Las nueve musas
Español

Consideraciones acerca del español de América

El español es la lengua romance de máxima proyección universal. Su zona de influencia no solo abarca España, sino también América del Sur (con la excepción de Brasil y las Guayanas), América Central, México y parte de los EE. UU., sin olvidar las islas Filipinas, Guinea Ecuatorial, el Sahara Occidental y varias comunidades sefardíes, entre las cuales destacan las ubicadas en Israel. Sin embargo, es en América donde este idioma más se ha expandido y transformado. A continuación, reflexionaremos sobre el tema.

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  1. Observaciones preliminares

Como sabemos, el continente americano alberga a la gran mayoría de hablantes de nuestra lengua. Pese a este hecho incontrastable, algunos lingüistas insisten en utilizar la expresión español de América para diferenciar esta variedad del español europeo, y sospecho que no siempre esa diferenciación ha sido bien intencionada.[1] Ciertamente, es lícito plantear la existencia de un español americano si lo que se pretende es resaltar ciertas particularidades léxicas (o incluso fonéticas), pero no lo sería tanto si lo que se pretende es describir una lengua distinta a la que se habla en España.[2]

Por lo expuesto, parecería más conveniente entender la expresión español de América como el conjunto de variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas del español que son propias del continente americano, y cuyas singularidades idiomáticas, más allá de diferenciarse de las de España, no necesariamente se presentan de igual forma en todos los países de habla hispana que lo integran.[3]

En definitiva, lo que no debemos olvidar en ningún caso es que nos encontramos ante una misma comunidad idiomática, la de los hablantes de español y, por consiguiente, lo único realmente importante es conocer los rasgos que distinguen a las variedades del español hispanoamericano de las variedades del español europeo, pero sin perder de vista lo que tienen en común, esto es, la lengua misma.[4]

  1. Factores de diferenciación entre el español de España y el español de América

 Tres son los factores que influyeron en la diferenciación entre el español de España y el español de América: la procedencia de los colonizadores, el contacto con las lenguas originarias y la adecuación de la lengua española a la realidad del Nuevo Mundo. Recordarlos, innegablemente, ayudará a comprender mejor los rasgos que muestran las variedades hispanoamericanas del español actual.

2.1. Sobre la procedencia de los colonizadores

Es común asociar la manera de hablar de un hispanoamericano con la de un andaluz o un canario, pero nunca con la de un castellano, un aragonés o un leonés. Esto se debe a ciertos rasgos lingüísticos que se manifiestan tanto en Hispanoamérica como en Andalucía y Canarias, puntualmente el seseo y la aspiración de la /-s/ implosiva.[5] Este problema fue tratado de manera ligera hasta 1920, año en el que Max Wagner propone ampliar el concepto de influencia andaluza para incluir también la de Extremadura; a su vez, limita el andalucismo de América a las tierras bajas y reconoce que existen zonas del Nuevo Mundo que no presentan los rasgos a los que nos hemos referido más arriba (al menos, no en su totalidad).[6]

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Max Leopold Wagner

Un año más tarde, Pedro Henríquez Ureña publica un artículo en el que explica que las diferencias de clima y de población, los contactos con las diversas lenguas indígenas, los varios grados de cultura, el mayor o menor aislamiento fueron los factores que produjeron o fomentaron las peculiaridades en fonética, morfología, léxico y sintaxis propias del español americano, para luego concluir que las coincidencias que pudieran existir entre este y el español del sur de la península deben entenderse como resultados de desarrollos paralelos y nunca como una influencia directa del segundo sobre el primero.[7]

Investigaciones posteriores —que aportaban datos más exactos sobre la cronología de los fenómenos examinados y, especialmente, sobre el origen geográfico de los colonizadores— lograron modificar la tesis «antiandalucista» de Henríquez Ureña, y ya en 1958, Diego Catalán acuñó la expresión español atlántico para, así, iniciar «una nueva historia sobre el desarrollo de las conexiones lingüísticas entre América y los puertos atlánticos de España»[8]. Este concepto ha sido de vital importancia para los estudios que, hasta hace pocos años, se ocuparon de la influencia andaluza y canaria en las variantes hispanoamericanas del español. Por este motivo, hemos creído oportuno dedicarle el tercer apartado de este artículo.

