Las nueve musas

Los laberintos de Dedalus: una aproximación a la primera novela de James Joyce

«La cuestión suprema sobre una obra de arte es saber desde qué profundidad de vida surge» supo decir el celebérrimo autor del Ulises. En Retrato de un artista adolescente, su primera novela, esa cuestión se exhibe con suma claridad.

En este artículo nos ocuparemos de demostrarlo.

  1. Stephen, el héroe

En 1916, luego de haber sido publicada por entregas en la revista The Egoist, aparece finalmente como libro la primera novela de James Joyce, Retrato de un artista adolescente, obra que relata la formación estética e intelectual del joven Stephen Dedalus, alter ego del autor y futuro personaje del Ulises.

Si bien en ciertos pasajes de este libro pueden vislumbrarse algunas de las innovaciones técnicas que Joyce explotaría posteriormente, la novela, en su conjunto, es bastante coherente y accesible. Incluso podríamos decir que Retrato de un artista adolescente es una buena forma de acercarse a la biografía del propio Joyce y, por momentos, también a la mismísima historia de Irlanda, historia que no podrá ser del todo comprendida si no se toman en cuenta los movimientos políticos atingentes y el catolicismo imperante.

El libro nos permite conocer las obsesiones, fantasmas y tabúes que una rígida educación católica —en puridad, la jesuita— produce en la conciencia del protagonista. Los conceptos morales y el fuerte sentido de nacionalidad que le son inculcados desde la cuna le provocan también debates emocionales intensos. El camino que recorre a lo largo de los cinco capítulos del libro es arduo y sinuoso, pero sin lugar a dudas necesario para alcanzar la madurez que lo liberará de todos los prejuicios heredados.

Es probable que el nombre del protagonista, Stephen Dedalus, esté construido a partir de la conjunción de san Esteban, primer mártir cristiano, y Dédalo, personaje de la mitología griega, constructor del célebre laberinto. De ser cierta esta hipótesis, el doble guiño que presenta nos recuerda, aunque de manera simbólica, el martirologio que debe atravesar aquel que se atreva a llevar a cabo cualquier tentativa de libertad en el laberíntico mundo de los convencionalismos.

La novela concluye con un exilio voluntario. En efecto, luego de definir su concepto de arte y escritura, y de apostar por él como única vía redentora, Stephen —esta suerte de Dédalo moderno— construye sus propias alas para elevarse del laberinto de mediocridad que lo rodea hacia la más anhelada y celeste libertad. En resumidas cuentas, la novela expresa el triunfo de la sensibilidad y voluntad artísticas por sobre el castigo y sinsabor de lo pedestre.

  1. Una primera apuesta por la experimentación narrativa

Entre los géneros literarios, el narrativo es el que se ha planteado el mayor número de problemas estructurales y expresivos, al punto tal que es posible distinguir en su evolución un pasado, donde la narración se limitaba a contar, intentando solo la tradicional comunicación fabuladora; y una modernidad —tiempo de la «novela impresionista» o «novela búsqueda»— donde la narrativa se une a lo experimental y donde el autor se enfrenta a la posibilidad de «pensarse» en función de escritor, con el claro propósito de superar escollos formales y estilísticos, y con el deseo anexo de entablar con el lector un juego diferente.

La novela impresionista se aparta cada vez más del modelo realista que imperaba en el siglo XIX, se transforma en una novela abierta, con perspectivas y límites inciertos, que se disuelve en una especie de reflexión filosófica y metaliteraria, donde los contornos de los seres y las cosas cobran dimensiones irreales, y las significaciones ocultas de carácter alegórico se imponen como valores absolutos. Por lo tanto, el propósito primario y tradicional de la narrativa novelesca (contar una historia) finalmente se oblitera y desfigura.

La recusación de la cronología lineal y la introducción de múltiples planos temporales que se interpenetran y confunden constituyen otro rasgo fundamental del rumbo de la novela moderna o impresionista. Esto, desde luego, está íntimamente relacionado con el hecho de que cualquier instancia espacio temporal se construye sobre la base de una memoria que evoca y reconstruye lo ocurrido. Asimismo, su trama se torna muchas veces caótica y confusa, pues el novelista quiere expresar con autenticidad la existencia y el destino de los hombres, aspectos que emergen como el reino de lo absurdo, de lo incongruente y defectuoso.

La desvalorización de la trama, acompañada de una singular penetración en el análisis psicológico del personaje, caracteriza particularmente a la novela moderna. Es probable que este nuevo tipo de novela haya querido reaccionar contra el cine mudo, de manera semejante a como la pintura impresionista reaccionó contra la fotografía. El cine, en verdad, podía ofrecer una trama movida y rica en peripecias, pero no lograba aprehender la vida secreta y profunda de las conciencias. Esta vida recóndita es la que procura expresar la novela impresionista; para ello, intenta reflejar de manera sutil y minuciosa los estados y las reacciones de la conciencia, aunque tales contenidos subjetivos muchas veces parezcan fragmentarios e incoherentes.

