Las nueve musas

Manet en Madrid y Los limones de Zurbarán

En el verano de 1865, casi un año antes de que Émile Zola entrase en la batalla periodística sobre el Salón de París, el pintor Édouard Manet había huido de la Ciudad de la luz deprimido por el escarnio con el que fue recibido su cuadro Olympia.

Viajó a Madrid y se alojó en el Gran Hotel de París, un hotel moderno situado en plena Puerta del Sol.

Gran Hotel de París
Gran Hotel de París

Conocemos buena parte de los pormenores de este viaje, pues en el comedor del hotel Manet hizo amistad con Théodore Duret y este escribió un librito titulado la Historia de Eduard Manet y de su obra. Manet y Duret fueron repetidas veces al Museo del Prado, y a la Academia de Bellas Artes de San Fernando en donde se encontraron, entre otras obras maestras, con el famoso bodegón de los limones pintados por Zurbarán. También viajaron a Toledo para contemplar de cerca los cuadros del Greco. No tengo necesidad de decir, escribe Duret en su librito, hasta qué punto Manet, que durante tanto tiempo había soñado con España, se sentía satisfecho de lo que veía.

Olympia
Olympia

A Manet le gustaba la vida pintoresca madrileña, pero no podía soportar la comida aceitosa, ni el vino manchego, y apenas comía. En una carta del 28 de mayo dirigida desde Madrid a su amigo Fantin-Latour le decía que le gustaría compartir con él la alegría de ver los cuadros de Velázquez: Los pintores de todas las escuelas que lo rodean parecen pobrecillos a su lado. Es el pintor de los pintores. No me ha sorprendido, me ha encantado. Tras su regreso a Paris escribió también en una expresiva carta a Baudelaire: Llegué ayer de Madrid, querido amigo, por fin conozco a Velázquez, y le confieso que es el pintor más grande que haya existido jamás.

Don Pablo de Valladolid
Don Pablo de Valladolid – Velázquez

Tras su viaje a Madrid Manet cambió de estudio en París y pintó los dos cuadros que en 1866 precisamente rechazó el Salón: El pífano, y El actor trágico. Ambos cuadros reflejan bien el enorme influjo de Velázquez en su pintura. Concretamente en estos dos lienzos se deja sentir el peso del cuadro de Velázquez que le sirvió de modelo, Don Pablo de Valladolid, un cuadro que se encuentra en el Museo del Prado y en el que el bufón aparece sobre un fondo casi monocromo, plano. Sobre ese mismo fondo pintó Édouard Manet Un matador de toros, y, dos años más tarde, el propio retrato de Théodore Duret en donde el amigo de fatigas adopta los aires de un dandy, y en donde, a la izquierda de retrato, sobre un taburete, aparece representada una bandeja con un jarro de agua, un vaso de agua, y sobre él un limón. El limón es el símbolo de la fidelidad, pero es posible que sea un guiño también a las malas digestiones que provocaron al pintor las comidas en Madrid, aunque no sería descabellado pensar que Manet alude a las visitas que hizo en compañía de Duret a los museos. De hecho actualmente en el Museo de Orsay se expone un pequeño cuadro de Manet que no es sino un limón sobre un plato de peltre pintado al estilo de Zurbarán. El paso de Manet por España también se deja sentir en el influjo directo de Goya en La ejecución del emperador Maximiliano, un cuadro que data de 1867 y que tuvo prohibida su aparición en público en Francia y fue visto por primera vez en Nueva York en 1879.

