EXPOSICIÓN JOSÉ LUIS GALINDO (1944)
¿Por qué, alguien, tan aparentemente tranquilo, compone estos óleos sobre unas telas que gritan a nuestras conciencias? El pintor sonríe, nos mira despacio y comenta:
La realidad que yo veo está hecha de otro tiempo oscuro, de gritos callados y manos torpes. Veo al poderoso y en él descubro la crueldad, quizá no es culpa suya. También veo a quienes su maldad aplasta.
Aquí, está la mujer que pasea por cualquiera de esas calles en las que hemos vivido, sobre ella han pasado los años, ahora es ya vieja y, tan coqueta… Todos los días en su jardín corta la misma flor. Es posible que sea la chica con perro que mira desesperada a su amante, mientras los novios se besan en los bancos de los parques… Ese rostro, los ojos tristes sin duda, son los suyos. Recordaréis aquella pálida oficinista mientras teclea sobre la vieja máquina, mientras en otro departamento otra chica trabaja sobre el ordenador.
Soy un pintor que hablo de hombres y mujeres supervivientes en un mundo urbano, sin mar, sin montes, sin campos, sin árboles, bajo el azul de un cielo siempre limpio de nubes, sin ángeles, sin recuerdos.

José Luis Galindo expuso por primera vez en Murcia, 1969, profesor de dibujo y grabado, gusta del silencio y de los gatos, se relacionará con el público hasta la década de los ochenta. Después desaparece, continúa dibujos y óleos, abandona el grabado, renuncia a todo acto público. Su obra que sigue creciendo hasta los años 90 era conocida sólo por algunos amigos. La exposición que se acaba de clausurar en “El Almudí” de Murcia, ha reunido algunas de sus últimas telas, más un recorrido de su obra.
Las salas, que el espectador ha visto, dan idea de su modo de trabajar. El pintor es una manera de ver, ¿qué significa? descubre aquello que, antes por tópico, hemos convertido en invisible. La exposición se ha titulado “Distopías”. Decía Miguel Espinosa que distopía es una utopía negativa, algo así como el mundo al revés, distorsionado, situaciones tales como señoras que pasean perros con cara de maridos. Presenta un mundo donde lo no deseable, lo hipócrita queda al descubierto, ocurre, a menudo con una impronta expresionista, no exenta de humor, como la corbata convertida en mano del acosador, la confesión como acto rutinario, la ligereza de la ley concebida como una figura femenina que semeja una peonza.
La pintura de José Luis no ha venido a traer la paz, también podría asegurar que, el dolor que presenta no es contagioso, aunque puede ocurrir que contemplar estos cuadros produzca cierta serenidad, como si hubiésemos recuperado el principio de nuestra existencia. El pintor nos asoma a un abismo que aún perdura, contemplamos al animal, a veces aparentemente pacífico que llevamos dentro. Otras veces es la muestra de una sociedad alienante, el miedo a reconocer que el ser primitivo, melancólico, terrible, anónimo, encarnado en ese yo que pretende y, quizá pueda, desestabilizar la sociedad, nunca ha desparecido. Ocurre que el cuadro no es un objeto neutro, sino una pregunta, disfrazada de respuesta.
Esta exposición por su interés pictórico, Galindo tiene una pincelada precisa, de una limpieza que destaca la figura, intensificada por un color atrevido, suprime el paisaje, prescinde de todo elemento que pueda distraer. Ocupado por una intensa carga moral, a veces de una desnudez metafísica.

Una exposición no es un libro, me refiero a su condición de objeto portátil. Creo que se debería volver a aquellas exposiciones itinerantes que tenían por función poner al día a los espectadores, así como trasladarles esas inquietudes que el arte revela.
José Luis ama la música, mientras compone su obra escucha, así encuentra el clima perfecto. El lenguaje de la música es universal. El hombre es un eco, acepta que es uno más. Reconoce que la singularidad es resultado de una estimación que a él no le compete. Contrariamente a lo que se supone es legítimo en todo artista: tener un nombre, José Luis aspira al anonimato. De algún modo se siente parte de un colectivo que trabaja para alcanzar algo que no es común, en este hacer conviven el artista y el artesano. Semeja una actitud religiosa, monacal, trata de volver a unir algo que alguna vez, en otro estado, lo estuvo. De este modo la obra se convierte en encuentro. Llamo encuentro a ese cuadro que resulta, donde coinciden diversas miradas, no para exponer lo mismo, el objeto aquí importa poco, sino para descubrir por qué esa tela permite que cada cual se conozca a sí mismo, establezca un diálogo que revela diferencias.

