Las nueve musas
Arce

El ecológico total era el mote con el que su hijo le había bautizado uno de los últimos fines de semana.

De un tiempo a esta parte, el padre no hacía otra cosa que identificar árboles y arbustos, compró varias guías y escapaba de casa periódicamente a los parques de la ciudad, y comprobaba las hojas, corteza, flores y frutos según la estación: era fácil encontrarle rascándose la cabeza, acariciando con la otra mano los surcos de la corteza, o cogiendo una hoja con su peciolo incluido para su “herbario”, la misma guía.

Arce negundo
Arce negundo

Al principio se conformaba con un paseo por el barrio, pero al pasar el que todo lo puede, visitaba otros parques históricos de la capital como El Retiro, La fuente del Berro y El oeste: tenía tesón, no cabía la menor duda, clasificaba el tipo de hoja, si era caduca o perenne, las flores y frutos en su época, lo cual requería varias visitas a los ejemplares que le hacían de referencia, a veces al no tener identificación y clasificación in situ, debía de investigar por su cuenta, solía preguntar a un viejo amigo que era un loco por las plantas, y sabía más que los ratones coloraos. Al ejemplar que había servido para aprender el nuevo género y especie lo situaba a lápiz en la guía.

Un domingo marchó con su familia al parque Juan Carlos I, sus hijos correteaban como canes soltados por sus amos en el monte; él llamó a su mujer y cogiendo cada uno a un niño de la mano, les explicó frente al ejemplar: es una especie común en las calles de Madrid por su resistencia a la contaminación de los coches, fijaos qué hoja tan hermosa; es palmeada, veisy puso su mano abierta sobre una seca que cogió del sueloLos niños a la segunda especie protestaban, querían ir a montar en bici. Lógico. ¡Escuchad, es un plátano de sombra! —gritó El ecológico total, pero sus hijos no le oyeron, estaban lejos con los vehículos de dos ruedas. Escucha papá, son pequeños, poco a poco—dice la madre—. No sé cómo te sabes tantos nombres, para mí es un árbol y ya está.

—Conocer cada especie es mejor—dice él. Se disfruta más. No es igual salir al campo y ver muchos árboles que admirar una alameda o robledal. O una acebeda.

—A ti es que te gusta mucho todo esto.

—No puede gustarte algo que no conoces. Acariciar el borde de sus hojas, su corteza, miras sus flores, sus frutos… aprendes a conocerlo, sabes cómo es en realidad. Como hablar con una persona.

—Ya. Para los niños está bien, pero no te pases. ¿Quién te influyó el amor a los árboles?

Él se queda pensativo por un momento y contesta a su mujer:

—Posiblemente mi abuelo. Ah, y un compañero de trabajo.

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El siguiente sábado fue con su hijo a comprar comida para el fin de semana, pero antes de subir a casa, fueron a unos jardincillos que había en la trasera de su bloque de casas, deseaba que se relajara el niño, se sentó a la sombra de un arce negundo y su hijo correteaba por alrededor. Al poco llega un padre con su niño, vestido de domingo.

—Hijo, vámonos—dice el padre a su retoño. Mamá tendrá la comida preparada.

El infante se cabrea, da la impresión de no querer ni oír lo de volver a casa.

—Papi un ratito más. Y le abraza zalamero el pantalón a su padre.

A los quince minutos el padre vuelve con más energía:

—Son las dos y veinte, mamá se enfadará si llegamos tarde. Y ya llegamos mal.

—No quiero ir—dice el niño. —Y sale corriendo.

El padre se pone serio, va tras él, pero el niño, viendo que le va a coger irremediablemente su progenitor, llega al arce negundo y tomando el tronco con las dos manos, llora a la que la emprende a patadas con él.

—Deja de dar patadas—grita serio el padre—, te vas a destrozar los zapatos nuevos. Mamá se enfadará. —Y, tomándole de la mano, le lleva a casa a la fuerza.

 

El hijo del Ecológico total se queda serio, se acerca a su padre que aún está sentado mirando para otro lado y le pregunta:

—Papá ¿es que ese niño no sabe que los arces son seres vivos?

—Parece que no. Y nunca lo sabrá. Su padre tampoco lo sabe, y si lo sabe, pasa.

Y los dos suben a casa con la compra, a su hijo le falta tiempo para explicar a su madre en la cocina que han visto a un niño pijo que daba patadas a un árbol.

Pedro Sánchez Jacomet

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