Las nueve musas
José María Arguedas

J. M. Arguedas, «Agua» (1935)

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José María Arguedas (1911 – 1969) emerge del escenario literario del Perú para América y Europa con su tríptico de cuentos Agua (1935), donde se recrea la realidad del comunero indígena y su cultura quechua.

La obra es una apuesta juvenil que fusiona de manera magistral la identidad del misti blanco y su sensibilidad hacia el legado quechua para recrear las vivencias de sus primeros años de vida y así rendir homenaje a los descendientes de aquello que fue territorio Inca.

(…) con toda la exigencia del alma nuestros odios y nuestros amores de hombre. Porque habiéndose producido en mi interior la victoria de lo indio, como raza y como paisaje, mi sed y mi dicha lo decían fuerte y hondo en kechwa. Y de ahí ese estilo de Agua, del cual un cronista decía en voz baja y con cierto menosprecio, que no era ni quechua ni castellano, sino una mistura. (Arguedas en Escobar, 1984, p. 76)

La temática literaria de J. M. Arguedas se destaca por el amor al indígena peruano, por su esfuerzo por comprender la identidad y tradición que se enfrenta a la lógica del colono blanco que se apropia del territorio para explotarlo sin importar el daño que cause a la tierra y a las comunidades ancestrales que sobreviven en los territorios. Con esta obra ganó el segundo puesto en el Concurso Internacional de Cuento de la Revista Americana de Buenos Aires y poco a poco conquistó al lector europeo que tradujo la obra al ruso, alemán, francés e inglés.

Agua
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Una breve biografía

Escobar (1984) reseña aspectos vitales de J. M. Arguedas, quien sufría cuadros clínicos de depresión a partir de la etapa adulta. Este padecer lo llevó finalmente al suicidio.

He sido feliz en mis llantos y lanzazos, porque fueron por el Perú; he sido feliz con mis insuficiencias porque sentía el Perú en quechua y en castellano. Y el Perú ¿qué? (…) Despidan en mí a un tiempo del Perú cuyas raíces estarán siempre chupando jugo de la tierra para alimentar a los que viven en nuestra patria, en la que cualquier hombre no engrilletado y embrutecido por el egoísmo puede vivir, feliz, todas las patrias». (Diario de Arguedas en Escobar, 1984, p. 93)

En 1913, Arguedas tiene dos años y medio y queda huérfano. Su padre, un abogado de Cuzco, inicia una relación con una terrateniente que despreciaba tanto al hijastro como a los comuneros indígenas que estaban a su servicio. Escobar lo explica:

Circunstancias familiares motivaron que Arguedas viviera años decisivos de su infancia en estrecho contacto con la población india. Fue en ese medio que descubrió los patrones culturales indígenas y aprendió el quechua, lengua que conservó como dominante por años y cuya práctica y cultivo oral y escrito mantuvo, junto con el castellano, por el resto de su vida (…) El itinerario escolar de Arguedas refleja así mismo sus desplazamientos y permite entender su proceso de adaptación formal al régimen de la escuela, instituido sobre los valores de grupos dominantes del país y en abierto divorcio con la cultura popular del mundo andino (1984, p. 18).

En 1931, a la edad de 20 años, J. M. Arguedas inicia estudios universitarios en la Universidad de San Marcos. Egresa de la Facultad de Letras y se convierte posteriormente en docente de lenguas y defensor del arte y la cultura popular del Perú.

A partir de la década de los años cuarenta construye una obra extensa que es tesoro de la sociedad americana. J. M. Arguedas elabora relatos, novelas, poesías, estudios literarios; traducciones del quechua al español; es transcriptor del español al quechua, lo que lo hace un lingüista, dialectólogo y pedagogo preocupado por los problemas educativos del hibrido que se gesta entre el quechua y la lengua española que lo lleva a realizar investigaciones antropológicas en relación directa con el arte y la cultura del ancestro prehispánico y por tanto pública por décadas artículos de divulgación en revistas y periódicos.

Agua (1935) está compuesto por tres cuentos de carácter homogéneo: “Agua”, “Los escoleros” y “Warma Kuyay” (Amor de niño). Las tres narraciones tienen como voz a  un niño blanco, camino a la adolescencia, instalado y acogido por las comunidades de San Juan y Aka’ola, entre otras comunidades. Este enfoque es una constante en sus obras posteriores y llega a su mayor perfección en su novela Los ríos profundos (1958).

Agua (1935)

La primera narración que escribí fue relativa a una peripecia muy triste de mi primer amor frustrado, se llama «Warma Kuyay», que quiere decir «Amor de niño». Los críticos consideran este relato como uno de los buenos que he escrito y todavía a mí me parece el mejor de todos. Lo escribí en un estado total de inocencia en cuanto a la técnica y ha resultado siendo el mejor de los que he escrito. Las dificultades vinieron cuando traté de interpretar la vida del pueblo indígena, porque entonces el castellano me resultaba un instrumento incompleto o insuficiente. Mi problema fundamental ha sido un problema lingüístico, que seguramente también es un problema de técnica (los estudiosos de la técnica lo dirán con mucha más claridad que nosotros) (Arguedas en Escobar, 1984, p. 166).