Para José Luis el cuadro no es cosa pasiva, sino que se convierte en lo otro, cuya presencia altera. A veces semeja ese poema que tiene una palabra para cada lector. Ocurre con el libro, cuando se abre y pasamos a leerlo, hasta entonces plácido y mudo. Quien lee concreta este coloquio: “y escucho con mis ojos a los muertos”, dice Quevedo. El cuadro se convierte en interlocutor. Si toda exposición es una propuesta de diálogo, los cuadros sin duda se convierten en sujetos, pues forman parte de ese concierto. Recordad que tratamos con preguntas y respuestas, que afectan al ser humano, de ahí esa conexión directa con el espectador, sorprendido por su plena actualidad.
Es verdad que José Luis hace muchos años que no ha expuesto, ¿obedece al miedo escénico?, ¿el convencimiento de que ya todo está dicho? Digo no. La primera requiere una respuesta universal, nadie está libre de ese temor a ser visto, pues todo autor conoce sus limitaciones. En cuanto a que todo está dicho, resulta una falacia, porque, si es una pregunta, la respuesta sería que cada uno ha de responder, pues somos olvido y recuerdo, es nuestro estar siendo quien nos obliga a buscar, náufragos en un mar, cuya superficie parece playa, aunque, si nos acercamos, es profundo como un misterio. El pintor, vive como si todo lo que ve y todo lo que no ve, fuese algo que ya había visto, que, por la gracia de un dibujo o sobre la tela, aparecen. Ocurre, como si el hombre que es, viniese de muy lejos, de un tiempo que no es pasado, presente ni futuro, sino una ventana como un cuadro desde la que se puede contemplar el mundo. El tiempo no existe tal como pensamos, algo que pasa, sino como espacio quieto que reposa en la tela, como esas gaviotas que mientras descansan, planean, mientras el aire las lleva de aquí para allá.

Galindo se define como parte de algo que llamamos mundo. Un mundo que vaga en el universo, ¿perdido?, ¿hacia dónde? Se siente aturdido, el peso del cielo, las estrellas, los planetas están ahí, y él, no es más que ese ser minúsculo, recién nacido, suele decir, que se vio desnudo en el Parque de Albacete, su lugar de nacimiento.
¿Puede un artista plástico aspirar a invisible? Considerando que este planeta es contradictorio y, a menudo, absurdo, rectifico, no el planeta, sino quien lo piensa, probablemente encontremos que esta paradoja: visible, pero invisible, sea un deseo razonable. A veces lo obvio, no es lo más claro, descubrirlo implica un riesgo. Se sabe incompleto, fragmento cuyo origen desconoce. Sólo, cuando dibuja o pinta, recupera la unidad, se reconcilia con sus circunstancias, identifica ser y estar, porque, aunque sereno, apacible, sosegado, vive en perpetua zozobra.
Decía al principio que se siente eco, ¿eco de qué? Del mundo, de su historia, de su presente y su futuro, se siente atravesado por todas esas calamidades, sufrimientos, angustias que conforman el mundo. Un eco que prolonga, distorsiona, la voz inicial, sin embargo, una vez emitida ya no depende de nosotros, el mensaje, cuadro, libro, poema, pasa de la intimidad del silencio, a una presencia en sociedad que no obedece a control alguno. No pretende entristecer al visitante con esos rostros expresionistas, goyescos, sino crear una relación amistosa, no excluirlos, porque se alejan de un canon normalizado. Dice: existen, no los rechacéis. El artista ha reflejado estos ecos en sus cuadros y, como el profeta que se ve siendo profeta, cuando ha descubierto que sus vestidos están rasgados, que sus ojos apenas ven y que su voz está muda, se retira. De nuevo vuelve al desierto. Por eso, los amigos, que estábamos con él, echábamos de menos al pintor. El pintor estaba más allá, al fondo de no se sabe qué, en un cuarto oscuro. ¿Cerrado? No. José Luis no ha dejado de pensar, porque vive la tragedia, el dolor, la angustia.
¿Cómo es este pintor? José Luis es hombre urbano, gusta de andar por calles, y campos. Podréis verlo, aunque quizá no os llame la atención. Su estatura, su forma de vestir no lo destacan. Sin embargo, si miráis a sus ojos, veréis que siempre están ardiendo. Si le oyeseis, lo hace despacio, como si esperase a su voz, que viene de lejos, cargada con todo lo que ha visto: color formas, composición, luces. Su voz es como una línea que dibuja palabras, lentas, escasas, pero siempre llenas.
Nada hay tan resistente como el tópico. Público y pintor se acomodan y entre las alabanzas de unos y la costumbre del otro, convierten la pintura en algo que todos aceptan, lo importante es que nada inquiete, que no descomponga ese mundo tranquilo de la rutina, como si siempre hubiese estado ahí. No hay riesgo, no hay exploración, anulado el contexto, sucede como anacronismo.

