Las nueve musas
Augusto Roa Bastos

Mito e historia en «Vigilia del Almirante», de Augusto Roa Bastos

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«Vigilia del Almirante», del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, es una novela protagonizada por Cristóbal Colón. Los recursos empleados en ella dinamitan los puentes que la hubieran unido a la tradicional novela histórica, y la acercan modernamente al mito. En este artículo reflexionaremos sobre el tema.

Vigilia del Almirante
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  1. El viaje de Colón como relato mítico-poético

Quizá solo existan dos formas de aproximarse a los acontecimientos del pasado: la primera sería a través de la evidencia material y empírica que se ha conservado hasta el presente (ruinas, objetos, documentos, etc.); la segunda, a través del relato mítico-poético que, de dichos acontecimientos, llega a nuestro tiempo. En el caso puntual de los viajes de Colón, contamos con sus Diarios, que, sin temor a equivocarnos, podríamos circunscribir a la primera forma, pero también tenemos novelas como Vigilia del Almirante, de Augusto Roa Bastos, que podríamos asociar muy fácilmente a la segunda.

La novela en cuestión fue publicada en 1992, año en que se celebró en todo el universo hispanohablante (aunque no solo en él) los 500 años del Descubrimiento de América, hecho que no parecería ser casual. Roa Bastos ya había asombrado tanto a la crítica como a los lectores con Hijo del hombre, en 1960, y con su monumental Yo el Supremo, en 1974, obras que abordan temas manifiestamente históricos (los crudos años que van desde la revolución de 1912 a la guerra del Chaco, en el caso de una, y el imperecedero Gobierno de José Gaspar Rodríguez de Francia, en el caso de otra), pero mediante procedimientos narrativos sutilísimos en los que el poder del mito oficia como báscula o contrapeso. Vigilia del Almirante está inscrita en esa tradición; sin embargo, da la impresión de querer ir más lejos todavía.

«Éste es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia […]. Es por tanto una obra heterodoxa, ahistórica, acaso anti-histórica, anti-maniquea, lejos de la parodia y del pastiche, del anatema y de la hagiografía»[1], nos advierte Roa Bastos en esa suerte de carta de intenciones que podemos leer a modo de prefacio. La advertencia, desde luego, tiene sus razones, pues si hay algo que observamos enseguida, no bien nos adentramos en las páginas de esta atípica novela, es la voracidad con la que el mito se ha fagocitado a la historia. El resultado de esta operación es una transmutación abrumadora en la cual el tiempo lineal —propio de la historia— es vulnerado por el tiempo circular o recurrente del mito.[2] En esta novela, digámoslo sin rodeos, el futuro está condensado en el pasado, y el pasado es ya parte activa del futuro. «Lo real y lo irreal cambian continuamente de lugar. Por momentos se mezclan y engañan. Nos vuelven seres ficticios que creen que no lo son», explica el mismísimo Colón al inicio de su viaje, que, aquí, en el texto de Roa Bastos, augura ser interminable.

  1. De la condensación o yuxtaposición temporal a las prácticas intertextuales

 Lo más llamativo de Vigilia del Almirante es cómo la condensación o yuxtaposición temporal se exterioriza en muchos de sus párrafos; por ejemplo, en este: «La noche oscura vuelve fosforescentes las velas. En ellas deposito mi confianza. El mar, el mar, siempre recomenzando, dijo un gran poeta de la antigüedad. Espero verlo mañana cubierto por un techo de palomas que hagan honor a mi apellido». El pretendido poeta de la antigüedad no es otro que Paul Valéry, a juzgar por esos versos que tan temerariamente se le imputan, pero el autor del Cementerio marino no es el único que se ha visto sometido a esta carnavalesca ucronía, del mismo modo lo han sido Bartolomé de las Casas, san Juan de la Cruz, el Caballero de la Triste Figura (personaje de Cervantes), Altazor (personaje de Huidobro) e incluso Pedro Páramo (personaje de Juan Rulfo), quien es presentado como un temible inquisidor, uno que quemaba moros, judíos y herejes «en el horno trasmundano de Comala»[3].

Tampoco saberes médicos o científicos se escapan de esta insólita artimaña, como podemos observar en este fragmento, en el cual se le atribuye la propagación del sida a la ilustre Orden del Temple: «Hay también en Oriente la liana, llamada milhombre, de cuyo cocimiento se saca el remedio infalible contra las saetas pallidas de la sífilis, del sida, ese flagelo virídeo traído por los Templarios»[4].

Un desconcierto similar nos embarga cuando, en un diálogo, cuyo tema no es otro que la historia del ajedrez, se le adjudica a Antonio Nebrija palabras de Ferdinand de Saussure. El desconcierto se vuelve conciencia de un acierto una vez que nos percatamos del truco intertextual, que aquí no es para nada caprichoso (Nebrija era un gramático; Saussure era un lingüista: el discurso de uno encaja perfectamente en el del otro).

Hablamos de truco intertextual, un tipo de truco que le permite decir al protagonista, parafraseando a un César Vallejo aún inexistente: «Moriré en 1507 (1 + 5 + 7 = 13), en Valladolid con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo». Sí, hablamos de truco intertextual, un tipo de truco que le autoriza a decir al narrador que a veces interviene, en sintonía con el conocidísimo comienzo del Quijote[5], lo siguiente: «En un lugar de la Liguria de cuyo nombre no quiere acordarse, nació hará una cuarentena este hombre de complexión recia, crecida estatura, seco de carnes, cara alargada y enjuta, frente espaciosa con una hinchada vena en la sien derecha»[6].

