Las nueve musas
Luminarias

Luminarias, de Mª Engracia Sigüenza Pacheco

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Luminarias, el último poemario de Mª Engracia (La Murada, Orihuela, 1963), publicado por la prestigiosa editorial Ars Poética el pasado año, es una libro en el que la luz adquiere diversas significaciones que, al mismo tiempo, se retroalimentan, según nos adelanta la autora son concretamente tres: la relacionada con la metáfora del fuego, la cual le permite aludir al origen y creación del mundo como al impulso artístico y la importancia de sus ancestros; luego vienen las luces que impulsan y guían a la autora en la vida: el amor, la amistad, la identidad, los sueños… Y por último están las luces que hacen más bella la vida, las de las artes, son los poemas en los que la autora establece un diálogo con su propio yo para mostrar a los lectores aquellos libros, ciudades, películas, etc. que han dejado una huella indeleble.

Las tres luces de las que partimos son las que segmentan el libro en tres títulos: “El fuego del hogar”, en el que la autora nos habla, entre otras cosas, de la madre y la abuela como figuras femeninas que han marcado su vida, además de la figura del padre, ya fallecido: “Mi madre limpia las heridas, / extiende la medicina, / cubre de gasas el mapa del dolor. / Mi abuela se pone su pañuelo de luto, / el carcinoma es un vivero / donde crece la sombra y la luz. / (…) El féretro de mi padre emerge / desde otra dimensión. / Más heroico que Ulises, / un osario de lealtad // (“Ráfagas”).

En esta primera parte la poeta se sumerge en las aguas turbias de la nostalgia y la ausencia. A lo largo de sus páginas, el lector es invitado a caminar por los senderos de la memoria, donde cada poema se convierte en un reflejo de las heridas abiertas por la partida de seres queridos, ya sea por la muerte, la distancia o el tiempo.

La obra está marcada por una melancolía que no cae en el dramatismo, sino que mantiene un tono sereno y contemplativo. Los versos exploran el vacío que dejan las ausencias, el eco de las voces que ya no se escuchan, y la sombra de aquellos que, aunque no estén presentes físicamente, siguen acompañando a la poeta en su día a día.

Uno de los aspectos más destacados de esta parte es la capacidad de Mª Engracia para transmitir la sensación de pérdida sin necesidad de grandes palabras o imágenes complejas. La simplicidad del lenguaje utilizado resuena con fuerza, haciendo que el lector se sienta acompañado en su propio dolor o nostalgia. Ella, con una delicadeza magistral, captura esos momentos de soledad en los que uno se encuentra recordando a quienes ya no están, y lo hace de una manera que es a la vez personal y universal.

El tema de la nostalgia se trata con una sensibilidad que no se limita a la tristeza; también hay una cierta belleza en el recuerdo, en la posibilidad de revivir, aunque sea momentáneamente, esos momentos compartidos. La ausencia se convierte en presencia a través de los versos, y el lector se encuentra no solo ante un lamento, sino también ante una celebración de la vida y de los lazos que permanecen a pesar del tiempo y la distancia: “Todos ríen y confían, / sangre inocente y salvaje, / cada uno una promesa, / una ofrenda al futuro infinito. / Mi madre, / con la luz de su cuerpo marchito, / con la fragilidad que duele, / acaricia la foto y me la entrega. / Y yo no encuentro palabras. / Cuando la Vida habla, / todo está dicho // (“Imagen”).

Sin embargo, en la segunda parte: “Antorchas”, Mª Engracia invita al lector a un viaje emocional a través de los sentimientos más puros y esenciales del ser humano. Con una estructura simple pero efectiva, los poemas se suceden explorando el amor en sus múltiples facetas: desde el amor romántico, con sus luces y sombras, hasta el amor fraternal y la devoción por los amigos. La amistad es tratada como un pilar fundamental de la vida, con versos que resaltan la importancia de las conexiones genuinas y la lealtad inquebrantable.

La alegría se siente como un hilo conductor que atraviesa todo el libro, no como una explosión de euforia, sino como una alegría serena, aquella que surge de la apreciación de los pequeños momentos de la vida, de la simpleza y la cotidianidad. En esta obra, la alegría es un estado de ánimo que va de la mano con la plenitud, un tema que se aborda desde una perspectiva introspectiva. Los poemas que tratan la plenitud nos muestran que esta no es un destino final, sino un estado alcanzable a través del amor propio, la aceptación y la gratitud: “En el fragor de los días, / cuando llega la oscuridad, / mis ojos se cierran / y mi mente se abre / a un lenguaje superior. / Busco la llama / y me aferro a ella, / al poder de su fragilidad // (“La llama”).

La tercera y última parte: “Llamas”, es una forma de celebrar la riqueza del arte en todas sus manifestaciones, abordando temas como la literatura, el cine y los viajes, mostrando cómo estos elementos son fundamentales en la construcción de nuestra identidad y nuestra visión del mundo. Con una sensibilidad exquisita, la autora teje versos que exploran el poder transformador del arte, convirtiendo cada poema en una reflexión sobre la belleza, la imaginación y el conocimiento: “Podemos soñar / y buscar la belleza / y aceptar el desasosiego, / como Shostakovich / y los niños de la guerra. / Sueños capaces de encender / las velas de la noche, / los cirios del día // (“Sentir”).

Muchos poemas reflejan la capacidad de la literatura para abrir puertas a nuevos mundos, para profundizar en la comprensión del ser humano y para ofrecer consuelo en los momentos de soledad, al igual que el cine o los viajes, que son presentados como experiencias transformadoras que nos permiten descubrir la diversidad y la belleza del mundo, con versos que están impregnados de una sensación de asombro y admiración, destacando cómo el acto de viajar enriquece el alma, nos confronta con lo desconocido y nos permite ver la vida desde nuevas perspectivas.

Por lo que se refiere al lenguaje de Luminarias es sencillo, directo, pero profundamente evocador. No recurre a artificios complejos, lo que permite que la esencia de los sentimientos aflore con claridad. En resumen, este poemario es un canto a la vida, a lo mejor de las relaciones humanas, un recordatorio de que la plenitud se encuentra en los vínculos que formamos y en la capacidad de disfrutar el presente, un homenaje al poder del arte en sus múltiples formas, un recordatorio de que los libros, el cine o los viajes no solo son medios de entretenimiento, sino también herramientas que nos ayudan a comprender y apreciar la complejidad y la belleza, un libro que nos invita a beber la luz del mundo que nos rodea.

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Fernando Mañogil Martínez

Fernando Mañogil Martínez

Fernando Mañogil Martínez nace en Almoradí (Alicante) el 26 de agosto de 1982

Es Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Alicante y profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Los Montesinos-Remedios Muñoz.

Ha publicado algunos libros de poesía como Del yo al nosotros (Sevilla 2010), Viento en contra (Devenir, 2015) y Volver (Selección de poemas 2013-2018).

También ha realizado el trabajo de investigación sobre las relaciones poéticas entre César Vallejo, Gonzalo Rojas y Juan Gelman.

Su último libro de poemas publicado hasta la fecha es La musa y el silencio (Devenir, 2019).

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