La pintura permanece así en un limbo, donde tiempo y espacio están definitivamente quietos, isla en la que nunca naufragó Robinsón. El expresionismo hizo visible una realidad no deseable, situaciones sociales, emociones, rompió con la moral convencional, con los cánones habituales, dirigió la mirada hacia un mundo incómodo, lleno de ruido, apartado de una idílica convención. Esta distopía debió ocurrir con las guerras continuas del Veinte y, sus aún más torpes consecuencias. Los cuadros de los artistas, los libros de los escritores se llenaron de rostros, manos, cuerpos alterados, angustiados, enfermos, perseguidos, como si un gran grito, estridente, hubiese sustituido la armonía, el equilibrio.
El artista y el escritor no mostraban aquello a lo que hubiesen aspirado, sino que pintaban o escribían de aquello que habían visto, aparecían zapatos rotos, sueños quebrados, calles oscuras, habitaciones tristes, árboles caídos, en todas partes crecían hierbas malas, sin flores, la realidad era un pantano en el que iban a parar todos los desechos del mundo. Kafka destapó al ser incómodo que todos llevamos dentro y lo disfrazó de extraño animal invertebrado, hizo esa transformación para mostrar cómo el relato de la dulce vida familiar, que había sostenido la sociedad, había llegado a su fin.
Hubo otra opción que precisaba romper con esa realidad para recuperar la emoción, y así salvar aquello que estaba condenado a desaparecer. Entonces aparecieron los pies de barro sobre los que se asienta el surrealismo, Dalí dispuesto a desenmascarar esas falsedades con que la razón y la costumbre han ocultado el instinto, el sexo, la crueldad, los pensamientos. Tal como García Lorca puso al descubierto en sus poemas de Nueva York, cuya humanidad parece que hubiese desaparecido, pese a que algunos se esfuercen. También desde la ironía como propuso Moreno Villa en aquella “Jacinta la Pelirroja” y su cubismo.
Quizá sería interesante dar un paseo por la “Antología de Spoon River”, obra de Edgar Lee Masters. Ese cementerio donde la verdad reposa en las estelas que cubren las losas de las sepulturas. Nada de frases huecas, que recuerden años felices, amores eternos, sino verdades que en la vida habrían sido hirientes y, ahora, cuando todo puede ser dicho, reconocemos como auténtico. José Luis bucea en esa existencia de gentes junto a las que caminamos, cuyas peripecias puede que no tengan interés, aunque, sin duda han constituido sus vidas.
Va para casi dos años que está en el mercado un libro de Antonio Marín Albalate: “Hombre despatriado”, editado por MurciaLibro, se presentó hace unos días en el Museo de la Ciudad, podría ser la historia de una infancia que no siempre es patria ni paraíso, comienza con este poema:
PREFACIO CON VERSOS BATRACIOS
Blancas como las ranas de las ancas
saltan, a la vista está,
las ágrafas palabras
que, aunque no lo parezca, todo dicen
de la infancia que no fue.
(El hombre niño comienza a recordar)
La realidad se convirtió en un crack amargo y vuelven los años oscuros, las guerras, los millones de muertos. Para seguir después con las otras guerras, frías o calientes, siempre lejanas, aunque reales, con continúas rebeliones en las granjas, campos de concentración y exilios. Destrucciones. ¿Por qué, José Luis, un hombre aparentemente tranquilo ha hecho estos cuadros? Goya sabía que el sueño de la razón produce monstruos, por tanto, creía en la razón, confiaba que, cuando despertáramos, habrían desaparecido. Sin embargo, el pintor descubre que, cuando despierta, los monstruos siguen ahí. Claro que la razón no está en las cosas, sino en el hombre que mira esas cosas. Quizá, Galindo, quiere desenmascarar la realidad, hacer que, entre la sorpresa y el humor, quede a salvo esa razón, ahora conciencia que, como un trasto inútil, parecía habernos abandonado. Esta es la diferencia entre la razón y el sueño. La razón se ajusta a unos u otros principios, sabe que está limitada por el tiempo; mientras que el sueño pertenece a otro espacio, a otro tiempo, y, ni el uno ni el otro, constriñen lo que se haga o proponga.

