Hay poemas de agua y poemas de tierra. la “Odisea” es un libro de mar y memoria. De mar, porque es continua su presencia, incluso parece que su ritmo moviera el curso de los sucesos. Y es memoria porque, para que vuelva Ulises, es necesario su recuerdo, tanto como que el mismo no se olvide.
El mar, siempre es presente, de modo que la ola golpeando sobre la roca y su espuma, el agua que se desliza sobre la arena, ocurren como la primera vez. No ocurre así en la tierra, que tiende al monumento y su ruina.
La memoria y el mar tienen un mismo ritmo, siempre se mueven sin que lleguemos a descubrir su sentido.
La “Odisea” transcurre en un mundo que aún no ha enmudecido, y su voz es la voz del mar. Recordemos que Salinas le llamó “El contemplado”.
Contaré algo que me ha ocurrido y que parece una fábula. A veces, esa experiencia que nos ha pasado responde a preguntas que parecían dormidas. Debo empezar diciendo que nací a la orilla del mar, insisto del mar, no del verano. Recuerdo que vivía en un caserón de vecinos y que, en el zaguán, al pie de la escalera, nos reuníamos a contar historias, o jugábamos a la pelota. A menudo, la humedad de la boria impregnaba la barandilla de la escalera, hasta el punto que rezumaba agua, por lo que sólo en contadas ocasiones podíamos deslizarnos por ella, camino de la escuela.
Hace unos años volví a mi pueblo con el propósito de visitar aquella casa. La calle, el aspecto de las viviendas apenas había cambiado, estaban más viejas, sin embargo, no era posible entrar. Lo que en otro tiempo había sido puerta, aparecía convertido en una tienda, ya nunca más podría subir por los mismos escalones. La barandilla, la luz de la ventana, el rellano que conducía a mi casa, habían desaparecido. No la visité.
La puerta del pasado está cerrada. ¿Es posible el viaje de regreso? Este es el argumento de la obra. Cuando leía en Machado: “Caminante, no hay camino, sino estelas en la mar…, siempre había creído que se refería al viaje de ida, ahora sé que es el recuerdo lo que trata, no podemos volver y, sin embargo, pasamos la vida intentándolo, enumerando las peripecias en las que perdemos el camino.
Si tuviésemos que definir la vida, podríamos decir que la mitad la invertimos en el camino hacia Troya, la otra mitad en desandar ese camino. No hay puerta, y, por supuesto, al viajero, que pretenda regresar, nunca podrá hacerlo sobre sus huellas.
Vivimos en el espacio, pero morimos en el tiempo, dice Emilio Lledó. Ocurre que, aunque el espacio sea el mismo, y pueda ser reconocido, sin embargo, el tiempo, discontinuo por naturaleza, dificulta, cuando no impide, la celebración del encuentro.
Entre tanto, durante el trayecto, asistimos a la exploración del mundo. Ulises antepone el deseo de conocer al temor a lo desconocido. Nace con él la curiosidad, estamos ante el primer hombre moderno. Recordemos a Juan Ramón: “Viajar es un remedio posible para la fe. La duda no hay para qué curarla, no es una enfermedad”.
Para los héroes que combatieron en Troya, la guerra ya es un recuerdo compartido, sólo Ulises no descansa. Nadie ofrece noticias, vaga entre los vivos y los muertos, semejante a la ola que incansable vuelve sobre la misma playa. Ulises no goza de la gloria, porque no ha alcanzado su final, vive aún la ambigüedad de los vivos.
¿Cómo rescatar del olvido lo que todavía no es memoria? No es una paradoja. Sólo los dioses conocen la verdad, pero no pueden intervenir en la historia, pues son los hombres, y no los dioses, los que causan sus propias desgracias.
Cuando durante el festín, el poeta relata lo que ha pedido Ulises y que ha cantado Demódoco, no oímos la letra, sólo por su llanto conocemos la impresión que el canto produce:
“Tales cosas contaba aquel ínclito aedo y Ulises
Consumiase dejando ir el llanto por ambas mejillas.”
Ocurre que al oír Ulises su propia historia, siente que se remueven sus entrañas, porque el que vuelve es el hombre entero, esto es, tanto el que partió hace veinte años, como el que ahora regresa.
No es extraño que, cuando comienza el siglo veinte, la vida urbana y el fluir de la conciencia se llaman “Ulises”. Y que, hoy naveguemos sobre las simas de internet y sus redes.
La tragedia del héroe reside en el tiempo, imaginemos a Cervantes justo cuando vuelve a España en la galera Sol, ufano con sus títulos, seguro de alcanzar un puesto, pero el azar interrumpe el proceso, apresado por los piratas, su llegada sucederá cinco años después.
