestidura carnal.

Así que, basta de mofarse de nosotros, los antiguos dioses. Basta de humillarnos con el calificativo de paganos. Basta de andar dudando de nuestra mismísima existencia.

Era hora de revanchas. Pero…

—A mí no me dejan entrar al Olimpo —continuó Caissa, bastante amoscada— porque Atenea no quiere aceptar mi desafío a una sola partida de ajedrez. Y como ella es la hija predilecta de Zeus, el mandamás. ¿Me explico, no?

—Claro, mujer, para quitarte del medio, te exiliaron aquí entre las musas. No deja de ser una buena estrategia, reconócelo —dijo Alekhine.

—Sí, búrlate, búrlate. Pero me queda el orgullo de reclutar a mis grandes protegidos.

—O sea que los recomendados podemos entrar a los dominios de Zeus, pero no nuestra madrina. Paradójico, ¿no?

Y después de estas palabras, Alekhine se presentó en el Olimpo, salvoconducto mediante firmado por la ingeniosa Caissa.

 

El Portero Olímpico era novato en el cargo y, como todo iniciado, riguroso en sus deberes:

—¿Cómo dices que te llamas y qué dices de tu profesión?

—Alexandre Alekhine, campeón mundial de ajedrez.

—Bueno, excampeón, ya no estás en el mundo —contestó el otro con sonrisa desdeñosa.

—¡Campeón, nadie me ha ganado el título! Bueno, una vez pasó, pero lo recuperé enseguida, casi enseguida. No voy a contarte pormenores que poco interesan por acá.

—Interesan, interesan, si no no estarías en mi presencia. Andarías quién sabe por dónde. Pero en fin, vayamos al punto clave: ¡No puedes entrar!

Alekhine protestó, alegó que su noble cuna y su condición de campeón le daban más que lustre al Olimpo. Ja, dejándolo de lado un sistema teológico en completa decadencia, faltaba más, agregó desafiante.

—Buah, veamos… Alekhine, Alexander… ambas con A —el Portero no tuvo que hojear demasiado el gran libraco tirado sobre su escritorio—. Ajá, sí, aquí estás. Efectivamente, campeón mundial, aún no te ha salido reemplazante. Tenías razón en ese asuntito. Sin embargo, hay algunas acotaciones al margen hechas por Hermes que no te dejan bien parado: Te informa como misógino, antipático y amigo de nazis.

—Escúchame, ¿para qué mienten? Todo eso está de más, deberías borrarlo. Misógino, bueno, un poco quizá, pero el resto nada que ver. Incluso, haber sido misógino dudo que sea impedimento para entrar al Olimpo…

—¿Qué no? Acá respetamos mucho la opinión de las féminas. Si lees la Odisea, la Ilíada, te darás cuenta de lo que digo. Hera, Atenea, Artemisa, Afrodita… tienen mucho peso, créeme. Por estos barrios nunca tuvimos necesidad de liberación femenina. No confundas lo que pensaban los griegos con lo que pensaban sus dioses.

—…y en cuanto a lo de antipático —continuó Alekhine, como si no lo oyera— ¿qué?, nunca supe que estuviera prohibido por decálogo alguno.

—Mira, acá no nos manejamos con decálogos éticos. Te estás confundiendo de religión. La simpatía es una virtud que Zeus aprecia por sobre toda otra cosa. Fundamental para la buena convivencia de tantos dioses, semidioses y héroes. Sin simpatía, los egos se tornan insufribles con el tiempo. Como persona inteligente, entenderás de lo que hablo.

—No tengo por qué entender nada. Y en cuanto a lo último, es una descarada calumnia. Nunca fui nazi ni amigo de nazis. Jugué algunos torneos organizados por ellos, es cierto. Los hicieron para su propaganda. Los usé y fui usado, historia antigua. Ya pasó. Había que sobrevivir por aquellos días. Eso fue todo.

—Escucha. Aun cuando obviemos ese problemita, queda en pie lo de misógino y antipático. No, no puedes pasar del vestíbulo. Tendrás que irte. Lo lamento.

—Olvidas un detalle —insistió Alekhine, ya muy irritado—. Soy abogado, doctor en leyes. Los voy a demandar, si no me dan cobijo.

Esto sí impresionó al Portero. Zeus había establecido que no quería gente conflictiva, pero tampoco conflictos con los recién llegados. Menos con leguleyos.

¿Qué hacer?, se dijo el Portero. Este está decidido a entrar pese a que sus antecedentes lo condenen. Me van a echar de la Portería si le dejo asomar un pie.

