Las nueve musas

Evolución social y prostitución en la antigua Roma

El mundo de la prostitución ha estado siempre presente en todas las culturas desde sus inicios, y Roma no fue una excepción. Su práctica, experimentó un desarrollo espectacular, siguiendo los acontecimientos que desde mediados del siglo III a. C., convirtieron en rico y poderoso a este pueblo a orillas del Tiber.

Prostitución en RomaEl crecimiento experimentado, acarreó consigo la búsqueda de todo tipo de placeres, entre los que el sexo ocupó un destacado lugar.

Las continuas guerras expansivas, así como la campaña de Aníbal en la península Itálica, provocaron que pequeños campesinos abandonasen sus tierras o las malvendiesen a terratenientes para buscar refugio en Roma. La masiva e ininterrumpida afluencia de gente provocó que se sumasen dos ingredientes que favorecieron el desarrollo de la profesión: una clase social próspera y acaudalada, y una masa humana ingente sin más recursos que los que le proporcionaba su propio cuerpo.

Por otro lado, la paulatina práctica de nuevas formas de vida de la mano de los recién llegados, así como la gran influencia de la cultura griega, fue produciendo una mutación cada vez más profunda en la sociedad.

La familia romana, tradicionalmente basada en el régimen patriarcal del pater familias, fue viendo cómo sus cimientos eran poco a poco derruidos. La estricta moralidad antigua estaba en decadencia, como reflejaban la disminución del número de matrimonios, el debilitamiento de la autoridad del pater familias, el inmenso cúmulo de bienes que estaban en manos femeninas por medio de triquiñuelas legales… Pero sería un error pensar que toda la sociedad estaba en declive, ya que el avance, se encontraba con la oposición de la nobleza romana conservadora que aplicaba innumerables medidas para evitar el cambio. Las nuevas costumbres por tanto, se abrían paso en una dura lucha con las antiguas. Evolución, que como hemos apuntado, no debe justificarse únicamente con la influencia griega, sino principalmente por las nuevas relaciones sociales y económicas derivadas de la expansión romana.

Sin embargo, en este contexto, la existencia de la prostitución no solo era aceptada por los conservadores, sino que además la consideraban recomendable. La veían como una función pública positiva. Entendían que de esta manera los hombres podían desahogarse, con lo que aumentaba la seguridad de las mujeres íntegras, evitando exponerlas a posibles agresiones de hombres sexualmente reprimidos. Sólo se exigía que los servicios se utilizasen de forma discreta.

Un oficio legal, que a lo largo de los años se regularizó, hasta el punto de que, en el siglo I d.C., Calígula estableció la obligación del pago de impuestos por dicha actividad. Se trataba de un impuesto fiscal diario equivalente a lo que se cobraba por un servicio, con un máximo de 1 denario (16 ases en la primera mitad de siglo I d.C.). Normalmente el precio de los servicios oscilaba entre 2 y 16 ases, en función del profesional y de lo requerido, si bien solía ser a la baja. Resultaba sin duda muy barato, ya que en aquella época una jarra de vino barato costaba aproximadamente entre 2 y 4 ases.

Para ejercer, se debía estar registrado y disponer de licencia (licentia stupri). En tiempos de Trajano había 32.000 profesionales censados en Roma. El edil, que efectuaba el registro, se encargaba de asegurar que los burdeles estuvieran en orden. Esto incluía la supervisión de las horas de trabajo, la disolución de las peleas y la aplicación de los códigos de vestimenta. Cuando sorprendían a alguien ejerciendo sin estar censado, le imponían una multa e incluso, si las circunstancias lo requerían, podían llegar a condenarlo al destierro.

El negocio de la prostitución de baja calidad (la mayoría) no era nada rentable para las rameras, en su mayoría esclavas o libertas dependientes de un alcahuete, ya que aparte de los impuestos debían pagar gastos como el alquiler de habitaciones, pagar al leno o proxeneta, cosméticos, vestidos… lo que les dejaba justo para poder malvivir, además de estar bajo la amenaza de coger cualquier enfermedad y el inevitable paso de los años con el consiguiente deterioro del cuerpo, su herramienta de trabajo. Sin embargo, sí reportaba grandes beneficios a quienes estaban al frente de las mancebías.

