Conforme pasan los milenios, los siglos, los años hasta llegar al invaluable segundo, el ser humano ha dejado de comprender la diferencia entre la Existencia y la Vida, entre el ser y el estar, y, por ende, no percibe los caminos separados, pero paralelos entre el alma y el espíritu, el cronos y el kayros; sin embargo, entenderlo es primordial para el desarrollo de nuestra plenitud.
Pero ¿qué es la plenitud, tiene sentido para cada ser humano morir bajo la paz del encuentro vida-existencia?
Si nos vamos hacia ese tiempo que tuvo su origen después de ese… y en el Principio comprenderemos que se tienen dos comienzos, uno el que corresponde a la materia y el otro al espíritu, teniendo como misión crecer en sí mismos y fortalecerse al entretejerse sin dejar de ser independientes uno del otro, sin embargo, la construcción dentro de esta unión que tiene como fin alcanzar la templanza se enfrenta a una fuerza irracional que provoca que ni la materia ni el espíritu encuentren su templanza; esta fuerza llamada concupiscencia y Satán es el Alma.
El alma para los antiguos sabios semitas, tiene la misión de poner a prueba tanto al espíritu como al cuerpo, impidiéndole su encuentro con la Nada que también es el Todo.
Es así que cada vez que D/os se contrae en su amor y expande su misericordia y una nueva existencia surge, un ser emerge de la nada para ser todo, para después retornar a la Nada bajo una nueva esencia, porque al tocar la energía a la materia se completa al llevar en si misma el entendimiento de la Eternidad porque ya tiene impregnado el significado del tiempo.
Es así que Somos para dejar de ser a cada segundo, sí, conforme cada segundo pasa lo que éramos ya no es, por lo que nos preparamos para ser algo que será, de ahí el sentido de uno de los nombres sagrados Soy el Soy, el que Fui y el que Seré.
Cada ser humano es para dejar de ser, es decir, es creado por D/os en Espíritu para ser engendrado en la materia, con la finalidad de que el ser se llene en su totalidad y Muera para dejar de ser y se vuelva Eternidad.
Así para los grandes sabios y padres de desierto, la Vida es sólo un proceso del Espíritu para encontrarse en amor con la Materia, pero para ello debe de enfrentarse al Alma, esa que nos lleva a caer setenta veces siete, para aprender y llenarnos de sabiduría, sin ella no podríamos morir en paz, y sobre todo no tendría sentido nuestra existencia.
Pero… cómo podemos aprender el significado y la profundidad de cada uno de estos conceptos, bueno D/os a lo largo de los siglos que equivalen a uno solo de sus días nos ha enviado a profetas y mensajeros que nos han ido revelando a través de diversos Libros Sagrados como los Vedas, los Puranas, Sutras, la Torá, el Tanaj, el Inyil o Nuevo Testamento y el Sagrado Qurán diversos conocimientos para lograrlo, aunque habremos de aceptarlo no es absolutamente nada fácil, de ahí que Khrsna le diga Arjuna, existen diversos guerreros, aquellos que les toca vencer a través de la materia y a quienes les corresponde luchar con el espíritu, y ambos son necesarios, son complementos, porque los une y fortalece la batalla contra el Satán, es decir, con nuestra propia alma, de ahí que el Profeta Muhammad ante la pregunta de uno de sus generales cuando este le dice:
Hemos ganado esta batalla, ¿ahora qué sigue?
a lo que el profeta le responde,
sigue… la Batalla más difícil de ganar, la Yihad, es decir, la batalla contra uno mismo.
Pero en camino paralelo a la sabiduría de los mensajeros y profetas de Allah, se encuentran los escribas, hombres y mujeres contemplativos de la creación divina y quienes menciona Juan Pablo II son los verdaderos co-creadores de D/os, porque los escribas no sólo ven, miran y observan, sino que contemplan y esta acción implica la unión de los cinco sentidos, creado una sinestesia que puede ser tan extrema que conduce al éxtasis o al llamado orgasmo espiritual.
Estos escribas o hagiógrafos como se les llamó en la antigüedad trazaban la sabiduría del Misterio contemplado y lo bajaban al lenguaje común para mostrar esta enseñanza por medio de textos en donde la poesía se convertía en el mayor instrumento, ya que conduce al oyente o al lector a comprender y sentir lo que antes no se tenía al alcance.
Es así como a lo largo de los siglos estos escribas se encuentran presentes aún en nuestra contemporaneidad, aunque es de resaltar que en la mayoría de las ocasiones la sabiduría que muestran cada uno de sus versos se pierden bajo una compresión vaga, un ejemplo claro de estos poetas-escribas son José Vicente Anaya, Sergio Mondragón, Hugo Giovannetti Viola, Saúl Ibargoyen y Fernando Corona, quienes llevan bajo cada una de sus letras y espacios una sabiduría particular la cual pareciera narrada por los ángeles.
Y es aquí donde me dedicaré a analizar de manera breve, pero profunda la escritura develada de Fernando Corona, a quien considero un escriba que lleva a entre cada uno de sus poemas a una conversación espiritual.
Este poeta se convierte en un guía a través de sus imágenes y metáforas, nos lleva por sederos pedregosos para después dejarnos descansar en jardines livianos y tranquilos, su poesía pareciera ser un mensaje y una enseñanza que baja desde cada uno de los siete cielos para mezclarse en la materia.
Sí, la poesía de Fernando Corona, nos eleva, nos baja y sobre todo nos lleva a luchar contra el alma, nos conduce a responder aquello que muchas ocasiones evadimos o dejamos que nos pierda.