Fue ahí cuando se le ocurrió…

—Escucha, Alexander, ¿ves la cortina del fondo del vestíbulo? Sí, esa de tela pesada. Mira entre los dos paños que la forman. Quizás descubras cosas que no te gusten. No todo el Olimpo es tan divertido como piensas.

 

Alekhine espió tal como le sugirió el otro y se quedó pasmado: José Raúl Capablanca estaba dando una sesión de simultáneas para todos los dioses olímpicos. No faltaba ninguno, incluso Atenea se mantenía sentada, sumisa, conduciendo insegura sus piezas negras. El mismísimo Zeus miraba su posición, preocupadísimo.

—Llegó hace cuatro años, desde entonces no ha perdido ninguna partida. Solo Zeus pudo arañarle un par de tablas recurriendo a artes non santas. Le pidió a Afrodita que lo distrajera, ojitos mediante; consejo de Odiseo, ¿sabes…?

—Eso es trampa —dijo Alekhine, contundente—. El reglamento dice que…

—…aun así, tiene escore favorable con todos los dioses. ¿Todavía quieres entrar, estimado Alexander? Si lo haces, no podrás eludir la revancha que le debes desde 1927, de aquel famoso match de Buenos Aires.

—No tengo obligación. Seguro que Capablanca no reunió los diez mil dólares que exijo.

—Ah, no, eso caducó. Acá no nos manejamos con dólares, no es de categoría. Solo el barquero Caronte, allá lejos, por el Aqueronte o la Estigia (no sé bien, nunca me di una vuelta por ahí), sigue amasando fortuna de a óbolos por viaje. Ni Zeus sabe para qué le sirven tantas monedas.

—¿Cómo que no usan dólares por acá? —se escandalizó Alekhine.

—Es que no tenemos transacciones ni bancos. Nada de eso hace falta. Ya ves, no te sería argumento para rechazar el desafío que, seguro, José Raúl te hará en cuanto pases la cortina.

Fue así que Alexandre Alekhine, o su alma, mejor dicho, abandonó el Olimpo. Tomó un caminito que conducía hacia abajo, cada vez más, más, más abajo.

Dicen que al rato de andar, se quejaba de unos triples ladridos.

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Tiene por trasfondo que Alexandre Alekhine evitó darle la revancha por el campeonato mundial de ajedrez, desde que se lo ganara en Buenos Aires en 1927, a José Raúl Capablanca, que murió en 1942. En el ambiente ajedrecístico de la época fue un gran escándalo. Capablanca había sido campeón mundial entre 1921 y 1927, era el único ajedrecista que podía arrebatarle el título por su altísimo nivel de juego al ruso-francés.

Ambos se odiaban. Por esos años, Alekhine aceptó desafíos por el título mundial de parte de otros grandes maestros (Euwe, Bogoljubow), pero nunca el reto de Capablanca, exigiendo a este 10.000 dólares como bolsa, dinero que no exigía al resto de los ajedrecistas. Era un pretexto para no jugar el match de revancha con el cubano. En aquel tiempo era una suma altísima. Alekhine murió en Portugal el 23/3/1946, bastante desprestigiado, porque se lo tildaba de nazi, misógino y antisocial. También de manipulador. 

Héctor Zabala

Héctor Zabala

Narrador y ensayista argentino (Villa Ballester, Buenos Aires, 1946).

Dirige la revista literaria Realidades y Ficciones y su suplemento desde 2010.

Fue redactor de la revista literaria Sesam, de la Sociedad de Escritores de General San Martín (2007-2010).

Reside en la ciudad de Buenos Aires.

Ha sido distinguido con varios premios nacionales e internacionales en narrativa corta y fue jurado literario en diversas ocasiones. Ha publicado en 2016 los libros de cuentos “Rollos sacrílegos”, “Unos cuantos cuentos” y “El trotalibros y algunos mitos”. También, en 2016, la obra teatral “Diván en crisis”, en colaboración con Diana Decunto y Alicia Zabala. En 2019 publicó “Pateando tableros, relatos con algo más que ajedrez”. Tiene varios libros pendientes de publicación.

Obras de su autoría han sido publicadas en diversas revistas literarias, como Letralia, Alga, La Bella Varsovia, entre otras.

Es contador público nacional por la Universidad de Buenos Aires (UBA), maestro internacional de ajedrez (IM-ICCF, 1999 y SIM-ICCF, 2001), medalla de plata (ICCF, 2002) y fue el VIII campeón latinoamericano de ajedrez postal (CADAP, 1994).

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