Las nueve musas
El escritor

El escritor

“Frenético” fue estrenada seis años después de que yo naciera. Por aquel entonces, el cine, que se convertiría más tarde en una de mis pasiones (si no lo era ya…), era diferente.

El escritor
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Había, todavía, algo de “gusto”; no solo por parte de productores, directores y actores, sino en los ojos del público, que elegía películas elegantes, como “Frenético”. Cuando la vi, aquel comienzo, misterioso, sutil, embriagador, en el mismo París que vio nacer a Roman Polanski (“Repulsión”, “Chinatown”, “Tess”), comprendí que el cine está por encima de las películas.

Estaba ya ese ambiente claustrofóbico, ese lado enfermizo que todos llevamos dentro, y esa belleza moderna, desmelenada, pero dulcemente exquisita, que hay en las mujeres de “Frenético”, en las de “Lunas de hiel” y en las de “El escritor”. Es, también, uno de los mejores papeles de Harrison Ford.

Aquella película tenía lo mejor del cine, el poder de sobrecoger, de soñar, de tener miedo, de conocer otros mundos. Me hizo enamorarme de una ciudad que aun no conocía, a pesar de que me la presentó como una ciudad de infinitos vicios y perversiones, oscura; una ciudad donde la mujer de un hombre puede desaparecer de la habitación de un hotel mientras él se ducha, como si le hubiera tragado la tierra.

Entonces, vi “Lunas de hiel” y conocí a Peter Coyote; también que el alma (en sentido aristotélico, la psique) humana es un mosaico lleno de matices. Los mismos hombres y mujeres que hoy lloran pueden hacer llorar mañana al prójimo; los hombres heridos necesitan, de algún modo, que alguien conozca el sabor de sus heridas. Conocí las parafilias, el sexo llevado al extremo, la humillación.

Después participé, como ustedes, de un fenómeno llamado “El pianista”, del regreso triunfal de la épica a la gran pantalla. Descubrimos a un gran actor que se llenó de gloria con la misma velocidad que la gastó. Polanski ganó el óscar por esta película de 2001. No lo recogió.

Lamentablemente, Roman Polanski (1933), pasará también a la posteridad por una innumerable sucesión de tragedias que han convertido su vida, como una especie de broma macabra, en la peor de sus películas. Como hemos tratado al hablar de otras películas, nadie invierte uno, dos o más años de su vida en rodar una película, con la inmensa complejidad que eso conlleva, si no hay un deseo, en el sentido más psicoanalítico del término, una razón, una pulsión, una obsesión, una herida, una búsqueda.

Su familia huyó a Polonia desde Francia con el fin de “alejarse” de la Segunda Guerra Mundial; poco después, pierde a su madre en un campo de concentración polaco. Un verano, mientras rodaba en Londres, su mujer es asesinada brutalmente por la banda de Charles Manson, en una masacre que tuvo lugar en Cielo Drive, Los Ángeles; lugar, por supuesto, de peregrinaje y culto, por parte de oficiosos, psicópatas y otras gentes de mal vivir. Pasaron muchos años, algunos retirado del cine, hasta que volvió a sonreír.

Poco antes del suceso se había estrenado en España “La semilla del diablo”. En 1977 es acusado de abuso sexual y otra serie de delitos contra una menor de catorce años, hechos supuestamente acaecidos en la residencia de Jack Nicholson (“Chinatown”). Firma un acuerdo con el fiscal en el que reconoce en parte los hechos a cambio de una rebaja en las acusaciones.

Roman Polanski nunca ha vuelto a pisar suelo estadounidense, ni ningún país que tenga leyes de extradición con EEUU, como Reino Unido (rodó “Oliver Twist” en Praga). En 2009 fue detenido en Zúrich por los supuestos delitos cometidos. Estos hechos, supuestos, de algún modo, están en su filmografía. El nazismo, la opresión, la corrupción, el poder, la mafia, las mujeres, los hombres atrapados en un situación sin salida, la elegancia, el exceso, la literatura, la música, la belleza, la luz, el tormento mental, la sumisión, el sadismo, la violencia, la humanidad, la bondad.

Le tengo tanto cariño a aquella película y a aquel director (también guionista, también actor, también productor) que nunca he creído las leyendas negras, a pesar de que sus películas dejan entrever una cierta seducción por algunas parcelas de la condición humana que limitan con lo psicopatológico. Le tengo tanto cariño, porque de algún modo está en mi infancia, en aquella infancia de lunes al cine con mis padres, en aquella infancia de ir solo al cine y tocar el cielo, de repetir películas compulsivamente.

