Las nueve musas
Lucia Berlin

Lucía Berlín. Del rechazo a la premonición

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«No entres dócilmente en esa noche quieta»
Dylan Thomas

Alaska 1936. Llega al mundo como Lucia Brown, y no tendría una vida simple. Espinosa sería la palabra adecuada. Veamos: una madre “fría, racista y alcohólica», si aproximamos el narrador a la persona que lo anima, parejas complicadas, poco dinero, cuatro hijos de padres inestables, familiares abusivos y serios problemas con el alcohol.

¿Tiene esto que ver con su literatura o con las condiciones reales de producción? Claro que sí… y por supuesto que no, si somos capaces de reconocer la diferencia entre autobiografía y autoficción.

Para entenderlo pensemos en los pactos de lectura, y en la coincidencia del autor y narrador, en el caso de la autobiografía, y la distancia que opera entre ambos en la autoficción donde el autor declara abiertamente a sus textos como escritura ficticia, aunque basada en hechos personales. «Exagero mucho, y a menudo mezclo la realidad con la ficción, pero de hecho nunca miento», le hace decir a una de sus narradoras.

Los relatos de Lucía Berlín (tomará el apellido de su último esposo Buddy Berlín) responden a múltiples experiencias de vida y de clase; vivió en Santiago como parte de la clase alta chilena ya que su padre como ingeniero de minas trasladaría allí a toda su familia al regresar de la guerra, pero sus temporadas en México, Texas, Nueva York y California estarían signadas por la diversidad de trabajos para ganarse la vida. Profesora, telefonista, auxiliar de enfermería o empleada doméstica, algunos de los oficios que le darán verdaderos universos narrativos. Escribía en sus escasos ratos libres en medio de los juegos de sus hijos o cuando todos dormían.

Alastair Johnston, editor de una de sus primeras antologías, relata la siguiente conversación:

«Me encanta esta descripción de tu tía en el aeropuerto, cuando dices que te hundiste en su corpachón como en una poltrona». Lucia contestó: «La verdad es… que nadie vino a buscarme. Se me ocurrió esa imagen el otro día y, como estaba escribiendo este relato, la encajé ahí». “Algunas de sus historias, de hecho, eran inventadas de principio a fin, como ella misma explica en una entrevista. Uno no podía pensar que la conocía solo por haber leído sus relatos”.

Su pluma fotografía vidas simples sin arraigos, con honestidad y desprovista de grandilocuencia, más cerca de los márgenes que del centro, frescos de mujeres que crían solas a sus hijos, aunque los progenitores estén en el cuarto de al lado o en bares tocando jazz; personajes variopintos que presentará en sus tonos y registros más auténticos, desde un indio apache en una lavandería hasta un recluso en un taller literario.

Siempre genuina y visceral, irónica e inteligente, ofrece un fresco real de sus contemporáneos, sin golpes bajos, donde toda reflexión es posible gracias a un gran sentido del humor. Sus cuentos también están poblados de sus propias lecturas, de sus gustos cinematográficos y de referencias musicales. Cantantes y letras crean una composición que pareciera a veces oficiar de banda sonora para muchos relatos.

Rebajas

Sumergidos en una verdad con filtros literarios que permiten la belleza y un cálido sentido estético, sus dos libros de relatos han sido comparados con Hemingway, Chejov y Carver. El cuento Manual para mujeres de la limpieza que lleva el título de su libro más célebre fue rechazado trece veces. Cuenta su hijo David Berlín:

“Ella sabía que esto iba a pasar. Nadie más que ella. En medio de una crisis de salud, pensando que se iba a morir, me envió una carta: ‘Guarda todo, no tires nada. Porque unos 10 años después de que muera, alguien va a acercarse. Querrán una colección”. Me dio una lista de gente en la que podía confiar para eso, incluso. ‘No pienses que creo que soy una Jane Austen que va a ser más famosa muerta que viva, pero …’.

Y así fue. En vida publicaría relatos en antologías y revistas que quedarían en el olvido. Durante 1991 gana el American Book Award con Homesick, pero de manera póstuma le llegaría la consagración. En 2015 se publica una selección de sus cuentos, y se produce un fenómeno editorial internacional. Su literatura es redescubierta desde una mirada más atenta a su singularidad, y gana millones de lectores. Su presagio fue inequívoco. Luego en 2018 sus hijos publican Una noche en el paraíso que repite el éxito.

Lucía Berlín escribió setenta y siete cuentos. En 2019 llega traducido al español Bienvenida a casa. Se trata de textos autobiográficos en los que trabajaba antes de morir en 2004, víctima de un cáncer de pulmón. Un sufrimiento antiguo venido de una infancia con escoliosis (“Todo dolor es real”) ya le había destrozado uno de sus pulmones, por lo que en sus últimos años dependió de un tanque de oxígeno. Cerca del fin se muda con uno de sus hijos. Se iría de este mundo sesenta y ocho años más tarde en la misma fecha de su nacimiento.

