Las nueve musas
Delmira Agustini

Delmira Agustini. Esta feroz femineidad avasallante

Entre las poetas rioplatenses de inicios del siglo pasado, Delmira Agustini, presenta la historia más breve y trágica.

En 1914, en una pieza de alquiler donde se encontraba a escondidas con su ex marido, muere a manos de Enrique Reyes, quién después de darle dos balazos en la cabeza se suicida.

Delmira tenía 28 años.

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La escena nos remite a un hecho actual, la imparable ola de femicidios que  muestra la tensión entre los movimientos que instituyen nuevos lugares para la mujer y el retorno de una fuerza brutal que los cercena.

Fue amiga de María Vaz Ferreira, la otra gran poetisa uruguaya, mencionada por Gabriela Mistral en el encuentro de las tres grandes de América, en Montevideo para 1938, reconociendo en ambas el más valioso antecedente para la poesía femenina sudamericana.

Alfonsina Storni también la evocó allí:

“Silenciada en plena primavera, solo nos queda aferrarnos a los libros de Delmira, y mirar admirados esa vitalidad profunda, esa carne inquietada por la sed del espíritu, este caer y levantarse continuo, esta feroz femineidad avasallante; que la hizo producir una nueva poesía, desconocida, candente, porque es la expresión viva de un talento excepcional.”[1]

Quienes han estudiado la poesía y biografía de Delmira refuerzan la idea de un desenlace que ella no esperó ni eligió. No fue un pacto de amor, fue un asesinato. Su matrimonio había durando muy poco, pronto regresó a la casa paterna  con la idea de no poder convivir con tanta vulgaridad.  Roto el matrimonio la relación continuó a través de encuentros clandestinos, encontrándose como amantes, un perfil muy poco comprensible para la época.

Delmira estaba abierta a la vida, a otros amores tal vez, pero por sobre todo a una forma diferente de acceso a la femineidad y el erotismo. Como ha enfatizado Anna Caballé, su poesía «desestabiliza el preciosismo modernista para dar cabida a una nueva visión del lenguaje erótico concebido por la imaginación de una mujer»[2]

En vida publicó “El libro blanco”, (1907), Cantos de la mañana (1907) y Los cálices vacíos con pórtico de Rubén Darío, con quien mantuvo correspondencia, nutriéndose de su obra que había leído con pasión. Luego de muerte se publicaron El rosario de Eros (1924), Los astros del abismo (1924) y Correspondencia íntima (1968)

Queda encontrarnos con lo que aún florece en su poesía.

EL INTRUSO

Amor, la noche estaba trágica y sollozante
cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura;
luego, la puerta abierta sobre la sombra helante,
tu forma fue una mancha de luz y de blancura.

Todo aquí lo alumbraron tus ojos de diamante;
bebieron en mi copa tus labios de frescura;
y descansó en mi almohada tu cabeza fragante;
me encantó tu descaro y adoré tu locura.

¡Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas;
y si duermes, duermo como un perro a tus plantas!
¡Hoy llevo hasta en mi sombra tu olor de primavera;

y tiemblo si tu mano toca la cerradura;
y bendigo la noche sollozante y oscura
que floreció en mi vida tu boca tempranera!

LA RUPTURA

Érase una cadena fuerte como un destino,
Sacra como una vida, sensible como un alma;
La corté con un lirio y sigo mi camino
Con la frialdad magnífica de la Muerte… con calma

Curiosidad mi espíritu se asoma a su laguna
Interior, y el cristal de las aguas dormidas,
Refleja un dios o un monstruo, enmascarado

Victoria Fabre


[1] Delmira Agustini. El vampiro y otros poemas. Selección y Prologo de Elvio Gandolfo

[2] La vida escrita por las mujeres, III. La pluma como espada: Del Romanticismo al Modernismo, Anna Caballé (ed.), Lumen, Barcelona, 2004, p. 649


 

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