A pesar de tratarse de un oficio legal, pagar impuestos y estar regulado, la prostitución era sinónimo de deshonra, dejando bien clara la doble moral romana. Aquellos que se dedicaban a este oficio, carecían de posición social, eran privados de ciertos privilegios y no contaban con muchas de las protecciones otorgadas a los ciudadanos por la ley. Debían emplear unas ropas y peinados diferentes a los de las matronas romanas. Las mujeres de la clase senatorial o ecuestre que declaraban ante los ediles su condición de prostitutas perdían su condición de matronas, descendían en la escala social y podían libremente ejercer su degradante profesión como si fueran libertas. Aun así, calmar el deseo sexual con una fulana era un hecho admitido, y sin duda mucho mejor que el flirteo con una mujer casada, que estaba penado con la pérdida de dotes y pago de multas importantes.

Debido a ese menosprecio social, y a la doble moral, los ciudadanos romanos no figuraban oficialmente al frente de lupanares, si bien la realidad era otra. Los importantes beneficios hicieron que muchos, incluso de la clase patricia, invirtieran en estos negocios poniendo a un “hombre de paja” al frente.

Valeria Mesalina,
Camafeo con la efigie de Mesalina y la figura de sus hijos, Claudia Octavia y Británico – De Clio20, CC BY-SA 3.0,

En la antigua Roma, se distinguían muchos tipos de prostitutas, que iban desde la cortesana refinada de alto nivel, hasta la ramera común, prematuramente envejecida, consumida y envilecida. En el Aventino ejercían las Delicatae o prostitutas de lujo, así como las Famosae, mujeres que, sin ninguna necesidad debido a su posición social, ejercían la profesión por puro placer. El caso más significativo fue el de Valeria Mesalina, esposa del augusto Claudio, de la cual se había comentado que reto a las meretrices de Roma para ver quien se podía acostar con más hombres en un solo día. Por parte de las prostitutas se midió Escila, una auténtica profesional que realizó veinticinco coitos antes de rendirse. Se decía que Mesalina prosiguió hasta el amanecer llegando a los doscientos.

En los barrios del Velabro y Subura, fue donde la prostitución más humilde y miserable encontró su espacio. Las callejuelas de ambos barrios convergían en el corazón de Roma, en el Foro, en torno al cual pululaban alcahuetes y prostitutas en busca de clientes con solvencia pecuniaria. Era en las callejuelas que confluían en el Foro en las que buscaba cobijo el mayor número de profesionales de la ciudad. Lugares peligrosos donde todo comercio clandestino, y todo prófugo de la justicia se sabía a salvo. No es pues nada extraño, que la prostitución más rastrera campara allí a sus anchas.

Existía, sin embargo, en Roma una zona más peligrosa aún, aunque sita fuera de las murallas de la ciudad, en la ribera derecha del Tiber: el Trastévere (Trans Tiberim). Este suburbio habitado por auténticos desheredados de la fortuna fue expandiéndose pero sin abandonar la orilla del río. Rodeando el barrio de míseras chabolas, había bosques y cementerios, haciendo del enclave un lugar seguro para delincuentes y rufianes, donde no se veían personas honradas. Por tanto, la prostitución que allí se ejercía era de la más baja calaña.

Podríamos distinguir las prostitutas en función del lugar donde ejercían la prostitución, y entre estas podemos destacar las lupae, que trabajaban en lupanares, y las copae, que lo hacían en cauponas, tiendas de bebidas y comidas frías ya preparadas, como chacinas, quesos o encurtidos, que podías tomar en el lugar o llevar. Las Noctilucae, que sólo ejercían de noche, las fornicatrices, que procedían bajo los arcos o formix de los puentes o edificios, las forariae que frecuentaban los caminos rurales próximos a Roma, las bustuariae, que estaban cerca de cementerios, alicaria, que buscaban a sus clientes delante de los molinos y las prostibulae, que actuaban en la calle sin ningún control.

prostitutas
Escena erótica – fresco en Ponpeya

No debemos olvidar tampoco la prostitución masculina, que al igual que la femenina era legal y pagaba impuestos. Quienes la ejercían, prestaban sus servicios tanto a hombres como a mujeres. Se ejercía en termas, baños públicos, en el circo y sobretodo en tabernas y prostíbulos. Normalmente, a diferencia de las prostitutas, que podían ser de clase baja y con precios modestos, los prostitutos se vendían por cantidades elevadas.