No hay dudas de que James Joyce estaba al tanto de estas transformaciones y, aunque en la novela que glosamos las innovaciones técnicas más osadas que caracterizan la última etapa de su obra (recursos que van desde el monólogo interior al estilo indirecto libre, de la reflexión al stream of consciousness, etc.) se hallan todavía en estado embrionario, Retrato de un artista adolescente manifiesta ya una marcada adscripción al paradigma estético aludido.

Gustav Klimt
El beso

Sin ir más lejos, Joyce lleva a la prosa lo que los pintores ya habían trasladado al lienzo. Gustav Klimt, en algunas de sus pinturas —por ejemplo, El beso—, enmarca las figuras con cuadros y círculos, algunos oscuros y otros luminosos, adornados todos con finos arabescos, que parecen desviar la atención, pero que en realidad constituyen un conjunto armonioso con la idea que despunta de la imagen. Lo mismo hace Joyce en la escritura; en ningún instante pierde el hilo narrativo, pero lo amplía con pequeñas estampas fotográficas, morosas y etéreas descripciones, que surgen de los recuerdos e impresiones del narrador/protagonista. Esto es lo que Joyce denominó «epifanías», experiencias de agudización de la percepción desencadenadas por incidentes triviales y que revelan el éxtasis, el lírico arrobamiento de la vida. He aquí un fragmento a manera de ejemplo:

Una muchacha estaba ante él en medio de la corriente: sola e inmóvil, mirando hacia el mar. Parecía una criatura transformada como por encanto en un extravagante y hermoso pájaro marino. Sus largas piernas desnudas y delgadas eran delicadas como las de una garza, e intactas, excepto en el punto donde una huella esmeraldina de alga era como una señal sobre la carne. Los muslos, más llenos, suaves como el marfil, aparecían desnudos casi hasta las caderas, donde los bordes blancos de los pantaloncitos eran como un plumaje de suave pelusa blanca. Las enaguas de color gris estaban audazmente arremangadas hasta la cintura y colgaban por detrás como cola de paloma. Tenía el seno como el de un pájaro, suave y delicado, delicado y suave como el pecho de una paloma de oscuro plumaje. Pero sus largos cabellos rubios eran infantiles: e infantil, tocado por el milagro de la belleza mortal, su rostro.[1]

La epifanía comienza pulsando la interdependencia palabra-sensación y deslindando las vías sensoriales a través de las cuales ha reaccionado el autor. Desde luego, las sensaciones acopiadas no siempre se transcriben de idéntica manera a como fueron percibidas. Algunas, por obra de ciertos factores psíquicos, se intensifican; otras, empalidecen por la intervención de la afectividad y la intención estética. La labor del creador literario consistirá en dar coherencia a aquellas sensaciones que llegaron a él de manera discontinua y simultánea, es decir, en intentar reproducir con palabras lo que en realidad es color, sonido, cuerpo y materia.

  1. Recepción

Vale recordar que Joyce comienza a escribir Retrato de un artista adolescente con el título provisional Stephen, el héroe en 1904, el mismo año en que decide abandonar Irlanda y establecerse en el continente. Durante diez años trabaja sobre el texto, reescribiendo toda la novela de manera mucho más concisa, cambiando la voz narrativa de primera a tercera persona y convirtiendo la forma inicial de un diario en una Bildungsroman, es decir, en una novela de formación.

La primera edición de Retrato de un artista adolescente conquistó los elogios de escritores de la talla de Ezra Pound, W. B. Yeats, T. S. Eliot y H. G. Wells, quien alabó «esta venerabilísima novela» por su «quintaesencial y constante realidad». El éxito de la novela fue progresivo. En el verano de 1917 ya se habían agotado los 750 ejemplares de la primera edición inglesa, aparecida en febrero de ese año. Posteriormente, el Modern Library le otorgó el tercer lugar entre las más grandes novelas de habla inglesa del siglo XX.

A pesar del reconocimiento que recibió por su primera novela, este irlandés exiliado debe su fama —quizá injustamente— a dos novelas posteriores: Ulises (1922) y Finnegans Wake (1939) en las que lleva su experimentación al límite de la legibilidad. Con todo, en cualquiera de los casos, la erudición, la autoconsciencia y la ironía fueron los ingredientes principales de aquel cóctel explosivo que hizo de James Joyce una categoría literaria inevitable. Quiero decir con esto que, así como existe lo «quijotesco», lo «dickensiano», lo «kafkiano», existe lo «joyceano», adjetivo que alude tanto al stream of consciousness como a una forma de narrar que alterna distintos puntos de vista y que, en lugar de coordinar, yuxtapone. En suma, el adjetivo joyceano remite a una serie de estrategias narrativas que parecían ser las más apropiadas para representar el siglo XX, complicado siglo del que todavía no nos hemos recobrado.

[1]  James Joyce. Retrato de un artista adolescente, Buenos Aires, Losada, 2013.

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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