Pierce Brosnan y Ewan McGregor
Pierce Brosnan y Ewan McGregor

Con mis padres fui a ver “El escritor”, protagonizada por Ewan McGregor y por Pierce Brosnan, en una caricatura, inteligentemente intencionada, de sí mismo. No puedo hablar de Ewan McGregor con objetividad porque “Traisnpotting” forma parte del escenario particular que comparto con mis amigos, de ídolos y contradicciones que, por íntimas e inconfesables, no compartiré. Creo que es un buen actor y que está a la altura en las escasas películas en las que participa. Kim Cattrall es, en esta ocasión, la “mujer Polanski”.

Un escritor acepta reescribir la biografía de un primer ministro que se ve envuelto en unas acusaciones sobre ilegalidades en la obtención de información en casos de terrorismo. El escritor termina por destapar una trama de espionaje de tal magnitud que alcanza límites insospechados. Salvaremos, además de la presencia de Ewan McGregor, la ambientación claustrofóbica de la que es un maestro, la fotografía, la música y, por encima de todo, el final. Me enfrento, a la hora de pensar la película, a la barrera del tiempo; me atraen más los espías de los setenta que las mafias gubernamentales del Siglo XXI, que me encuentro cada día y que son, otra vez, de mucho peor “gusto”.

La película no es un oasis en su filmografía. Encontré en ella reminiscencias de lo anterior. Un hombre situado ante unas circunstancias extrañas, en mitad de intereses que le son ajenos, pero de los que ya no puede escapar. El sistema, infinito en sus tentáculos, pasando por encima del individuo, que, al menos, se refugia en el arte, el sexo o el vino. Y esa adorable extrañeza que tienen los personajes, presentando incoherencias entre el gesto y la situación, entre la emoción supuesta y la manifiesta.

Después de “Frenético”, he visitado París en tres ocasiones, el amor platónico se hizo real, y correspondido. He estado en Polonia, justo debajo de un cartel que reza “El trabajo os hará libres”, antes de entrar en un campo de concentración. He decidido dedicar mi vida a acompañar a las personas a re-construir sus historias, a entender el dolor, a mirar hacia delante. Veo, o quiero ver, en Roman Polanski, un hombre que aprendió de muy niño a sufrir y a compensar ese sufrimiento.

Debe haber algo en los artistas de “grito a los demás”. Creo que Polanski ha querido compartir su dolor y su sensibilidad con el mundo; y que parte de ese mundo, hostil, propicio al odio, le ha devuelto en la cara su dolor. Le imagino en su casa, mirando al Sena (en sus orillas aparece, por fin, la mujer de “Frenético”), sentado en un sillón rojo isabelino, degustando un carísimo vino francés, en la ventana de una habitación inmensa de techos altos, escuchando música de violines en la contemplación de la espalda, sensual, de una mujer extrañamente hermosa. Sonríe. Sonríe mientras piensa: “Entre el dolor y la nada, elegí el dolor”.


 

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Pedro Rico

Pedro Rico

Pedro Rico nació en Gijón; sin embargo, se crió y creció en Oviedo (Asturias), en cuya Universidad se licenció en Psicología en 2006.

Psicólogo clínico, ha trabajado en una unidad de corta estancia, una unidad de rehabilitación y hospital de día para trastorno mental grave, centros de salud mental para adultos, infanto-juveniles y toxicomanías, servicios de interconsulta en dos hospitales generales con incidencia en apoyo a la Oncología, un centro de atención primaria, un centro de daño cerebral y un centro psicogeriátrico.

Me formé en la utilización de técnicas provenientes de las escuelas más importantes, como el conductismo, el cognitivismo, la terapia familiar y sistémica o las perspectivas más filosóficas y humanistas.

Tuve la oportunidad de poner en práctica dichos conocimientos, así como dirigir terapias grupales orientadas a diferentes patologías.

Este recorrido desembocó en mi paso por la Unidad Asistencial de Formación e Investigación en Psicoterapia del Hospital Universitario La Paz en Madrid. Esta unidad articula un programa formativo para psicólogos y psiquiatras basado en la integración de conceptos y herramientas de las perspectivas más válidas en la atención a la salud mental en diversos servicios asistiendo a personas ingresadas por distintos motivos médicos, a familias y a grupos.

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