Se podría decir que leerlo es comenzar el encuentro con nosotros mismos, porque su voz se convierte en nuestra voz y al mismo tiempo en esa voz lejana que solo D/os o los dioses pueden convertir en eco espiritual.
Una vez comprometido, no se vale arrepentirse menciona Fernando Corona en su poema Peregrino, como recordándonos el pacto que tiene la existencia con la vida y sobre todo con la contemplación.
Aunado a ello, en cada uno de sus poemas se destila su conocimiento sobre la antigüedad clásica, porque sí, este poeta-escriba experto en letras clásicas no sólo demuestra su conocimiento en la delicadeza y casi perfecta escritura, sino que nos sitúa frente a los dioses, nos lleva a encararlos y nos profundiza en esa conversación espiritual con la creación y con todo aquellos que somos y a lo que en ocasiones tanto tememos, al cuestionarnos:
¿Qué puedo pedir al ver de pronto el desastre desatado?
¿Quién restaura en los pueblos cansados como está de albergar hombres-
el afán de nutrir más en la espera
de que llegue quien vale
que otros mil no hay sido?
[…] ¿Qué ves? Me preguntan los astros.
¿Qué ves? Interroga el abismo insondable
Es de esta manera como podemos percibir un reencuentro con la forma antigua de los escribas quienes tenían como misión dar diversos mensajes con un solo texto, es decir, se encuentra el mensaje que va directo a la comunidad, en conjunto, pero también el mensaje que va sólo al corazón, vísceras, cerebro y el que nos dirige hacia el dialogo con la naturaleza.
Sólo una vida tengo entre las manos
como un gorrión miedoso y trémulo,
a ratos nada más la llevo,
por momentos me cansa y la abandono
detrás de mi silencio ciego y torpe,
la recojo después arrepentido
a media calle de mis frustraciones
a veces, cuando miro su plumaje,
la acaricio y me digo entusiasmado
que tengo la mejor de entre las vidas…
Pero regresemos al punto de origen de este escrito que nos entrelazó con este escriba.
La conversación espiritual es un acto que se va perdiendo, sin embargo, con ello se despedaza el conocimiento o mejor dicho la búsqueda de cada una de esas cuestiones que en diversos textos literarios clásicos se remarcaban, ¿Ser o no ser? Menciona Hamlet, o aquellas preguntas de Segismundo, ¿Qué es la vida?, un frenesí, ¿Qué es la vida?, una ilusión una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son…
El acto de que un texto te lleve a conversar con el espíritu tiene una importancia trascendental para el desarrollo de cada persona, en particular porque lleva a comprender que no se está solo, que todo tiene compañía y que toda vida, por el acto de ser y de no ser ya tiene existencia, la cual se fortalece con la muerte.
Cada escrito que lleva a dialogar con el interior es un texto que en sí mismo lleva ya algo de sagrado, en particular porque esto demuestra que no se queda en la banalidad ni en lo superficial, sino que existe un interés por trascender el tiempo, es decir, hacer de la muerte el respiro hacia la eternidad.
A este tipo de texto no se puede considerar un género, pero si se le considera un instrumento místico al convertirse en la respuesta que llevará a la persona a su pregunta, porque mencionan los textos antiguos que todos tenemos todas las respuestas en nuestro interior, por lo que el conflicto real es que no tenemos las preguntas correctas, siendo el encontrarlas parte de nuestra misión de existencia.
Por ejemplo, cuando leemos el Peregrino Ruso, el escriba dice, no encuentro quien me diga como acercarme a D/os, todos a quienes les pregunto me ordenan, me dan leyes, pero ninguno me dice realmente, hasta que se encuentra con un anciano quien le dice, que sólo por medio de la contemplación y la conversación espiritual a través del propio corazón podrá comprender lo sagrado, y es esta contemplación escrita lo que Fernando Corona entrega a cada uno de los sentidos y lenguajes, de ahí que en su poema Lamentación del Mudo, escriba,
Quién pudiera entender que es el silencio
Un antiguo regalo de los ángeles.
O en su poema El Anciano Quirón
Ay del jinete que no entiende
la antigua encarnación de los centauros
Como podemos sentir, sus palabras abren caminos hacia los senderos de lo desconocido de todo aquello que parece tan pequeño que no es que extravíe dentro de la inmensidad, sino que es la inmensidad en sí misma de ahí que los místicos digan que D/os se encuentra en lo más pequeño, de ahí que mencionen que todo lo que se ve muere y renace por lo que hay que sorprenderse de la expansión de la existencia en una nueva vida, y por ello, Corona menciona en su poema Prometeo entusiasmado
[..] las llamas no son sólo un soplo ardiente
Quemar es patrimonio de los dioses
Las flamas son también los elementos
que deben ser usados con prudencia
Mirar sólo es posible con la llama,
los ojos son incendios que envejecen
Como hemos podido observar de manera sumamente breve la obra de Fernando Corona nos conducen a parar, a contemplar, a guardar Silencio, a contemplar de nuevo, a murmurar hasta desvanecernos frente a nosotros mismos para charlar con el yo, con la mente, con el corazón y sobre todo nos lleva a comprender a través de su poema los Trabajos y los Días, bajo la enseñanza de Hesíodo que el dialogo espiritual no es mas que el trabajo de la memoria mientras que el recuerdo sólo devela la despedida del olvido, porque sí, así como todo lo existente nace cada día para morir y renacer de nuevo, también existen palabras y acciones que mueren para dejar de ser para no ser para formar parte del Todo que se vuelve Nada, porque sí, todo lo que se escribe lleva en sí mismo ya una despedida que bajo el manto de la conversación espiritual nos hace contraernos y expandirnos a imagen y semejanza de la esa primera palabra con la cual D/os dijo…. Y se hizo…
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