La ejecución del emperador Maximiliano
La ejecución del emperador Maximiliano – Manet

Emile Zola, como escritor, como periodista, como crítico de arte, se situaba al lado de Manet, un artista solitario acosado entonces por la multitud enardecida por los críticos de arte. Su cuadro preferido, era El pífano,  (Joueur de fifre), un cuadro rechazado por el Salón. Duret, por su parte, describía así este cuadro pintado a la manera de Velázquez: En el pífano un joven soldado toca su instrumento musical. Está vivo, y sus ojos relampaguean. Fue pintado a la plena luz del día. (…) Únicamente un hombre especialmente dotado pudo crear con medios tan simples una obra de un valor pictórico tan grande. Pero a los ojos de la media de los pintores de la época, habituados, como el público, a las sombras opacas, y a los tonos apagados, este magnífico trozo de tela les hería la vista. Les parecía agresivo y violento.

El pífano
El pífano- Manet

El regreso de Manet a París, desde Madrid, no fue el comienzo de ninguna marcha triunfal. Hubo que esperar a 1868 para que dos cuadros de Manet fuesen aceptados en el Salón. Uno de ellos era el famoso retrato de Émile Zola. Manet, en lo alto del cuadro, en el ángulo de la derecha sobre la cabeza de Zola, reproducía, como en una postal, Olympia, así como un dibujo japonés, y también un boceto de Los borrachos de Velázquez. Eran tres guiños sobre sus referencias pictóricas dirigidos a los amantes de su arte. Manet aceptaba entrar directamente en combate. Por entonces el Café Guerbois, situado en el número 11 del Boulevard des Batignolles, muy cerca de la Place Clichy, en Montmartre, ya se había convertido en el principal centro de reunión de jóvenes artistas contestatarios. La batalla que Zola había emprendido en un principio casi en solitario encontraba eco en un grupo de jóvenes artistas e intelectuales que tomaban partido por la nueva pintura. A partir de ahora Manet ya no estaba prácticamente solo. Codo con codo con él se encontraba Pissarro, Claude Monet, Renoir, Berthe Morisot, Cézanne, Sisley… Surgía así un nuevo movimiento de artistas bohemios dispuestos a abandonar los estudios para pintar con caballete al aire libre. Surgía un grupo de pintores rebeldes que muy pronto fueron bautizados como los impresionistas. Hoy sus cuadros nos pueden parecer descriptivos, inocentes, e incluso decorativos, pero en su tiempo fueron percibidos como subversivos. Pierre Bourdieu, en el curso que impartió en el Colegio de Francia sobre Manet, puso de relieve que en torno al círculo del autor de Olympia se instituyó el campo pictórico moderno. Olvidó sin embargo señalar que algunos cuadros de Velázquez, Zurbarán, el Greco, Goya… prepararon el camino de esta gran revolución simbólica de la pintura contemporánea representada por Manet. Y es que, no lo olvidemos, esta revolución contra las rutinas de la tradición fue abanderada por un pintor maldito que durante diez días de un tórrido verano sobrevivió en Madrid a los problemas de estómago alimentándose casi exclusivamente a base de zumos de limón extraídos directamente de los bodegones de Zurbarán.

 

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Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría es Doctor en Sociología por la Universidad de París VIII, y Catedrático de Sociología en el Departamento de Sociología IV de la Universidad Complutense de Madrid.

Fue socio fundador y miembro del consejo de redacción de la Revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, en donde coordinó diversos números monográficos.

Ha sido Profesor Visitante en el Goldsmiths´ College de la Universidad de Londres, y en la Maison des Sciences de l’Homme (MSH) de París. Ha impartido cursos y conferencias en numerosas universidades españolas y extranjeras.

Sus principales investigaciones están centradas en la sociología histórica, la teoría sociológica, la sociología del conocimiento, y la sociología de las instituciones de resocialización.

Es autor de numerosos libros y artículos, así como de traducciones y ediciones de libros. Entre sus publicaciones destaca Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX(1983), así como algunos libros publicados en colaboración con Julia Varela, tales como Las redes de la psicología (1994), Sujetos frágiles (1989), Arqueología de la escuela (1991), Genealogía y sociología. Materiales para repensar la Modernidad (1997) y más recientemente Materiales de sociología del arte (2008).

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