La intertextualidad, como advertimos, se asoma en estas páginas, ya no como fundamento literario, sino como inevitable consecuencia de la operación mítico-poética a la que se ve subordinado el relato. Lo que nos obliga a preguntarnos hasta qué punto el intertexto no es un reflejo de la condensación o yuxtaposición temporal a la cual nos referíamos. En cualquier caso, Colón, el Almirante, gracias a la inspiración fabuladora del maestro Roa Bastos, justifica el procedimiento de esta forma: «La palabra escrita, la letra, es siempre robada porque nadie puede llegar al vacío que está antes de la palabra última-última-primera, después de la cual todas fueron palabras robadas y todas las que sigan serán palabras robadas hasta la última-última-última que sea escrita en el mundo. Irremediablemente»[7].

  1. Esa ficción llamada historia

Vigilia del Almirante es una novela dividida en cincuenta y tres partes, que funcionan en realidad como capítulos. La mayoría de estos «capítulos» están narrados en primera persona, pues es el propio Colón el que recuerda o refiere los hechos de un pasado incierto que, por momentos, se entremezcla con un futuro constituido por quinientos largos años. Sin embargo, tal como ya lo hemos apuntado, otras voces en tercera se intercalan: la voz de un supuesto narrador y, en menor medida, la de un eventual y nebuloso cronista. La primera voz es la que más nos interesa, no solo porque aparece más frecuentemente, sino porque cuando lo hace aporta un discurso crítico, muy distinto a los autoindulgentes soliloquios en los que se regodea el protagonista de la obra. Sirvan de ejemplo estas líneas: «Tiene el Almirante la apariencia de un condenado a muerte que debe revelar todo lo que sabe o recuerda antes de la ejecución. En el margen de la portadilla ha escrito, acaso hace mucho tiempo, una especie de epígrafe o epigrama: La máxima condensación de un recuerdo es ya casi el porvenir».

Un epígrafe no siempre es un epigrama, pero sí lo es en esta frase: «La máxima condensación de un recuerdo es ya casi el porvenir». La frase, sin duda, funciona como un latigazo y, a la vez, como una revelación. Colón nos expone aquí algo que seguramente ya sabíamos: que el recuerdo condensado se transforma en algo muy distinto a la memoria, en algo que está constituido por la misma materia del tiempo y de los sueños, en algo de lo que el futuro sería tan solo una fatalidad, un accidente, cuyo único epicentro, tal vez, se encuentre en la mismísima acción de recordar.

El narrador aludido nos comenta también esto:

Quinientos años después, el mito del Hombre venido del Cielo seguirá portando el bastón de hierro, la Vara Insignia de los grandes chamanes, en medio de las selvas vírgenes meridionales. El Rey Blanco, que lleva su nombre, vive todavía en esas junglas, protegido por jaguares amaestrados. Papagayos, que han aprendido a hablar varias lenguas, le sirven como intérpretes y mensajeros. La tradición oral de cierto país mediterráneo, semejante a una isla rodeada de tierra, amurallada de selvas y de infortunios, modula estos símbolos en lengua indígena y los varía de tiempo en tiempo dejando intacta, después de cinco siglos, la figura epónima del albo rey anacoreta.[8]

Quinientos años de historia han sido convertidos por Augusto Roa Bastos en una compleja ficción literaria. No cabe duda de que Cristóbal Colón es un personaje que amerita tales tratamientos; así lo entendió Carpentier y, en 1979, dio a conocer su novela El arpa y la sombra; así lo entendió Carlos Fuentes y, en 1994, publicó su libro de relatos El naranjo. Roa Bastos, no obstante, concibió Vigilia del Almirante para pulverizar la historia con las mismas herramientas con las que la historia se construye, es decir, con hechos, mitos y tergiversaciones. «La novela como género moderno no se limita a modificar y recrear el relato mítico, encarnándolo en la historia real. Practica, fundamentalmente, la subjetivación del mundo épico al transferir al centro del relato la conciencia productiva, imaginante y evaluante de lo narrado»[9], explicaba Graciela Maturo hace unos cuantos años; no seré yo quien se atreva a impugnar sus valiosísimas palabras.

[1] Augusto Roa Bastos. Vigilia del Almirante, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1992.

[2] Véase. Mircea Eliade. El mito del eterno retorno, Madrid, Alianza Editorial, 2000.

[3] Roa Bastos. Óp. cit.

[4] Ibídem.

[5] La constante remisión a la figura del Quijote no es en absoluto producto del azar, sino de una atendible identificación. En la parte XXV del libro que glosamos, el narrador nos explica el asunto de este modo: «El Caballero de la Triste Figura pudo tal vez ser imitado un siglo antes por el Caballero Navegante y ser éste su más notable antecesor. Sólo que lo hizo al revés y se convirtió en su polo opuesto. Le faltó la grandeza de alma que el otro tenía. Nadie pareció enterarse de ello. Los tiempos patas arriba, trastocados por los poetas, trabucan el orden cronológico, caro a los científicos de la historia, pero no pueden trastocar el flujo interior de las fábulas sin las cuales la gente sencilla y común no puede vivir».

[6] Roa Bastos. Óp. cit.

[7] Ibídem.

[8] Roa Bastos. Óp. cit.

[9] Graciela Maturo. «La imaginación creadora», en AA. VV. Imagen y expresión: hermenéutica y teoría literaria desde América Latina, Buenos Aires, Fernando García Cambeiro, 1991.

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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