La ruralidad peruana no es la excusa para que el intelectual blanco pinte paisaje, por el contrario, esta relación se convierte en una visión de mundo profunda que lo lleva a entablar una pelea encarnizada con el lenguaje hasta convertirse en un referente de la lucha étnica desde lo social, lo cultural y lo político, que procuró hasta su último respiro educar a las comunidades para que tomarán el papel protagónico en la construcción de la nación peruana. Arguedas trabaja durante esta etapa una técnica narrativa que mezcla tanto la lengua española como el dialecto quechua con sentido de paridad para expresar la realidad hibrida del comunero.

A los comuneros y «lacayos» de la hacienda Viseca con quienes temblé de frío en los regadíos nocturnos y bailé en carnavales, borracho de alegría, al compás de la tinya y de la flauta. A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio: K’ayau, Pichk’achuri, Chaupi y K’ollana. A los comuneros de San Juan, Ak’ola, Utek’, Andamarca, Sondondo, Aucará, Chaviña y Larcay. (Arguedas, 1935)

Sin embargo, años más tarde, después de depurar su estilo y de perfeccionar su narrativa, reconoció que el código quechua debía adaptarse a la semántica de la lengua española para pervivir estéticamente en el campo de la expresión y el pensamiento latinoamericano.

Por esta razón se puede decir que Agua (1935) es el inicio de una etapa creativa osada que expresa el sentir quechua desde la escritura en castellano: “en una pelea verdaderamente infernal con la lengua” (Arguedas, 1958).

La expresión quechua cuenta con una marca enunciativa que detona en la obra de Arguedas, ya que el quechua no cuenta con preposiciones o artículos y por lo tanto es verbo o acción constante. Elemento expresivo del habitante del territorio andino que siente una conexión sagrada y amor por la naturaleza agreste que se expresa en los sonidos, en el folclor ritualista que Arguedas comprendió y explotó narrativamente de la mejor manera. Esto explica la razón de porqué se presentan los sucesos con una intensidad afectiva que es un sello propio del autor.

‘Agua’

Agua (1935) es un libro de tres relatos escritos con pasión autobiográfica que denuncian el abuso sistemático por parte del misti (terrateniente blanco y sus mayordomos) que destruyen la pureza del mundo indígena representada en el agua, la naturaleza, los animales y el sometimiento de la mujer indígena, atrapada y abusada en un mundo machista y patriarcal que la reduce a la condición de sierva. Esta capacidad de interpretar y expresar la realidad del comunero quechua otorga a Arguedas la condición de narrador latinoamericano icónico de Siglo XX.

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RELATOS COMPLETOS
  • Arguedas, José María (Autor)

J.M. Arguedas opta por generar un mundo de tensiones, así configura su thelos narrativo que está inmerso en una atmósfera cargada de violencia  y crueldad donde aparecen una serie de relaciones serviles y pasionales.

—Agua, niño Ernesto. No hay pues agua. San Juan se va a morir porque don Braulio hace dar agua a unos y a otros los odia,

—Pero don Braulio, dice, ha hecho común el agua quitándole a don Sergio, a doña Elisa, a don Pedro…

—Mentira, niño, ahora todo el mes es de don Braulio, los repartidores son asustadizos, le tiemblan a don Braulio. Don Braulio es como zorro y como perro.

(…) El tayta Vilkas era un indio viejo, amiguero de los mistis  principales. Vivía con su mujer en una cueva grande, a dos leguas del pueblo. Don Braulio, el rico de San Juan, dueño de la cueva, le daba terrenitos para que sembrara papas y maíz.

En este sentido aparecen Froylan y Ciprián, mistis (terratenientes blancos) que someten a la comunidad al punto de imponer silencio y postración. En este entorno son los indios quienes están  diferenciados y excluidos de manera directa (personajes degradados de sangre indígena como Vilcaz, Fermín y Jesús quienes se venden a los principales y atacan a sus pares de igual o peor manera). El narrador conoce y desarrolla detalles íntimos con la intensión de profundizar en los perfiles psicológicos de los personajes y así expresar el conflicto constante que caracterizaba la vida rural del Perú.

