Las nueve musas
Felipe Sérvulo

Pandemia y literatura de la fragilidad de la vida

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 “Hogar del transeúnte. Crónicas mínimas” de Felipe Sérvulo

Van poco a poco apareciendo algunos libros escritos durante la pandemia o en los meses posteriores a esta. Es una literatura hecha a pequeños rasgos, a pequeños sorbos, casi siempre surgida de lo cotidiano, reivindicando de ese modo la vida en su más mínima y a veces aburrida expresión.

No suele ser sin embargo aburrida esta literatura en manos de un buen escritor que sabe sacarle precisamente su jugo diverso a ese mundo reducido, tembloroso, transitorio, y ceñido a la experiencia subjetiva.

El estilo ágil, ameno, ducho en el manejo de la pluma; la variedad temática, la diversidad de perspectivas aun dentro de la coctelera que es el yo del autor o de la autora, nos deparan un placer del texto que a menudo no se espera en estas obras en apariencia “menores” en pretensión.

Diarios, poemarios, relatos breves, crónicas, aforismos son las especies literarias que más han sido cultivadas durante la pandemia. En ausencia de grandes novelas o grandes tratados o ensayos, estas otras obras literarias no tienen nada de menor, en cuanto a su calidad en sí mismas, y, con el paso de los años, creo, además, cobrarán una mayor resonancia como síntomas o fenomenología de una literatura en situación (y, por supuesto, sociológicamente, de un periodo de nuestro tiempo).

Literatura en situación es una expresión que ya no está de moda, pero que volvemos nosotros a traer al tapete; con ella nos referimos, de manera colectiva, a la literatura que tanto en época de pandemia como antes o después tiene una vinculación con su momento histórico y social, tanto como con el temple—afectivo, espiritual, moral— del escritor que necesita volcar su mirada sobre su tiempo: su angustia o su incomodidad, o a veces su compasión y su alegría al hilo de lo vivido; y junto a lo vivido, lo sentido, y lo reflexionado, no menos importante esto último.

El resultado diferencial es una literatura ligera, poética, reflexiva y existencialista, en tono menor, que, además de su cualidad literaria, tiene el mérito de recoger el aire de una situación. Puede darse en verso o en prosa, y en esta suele verterse en géneros no centrales del canon contemporáneo.

El “Hogar del transeúnte. Crónicas mínimas”, libro del poeta andaluz, afincado en Cataluña, Felipe Sérvulo, se encuadra perfectamente en ese tipo de literatura de la “fragilidad de la vida” (empleando esta otra expresión que tomo del propio Felipe Sérvulo). El libro fue publicado en agosto de 2022 por la editorial Los Libros del Baix Llobregat (Colección Narrativas de Hoy), y está publicado también Amazon.

El autor, como nos informa a sus lectores en una nota previa, ha recogido en este libro un conjunto de “relatos” de los que en su mayoría ha sido “un simple testigo y solo he tenido que levantar acta de lo que presenciaba. Otros son apenas el eco de un sentimiento. Algunos me los han contado, pero en ese caso siempre era el testimonio presencial del narrador y he alterado, a veces, el espacio, los personajes y el tiempo como licencia literaria.

De esta manera, el cronista se torna un mero escribidor que usa la historia oral a modo de recurso para pergeñar estas sencillas narraciones que he dado en llamar “Crónicas mínimas” con las que me he cobijado en el “Hogar del Transeúnte”, el lugar al que van los desheredados en cuanto anochece.”

En esta cita comprobamos ya el estilo, firme, coloquial, directo y literariamente elaborado del autor del libro. Las más de 70 breves piezas narrativas se dividen en tres capítulos: en todas ellas, predomina el tono oral y la frescura de la crónica, enriquecida por la personalidad del escritor, testigo unas veces, otras depositario de un testimonio ajeno, del que nos da noticia; ese mismo yo del escritor transido de emoción temporal, de su propia carga personal de vivencias, recuerdos, melancolías y alegrías, entusiasmos y amores, de modo que sobre lo que cuenta, sobre los hechos narrados y sobre lo testimonial, queda, en el fondo, un poso existencialista, vital, al que no es indiferente el lector. Todo libro es, a fin de cuentas, un ser humano, y eso es lo que en definitiva importa, especialmente en este libro y en otros libros de literatura situada, personal y testimonial, y en todo ese excelente conjunto de literatura aun muy cercana a nosotros, escrita en periodo de pandemia.