Naturalmente, las influencias del sur de España no le quitan de ninguna manera personalidad al español de América. Son estas, claro, elementos importantes en su configuración, pero no debemos olvidar que, desde los comienzos de la etapa colonial, acudieron al Nuevo Mundo habitantes de otras zonas de España y de específicos sectores sociales, ni que, con el transcurso de los siglos, otras lenguas y otros hábitos culturales contribuyeron también al desarrollo de la gran comunidad de Hispanoamérica.[9]

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Diego Catalán Menéndez-Pidal

2.2. Sobre el contacto con las lenguas originarias

Parte sin duda fundamental de la nueva realidad a la que se enfrentaron los colonizadores fueron las lenguas originarias. Según cálculos de Antonio Tovar (1985), cuando llegaron los españoles al Nuevo Mundo había más de 2.000 variedades dialectales, que se integraban en 170 grandes familias lingüísticas.[10]

La diversidad de lenguas constituía un peligroso obstáculo para la tarea de evangelización que pretendían llevar a cabo los religiosos sobre las poblaciones nativas. Sin embargo, la desafortunada experiencia de la Española (en la actual Santo Domingo), donde los indígenas desaparecieron con una velocidad inusitada —esto es, antes de mediar el siglo XVI— sugería no hispanizarlos violentamente. Puesto que tampoco se debía dejar la evangelización al lento trabajo de los siglos, los misioneros se dedicaron en principio a aprender las lenguas locales para desarrollar su tarea, contando (al menos desde 1536) con disposiciones legislativas favorables; pero muy pronto se dieron cuenta de lo útil que podría llegar a ser adoptar una lengua auxiliar, entre las autóctonas, que sirviera a todos los grupos originarios que mostraban similitudes de índole lingüística y sociocultural.[11] Esas lenguas fueron las que, casi con exclusividad, influyeron sobre el español llevado al Nuevo Mundo, influencia que es notoria desde los inicios de la colonización.[12]

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Antonio Tovar

Así, el arahuaco y el caribe, lenguas habladas en las Antillas Mayores y Menores, Nordeste de Colombia y Venezuela, aportaron al español muchas voces propias; también el náhuatl (México y América Central), el chibcha (Panamá y gran parte de Colombia) y el mapuche (Chile) han contribuido a enriquecer el vocabulario de sus respectivas zonas de influencia. Otras lenguas originarias se han conservado con gran vitalidad hasta nuestros días, y vale aclarar que sus aportes no se limitan al vocabulario, sino que también comprenden los planos fonético-fonológico y morfosintáctico, como sucede en el caso del quechua (Perú, Ecuador y partes de Bolivia, norte de Chile, noroeste de Argentina y sur de Colombia), el aimara (áreas bolivianas y peruanas), el tupí-guaraní (Río de la Plata) y el maya (Yucatán, en México, y territorios contiguos de América Central).

La influencia ejercida sobre el español por las lenguas precolombinas ha sido considerada desde hace tiempo por la filología, aunque solo como algo complementario al estudio formal del español de América. Sin embargo, los últimos años del pasado siglo marcaron el inicio de un nuevo período en el que los fenómenos producidos por el contacto lingüístico lograron adquirir por fin la relevancia merecida, hasta el punto de que Germán de Granda llegó a proponer una serie de líneas metodológicas para elucidar, a través de ellas y desde un punto de vista sociohistórico, la contribución de las lenguas originarias en la formación de las variantes diatópicas del español de América.[13]

 2.3. La adecuación de la lengua española a la realidad del Nuevo Mundo

 Es un hecho sobradamente documentado que la lengua española, al entrar en contacto con el continente americano, comenzó a adecuarse a las nuevas circunstancias ambientales, las nuevas formas de vida y los nuevos requerimientos que surgían para quienes la hablaban. Si es cierto que la condición inherente al funcionamiento de toda lengua viva es evolucionar ad infinitum, podemos afirmar que el español se ha enriquecido en América de una manera extraordinaria gracias a la evolución que le impuso un medio natural desconocido.

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Quizá, la mejor explicación de este fenómeno sea la que ofreció Manuel Alvar en una de sus obras más conocidas: «Desplazada la lengua de su mundo, ha necesitado ambientarse y adaptarse a su tierra de adopción. El hombre que la usaba se ha visto obligado a convertirla en vehículo de expresividad inédita, y la travesía, el contacto con la realidad, los cambios de estratigrafía social, todo, han hecho modificar la perspectiva del hablante»[14].

Así, por medio de una serie de recursos internos de la lengua española, los referentes americanos fueron adoptando espontáneamente nombres patrimoniales que ya figuraban, con llamativa profusión, en los textos de los cronistas. Esto explica la aparición de palabras como armadillo, chapetón, palo santo, etc., que en gran medida se han mantenido en el español hasta nuestros días.

Cabe señalar que la voluntad creadora de los primeros pobladores no finalizó en la época de la conquista, sino que a aquellos precoces neologismos de base patrimonial han ido añadiéndose sucesivamente nuevas formas léxicas y nuevos contenidos significativos, tantos como la insólita realidad de Hispanoamérica lo fuera demandando.