Estos profesionales del sexo ofrecían sus servicios siguiendo las costumbres sexuales de una sociedad como la romana, donde los mayores tabúes eran el sexo oral y el hecho de asumir el rol de pasivo, por ello, tanto la felación como el cunnilingus eran consideradas las prácticas más degradantes y resultaban el servicio más caro.

Aparte de los locales dedicados expresamente al comercio del sexo (lupanaria, meritoria, prostíbulo, fornices, desidiabola…), había otros en los que también se ofrecían estos servicios: tabernas, posadas, baños, molinos, teatros… En general, todo lugar discreto era apropiado para tales fines. De ahí que el término caupona (posada, venta, taberna) se tomase como sinónimo de casa de citas, y que tabernera o posadera (caupa / copa) equivaliese a ramera.

Los establecimientos que ofrecían estos servicios estaban dispuestos de una forma similar, una hilera de cuartuchos, cada uno con un camastro o un simple jergón, a los que se accedía a través de una cortina que hacía las veces de puerta. En el dintel, un rótulo consignaba el nombre de la muchacha (o del muchacho) y sus habilidades. En los burdeles más degradados las rameras de más baja condición se exhibían desnudas

También era habitual que las arcadas de los grandes edificios dieran refugio a fulanas baratas, haciendo que el término fornix, que inicialmente designaba la bóveda, acabara dando nombre al prostíbulo y al verbo ‘fornicar’.

LupanarLos lupanares tenían diversas formas de abastecerse de trabajadores. La mayoría eran esclavos a los que sus amos dedicaban a este negocio. Muchos procedían de botines de guerra o de la piratería. Pero tampoco era preciso adquirir hombres y mujeres para estos menesteres, ya que los hijos e hijas de los esclavos también podían ser destinados a este oficio. Otro medio de conseguir personal, era la recogida de bebés. El abandono de neonatos era considerado legítimo en Roma, normativa que gravitaba en detrimento del sexo femenino. Los recién nacidos solían ser recogidos por personas carentes de escrúpulos con vistas a su explotación futura en prostíbulos, como mendigos o esclavos.

La pobreza, secuela de la superpoblación y de la falta de trabajo, también motivó que muchas se dedicasen a esta actividad, y de que incluso las familias explotasen a sus vástagos, normalmente a sus hijas, en semejante comercio. Tampoco debemos olvidar que el vicio y la depravación tenían lugar en cualquier status social, y que algunas personas acaudaladas o en situación acomodada elegían libremente dedicarse a esta profesión.

Esta evolución social desde la república, espoleada por la expansión de Roma, significó un verdadero proceso de emancipación femenina en el que las prostitutas, seguramente sin darse cuenta, jugaron un papel fundamental, y al que muchas damas de alta cuna se unieron conscientemente. Es evidente que la situación real de las prostitutas era precaria, pues la mayoría pertenecía a lenos y debía reducir muchas de sus aspiraciones para poder salir adelante. Pero se hicieron sentir, obligando a los hombres a tomar medidas amparadas en el derecho y la legislación, para acallar la tan temida creciente fuerza femenina.

El consejero de Roma
  • Beristain, Lander (Autor)

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Lander Beristain

Lander Beristain

Lander Beristain, San Sebastián (Gipuzkoa) 1971. Siendo el menor de tres hermanos, se crió en el seno de una familia de clase media que además de aportarle su cariño, le inculcó el gusto por la educación y la cultura, así como unos valores personales marcados a fuego que aplica en todos los aspectos de su vida y proyectos en los que se implica.

Pasó su infancia en Deba (Gipuzkoa) y posteriormente se trasladó a vivir a San Sebastián.

Apasionado de la literatura y de la historia del imperio romano, así como de las novelas históricas que leía en diversos idiomas, tuvo que relegarlos a un segundo plano para acometer sus estudios de Ingeniería industrial en la Universidad de Navarra y desarrollar una carrera profesional estable.

Con infinidad de ideas en su cabeza comenzó a escribir “El Consejero de Roma” en 2017, tardando 2 años en confeccionar el primer borrador. Posteriormente fue puliendo diversos detalles y aspectos, antes de presentarlo a “Las nueve musas ediciones” para su edición, de forma que quedase listo para ver la luz. Un momento tan esperado como ilusionante.

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