Así, en “Hogar del Transeúnte”, de Felipe Sérvulo, comparten espacio múltiples tipos de narraciones en ese marco de relatos de lo cotidiano y en apariencia poco fabuloso o extraordinario:

Fragmentos de recuerdos (de la infancia y la madre; en la querida tierra de Jaén, como el maravilloso “Mamá no cumple cien años”, o “La verdadera patria”. o “El nombre de las cosas lejanas”); apuntaciones de la vida diaria en presente (fragmentos donde aparece la nieta, Kalita o donde el autor busca los sitios que frecuentó en su juventud, en Barcelona, Castelldefels o en Andalucía); otras auténticos cuentos (o apólogos) condensados en dos o tres páginas, como “El perro hablador”); incluso relatos donde la reflexión, la filosofía y la sensibilidad estética nos hacen recordar al mejor Larra, o al mejor Mesonero Romanos, trayéndonos la nostalgia de los quioscos de prensa desaparecidos, de aquellos bares y merenderos donde servían el pollo a l’ast, de los barrios que inexorablemente han cambiado – no necesariamente a peor, pero casi siempre para llevar el vacío y la tristeza del “tempus fugit” al ánimo de quien hace memoria—; las librerías aquellas convertidas hoy en centros comerciales o en boutiques sin alma; y por otro lado, los relatos maravillosos, poéticos, que casi siempre se relacionan, en este libro, con Japón, y su mundo de sensibilidad exquisita y de tan interesantes cuan diferentes rasgos culturales.

El autor es tan buen narrador como poeta. En uno de sus últimos y más logrados poemarios, “Cúmulos de plutonio” (IN-verso, 2023) nos presentó poemas inspirados en sus viajes a Hiroshima y a otras ciudades de la cultura del Sol Naciente.

Ahora, en “Hogar del Transeúnte” vuelve sobre su amor a Japón, extendiéndolo a China y a Oriente. Relatos como “Ojitos Oriente”, “Llega el Sakura”, “Yo también llevo grullas”, son de lo mejor del libro, y consiguen de nuevo transmitirnos la sensibilidad refinada de lo cotidiano, como expresa el haikú, de la naturaleza, a la vez que cierta tristeza o dolor ante lo real, sobre todo ante el dolor de los inocentes, y el recuerdo-advertencia de la barbaridad de la bomba arrojada sobre las dos ciudades japonesas, un recordatorio que no es nunca ocioso para que nunca más vuelva a ocurrir una inhumanidad de ese tamaño por ningún motivo, por ninguna causa.

La lírica —no solo en verso, también en prosa—, tal como la sabe tratar Felipe Sérvulo, tiene tonos suaves, pero no por ello menos duros o graves, para indicarnos un peligro o para subrayar una actitud moral (y sin necesidad de usar altavoces ni de hacer alarde de compromiso con valores, etc, como la supuesta literatura dominada hoy, no dominante, por el pensamiento único).

Lo fabuloso, lo poético, elevado casi a la maravilla sensorial y mental, hace presencia fulgurante en esos relatos donde lo oriental está apenas pincelado, pero tan bien sugerido. Son relatos que son ecos de relatos de viaje. Hermosísimos.

Junto a esta variedad de temas, perspectivas y ecos de géneros narrativos, nos encontramos, en “Hogar del transeúnte”, con aquellos relatos que son semblanzas (no anecdóticas, sino por así decir, morales) de escritores, filósofos o poetas. Nos parecen magistrales los dedicados a Sylvia Plath, a Walter Benjamin, a Miguel Hernández, a Antonio Machado.

