Las nueve musas
José Luis Castillo-Puche

José Luis Castillo-Puche (1919-2004)

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CON LA MUERTE AL HOMBRO 1954

Yecla es una ciudad en el límite con Valencia y la Mancha, tiene un carácter fronterizo que la hace diferente. Sus excelentes vinos hoy valorados en el mercado mundial, sus fábricas de muebles, estimados por calidad y diseño se han ganado el reconocimiento de un mercado internacional.

Yecla

El hecho de que Azorín estudiase en su colegio de Escolapios, edificación de la que sólo quedan algunos restos, hoy Instituto de secundaria. La existencia del Monte Arabí, con cuevas como templos, santuario natural. La proximidad al Cerro de los Santos, la calzada romana, los fríos invernales, han proporcionado a este pueblo una singularidad tal como se manifiesta en la literatura que protagoniza.

En el siglo XX se han escrito tres novelas sobre Yecla: “Camino de perfección”, (1902), Pío Baroja; “La Voluntad”, (1902), Azorín y “Con la muerte al hombro”, (1954), José Luis Castillo-Puche. En las tres predomina la misma actitud crítica y el mismo tono sombrío. La realidad de Yecla se convierte en metáfora. Tiempo y espacio conforman el lugar donde sucede la fábula terrible de la vida. Vida y Muerte componen el concierto de la existencia.

Las campanas presiden esta celebración, vienen de muy lejos, el aire parece que las lleva o las trae desde la misma eternidad. La religión se ha hecho costumbre, naturaleza, recuerda que la muerte es la vida misma y que, como dura más, hay que vivirla. Se vive la muerte. Este vivir, que tan fértil fue para la mística, ahora conduce a un sentimiento trágico de lo cotidiano que desemboca en la nada, en el vacío.

Para entrar en este libro que, como un capricho de Goya, viene armado de la muerte, voy a comenzar por localizar el 98 en Murcia. Esta cartografía tiene dos puntos fundamentales: Archena y el valle de Ricote con Vicente Medina y Yecla con Pío Baroja y Azorín. Sin olvidar que la escuadra filipina dependía del Departamento marítimo de Cartagena y que, en Archena, se levantó un balneario para la recuperación de los soldados, enfermos o heridos, procedentes de aquellas colonias.

¿Qué tiene Yecla para ser elegida como altar de sacrificio? Tierra de pan y vino, productos que se dan en todas nuestras tierras.

En diciembre del sesenta y cinco un amigo yeclano me invitó a Las Fiestas de la Virgen, del recuerdo de esos días quiero destacar dos cosas que, por orden de aparición me sorprendieron. La primera, unos cuadros que se exhibían en un vetusto caserón, paisajes con ahorcados, tétricos, todos vestían chaqué y portaban sombrero de tubo. Aquellos cuadros me parecieron una especie de ajuste moral. No recuerdo el autor.

La segunda, fue el atronador asalto de que fuimos objeto en la plaza, junto a la Iglesia Nueva. Hasta entonces no conocía otros ruidos festivos de pólvora que los castillos de fuegos artificiales que, ajustados a horario y a salvo de curiosos, se producen con regularidad en las celebraciones anuales, estallando siempre allá arriba. Ahora, la proximidad del trueno, el humo y el olor a pólvora eran para mí desconocidos. Estas dos imágenes contrastaban con las costumbres y el paisaje que observaba, pues tanto la gente como el lugar me parecieron ejemplo de serenidad.

Quizá sea este contraste tan brusco el que ha hecho de Yecla, de Yécora o Hécula, una ciudad que ya forma parte del mapa moral de la España profunda. ¿Qué hay en este pueblo? ¿El Monte Arabí? ¿El Pulpillo? ¿Será esa torre de la iglesia Vieja y su friso de caras? ¿Será el extraño empeño de levantar un monumento a la fe, la iglesia Nueva, en pleno siglo de la ciencia?

Azorín lo ha dicho en “La Voluntad”, uno de los libros más hermosos, más representativos del 98, donde se cuenta la desviación de la energía de un pueblo, así comienza:

<<En las viejas edades, el pueblo fervoroso abre los cimientos de sus templos, talla las piedras, levanta los muros, cierra los arcos, pinta las vidrieras, forja las rejas, estofa los retablos, palpita, vibra, gime en pía comunión con la obra magna.