  1. Diego Catalán y el concepto de español atlántico

Tal como comentamos en uno de los temas del apartado anterior, las coincidencias lingüísticas entre el sur de España e Hispanoamérica le permitieron a Diego Catalán, en 1958, dar a conocer el concepto de español atlántico. En términos generales, podemos definir este concepto como un dialecto del español que unifica variedades americanas (zonas costeras e insulares) y variedades españolas peninsulares (Andalucía) e insulares (Canarias), que comparten una serie de rasgos fonéticos y morfosintácticos que justifican su clasificación como bloque dialectal hispánico, en oposición a ese otro gran bloque dialectal del español, que incluye el español castellano y las variedades americanas interiores.

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Sin embargo, en un primer momento, este concepto fue aplicado para describir toda la geografía hispanoamericana. El propio Rafael Lapesa detalló, en un artículo de 1966, las características fonéticas y morfosintácticas del español atlántico (seseo, abandono de la forma vosotros, distinción entre le [dativo] solo para el objeto indirecto, y lo [acusativo] para el objeto directo, yeísmo, aspiración de la -s final de sílaba, igualación de líquidas, etc.); y opuso el español castellano al español atlántico, incluyendo en este último el andaluz, el canario y todo el español de América.[15] Así nos lo explicaba: «Atendiendo a esta serie de caracteres […] sería justo reemplazar la habitual contraposición entre español de España y español de América por otra que enfrente el español castellano y el español atlántico, incluyendo en éste casi toda Andalucía, Canarias e Hispanoamérica»[16].

Vale la pena recordar que, cuatro años antes, en un trabajo que se incluyó en un volumen colectivo dirigido por el mismísimo Catalán, Menéndez Pidal ya se había ocupado de señalar los límites geográficos de la influencia andaluza y canaria en América.[17] Las valoraciones de Menéndez Pidal tuvieron grandes repercusiones, pues, además de sentar los antecedentes del uso actual del concepto que glosamos, describían un mapa lingüístico del español de América, elaborado a partir de dos grandes áreas dialectales: el área de la flota y el área de las cortes virreinales.[18] La primera estaba conformada por los territorios insulares y las zonas costeras de la totalidad de la Hispanoamérica, a las cuales, durante la época colonial, llegaba la flota de Sevilla y Cádiz. En el área de la flota se impusieron los rasgos meridionales introducidos desde la metrópoli. Estos rasgos se oponían a los que presentaba la variedad lingüística hablada en las zonas a las cuales no llegaban las flotas, esto es, las regiones interiores de México, América Central y América del Sur (meseta central mexicana, montañas de Centroamérica y cordillera andina).

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Al factor de la comunicación de las distintas regiones con los puertos comerciales españoles, Menéndez Pidal agregó un factor asimismo decisivo en la clasificación de las variedades hispanoamericanas: el mayor o menor contacto de los centros urbanos del Nuevo Mundo con la corte madrileña. Así pues, las capitales virreinales, al tener un vínculo más estrecho con la corte de Madrid, conservaron un español menos dialectal y, por consiguiente, más puramente castellano.[19]


[1] Es necesario aclarar que esa «sospecha» no alude en absoluto a la RAE, cuya actitud panhispánica (al menos, desde la creación de la ASALE) ha sido un ejemplo por décadas, sino más bien a ciertos lingüistas que parecerían estar más interesados en ofrecerle al mundo teorías trasnochadas que a aceptar la indiscutida unidad de nuestra lengua.

[2] Véase Rubén del Rosario. El español de América, Connecticut, Troutman Press, 1970.

[3] Recuérdese que existen expresiones en español que son propias de un país americano, es decir, que no se utilizan (o se utilizan con un sentido diferente) en otras zonas de América, como los mexicanismos, colombianismos, argentinismos, etc.

[4] Al respecto, son también muy pertinentes las siguientes aseveraciones de José Luis Rivarola: «La dicotomía no tiene un sentido geográfico trivial o una justificación estrictamente geográfica-lingüística, sino que apunta al hecho de que el español se ha desarrollado en dos espacios que se constituyeron, en distintos momentos de la evolución histórica, en espacios nacionales. En el caso de América se trata, para el efecto, de un concepto extendido de nación que, como se ha visto, tiene una plena justificación histórico-ideológica por lo menos desde fines del siglo XVIII. En estos dos espacios, aparte ya de las distintas formas de variación geográfica social y estilística, hay una fundamental unidad en los registros formales más altos, tanto en el nivel oral como en el escrito. Esta unidad fundamental es compatible con las diferencias comprobables en casi todos los planos de unidades lingüísticas y también en el ámbito pragmático-comunicativo, uno de los menos estudiados. Algunas de estas diferencias están sancionadas normativamente como alternativas válidas del español. […]. Lo que vale para los conceptos de “español de América” y “español de España” vale también para los conceptos de “español de México”, “español de Venezuela”, etc., por referencia a cada una de las repúblicas hispanoamericanas, conceptos que están subsumidos en el concepto macronacional de “español de América”. Cada uno de ellos constituye una entidad histórica, para la cual rigen en el nivel correspondiente las observaciones acerca de lo vario y lo unitario en la lengua española» (La formación lingüística de Hispanoamérica, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1990).