Por otra parte, algunos de los relatos terminan con unos versos, bien del propio Felipe Sérvulo, o de otros poetas. La presencia de lo poético es una constante en este libro, y no podemos detenernos mucho, como quisiéramos, en subrayar y analizar esa dimensión lírica de la narrativa, que gana siempre cuando el autor sabe tratar el género. Así, recuerdo, en esta línea de narrativa poética, un libro magistral para mi generación: “Mortal y rosa, de Francisco Umbral. Muy lejos de la cursilería y de lo bonito, y por supuesto de la egolatría de cualquier mediocre escritor, Felipe Sérvulo se sitúa en ese difícil arte entre la narrativa y la poesía, que a veces, produce, gracias a la sinergia de ambas, una obra muy lograda.

Epílogo: Relatos de la fragilidad de la vida (y de la belleza y la poesía que encierra)

El último de los relatos es muy breve, apenas diez líneas: se titula “El mundo está bien hecho” y, claro es, homenajea un conocido verso de la décima de Jorge Guillén, “Beato sillón” (del libro “Cántico”).

Esta tarde, mientras la quimio la quema por dentro y piensas en la fragilidad de la vida, llega el crepúsculo al bar del hospital y sabes que el sol se va para renacer, porque la vida es obstinada. Que mañana será otro día. Que la belleza está ahí y solo hay que querer verla.”

Pero, aparte de parecerme bellísima esa despedida con la afirmación de la belleza de la vida, peso a todo, contra toda miseria y tristura, quisiera dejarle al lector, para abrir su apetito, este párrafo que es el final de otro relato, titulado “Poetas y escribidores de versos” (que no son lo mismo, nos advierte el autor). Dice así:

“Cuando oyes estas cosas se hace la luz y acabas entendiéndolo todo: ¡era la poesía el origen de la turbación! Así, ahora todo tiene sentido: las sierras iluminadas, las acuarelas de nácar, la música de las verbenas, los veranos antiguos el olor a rastrojo, los azules, la soledad buscada, la retama, tu casa encendida, el alféizar preñado de geranios, los vencejos libres venciendo al viento, la luz fugacísima de la mañana, la sencilla geometría de las flores.

Y un millón de historias de la ciudad infinita”.

Esa ciudad infinita donde vivimos todos. Esas historias, humanas, esa poesía narrada, convertida en testimonio de vida, de afirmativa pulsión vital, de coraje, compasión, amor. En fin, un párrafo -ese- que nos hubiera gustado escribir.

Resumió Miguel Hernández toda su poesía (y toda la poesía) en una “simple” canción:

Llegó con tres heridas, / la del amor, / la de muerte, / la de la vida.

Talentos como el del escritor y poeta Felipe Sérvulo nos enseñan lo fácil que puede ser lo difícil, cuando el sentimiento, la naturalidad y el dominio del idioma se dan la mano.

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Fulgencio Martínez

Fulgencio Martínez

FULGENCIO MARTÍNEZ LÓPEZ nació en Murcia; es editor y director de la revista Ágora-papeles de Arte Gramático.

Profesor de filosofía, poeta, ensayista y autor de relatos. Ha publicado, entre otros, los poemarios La segunda persona (Sapere aude, Oviedo, 2021), Línea de cumbres (Madrid, ed. Adarve, 2019), Cancionero y rimas burlescas (Renacimiento Sevilla, 2014), León busca gacela (Renacimiento, Sevilla, 2009), El año de la lentitud (Huerga y Fierro editores, Madrid, 2013).

Ha publicado la antología La escritura plural, 33 poetas entre la dispersión y la continuidad de una cultura, con textos en cinco lenguas españolas: vasco, catalán, gallego, español y sefardí. (Prólogo de Luis Alberto de Cuenca. Ars poética, Oviedo).

Es autor de un ensayo sobre la filosofía de Antonio Machado, publicado en la revista Symposium de la Universidad Católica de Pernambuco (Recife, Brasil). Y del libro de relatos El taxidermista y otros del estilo (Diego Marín, ed. Murcia).

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