La multitud de Yecla ha realizado en pleno siglo XIX lo que otras multitudes realizaron en remotas centurias…>>

Pío Baroja en “Camino de perfección” convierte a Yecla en ciudad ejemplar de la España negra, la cita es larga y es impresionante:

«Yécora es un pueblo terrible: no es de esas negrísimas ciudades españolas, montones de casas viejas, amarillentas, derrengadas, con aleros enormes sostenidos por monstruosos canecillos, arcos apuntados en las puertas y ajimeces con airosos parteluces; no son sus calles estrechas y tortuosas como obscuras galerías ni en sus plazas solitarias crece la hierba verde y lustrosas…

Se respira en la ciudad un ambiente hostil a todo lo que sea expansión, elevación de espíritu, simpatía humana. El arte ha huido de Yécora, dejándolo en medio de sus campos que rodean montes desnudos, al pie de una roca calcinada por el sol… Le ha dejado en los brazos de una religión áspera, formalista, seca; entre las uñas de un mundo de pequeños caciques, de leguleyos, de prestamistas, de curas, de gente de vicios sórdidos y de hipocresías miserables.

Los escolapios tienen allí un colegio y contribuyen con su educación a embrutecer lentamente el pueblo…

No se nota en parte alguna la preocupación por la comodidad, ni la preocupación por el adorno. La gente no sonríe.

No se ven por las calles muchachas adornadas con flores en la cabeza, ni de noche los mozos pelando la pava en las esquinas. El hombre se empareja con la mujer con la obscuridad en el alma, como si el sexo fuera una vergüenza o un crimen…»

Castillo Puche nos dice de ese mismo pueblo, que el lugar es toda España, lugar de encrucijada:

«Hécula no está en el Levante, ni en la Mancha, tampoco está exactamente en Castilla, Hécula es un pueblo raro…»

En ese mismo lugar, Julio, vive los años más difíciles de la primera mitad de siglo. Enfermedad, cementerio, y muertes que va a ir jalonando su vida, haciéndole ver que va creciendo, que es lo mismo que ir muriendo. Nada hay alegre en su infancia, marcada por la muerte del padre, y el tremendismo de su entierro. Espectáculo que la presencia del “convocaor” convierte en danza de la muerte, la danza igualadora, porque es pública, la muerte resulta ser la única cosa que no podemos ocultar, de ahí que tenga, por un triunfo, haber burlado al pueblo arrebatándole el cadáver de la madre.

Las peripecias del protagonista expuestas en primera persona, a modo de confesión general, a un su amigo llamado José Luis Castillo-Puche, el autor, suceden sobre el telón de fondo de los años treinta y cuarenta, incidiendo sobre algunos episodios: quema de la iglesia, “paseos”, quinta columna, socorro blanco, desmoronamiento del frente, episodios amorosos reducidos a sexo o conveniencia y, sobre todo, el truncamiento producido por la guerra, tanto de vidas como de proyectos. Los diálogos, las digresiones, el paisaje y los fragmentos líricos aportan una convincente sensación de realidad.

Si en Baroja, Yecla, supone una estación en su peculiar camino de perfección; y en Azorín, la ausencia de voluntad. Ahora, para Castillo-Puche es la enfermedad. Quisiera detenerme en la presencia de un mal que rebasa lo estrictamente orgánico para convertirse en un cáncer que roe las almas, alcanza una dimensión moral que afecta al individuo y a la sociedad.

<<Una novela –dice Buckley– es el compromiso particular de un hombre con su tiempo, y la forma de la novela es la expresión de este compromiso.>>Así lo entiende Castillo-Puche, al manipular esos dos cuadernos que el azar ha puesto en sus manos. Bastará comparar la diferente extensión de los once capítulos, que componen la novela, para entender las líneas que soportan el peso de la narración. Siempre los recuerdos del pueblo y de la infancia son los protagonistas, el personaje apenas progresa, se nos entrega hecho desde un principio.