En Perdida en el Louvre afirma, “Morir es como desparramar mercurio. Enseguida resbala para volver a mezclarse en la amalgama palpitante de la vida”.

Inmanejable. Un fragmento:

En la profunda noche oscura del alma las licorerías y los bares están cerrados. La mujer palpó debajo del colchón; la botella de medio litro de vodka estaba vacía. Salió de la cama, se puso de pie. Temblaba tanto que tuvo que sentarse en el suelo. Respiraba agitadamente. Si no conseguía pronto algo para beber, le darían convulsiones o delírium trémens. El truco está en aquietar la respiración y el pulso. Mantener la calma en la medida de lo posible hasta que consigas una botella. Azúcar. Té con azúcar, es lo que te dan en los centros de desintoxicación. Temblaba tanto, sin embargo, que no podía tenerse en pie. Se estiró en el suelo e hizo varias inhalaciones profundas tratando de relajarse. No pienses, por Dios, no pienses en qué estado estás o te morirás, de vergüenza, de un ataque. Consiguió calmar la respiración. Empezó a leer títulos de los libros de la estantería. Concéntrate, léelos en voz alta. Edward Abbey, Chinua Achebe, Sherwood Anderson, Jane Austen, Paul Auster, no te saltes ninguno, ve más despacio. Cuando acabó de leer todos los títulos de la pared se encontraba mejor. Se levantó con esfuerzo. Sujetándose a la pared, temblando tanto que a duras penas podía mover los pies, consiguió llegar a la cocina. No quedaba vainilla. Extracto de limón. Le quemó la garganta y le dio una arcada; apretó los labios para volver a tragárselo. Preparó té, con mucha miel; lo tomó a pequeños sorbos en la oscuridad. A las seis, en dos horas, la licorería Uptown de Oakland le vendería un poco de vodka. En Berkeley tendría que esperar hasta las siete. Ay, Dios, ¿tenía dinero? Volvió sigilosamente a su habitación y miró en el bolso que había encima del escritorio. Su hijo Nick debía de haberse llevado su cartera y las llaves del coche. No podía entrar a buscarlas al cuarto de sus hijos sin despertarlos. Había un dólar con treinta centavos en calderilla en el bote del escritorio. Revisó los bolsos del armario, los bolsillos del abrigo, un cajón de la cocina, hasta que reunió los cuatro dólares que aquel maldito paki cobraba por una petaca a esas horas. Los alcohólicos enfermos le pagaban. Aunque la mayoría compraban vino dulce, porque hacía efecto más rápido. Era una caminata larga. Tardaría tres cuartos de hora; tendría que volver corriendo a casa para llegar antes de que los chicos se despertaran. ¿Lo conseguiría? Apenas podía caminar de una habitación a la otra. Y reza para que no pase un coche patrulla. Ojalá tuviera un perro para sacarlo a pasear. Qué buena idea, se rio, le pediré a los vecinos que me presten el suyo. Claro. Ninguno de los vecinos le dirigía ya la palabra. Consiguió mantener el equilibrio concentrándose en las grietas de la acera, contándolas: un, dos, tres… Agarrándose a los arbustos, los troncos de los árboles para darse impulso, como si escalara una montaña muy escarpada. Cruzar las calles era aterrador, parecían tan anchas, con sus luces parpadeantes: rojo, rojo, ámbar, ámbar. De vez en cuando pasaba una furgoneta de ATESTADOS, un taxi vacío. Un coche de policía a toda velocidad, sin luces. No la vieron. Un sudor frío le caía por la espalda, el fuerte castañeteo de sus dientes rompía la quietud de la mañana oscura.

Desde el sur del Sur escribe Adriana Greco

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Adriana Greco

Adriana Greco nació en Buenos Aires,

Es docente, correctora literaria y bibliotecaria.

Tiene publicados en colaboración tres libros: Poetas y Narradores Contemporáneos (Argentina: Editorial de Los Cuatro Vientos, 2004) donde recibió medalla de plata y el tercer premio de poesía de un jurado seleccionado por la editorial; participó de la antología Poesía y Narrativa Actual (Argentina: Nuevo Ser, 2006), y colaboró con cuentos, poesías, y en la redacción de contratapa para La Tinta y el Blanco (Argentina: Ediciones Mallea, 2010).

En 2011 crea el blog Correctores en la Red.

Durante el 2012 y 2013 participó con columnas literarias en el programa Paranormales de Radio Zoe.

En 2015 obtiene con Mala entraña el tercer premio en el II Certamen "palabra sobre palabra" de Relato Breve (España).

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