Escucho en un programa de televisión donde la fauna de las Españas intenta conocerse, el concepto tan de moda, tan en boga, tan “in” del amor casual. Ese que surge de momento y altera nuestro sistema nervioso de modo temporal para durar lo que tarda en desaparecer la tarta de cumpleaños en una fiesta infantil.
Las cosas son así, te gusten o no, y o te adaptas o eres un inadaptado, un raro, un extraterrestre en este hermoso mundo líquido y digital que entre todos laboriosamente hemos cavado y no sé si ya tiene vuelta de hoja.
Hoy día, el siglo XXI se llama Mujer y quien no entienda y comprenda esta idea es un diplodocus cavernícola, escapado de Sierra Morena para no entender una pizca de este “flow” que sopla con virulencia enérgica y dominante. En estos tiempos, el hombre ya no es el “cazador” sino la pieza a disputar por la mujer independiente que busca una persona del otro sexo para una noche, un finde o unos días placenteros y agradables. Los papeles se han intercambiado y la mujer es la “cazadora”. La ley del péndulo de la evolución. La palabra “compromiso” es un término en desuso que dura lo que se mantiene el placer del encuentro y los momentos.
Las leyes, es mi opinión, guste o no oírlas, han creado fosos, muros, alambradas, verjas, puentes levadizos entre los géneros. Hoy casi nadie se fía de casi nadie. La desconfianza es la norma, regla, modelo de conducta. Las relaciones cuesta mucho en convertirlas en permanentes. Tienen visado de pasajeras y provisionales. No sólo entre parejas sino entre amigos, vecinos, familiares, compañeros de trabajo. La desconfianza y la individualidad son los patrones de actuación y viaje.
Cuesta oír que un hombre y una mujer, dos hombres, dos mujeres, deciden unir sus vidas por 20, 30, 40, 50 años… Suena a milagro, a cosa de un tiempo pretérito perdido en la memoria de los sueños. A paisaje irreal en tiempos fugaces y movedizos. Hoy lo que funciona es el amor casual como cierto tipo de ropa, las relaciones abiertas, el poliamor y el típico “aquí te pillo, aquí consumamos” que ni mucho menos es patrimonio exclusivo de hombres. La mujer es hoy protagonista del dominio, la búsqueda de placer y diversión a plazo contado y prefijado.
Leo en un medio de comunicación, en su versión digital, que lo que Hoy, Ahora, triunfa son las parejas LAT (Living Apart Together), Vivir Juntos Separados Tener una relación sin vivir en pareja para evitar la monotonía de la convivencia que corroe los engranajes del amor, cariño y el roce. Dos personas que emprenden camino juntos y deciden vivir en residencias separadas aunque vivan en la misma ciudad, el mismo barrio, la misma calle… Al parecer, esta clase de relaciones disfrutan más del tiempo que vivir juntos sin dependencias.
Según las dichosas estadísticas, el 8% de las parejas ya vive así en España. En Inglaterra son 2,2 millones de parejas quienes han decidido seguir este modelo y en Yanquilandia otros 2 millones de matrimonios adoptan este estilo de vida y amor. Quizás se esconda tras esta opción un miedo al compromiso y un rechazo a la imposición social del modelo tradicional que ha demostrado su desgaste con el tiempo y el uso. Las parejas LAT han venido para quedarse, una forma de compartir una vida en común, que puede ser temporal o con tarjeta de mayor permanencia.
Hoy nada es para siempre y nadie es de nadie, of course, pero a veces asombra la capacidad de olvidar y soltar amarras sin apenas tiempo en esta era líquida, resbaladiza donde las cosas y las vivencias resbalan entre las manos con escasa solución de continuidad.

















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