Mario Vargas Llosa en su introducción a los Relatos Completos  de José María Arguedas (1998) advierte que:

Este fue el elemento más novedoso que introdujo en la literatura peruana el primer libro de Arguedas, Agua 1935: un mundo donde se borran los individuos y los reemplazan como personajes los conjuntos humanos. Ahora bien, en aquellos relatos y en los que escribiría después, esto será sobre todo constante del mundo de los indios; entre los ‘mistis’ prevalecerán las figuras individuales. Pero la sociedad india no es uniforme. En su seno hay diferencias y ellas corresponden a colectividades, generalmente constituidas por el lugar donde viven y el trabajo que realizan sus miembros (1998, p. 21).

La voz del indio peruano es una constante enunciación del padecer ante el hombre blanco y el territorio agreste en el que se desenvuelven los personajes que evidencian un mundo dividido y lleno de contrastes. Es así como el ‘misti’ (colono, terrateniente) hombre blanco y principal se enfrenta al indio comunero que a la vez se diferencia y puede reproducir un dominio despiadado sobre la comunidad debido al peso de su edad, sexo y ocupación. Esta atmósfera está cargada de tensión, crueldad y violencia expresada en relatos que mantienen dicho padecer de manera cíclica:

La más acusada característica de la sociedad que estos cuentos describen es la violencia, una crueldad que encubierta o impúdica, comparece en todas las manifestaciones de la vida. Se trata de una sociedad andina (…) la referencia es feudal, en la que un puñado de ‘mistis’: gamonales, comerciantes, de cultura medianamente occidentalizada, ejerce una explotación múltiple sobre la masa india, de habla y tradición quechuas (1998, p. 10).

En “Agua”, por ejemplo, se encuentra un pueblo en el desierto peruano, la puna peruana, allí el gamonal acapara el precioso e indispensable liquido: “(…) agua, niño Ernesto. No hay pues agua. San Juan se va a morir porque don Braulio hace dar agua a unos y a otros los odia” (1998, p.89). Esta es la tragedia social que detona el thanatos narrado por un niño quien tiene la función de ser la voz omnisciente que presenta los hechos con base en la experiencia y con la finalidad de denunciar la crueldad y la violencia que padece la sociedad peruana en los territorios rurales:

—Antes, cuando había minas, sanjuanes eran ricos. Ahora chacras no alcanzan para la gente.

—Chacra hay, Pantacha, agua falta. Pero mejor haz llorar a tu corneta para que venga gente (1998, p. 89).

(…) Sólito, en ese morro seco, esa tarde, lloré por los comuneros, por sus chacritas quemadas con el sol, por sus anima] i tos hambrientos. Las lágrimas taparon mis ojos; el cielo limpio, la pampa, los cerros azulejos, temblaban; el Inti, más grande, más grande… quemaba al mundo. Me caí, y como en la iglesia, arrodillado sobre las yerbas secas, mirando al tayta Chitulla, le rogué:

—Tayta: ¡que se mueran los principales de todas partes!

Y corrí después, cuesta abajo, a entroparme con los comuneros propietarios de Utek’pampa. (1998, p. 119).

Si bien Arguedas es un poeta y un nostálgico, sus personajes están llenos de tensión en el contexto de la realidad peruana y sus descripciones llevan constantemente a la acción que se intensifica a tal punto que el lector encuentra el pathos trágico por la disyuntiva entre el colono blanco, supremacista, terrateniente ante el indígena, habitante humilde con raíces prehispánicas, para mayor señal, descendiente del puno.

 ‘Los Escoleros’

Don Ciprián domina un extenso territorio y lo acapara como gamonal hasta asfixiar a los pueblos indígenas que habitan los territorios de la puna y la sierra en condición de siervos:

Don Ciprián Palomino; porque en su fiesta el principal le besa en la mano, y no como los ak’olas en una punta de la capa; a veces hasta se ríe en su delante y echa ajos roncos con confianza. ¡Don Ciprian, sí! Don Ciprian es rey en Ak’ola, rey malo, con un corazón grande y duro, como novillo de viejo. Don Ciprian se lleva las reses de cualquiera; de él es el agua de todas las acequias, de todas las lagunas, de todos los riachuelos; de la cárcel. El tayta cura también es concertado de Don Ciprian; porque va de puerta en puerta, avisando a todos los comuneros que se engallinen ante el principal. Don Ciprian hace reventar su zurriago en la cabeza de cualquier akóla; no sabe entristecerse nunca y en el hondo de sus ojos arde siempre una luz verde, como el tornasol que prende en los ojos de las ovejitas muertas. Cuando ven la plata no más sus ojos brillan y se enloquecen (1998, p.137).

Los principales, se pregunta la voz omnisciente, ¿acaso no tienen alma?… don Ciprián, Fermín y Jesús, como se explicó anteriormente, tienen el compromiso de romper el alma del comunero. De envilecer su existencia y quitarle la pureza ancestral que es vista con desprecio por el colono.

