Las nueve musas
Pereda

José María de Pereda o el secreto legado de un prosista

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La crítica española suele ponderarle a José María de Pereda su maestría para captar voces y costumbres de las regiones montañesas, pero también su extraña capacidad para elevar esos inhóspitos parajes —a menudo desdeñados por historiadores y geógrafos— a la ancestral categoría de locus amoenus. Sin embargo, poco dice la crítica aludida de la sólida y equilibrada prosa de este célebre escritor polanquino, y mucho menos de los vestigios que podemos hallar de esta en muchos escritores del pasado siglo XX. Alentado por esa inexplicable omisión, me animé a escribir estas líneas, líneas que no pretenden otra cosa que reivindicar el secreto legado de Pereda no ya como novelista, sino como ilustre estilista de la lengua castellana.

Antes de comenzar, supongo que debo aclarar que soy de los que piensan que el trabajo estilístico de un escritor —sobre todo, de un novelista— se advierte con mayor facilidad en los tramos descriptivos, es decir, en los pasajes en los que el autor (o cualquiera de sus posibles avatares) contempla el mundo evocado o inventado para luego dar cuenta de él de manera poética. Por supuesto, no cualquier descripción logra este efecto, pues las hay de tal llaneza que solo producen una compilación de datos o elementos observables más parecido a un inventario que a la imaginativa representación, por ejemplo, de una persona, una escena o una atmósfera; aun así, ese innegable espacio que deja abierto la descripción en el relato (con que el que la mirada del novelista frena o suspende la narración propiamente dicha) es mucho más favorable para el desarrollo estilístico que las apenas perceptibles rajaduras que pueden ocasionar la acción y el diálogo.

Evidentemente, lo más rescatable del estilo de José María de Pereda radica en su pericia descriptiva, cuya médula se halla en el tratamiento del paisaje. De hecho, dudo de que la región de Cantabria haya tenido mejor paisajista que el autor de Sotileza, y hasta el día de hoy sigo sin comprender por qué Azorín no lo incluyó en su libro El paisaje de España visto por los españoles (1917). Y digo paisajista, aun sabiendo que no es la expresión más adecuada, pues Pereda, en realidad, retrataba los fenómenos naturales como si fueran seres o personajes mitológicos. Para ejemplificarlo, reparemos en cómo se refiere a la cajiga (el roble) en este párrafo de El sabor de la tierruca (1882):

Crece con mucha lentitud; y como si la inacción le aburriera, estira y retuerce los brazos, bosteza y se esparranca, y llega a viejo dislocado y con jorobas; y entonces se echa el ropaje a un lado y deja el otro medio desnudo. Jamás se acicala ni se peina; y sólo se muda el vestido viejo, cuando la primavera se le arranca en harapos para adornarle con el nuevo; le nacen zarzas en los pies, supuraciones corrosivas en el tronco, musgo y yesca en los brazos, y se deja invadir por la yedra, que le oprime y le chupa la savia. Esta incuria le cuesta la enfermedad de algún miembro, que, al fin, se le cae seco a pedazos, o se le amputa con el hacha el leñador; y en las cicatrices, donde la madera se convierte en húmedo polvo, queda un seno profundo, y allí crecen el muérdago y el helecho, si no le eligen las abejas por morada para elaborar ricos panales de miel que nadie saborea. Es, en suma, la cajiga, un verdadero salvaje entre el haya ostentosa; el argentino abedul, atildado y geométrico, y el rozagante aliso, con su cohorte de rizados acebos, finas y olorosas retamas, y espléndidos algortos.[1]

Detengámonos ahora en el inicio de La puchera (1889), en el que vemos cómo el origen de un simple accidente geográfico es «recordado» como si se tratara de un contrastado suceso cosmogónico:

¡Labor de titanes! Primero, el peñasco abrupto, recio y compacto de la costa. Allí, a golpe y más golpe, contando por cúmulos de siglos la faena, se abrió al fin ancho boquete, irregular y áspero, como franqueado a empellones y embestidas. Al desquiciarse los peñascos de la ingente muralla, algo cayó hacia afuera que resultó islote mondo y escueto, y más de otro tanto hacia dentro, en dos mitades casi iguales, que vinieron a ser a modo de contrafuertes o esconzados de la enorme brecha. La labor del intruso para continuar su avance, fue ya menos difícil: sólo se trataba de abrirse paso a través de una sierra agazapada detrás de la barrera de la costa; y forcejeando allí un siglo y otro siglo, buscando a tientas al obstáculo las más blandas coyunturas de su armazón de granito, quedó hecho el cauce, profundo y tortuoso, entre dos altos taludes que el tiempo fue tapizando de césped y bordando de malezas.[2]

Examinemos, por último, este fragmento de Peñas arriba (1893), posiblemente, su novela más leída:

A la vera del último de los de esta serie de ellos, en el centro de un reducido anfiteatro de cerros pelados en sus cimas, se veían surgir reborbollando los copiosos manantiales del famoso río que, después de formar breve remanso como para orientarse en el terreno y adquirir alientos entre los taludes de su propia cuna, escapa de allí, a todo correr, a escondidas de la luz siempre que puede, como todo el que obra mal, para salir pronto de su tierra nativa, llevar el beneficio de sus aguas a extraños campos y desconocidas gentes, y pagar al fin de su desatentado curso el tributo de todo su caudal a quien no se le debe en buen derecho. Y a fe que, o mis ojos me engañaron mucho, o sería obra bien fácil y barata atajar al fugitivo a muy poca distancia de sus fuentes, y en castigo de su deslealtad, despeñarle monte abajo sin darle punto de reposo hasta entregarle, macerado y en espumas, a las iras de su dueño y natural señor, el anchuroso y fiero mar Cantábrico.[3]

Estos tres ejemplos —que, como vimos, pertenecen al período de madurez de su producción novelística— señalan un tono de alcances poemáticos. Aun así, dicho tono está libre de las efusiones líricas propias del romanticismo y de la vaga utilización de figuras retóricas que hallamos en la narrativa naturalista, pues (a excepción de lo que le cabe al empleo recurrente de la prosopopeya con claros fines animistas) este se logra solo a fuerza de sintaxis, de una sintaxis barroca por herencia, que nos remite a Cervantes y a Quevedo.[4]

Esta sintaxis, que es en sí misma la marca que define el estilo de Pereda, está presente también en sus primeras obras. Podemos comprobarlo en este fragmento de Escenas montañesas (1864), descripción también, pero dinámica, en la que nuestro autor, dadas las características del tópico narrado, no tuvo la necesidad de recurrir a sofisticados animismos:

Ya no se oyen las tarrañuelas, ni los panderos, ni un solo grito en el corro de bolos. Los taberneros recogen sus baterías, y embridan sus jamelgos los curas, los jándalos y los señores de aldea; y perdiéndose por grados, desde el lugar de la feria, por la campiña adelante en todas direcciones, se oye el sonido de las campanillas del ganado que se aleja. Nuestros conocidos, detrás de los novillos, llevan, como quien dice, la llave de la feria, cierran la marcha…. y bien lo necesitan. Tal andan todos ellos, que no les basta entero el ancho del camino para no darse de calabazadas unos con otros. Aquello ya no es hablar, es una algarabía incomprensible e insoportable.[5]

O en este otro, del mismo libro, aunque de distinto cuadro:

En otra parte he hablado yo del desdeñoso estoicismo de los mareantes de Santander enfrente de la maravillosa transformación que venía verificándose en esta ciudad, así en lo moral como en lo material. El empuje de este vértigo reformista derribaba sus apiñadas viviendas y secaba los fondeaderos tradicionales de sus lanchas, pues se echaban al hombro los pobres harapos de su ajuar, buscaban otro agujero en que meterse con ellos y un nuevo sitio en que fondear sus embarcaciones, sin volver la vista atrás, ni dárselas una higa por todo el ruido y aparato de la nueva civilización que los iba acorralando poco a poco. Para ellos no había en el mundo cosa seria y bien ordenada sino la mar, y la mar la había hecho Dios con el exclusivo objeto de que pescaran en ella los matriculados. Esta mar, es decir, cuanto de ella abarca la vista de un marinero desde la punta de Cabo Mayor; sus celajes, sus pescados, sus brisas y sus tormentas; las costeras del besugo, del bonito, de la sardina; los asuntos del Cabildo; el escaso valor del otro (jamás hubo avenencia entre el de Arriba y el de Abajo), y lo poco más que pudiera relacionarse con estos particulares, eran el mundo de estas honradas gentes. Todo lo restante no valía a sus ojos una sula. Fuera del gremio, no conocían a nadie en el pueblo; y de las diversas clases y categorías de éste, sólo citaban alguna que otra vez, pero como quien habla de cosas del otro mundo, a los comerciantes del Muelle. Así vivían apegados, desde tiempo inmemorial, a lo exclusivamente suyo; y en usos, traje, acento, y hasta lengua, fueron siempre en Santander lo que el peñasco en la mar: bello para el artista; un estorbo para los múltiples fines de las humanas ambiciones.[6]

Aquí, en estos dos momentos del primero de sus libros, se manifiesta en todo su esplendor el noble carácter de su prosa, una prosa de cuya sintaxis (que nunca vio en el uso de incisos, hipérbatos o subordinadas una inconveniencia estilística) ya he hablado demasiado, una prosa que en sí misma constituye el secreto legado a la posteridad de un escritor al cual la crítica ha tenido —y, entiendo, tiene todavía— por simple costumbrista, ignorando que no es en el tema donde residen las virtudes de un autor, sino en los recursos expresivos que este elige para hacer de aquel un mundo nuevo.

Sí, poco dice la crítica española de la sólida y equilibrada prosa de José María de Pereda. Pero ahí tenemos a Marcelino Menéndez Pelayo, quien fue su amigo y contertulio, que, para reseñarla con justicia, dice de la materia lingüística en que se basa «que no es la lengua de segunda o de tercera conquista […], sino otra de más intacta prosapia todavía, dura unas veces como la indómita espalda de nuestros montes, y otras veces húmeda y soledosa; lengua que, educada en graves tristezas, conserva cierta amargura y austeridad aun en las burlas».[7]

Y esta lengua que describe el celebérrimo filólogo es la que reaparece en la prosa de José Félix Fuenmayor, en ciertos pasajes de Cela, en casi todo Carpentier, en el Benet menos abstruso y en algún que otro libro de Julio Llamazares, incluso a pesar del mismísimo Pereda (a quien no sabemos si estos autores han leído), pues él no pretendió nunca convertirse en modelo literario, aunque sí consiguió algo aún más trascendente: transformarse en un canal por donde pasa el eterno fluir del idioma castellano.


[1] José María de Pereda. El sabor de la tierruca, Buenos Aires, Espasa Calpe (Colección Austral), 1960.

[2] José María de Pereda. La puchera, Barcelona, Castalia Ediciones, 1980.

[3] José María de Pereda. Peñas arriba, Madrid, Ediciones Cátedra, 2006.

[4] Esta era también la opinión de José María de Cossío, al menos, según lo que puede leerse en su libro La obra literaria de Pereda: su historia y su crítica (Santander, Imp. J. Martínez, 1934), que, desde luego, recomiendo.

[5] José María de Pereda. «La robla», en Escenas montañesas, Buenos Aires, Sopena, 1939.

[6] José María de Pereda. «El fin de una raza», en Escenas montañesas, Buenos Aires, Sopena, 1939.

[7] Marcelino Menéndez Pelayo. «Don José María de Pereda», en Estudios de crítica literaria, 5. ° serie, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1908.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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