Las nueve musas
Antonio Pastor Gaitero

«Con nombre propio», de Antonio Pastor Gaitero

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Hay libros que parecen existir para los demás, que se construyen a modo de homenaje u homenajes. Este es el caso del que aquí nos concita, Con nombre propio. Su original portada lo corrobora, tan simbólica y a la vez precisa, con esa pluma de la que brotan nombres que son alusiones a personas concretas a las que se quiere.

Con nombre propio: 102 (Alcalima)
  • Pastor Gaitero, Antonio (Autor)

Tiene la poética de Antonio Pastor Gaitero una evidente presencia de su autor, pero ésta parece entregarse siempre al destinatario de cada poema. El poeta se desvanece al darse a lo que verdaderamente quiere cantar, se olvida de sí mismo. Se aúna con los demás y con lo demás, su poética es canto y es naturaleza, afecto y esperanza. Sus paisajes habitados parecen ir muy bien con los apellidos que tras su nombre ostenta, volviéndose églogas de arcadias en las que, claro está, la música siempre acompaña al verso. Porque, en el principio, fue la palabra, sí, pero una palabra tañida por el sonido de la voz, por la musicalidad sonora del que dice y cómo lo dice. Pastor lo sabe bien, por eso suele dotar de música a aquello que compone en forma de versos, ya sea mediante una rima más clásica o más rupturista, o bien transcribiendo la palabra al tañer de su instrumento como guitarrista. También ilumina los poemas de otros poetas, algo con lo que sin duda sueñan quienes escriben pero no tienen quien les cante. El buen hacer de Pastor es, por tanto, un regalo en todas sus dimensiones.

Fue precisamente en uno de los locales madrileños donde Pastor ofrece su dualidad poética y musical, La Fídula, donde María Guivernau —autora del prólogo del libro— le conoció personalmente. “Una noche en la que, como no podía ser de otra manera, la música nos unía y nos hacía disfrutar”. La poeta y relatista afirma del autor que es imposible conocerle “y no quererle”, definiéndole con dos palabras: “alegría y generosidad”. Partiendo de ambas bases, “escribe desde dentro y regala estos poemas a personas y lugares que le son cercanos y que le han aportado momentos emocionantes y cargados de belleza, vivencias, cariño”.

Se trata, por tanto, de un libro de homenajes, no solo a las personas a las que brinda cada texto, sino a las experiencias vividas con ellos, que de alguna manera forman parte del aprendizaje vivencial y emocional de cada uno por separado. Y es que no dejamos de ser gracias a los demás, como seres sociales, necesitados de una solidaridad común. El entender al otro para entenderse a uno mismo y avanzar en el propio camino. La escritura no deja de ser un modo de dejar testimonio de ello, sirviendo de ayuda a su vez a otros que quizá no conocemos directamente, pero que si somos generosos podremos llegar a conocer. Aun así, existe un misterio que impulsa a quien escribe, más si es movido por un sentimiento intenso. Así, el autor examina sus intenciones en el siguiente poema: “Ese afán de escribir no sé a qué viene, / elijo un papel blanco y me entretengo / en dibujar palabras y mantengo / el ritmo que la sílaba mantiene. / Escribo a la persona y me detiene / escribir al amor, y lo retengo, / y no encuentro la razón si voy o vengo / del dolor al amor que me sostiene.” Pastor Gaitero hila sus propias redes sentimentales, ya afectos amistosos, amorosos o en ocasiones unión de ambos. Porque no siempre es necesario diferenciar las cosas cuando de afectos se trata.

