Las nueve musas
Matthias y Maxime

Matthias et Maxime (Xavier Dolan, 2019)

Quien fue bautizado como el enfant terrible de la cinefilia del siglo XXI está transformándose, si es que en alguna ocasión mereció un calificativo que le identificara como autor rompedor de cánones o estéticas, en una especie de Peter Pan que se niega a crecer, y lo que es peor, a que su cine evolucione hacia alguna madurez propia que permita a sus películas diferenciarse entre sí.

dolanA fuerza de repetir ideas y contenidos corre el riesgo de un estancamiento que va minando un crédito solo sostenido por su buena relación con el festival de Cannes, donde se seleccionan sus películas año tras año sin valorarse los méritos de la obra más reciente para mantener a una criatura creada por el monstruo, haciendo de su filmografía algo que va diluyéndose hacia la intrascendencia desde las prometedoras «J,ai tué ma mére» y «Les amours imaginaires», hasta las más sólidas pero igualmente llenas de autoreferencias innecesarias y reiterativas como «Lawrence anyways» y «Mommy».

Dolan, reservándose siempre el papel del protagonista sufridor, excesivo, histriónico, utiliza una metáfora visual tan banal como la de dotar a su personaje de una mancha facial que, a modo de enorme reguero que parte de la comisura de su ojo derecho desciende por su rostro como una catarata de lágrimas. Un hombre con la cara partida que, decididamente, no es capaz de mostrar sufrimiento vital que transmita empatía, algo que si conseguía, por ejemplo, Conrad Veidt en «El hombre que ríe» de Paul Leni, pese a que su rostro estaba obligado a sobrevivir con una mueca de sonrisa permanente, porque no es el decorado lo que hace grande al artista, sino su interpretación, y la mirada de Veidt no eliminará ese dolor aunque su rostro se transforme en carcajada mientras que la de Dolan, pese a ese lagrimón de sangre, no nos la creeremos nunca.

AmigosDolan construye su panegírico pansexual alrededor de la atracción y deseo que surca la relación entre dos amigos de la infancia, los Matthias y Maxime del título, lo que no les evita sentirse atraídos por mujeres.

En momentos de duda o de formación de la personalidad nada está predeterminado, llegar, o sobrepasar la treintena, manteniendo esa situación de atracción sexual no resuelta convierte a sus personajes en adolescentes permanentes, algo que en el fondo recalca Dolan a fuerza de presentar a un nutrido y abigarrado conjunto de amigos y amigas de ambos como personas que únicamente ocupan su tiempo en fiestas, drogas, borracheras y estúpidas conversaciones infantilizadas.

Dolan ha ido cumpliendo años desde que fue encumbrado internacionalmente con apenas 17, sin que sus personajes muestren ese necesario paso del tiempo, permaneciendo inmóviles en una época y en un momento que ya no les pertenece. Utilizando su película como un diario de los últimos 15 días de Maxime en Montreal, dispuesto a emigrar a Australia, el pretendido clima agónico y de sensibilidad desbordada que habría de acompañar ese estirado adiós entre dos amigos que, sin hablarlo, se atraen físicamente, va derivando en una impostada conversión de la relación hacia la frialdad absoluta incapaz Matthias de dejarse llevar. La amistad mantenida durante 30 años salta por los aires de manera sorpresiva y absurda para mantener una ficción plagada de impostura.

Que los personajes vengan acompañados de una nula carga psicológica no ayuda a sentirse cercano a ninguno de ellos, algo que, además, viene lastrado por la continua aparición de un ejército de acompañantes, meras comparsas simpáticas, petardas o de sentidos embotados por las sustancias ingeridas que van provocando la separación constante del espectador de ese núcleo central de la película que no termina de definirse, alargando  de manera innecesaria, e interminable, el final predecible y amable, absolutamente contrario a la etiqueta de un ex-enfant terrible.

Como le ocurre a su admirado «Elmodóvar», Dolan no puede rehusar los lugares comunes de sus películas, los videoclips musicales tengan, o no, que ver con el desarrollo de la trama; los conflictos con amigos que se saldan con un abrazo varonil y un trago de cerveza; la lágrima fácil y el mohín afectado de Dolan (actor muy limitado); el uso del pop con aspiraciones «queer»; las tormentosas relaciones materno-filiales o la ausencia del padre son lugares comunes en el cine de Dolan; y unir toda esa amalgama en una sola película no produce sino el desenfoque absoluto de su pretendida finalidad. Sólo de esta manera una anécdota como la que se revive al inicio de la película con el rodaje de un cortometraje en el que ambos amigos tienen que besarse puede dar de sí hasta ocupar 120 minutos de película, una casualidad que remueve algo que ocurrió espontáneamente en el colegio y que ambos parecen haber adormecido durante casi 20 años, explotando hasta transformar su carácter de la noche a la mañana.

Ni tan siquiera la imagen suple las carencias argumentales de una historia trillada en el mundo del arte. Los silencios y miradas huidizas de Matthias, avergonzado de si mismo, y transformadas en raptos de violencia verbal o física incomprensibles, las acompaña Dolan con feos movimientos de cámara en interiores buscando rostros como si de un videoaficionado se tratara.

enfant terribleDolan es incapaz de transmitir tensión ni pasión en sus dos personajes principales, algo a lo que también contribuye que el resto se conviertan en arquetipos disparatados de madres, novias, amigos, hermanas de amigos… toda una fauna digna de provocar la enajenación mental transitoria de cualquier espectador.

Dolan ha decidido no crecer, pero el problema es que su cine tampoco lo hace y se está empequeñeciendo obligándose a repetir y a mantener la impostura de un estilo por encima de un fondo; y cuando un desequilibrio es tan patente el resultado final hace que la obra se desvanezca.

Mientras el panorama canadiense ofrece las obras de Coté, Villeneuve, Arcand, Lesage y el estilo de cada uno es creíble, pese a sus altibajos, por ser genuino, en Dolan se advierte la necesidad de mantenerlo para ser reconocido por sus seguidores, lo que transforma su peregrinaje más reciente en un vano ejercicio de estilo vacío transformándose en una copia mala de sí mismo.


Canadá, 2019. Director: Xavier Dolan. Guion: Xavier Dolan. Montaje: Xavier Dolan. Fotografía: André Turpin. Música: Jean-Michel Blais. Duración: 120 minutos. Productora: Sons of Manual. Diseño de producción: Colombe Raby. Diseño de vestuario: Pierre-Yves Gayraud . Intérpretes: Xavier Dolan, Anne Dorval, Pier-Luc Funk, Catherine Brunet, Gabriel D’Almeida Freitas, Antoine Pilon, Marilyn Castonguay, Adib Alkhalidey, Micheline Bernard, Samuel Gauthier. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019.


 

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Miguel Ángel Martín Maestro

Miguel Ángel Martín Maestro, nacido en Palencia en 1967.

Cinéfilo por vocación, magistrado desde 1995 por necesidad para poder ser cinéfilo.

Colaborador habitual en el periódico "Ultimo Cero" de Valladolid como comentarista cinematográfico y único responsable de la web "noshacemosuncine.com"




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