Y es que el tiempo son los otros, y de estos otros solo Penélope y Telémaco aguardan su regreso, los pretendientes exigen una decisión, está en juego el poder del rey.
Ulises vuelve solo. Creo que ésta es una característica fundamental, y no tanto por héroe, sino por hombre, ya que es su conciencia la que ha emprendido la vuelta. Por otra parte, como todo viaje se hace para vencer la ignorancia, sin duda que la soledad enfatiza este carácter.
Pero, ¿cómo volver?, ¿cómo encontrar el instante preciso donde, el tiempo vencido, se tiende mansamente sobre el espacio? He aquí lo que ha de hacer:
Un mito no es un sistema, el sistema tiene puertas, el mito no. El mar y la memoria son azar, sobre el azar navegamos, pero el que navega sabe que ha de tener un objetivo, de ahí que el viaje sea comparable al proceso de creación, de ahí que la inspiración debe llegarnos mientras trabajamos.
Si se acepta lo anterior, diremos que, en la vuelta importa, ante todo que el autor sepa que entra en un mundo desconocido, por eso el viajero figura como dormido, de tal modo que, cuando despierte, estará desorientado, aunque un dios o un recuerdo le hagan reconocer los parajes, será preciso que camine oculto, no puede ni debe ser reconocido, ni aun por los suyos. Es necesario que simule hablar como otro, hasta el punto que parezca otro, quizá más viejo, quizá más libre que, por otra parte, se apiada de las historias que le cuentan sobre sí mismo.
Y así, como un mendigo, extranjero en su propia tierra, comienza el rito del reconocimiento. Después sucederán las pruebas, pero éstas no son más que una confirmación social, pase lo que pase, quien llega será el desconocido, porque vuelve del olvido.
Deducimos que la realidad no puede ser trasladada tal cual es al arte, se precisa un artificio, como consecuencia, Ulises, el rico en ingenio, no afronta directamente los hechos, sino que astutamente les pone cerco, se distancia, enfría su pasión, hasta que, finalmente, todo aparece presidido por la razón.
La épica refleja el carácter de un pueblo, ¿en qué medida en este libro está la Grecia que conocemos? Será el viaje como expresión de libertad, resultado de elegir, un viaje donde no existe ninguna intención comercial, presidido por el conocimiento.
A medida que se amplía la navegación, se gana en conocimiento. La admiración como principio está presente.
Lo que importa es el relato, desnudar de actualidad las anécdotas y disponerlas para que un día puedan ser ideas, modelos que den carácter al mundo.
Grecia es la que triunfa siendo derrotada, la que conquista a su conquistador, de ahí que su héroe sea ahora el que tras largos años regresa, semejante a un desterrado y, como consecuencia podemos decir: se gana lo que se pierde.
Sueña, Ulises, el encuentro con Penélope, la fiel esposa, su recuerdo le exige el regreso, no se trata de una fantasmagoría caballeresca, sino que es la cosa misma que, por ser primera, es sagrada.
Recordemos que por esos años ocurre el éxodo del pueblo judío a través del desierto. El motivo es el mismo, vuelven al origen, han de atravesar un mar de arenas. Ahora es toda una nación la que viaja, y tras más de cuatrocientos años regresan a la tierra prometida, por cierto, ocupada. Sin embargo, pese a ciertas semejanzas, en ese viaje no existe el gusto por desvelar lo desconocido, por el contrario, aumenta el misterio, no descubrimos esa aristocracia de intemperie con que Ulises se enfrenta al mundo. Estamos, sin duda, ante dos realidades.
¿Dónde la épica de España? Dos mil años después, Rodrigo Díaz de Vivar, nuestro Cid, emprende el camino para recuperar a los suyos, y conoce los sufrimientos de esta fuera, vagando en busca de la tierra y el honor. La causa, el castigo, la expulsión, el destierro.
Este exilio funda una larga tradición, se convierte en constante del ser de España. El español es más cuando se reconoce como desposeído, interino, exiliado, con la ausencia aumenta nuestro sentimiento, penetramos en su esencia.
¿Cómo identificarlo hoy? Quizá, un día puede ocurrir que salgamos a la calle y con las primeras luces, cuando la ciudad comienza a poblar de coches y gente las calles, en cualquier jardín, descubramos, como depositados por la marea o restos de un naufragio, a quienes llegan de África, y es seguro que nos recordarán a los compañeros de Ulises que, acosados por los dioses, vagan buscando su destino

















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