Las nueve musas
Buenismo

El buenismo y la teta oculta

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Cuando se escribe artículos sobre escultura, a no ser que se haga crítica de exposiciones, son escasas las ocasiones en que el tema del artículo y la actualidad se dan la mano.

Por eso cuando tal cosa ocurre debemos atrapar la ocasión para así  poner los pies en el suelo y transitar un poco la realidad.

Teta ocultaLa referida ocasión ha sido propiciada por la reciente visita del presidente iraní a Roma y la ocultación de ciertas esculturas clásicas por parte de las autoridades italianas para evitar al dignatario la visión de los pétreos y torneados cuerpos desnudos.

Una ridícula ocultación que al parecer la delegación iraní no había pedido, aunque agradece el “detalle”, y que finalmente costó el puesto a una jefa de protocolo cuyo puesto, se extralimitara o no, parece haber sido finalmente sacrificado en el altar de la corrección política.

Llegados a este punto, ciertamente ridículo, no tardarán en surgir airados comentaristas, erigidos en defensores de los valores occidentales, que cogiendo el rábano por las hojas  nos recuerden lo equivocado que resulta el “buenismo” occidental frente a la cultura islámica y que con esta gente lo que hay que hacer es tener tolerancia cero y dejar de parecer tontos. Nos recordarán el innegable carácter represivo del mundo islámico con homosexuales, mujeres y en definitiva con todo aquello que se salga de su concepción fuertemente patriarcalizada del mundo. También harán referencia a la nula reciprocidad por su parte cuando visitamos esos países en donde invariablemente somos nosotros quienes tenemos que adaptarnos a su cultura. La idea es que el buenismo occidental no es otra cosa que mostrar debilidad y ponerse de rodillas frente al despiadado mundo islámico. Que el buenismo es la Razón postrada ante la barbarie.

No es lugar este, ni de lejos es lo que se pretende, para justificar el extendido machismo o las atrocidades que se cometen en determinados países pero sí que entendemos que el pretendido buenismo, a poco que abramos el foco, no es más que una siniestra falacia cuya existencia sólo resulta medianamente sostenible si tomamos de un modo interesado la parte por el todo y que no hace otra cosa que contribuir a perpetuar el conflicto ocultando gran parte del problema. No es buenismo afirmar que los países musulmanes de hace cuarenta años eran mucho más tolerantes que los de ahora y que en el teocéntrico cambio que han sufrido, algo ha tenido que ver el stablishment occidental.

La ocultación realizada en Roma sólo se puede tomar como genuflexión “buenista” de Occidente si obviamos la secular, enorme y muchas veces brutal prepotencia occidental en las relaciones con el mundo musulmán.

Esa prepotencia de origen colonial con que tantas veces se ha ocupado, desestabilizado, bombardeado y abandonado territorios o se ha colocado y arrancado líderes y sátrapas de variado pelaje con el único fin que todos ya muy bien conocemos. Si para lograrlo hizo falta promover una guerra, el “buenista y genuflexo” Occidente nunca ha reparado en verdades, víctimas o demás zarandajas colaterales. La impunidad en las actuaciones ha sido siempre total. Sin pretender extendernos demasiado en lo obvio, el eterno expolio palestino o la actual crisis de refugiados abandonados, cuando no expoliados, a su suerte en  en nuestras costas nos dan una idea más aproximada de cómo se las gasta el pretendido buenismo occidental. Aylan, el pequeño sirio ahogado que todos conocemos supone el más triste ejemplo del verdadero trato que demasiado a menudo recibe la invisible población, musulmana o no, de los países del area.

Ese niño fue desposeído del derecho a la vida al tener que huir por los intereses, en gran medida occidentales, que se dirimen en su tierra en forma de violenta guerra y luego, como colofón a este despiadado juego de desposesión del inocente, nuestra sacrosanta libertad de expresión le arrebató con una deplorable viñeta el derecho a la memoria convirtiéndole, con un ridículo determinismo racista cargado de prejuicios, en inocente diana para un resentimiento pretendidamente progresista.

Y con esta reflexión no pretendemos justificar lo injustificable pues entendemos que buscar la explicación no supone disculpa alguna de la violencia ni relajación alguna en la lucha contra ella pues es en el conocimiento donde se hallan las soluciones y no en la negación del otro, que sólo sirve para alimentar a la bestia. La deliberada extensión de la culpabilidad a toda una población sólo puede producir rechazo mutuo y, a la larga, más culpables. Sólo conociendo el origen podremos hallar soluciones en última instancia a un problema cuyas víctimas, ya sea en Raqqa o en Atocha,  son siempre los de abajo.

Entendemos pues que si alguna vez ha existido eso del buenismo occidental, se ha dado y siempre se da hacia el poderoso. Somos buenistas con aquél que tiene algo que ofrecer. Mientras ponemos todas las barreras físicas o ideológicas posibles para repeler al desposeído, acogemos con ridícula solicitud al poderoso. Hacemos pagar a todos los refugiados por los delitos cometidos por algunos y al mismo tiempo obviamos las atrocidades que comete o consiente el poderoso. A menudo incluso le vendemos, le venden nuestros estados, las armas para cometerlas.

Y en todo esto, finalmente, la religión importa bien poco. No es más que una excusa para no admitir que, en realidad, lo que nos pone nerviosos es la repentina aparición en nuestro confortable hogar de la pobreza que nuestro sistema ha creado. La religión nos sirve para trazar una línea de exclusión que deje fuera al otro porque así, al no reconocerlo como a un semejante, se nos hace más llevadero el contraste entre nuestro confort y su injusta situación. Hasta podemos tranquilizarnos pensando que, en definitiva, la distopía que sufre no es más que aquello que él mismo, en su extremismo, se ha buscado.

Así pues, dejando a un lado la tramposa explicación del buenismo y volviendo al tema que nos ocupa, la sonrojante ocultación de las esculturas de los Museos Capitolinos se nos antoja más bien similar a aquella genial y deliciosa ocultación que pergeñó Berlanga en  “Bienvenido Mr. Marshall”. Una ocultación igualmente ridícula en la que, ante la infantil ilusión del premio, perdemos el rumbo, la vergüenza y hasta la noción de nosotros mismos tratando de agasajar al acaudalado visitante, poseedor de nuestro objeto de deseo.

No en vano, la tradición nos enseña que SS.MM. los Reyes Magos vinieron de Oriente.

Alfredo Llorens

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