73 historias.
Valiéndose de las ambivalencias del lenguaje, del doble sentido de las coyunturas de la vida y de la combinación de ambas, construye microcosmos e historias diminutas en extensión, pero universales como su mensaje.
Es, sin duda, notario de Kafka, levanta acta de las contradicciones y del caos cotidiano al que nos enfrentamos, acta literaria sin complejos ni formalismos.

Tú y yo hemos querido bajarnos del mundo más de una y de dos veces, ¿no? Seguro que en el andén de la nada tampoco hemos estado tranquilos (inconformismo hasta la saturación). Juanlu Ruiz estaba allí para dar fe de nuestro desasosiego universal, para convertir en literatura la entropía a la que tiende nuestra existencia.
Con «Lágrimas en la lluvia» y con su autor me ha vuelto a pasar lo que con algún otro libro y escritor que, por unos u otros motivos, se mantienen -o son mantenidos- al margen de los circuitos comerciales habituales, es decir, me han sorprendido gratamente. Hacer literatura de la vida y magia con las palabras está al alcance de muy pocos.
Un lugar en el mundo es el título de la primera de las historias. La nada, El gol, 192 centímetros y 94.300 kilos, El pentagrama o Camas calientes son otros de los relatos que nos encontraremos en un libro que ofrece pinceladas de una prosa fresca y ágil. Escrito con mucha sensibilidad, buscando la reflexión en algunos relatos, acariciando el alma en otros, fantaseando y emocionando, Juanlu Ruiz atrapará al lector con su dominio de la narración, el humor inteligente y los sentidos de las letras.
Hoy traemos para reseñar, Lágrimas en la lluvia de Juanlu Ruiz. Un compendio camaleónico de ¿microcuentos?, ¿microrrelatos?, ¿poesías prosaicas?, ¿vademécum de emergencia? Nos recibe en su entradilla un Nexus-6 con ganas de algaradas y dispuesto a retorcer su contorsionista cuerpo en aras de una narrativa de formato desinhibido, contumaz en su mensaje y libertino en su desenlace. También y, a pie del fugado replicante, nos recuerda don Miguel de Unamuno (en cíclica moda a tenor de la última película de Alejandro Amenabar, Mientras dure la guerra) que el tiempo que nos ha tocado vivir es efímero como la nieve fundente y que todos somos personajes de su Nivola particular. Esta invención literaria atiende a la necesidad del autor de liberarse de las formas establecidas para escarabajear en un nuevo formato que pueda dar rienda suelta y encajar en su procaz pluma. Heráclito funde la nieve en el lago y ve cómo la nada se abre camino en un mundo demasiado pendiente del contexto y poco del contenido. De la misma manera, Juanlu Ruiz se ata a la carlinga, cual Ulises, para no escuchar los cantos de sirena que imantan la mente del escritor hacia territorios comunes y trillados. Prefiere adentrarse en la cueva de Dagobah en la que mirará a los ojos a sus grandes temores. Nos abre las puertas de su patio de recreo particular donde lo inerte cobra vida y lo adrenalínico termina por fallecer. Todo cabe en este cajón de sastre con aguja en ristre de certera puntería y ojal situado en la atalaya de quien es observador de lo que le ronda por la fantasía de sus recuerdos.
Más allá de la Puerta de Tannhäuser.
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