[5] Estas coincidencias vienen señalándose desde finales del siglo XVII. Ya el obispo Piedrahita, en su Historia general del Nuevo Reyno de Granada (1688), decía que los habitantes de Cartagena de Indias pronunciaban el idioma español «con aquellos resabios que siempre participan de la gente de las costas de Andalucía».

[6] Véase Max Leopold Wagner. «Amerikanisch-Spanisch und Vulgärlatein II», ZFRP, 40, 385-404, 1921.

[7] Véase Pedro Henríquez Ureña. «Observaciones sobre el español de América (I)», Revista de Filología Española, 8, 357-390, 1921.

[8] Diego Catalán. «Génesis del español atlántico (ondas varias a través del Océano)», Revista de Historia Canaria, 24, 233-242, 1958.

[9] Se ha demostrado, por ejemplo, la adopción de occidentalismos léxicos y de voces canarias en las hablas del otro lado del Océano, y cómo el vocabulario náutico influyó entre quienes hicieron de América su vivir; asimismo, se ha destacado la aportación lingüística de los pobladores africanos, trasladados a América bajo el signo de la esclavitud o, en tiempos más recientes, la llegada de italianos sobre todo al área rioplatense. Y no debemos olvidar que, aun sin presencia directa en la América española, otras lenguas también han dejado su huella en las hablas hispanoamericanas por razones de vecindad geográfica (el portugués) o cultural (francés) y, sobre todo, por motivos económicos y comerciales (inglés).

[10] Véase Antonio Tovar y Consuelo Larrucea de Tovar. Catálogo de las lenguas de América del Sur, Madrid, Gredos, 1985.

[11] Como prueba de esto baste remitirse a la Gramática o arte de la lengua general de los indios de los reinos del Perú, de fray Domingo de Santo Tomás (1560), el Vocabulario en lengua castellana y mexicana, de fray Alonso de Molina (1571) o la Gramática de la lengua general del Nuevo Reino llamada mosca, de fray Bernardo de Lugo (1619).

[12] Se recordará al respecto que, en 1493, Antonio de Nebrija recogía en su Vocabulario de romance en latín el indigenismo canoa y que, en 1535, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo se veía obligado a justificar la inclusión de no pocos términos aborígenes en su Historia General y Natural de las Indias.

[13] Véase Germán de Granda. «El influjo de las lenguas indoamericanas sobre el español. Un modelo interpretativo sociohistórico de variantes areales en contacto lingüístico», en Español y lenguas indoamericanas en Hispanoamérica. Estructuras, situaciones y transferencias, Valladolid, Universidad de Valladolid, 1999.

[14]  Manuel Alvar. Juan de Castellanos. Tradición española y realidad americana, Bogotá, ICC, 1972.

[15] Los rasgos especificados por Lapesa como propios de la modalidad atlántica han sido el centro de discusión en torno al cual ha girado no solo el estudio de las coincidencias con las hablas del sur de España, sino también el de las diferencias que, en su expansión, exhiben algunas regiones hispanoamericanas frente a otras.

[16] Rafael Lapesa. «América y la unidad de la lengua española», Revista de Occidente, XII, 300-320, 1966.

[17] Véase Ramón Menéndez Pidal. «Sevilla frente a Madrid. Algunas precisiones sobre el español de América», en Diego Catalán (ed.), Miscelánea Homenaje a André Martinet, Universidad de La Laguna, 1962.

 [19] Además del seseo (fenómeno común a todo el territorio hispanoamericano), Menéndez Pidal señalaba como fenómenos relevantes de las regiones costeras un vocalismo fuerte y un consonantismo débil, que se manifiesta en la aspiración o pérdida de la /s/ implosiva, la tendencia a la neutralización de líquidas en posición implosiva, la aspiración de la fricativa velar sorda (en todas las posiciones), el yeísmo y la pérdida de la consonante sonora intervocálica /d/.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con cinco libros de poesía publicados:
«Por todo sol, la sed», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2000);
«La gratuidad de la amenaza», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2001);
«Íngrimo e insular», Ediciones El Tranvía (Buenos Aires, 2005);
«La ciudad con Laura», Sediento Editores (México, 2012);
«Elucubraciones de un "flâneur"», Ediciones Camelot América (México, 2018).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Su más reciente trabajo publicado es «Del nominativo al ablativo. Una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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