¿Qué se entiende por lenguaje literario? ¿Cómo influyó la lingüística en la construcción de este concepto? ¿Siempre se lo pensó del mismo modo? El siguiente artículo intentará responder estas (y otras) preguntas.
Entre la retórica y la lingüística
Cuando hablamos de crítica literaria solemos referirnos a dos tipos de procedimientos que quizá convenga distinguir. Por un lado, describimos un método que facilita el análisis de una obra en relación con su autor, su época y, de ser posible, con toda la historia de la literatura; por el otro, un tipo de análisis que se ciñe más al lenguaje de un texto, a su particularidad expresiva, y que, por lo tanto, circula por vías más «formales».[1]
Mientras que el primer procedimiento suele ser un pretexto para que el crítico exponga sus conocimientos de historia de la literatura, convenientemente ejemplificados en el texto en cuestión, el segundo sirve para decirnos cómo están dispuestos los elementos formales en el texto, por lo general, desde un punto de vista estilístico. Ya sea por la vía de la historia de la literatura, ya sea por la vía del estilo, se llega siempre a justificar el valor «literario» del texto, su «literariedad». Pero ni uno ni otro nos explican gran cosa sobre el funcionamiento específico del lenguaje «literario», si es que existe tal lenguaje específico en la literatura.
El principal problema del lenguaje literario es que su teoría depende de una serie de investigaciones que se desarrollaron a la par de la lingüística del siglo XX y, por lo tanto, utiliza los mismos materiales que esta otrora le proporcionó. Y así, desde el formalismo ruso a nuestros días, no han sido pocos los intentos de encontrar lo específico del lenguaje literario. El problema, que ya había planteado de otra forma la vieja retórica, es saber si el lenguaje literario es diferente y, en caso de responder afirmativamente, saber respecto a qué difiere, cuál es la norma de la que se aparta, cuáles son es la lógica sobre los que se estructura. Las investigaciones prácticas que se desarrollaron a partir de estas preguntas supusieron (y suponen) un mayor conocimiento del funcionamiento literario, y, aunque todavía no se ha obtenido una respuesta tajante y definitiva, no faltan las tentativas y parciales. A continuación, comentaremos algunas de ellas.
Teorías, posturas, impresiones
De todas las escuelas que abordaron el problema del lenguaje literario, la estilística idealista fue quizá la más radical. Basten como ejemplo estas palabras de Dámaso Alonso: «Entre el habla usual y la literaria no hay una diferencia esencial, sino de matiz y grado. Es que, en resumidas cuentas, todo hablar es estético si por estético no entendemos “faire de la beauté avec les mots”, sino lo expresivo, como diría Croce: todo el que habla es un artista»[2]. La literatura sería, entonces, menos una técnica que una facultad expresiva.
No obstante, la postura más extendida es aquella que sostiene que el lenguaje literario, más allá de que no constituya un sistema diferente al de la lengua[3], actúa de una forma peculiar. Esta peculiaridad se advierte, según Jakobson y Riffaterre, en un desarrollo especial de la comunicación lingüística; según Barthes y Trabant, en un sistema semiótico que funciona en el lenguaje como sistema significante, o, según otros, en una creación de signos o «figuras» que operan distorsionando los usos del lenguaje «convencional».[4]
Huelga decir que esto no supone atribuirle a la literatura cualidades inmutables, de esas que no se encuentran en otros discursos. Sin ir más lejos, la función poética de Jakobson —aquella en la que el mensaje llama la atención sobre sí mismo— no es una función exclusiva de la literatura, aunque suele ser preponderante en ese tipo de discurso. Así lo explica Jakobson:
En resumidas cuentas, el análisis del verso es de la absoluta competencia de la poética, que puede definirse como aquella parte de la lingüística que trata de la función poética y la relación que tiene con las demás funciones del lenguaje. En su sentido más amplio, trata de la función poética y no sólo dentro de la poesía, ya que esa facultad aparece superpuesta sobre otras funciones en el lenguaje, sino también fuera de ella, donde se dan algunas otras que están por encima.[5]
En la teoría glosemática, por el contrario, es la intencionalidad estética la que configura la literariedad del texto y no algún rasgo lingüístico específico, pues se parte de la idea de que todos los elementos lingüísticos del texto están pensados en función de un contenido estético integral. De hecho, Trabant creía que el texto literario debía considerarse «como [una] forma de expresión estéticamente connotativa, pues el artista ha escogido todas las palabras, todos los sonidos con una clara intencionalidad estética y los ha asociado al texto en cuestión»[6].
Ahora bien, pensar el lenguaje literario como desviación expresiva de una norma (que es como lo piensa la estilística) puede llegar a ser un tanto peligroso, fundamentalmente porque no siempre estamos en condiciones de precisar cuál es el uso lingüístico que tiene derecho a erigirse como norma. Aun así, un crítico de la talla de Jean Cohen interpreta que el lenguaje poético es «una manera —distinta según los niveles— de violar el código del lenguaje usual»[7].
¿Conclusiones?
Luego de este repaso por las teorías que introdujo la lingüística en los estudios literarios, podemos deducir un par de cosas. La primera, que no se ha logrado darle a la literatura una esencia lingüística autónoma, por lo que habrá que pensar el hecho literario como un fenómeno de naturaleza social y, por lo tanto, fluctuante. La segunda, que esta tendencia lingüística se ha esforzado en que prevalezca el rigor científico en la crítica literaria, a tal punto que hoy por hoy ya es posible explicar lingüísticamente hechos que antes se interpretaban de manera subjetiva.
Respecto del lenguaje, es difícil aceptar la existencia de uno que sea, desde su origen, literario, pues este estará siempre constituido por una serie de convenciones, que, precisamente por serlo, tienen un sentido histórico: los géneros cambian, los tipos de versificación cambian, los temas cambian… Tampoco hay que cuestionar el sentido relativo e histórico de los mecanismos o procedimientos de escritura, ya que los «estilos» han mutado a lo largo de los siglos, y ni siquiera el estilo clásico es pensado en la actualidad como se pensaba en 1700.
En definitiva, es posible que la «literariedad» no se encuentre en las convenciones ni los mecanismos anteriormente mencionados, pues no siempre se han practicado de la misma forma y no siempre han sido resaltados por la crítica. Pero el problema no termina aquí, no en todas partes hay literatura, y no en todas las partes en que la hay esta se manifiesta de igual forma. Esto último, por más que nos pese, anula cualquier intento de atribuirle al lenguaje literario un valor universal.
[1] Este segundo caso se aproximaría a lo que en su momento se conoció con el nombre de crítica estilística.
[2] Dámaso Alonso. Poesía española: ensayo de métodos y límites estilísticos, Madrid, Gredos, 1950.
[3] Entiéndase aquí lengua en el sentido saussureano.
[4] Véase una recopilación de definiciones de «poesía» en la obra de José Antonio Martínez García, Propiedades del lenguaje poético, Universidad de Oviedo, 1975.
[5] Román Jakobson, Lingüística y poética, Madrid, Cátedra, 1981.
[6] Jürgen Trabant. Semiología de la obra literaria: glosemática y teoría de la literatura, Madrid, Gredos, 1975.
[7] Jean Cohen. Estructura del lenguaje poético, Madrid, Gredos, 1970.
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