Aunque, si la conciencia no es una esperanza, cuál es la tarea del artista. Imaginemos que resuelve descubrir otras vías, explore colores y planos, persiga el equilibrio de la línea, distorsione las figuras, convierta en invisible este mundo para así poder descubrirlo de nuevo. Si esto fuese verdad, mientras oímos esa monótona cantilena en nuestra cabeza, entre la luz y sombra del cuadro, en un ángulo que no habíamos visto, una palabra cuyo significado puede ser otro, el pájaro que pone un punto y seguido a la plenitud del día. Cuando, sin que sepamos bien por qué, ha cambiado algo, a lo lejos seguimos oyendo el ruido de los batanes, pese a que es pleno día.
El pintor se convierte en un mediador. Si recordamos que la pintura siempre es un ejercicio mental, ocurre que todo cuadro es el resultado de destilar la realidad que vemos o nos parece ver. De esa operación, atravesar el tamiz mental, resulta lo que el cuadro muestra. Pese a la presentación de una sociedad descarnada, no se considera un pintor social, en todo caso sería existencial.
¿Adónde pretende llegar? Quizá busque una solución a ese límite que se ha establecido entre lo invisible y el cuadro. Se parece a esa respuesta, que no lo es, en la que, Bécquer, tras la pregunta sobre la poesía, responde: “¿Y tú me lo preguntas? Poesía eres tú”, contestación brillante, tautológica, que no satisface a quien desea ser informado, de tal modo que la respuesta, como remite al mismo que pregunta, aumenta la duda. ¿Será la invisibilidad el principio de la pintura? ¿Pintamos para hacer visible lo que se ha pensado? O ¿se pinta para convertir en objeto, algo real, aquello que se desea que exista? Estas preguntas tienen como propósito desvelar esa primicia por la cual afirmamos que el rey está desnudo y que, toda la fantasía con la que tanto él, como sus súbditos, lo imaginan vestido, viene a resultar ilusoria. La palabra podría actuar como una falsa tela que cubre el desnudo, resultado de una relación contractual.

Imaginemos ahora que, José Luis Galindo, hubiese descubierto este juego. Ya que, si el rey es el único que está desnudo, en un reino donde todos lo ven vestido, lo que habría que cambiar es de rey o de reino, para resolver el problema de la visibilidad. En el primer poema de “Cantos de Vida y Esperanza” de Rubén Darío, padre de la poesía, que intuyó esta realidad, se dice: Por eso ser sincero es ser potente;/ de desnuda que está, brilla la estrella. Si la desnudez es el principio de la belleza, ésta no es sino el resultado de una tensión, porque, al descubrir su realidad, vemos el brillo no la estrella, es decir, vemos lo que no vemos.
En el siglo XVIII, el poeta japonés Toko compuso este haiku:
Los poemas a la muerte
son un engaño.
La muerte es la muerte.
Se diría que, la razón, en el instante que precede al fin, sincera, se opone a todo subterfugio y afirma la única verdad. Ocurre que todo el decorado con que se la quiere atenuar, se desvanece ante su existencia. La visibilidad o invisibilidad, no es más que una argucia emocional con la que pretendemos hacernos trampa.

Si Galindo pintor, se ha convertido en invisible y, lo que creemos ver, también es invisible, cabría preguntarse por la relación entre pintor y cuadro. Quizá así descubriríamos el porqué de su aparente desaparición, su vinculación con el olvido, origen del recuerdo. Esta contradicción es la que José Luis ha resuelto. La existencia del pintor es virtual, parece que está ahí, sabemos que habla, que lo oímos, que comparte con nosotros un rato, pero no es verdad, aunque debiera decir que todo eso no importa nada, el autor es ya invisible, se ha convertido en estos cuadros a través de los cuales podríamos suponer que, gracias a él, hoy los vemos; mejor aún, que, a través de estos cuadros o miradas, descubriremos algunas cosas que no son visibles.
Si aceptamos que la realidad no es evidente, José Luis Galindo, quizá tampoco lo sea. Por tanto, ahora que, José Luis, ha estado con nosotros, podríamos decir que tanto sus cuadros, como él mismo, han recuperado su visibilidad, esa condición efímera de las cosas que pasan. Como consecuencia, amigos de la paradoja, disfrutad con el pintor y su obra.
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