Se observa la fuerte tensión entre el ‘misti’ y el comunero, lo cual se repite en “Warma Kuyay” cuento corto que sirve de epilogo a Agua (1935). En este relato el telón de fondo es una hacienda en la cual el ‘misti’ Froylan viola a una adolescente, Justina, a pocos días de contraer nupcias con su prometido, Kutu. En Agua (1935) aparece el hibrido cruel y violento de un sistema semifeudal que corroe a la sociedad peruana.

‘Warma Kuyay’ (Amor de niño)

Tiene como protagonista a un adolescente de catorce años, descendiente de blancos, pero criado y acogido por los indígenas de la hacienda a la que está ligado como sobrino del terrateniente Froylan. Es por tanto una remembranza autobiográfica del autor que construye la voz narrativa para expresar los sentimientos encontrados hacia los blancos y los indios quienes experimentan el amor y la competencia constante.

Esto puede observarse en Ernesto quien ama a Justina, una muchacha comunera, y pareja de un cholo que termina por ser despreciado por el personaje principal, pues el niño blanco no acepta que la comunidad aguante los abusos de los blancos y luego reproduzca el castigo en otros seres indefensos alimentando así el circulo vicioso del maltrato.

También se observa la admiración que siente Ernesto por la comunidad y su pesar por los atropellos que el patrón Froylan comete contra la pareja de futuros esposos. Los indios están resignados. Son siglos de postración y albergan la esperanza, en este caso el personaje Kutu, de que Ernesto crezca y se haga abogado para defenderlos.

Ernesto ama a Justina, sin embargo, está destinada a Kutu, amansador de toros, terneros y potros quien es cobarde y abusivo con el ganado del patrón. Este azota cuanto puede a los terneros en venganza por la violación a Justina. Ernesto cuenta con pesar y rabia que con Kutu escogían a los animales que iban a ser torturados, hasta que se arrepiente y pide perdón a la indefensa ternerita maltratada Zarinacha: “— ¡Niñacha, perdóname! ¡Perdóname mamaya! —. Junté mis manos y, de rodillas, me humillé ante ella —. Ese perdido ha sido, hermanita, yo no. ¡Ese Kutu canalla, indio perro!” (1998, p. 151).

El niño blanco entra en conflicto y siente arrepentimiento. Ahora bien, el móvil del personaje blanco es llevar la cosmovisión andina al mundo occidental. Esta visión culto telúrica se debate entre la compasión hacia el mundo andino y una intensión de poseer y transformar tanto al hombre andino como a su entorno vegetal y animal, es difícil mantener la imagen de un comunero puro, no corrompido por la humillación y la degradación del misti blanco.

La prosa narrativa de José María Arguedas está cargada de una poesía nostálgica que reconoce y representa el despojo al que ha sido sometido el hombre y la mujer indígena. Arguedas, perteneciente a la sociedad aristocrática de los terratenientes peruanos, accede a una formación política e intelectual que está influenciada por la cosmogonía afectiva del indígena que habita la sierra y el puno peruano. A lo largo de su vida se entregó a la causa indígena para devolver la dignidad y generar paridad nacional que aún sufre las prácticas de exclusión social.

Agua (1935) es para Arguedas el inicio de una búsqueda creativa que relata en primera persona el mundo indígena tratando de la mejor manera posible de ser fidedigno, leal, a esta dimensión afectiva que lo acoge desde sus primeros años y por el resto de su vida.

REFERENCIAS

Arguedas, J. M. (1935). Agua.

Arguedas, J.M. (1998). Relatos Completos  de José María Arguedas. Losada.

Escobar. A. (1984). Arguedas o la utopía de la lengua. Instituto de Estudios Peruanos.

Gómez, J. M. (1990). Historia de la Literatura Latinoamericana. Universidad Complutense.

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Olmer Ricardo Cordero Morales

Olmer Ricardo Cordero Morales

Pertenezco a la Generación Perdida que creció en medio de la guerra contra el narcotráfico en las décadas de los años 80's y 90's.

Me considero un "medellinologo", soy un investigador urbano que se ha dejado atrapar por una ciudad tan compleja, a la cual todos sus poetas y escritores mayores le han cantado con una profunda mezcla de amor y odio.

Desde muy temprana edad me entregué a la literatura que es mi pasión. A los quince años asistí al Taller de Escritores dirigido por Manuel Mejía Vallejo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A los 18 años ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Colombia, allí empecé a participar en la actividad cultural y política de la ciudad, fundé junto con otros jóvenes ingenuos y soñadores grupos de poesía y teatro, también realicé documentales.

Soy egresado en Letras: Filología Hispánica, Universidad de Antioquia.

En 2015 gané el premio de Crónica: Belén sí tiene quien le escriba, con la obra “La calle, la esquina, el barrio”. Soy docente, periodista y corrector de texto y estilo. En 2018, publiqué la novela, La flor de los 80’s. En 2022, ocupé el segundo puesto en el IV premio de Relato Breve convocado por Las nueve musas, revista digital de España.

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