El poeta conoce y muy bien a cada homenajeado, pues destaca previamente frases de ellos —sean poetas o no— y las trenza con sus propios hilos poéticos. Es decir, desarrolla la efigie de cada ser querido a partir de un pensamiento del destinatario, aquel que mejor puede representarle en su descripción posterior. Uno de ellos conocido por todos será Antonio Machado, quien del olmo hizo canto a esa naturaleza como mímesis del ser humano, tan presente en su poesía. Así lo refleja Pastor: “Como al olmo, de viejo me sostienen / al borde del camino unas raíces / heridas por insectos diminutos. / No son sino mentiras y fracasos / que a mi tronco sin ramas debilitan”. Al principio siempre, en cursiva, destaca la cita de aquel o aquella a quien se homenajea, mientras que en el cuerpo de texto la cursiva sirve para distinguir las palabras originales tomadas del homenajeado de las escritas por el homenajeador. En el caso del poema dedicado a Miguel Ángel Yusta, la cursiva empleada en uno y otro caso remite a la misma cita: “Abrazas del amor las emociones, / no hacen falta palabras, nos concretas, / y en la mirada crecen algo inquietas / las palabras que mudas nos propones”. En otras cambia sutilmente una y otra cita para aludir al mismo concepto, como en el poema dedicado a Alicia Ramos, donde Pastor modifica “¿qué va a ser de las flores” por “qué será de las flores?” En otros ejemplos, la cita primera y la entreverada entre los versos del propio poema disienten insistentemente, como en el dedicado a Alberto Alcalá —siendo ambos fragmentos del mismo autor—. Y, en otros, la cita sólo aparece al inicio, aunque se remita a ella dentro del poema, como el que homenajea a Emilio Ruiz Parra, con ecos de viñedos y del fruto que de él se extrae y con el que se hace la bebida —así refiere el segundo apellido de aquel a quien va dedicado: “Persisto Emilio en la amistad, persisto, / nos unió esa canción que al vino evoca, a brindar por la vida desemboca, / y a beber y a cantar tu vino insisto”.

Hay poemas en que lo escrito evoca sensaciones en quien escribe. En este caso, el nombre de la persona a quien va dedicada la escritura desaparece, privándonos el autor de ello por decoro: “Te pienso ahora que el escrito nombra / la imagen de tu risa paralela / al surco de tu boca, y se desvela / la sed del beso que el amor asombra”. En otros poemas, el amor evocado sugiere matemática geográfica: “Tu geométrica luz, tu arquitectura, / de paralelas líneas circulares / en el vértice oculto de la esfera, / en la cumbre de tu circunferencia”. Incluso lo amado rompe espacio y tiempo: “No hay reloj de salida ni llegada, / tú haces girar la aguja del pasado / dando el paso que mueve tu presente.” El deseo, proveniente del amor, provoca la desnudez exterior e interior en quien desea y ama. En una palabra: humaniza: “Me desnudo de todo esta tarde / que procura llenar de sed los besos, / no limita en abrazos los excesos / y alimenta el calor que en besos arde. / Me desnudo de miedos si cobarde […] Desnudo de arrogancia me presento, las palmas de mis manos extendidas/ y adornos son las llamas de mi pecho”.

Están los poemas amatorios siempre desnudos de título y dedicatoria, alternando los que sí los llevan, a modo de interludios o descansos, de cambio en el tono. Amor y amistad, amistad y amor, como decimos, no siempre del todo separados o distinguidos. Y es que la poesía debe ser canción y canto, poema y música, pero también debe estar movida por el ánimo del buen sentimiento, que nos define como seres racionales —sí—, pero también pasionales.

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Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo. Madrid (1988).

Es Doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, investigador independiente, crítico cultural y poeta.

A lo largo de su trayectoria ha publicado artículos académicos en diversas revistas especializadas como Síneris, Femeris, Asri, E-Innova, Archivos de la Filmoteca, Re-Visiones, Cuadernos para la Investigación de la Literatura Hispánica, Aniav, Quaderns de Cine, Miguel Hernández Communication Journal o Espacio, Tiempo y Forma, Anales de Literatura Española.

Así mismo, ha participado como ponente en diferentes congresos nacionales e internacionales organizados por prestigiosas instituciones como el Instituto Cervantes, la Universidad Complutense o la Autónoma de Madrid, la de Alcalá de Henares, la Politécnica de Valencia o la de Huelva.

También colabora en revistas digitales como Ethic, Zenda (XL Semanal), Mutaciones, Cualia, Culturamas o República de las Letras, en medios de prensa como El Imparcial, El periódico de aquí o Crónicas de Siyâsa, y en el programa radiofónico Frecuencia 7 de Los 40 Principales, en la Cadena Ser.

Entre sus libros publicados, destacan los poemarios El mar vertical (galardonado con el accésit del Leopoldo de Luis en 2019), Ataraxia (Almadenes, 2022) o La imagen sonora (Vitrubio, 2023).

También es autor del volumen sobre séptimo arte De la llegada en tren a la salida en caravana: 126 hitos de la Historia del cine (1895-2021) (NPQ Editores)

Actualmente compagina estas actividades con su trabajo como docente.

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