Y es que la novela se escribe desde el final:

<<No hay más remedio que comenzar por el principio. Forzosamente tengo que remontarme a aquellos años en que empezó a enredarse el trágico ovillo familiar. Se impone saltar de una vez el muro altísimo de la presente angustia para buscar en su mismo tronco la savia dañina de donde dimana el bronco turbión de mi inútil, absurdo y arrebatado existir.>>

Y se constituye como la defensa de una vida, se trata de justificar su inutilidad, en este presunto juicio a la historia de España, así dice:

<<Mí única defensa va a ser escribir, no sé si para los demás o para mí mismo. Pero escribirlo todo.>>

Y seguirá tratando de comprender las causas de esa enfermedad terrible:

<<Yo pienso con todo que quizá hay muchas vidas fuera de su lugar, desplazadas de su sitio, quizá la felicidad, si existe, no es más que un problema de ubicación.>>

Se trata de un alma enferma. Habrá de averiguar cuál es la causa de esa enfermedad. ¿Se debe a la herencia? Si es así, tendría un valor emblemático, simbólico, Julito tendría la enfermedad de todos, de ahí que no sirva para nada el médico:

<<No hay médico, pues, que valga. Ni oír quiero la palabra médico. Aunque pudieras sacarme por docenas placas perfectísimas en que los barrotes de mis vértebras pudieran contarse como la empalizada de un jardín. Yo sé mejor que nadie en qué jaula de huesos está encerrada mi alma y la conozco enferma.>>

Julio, único superviviente de su familia, que ha resistido la guerra, ahora tiene que orientarse. Para ello se encierra en la habitación de un último piso, abierto a todo viento, a modo de torreón, y decide escribir para ordenar así sus pensamientos, al mismo tiempo que calma su inquietud y su vehemencia. De ese modo sin saberlo irá asumiendo el pasado y, aceptándose, podrá ofrecer un nuevo camino a su vida. Una vez que se halla lejos de la terrible atracción de la muerte, que representa el pueblo. La muerte no es otra cosa que la memoria anclada en la inacción, de ahí ese extraño final de ahorcado que suele dibujarse en el paisaje.

Recuérdese que en el 51 acaba de aparecer la serie de Cela: “Caminos inciertos”, cuya única novela será “La colmena”, que muestra la desorientación causada por la guerra. Novela de protagonista colectivo presenta una galería de personajes afines a este Julio, uno de ellos, Martín Marco, me parece el más próximo, me refiero a la relación con prostitutas, aparte de que se tratase de un reflejo sociológico, se convierte también en un dato moral, basta recordar el momento en que Martín, cansado de deambular por la noche madrileña, viene a buscar refugio en casa de Doña Jesusa, quien le dice:

<<-Anda, pasa con nosotras a la cocina, tú eres como de la familia.>>

Es decir, tú también estás prostituido, eres tan corrupto como nosotras. La prostituta viene a ser un modelo de comportamiento de la época, que muestra de manera ejemplar la historia inmediata. Ha perdido su honra por motivos inmediatos o remotos relacionados con la guerra, convive con la corrupción y mantiene una actitud entre romántica y pragmática, por lo que es la perspectiva idónea para desenmascarar a la sociedad, se trata de un oficio guía.

De ahí que cuando el protagonista confiesa que una prostituta es su amor, sabe que va a ser difícil justificarlo: <<Me parece que nadie podrá comprender que me haya enamorado de una prostituta.>> Y que se han encontrado en la muerte, única solución. Muerte que insiste una vez más en la muerte moral. Lo que podría haber sido un juicio público se convierte definitivamente en una confesión.

María Zambrano en su libro “La confesión: género literario” dice que esta declaración resulta de la <<desesperación de sí mismo, huida de sí en espera de hallarse. Desesperación por sentirse obscuro e incompleto y afán de encontrar la unidad.>>

Unidad que el protagonista va a descubrir en la muerte, no la que él ha esperado por su enfermedad, la falsa memoria, sino por la otra realidad, también alejada de los otros, la del hermano de Elvira.

Con este final, Julio, vence de nuevo al pueblo, pues muerte y entierro serán hurtados a su historia, no a su memoria profunda. Creo que este es el tema de la novela: ahondar en los hombres para encontrar los fundamentos con que se amasan los pueblos.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022), Antología del Veintisiete en Murcia (Mayo, 2024)

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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