Las nueve musas
Confieso que he sobrevivido

Confieso que he sobrevivido

                                                                                                        Me duele más la muerte de un amigo
Que la que a mí me ronda.
Sabina

Desde Hipócrates e incluso antes, el arte mágico de la medicina siempre ha sido envuelto en ese tufo de la superstición y declamación de versos religiosos que intentaban conectar con los dioses que más cerca se encuentren y se dispongan a dar una manito al curandero embrujado del pueblo.

Si  esto no resultaba, que era en la mayoría de casos, no quedaba otra que despedir a nuestro paciente acongojados en el dolor envolviéndolo de las armas que lo ayudarían a cruzar hacia el más allá: moneda en los ojos para los barqueros de ríos de sangre, fuego envolvente que disperse las cenizas por benevolentes vientos, embalsamientos momificados que nos quitarán el sueño y hasta grandes parrillas que ofrezcan nuestras carnes y aseguren que siempre habitaremos entre los nuestros.

Tras 21 días, como polluelo que rompe el cascarón, confieso que he sobrevivido, y si bien, uno queda acobardado, temeroso, apocado, menguado, pusilánime al pisar las calles nuevamente, al levantar ese cuerpo que no reconoce la ruta de regreso a ser uno mismo de vuelta, que se enmascara y alcoholiza y aleja más metros que los indicados. Sabe bien que ha podido driblear, burlar por esta vez, sacar cuerpo a la muerte, a esa que de manera irremediable nace con nuestra vida, que es la única en brindar algo seguro a nuestra existencia.

Hoy, que nos acercamos a los 3 millones de muertes en nuestro mundo agonizante, y aún no sabemos nada, aún naufragamos en la más profunda oscuridad medieval del saber, cuando todavía nos valemos de sacerdotes armados con inciensos mágicos o pócimas de vapores humeantes de eucaliptos liberadores de monóxido o intentemos con menjunjes  de kiones, ajos draculianos y limones en el cogote y rematemos el conjuro con gárgaras de cantante aprendiz sazonadas en bicarbonato. O tal vez, acudamos a la ciencia y limpiemos nuestro cuerpo, y de paso nuestras almas, con la ivermectina, gotitas que aseguran, de hecho, que jamás tendremos sarna, o la azitromicina que reduce las bacterias que nos golpean de cuando en vez y para cerrar nuestro kit dador de vida, el humilde y cumplidor paracetamol que nos mantendrá fresquitos en este verano aterrador.

Sí, fueron 21 días que me escondí, que sentí el pavor de contagiar a mi compañera, a mis príncipes enanos, y para ser sincero, de irme tan pronto, de dejar esta pacha mama aún sin recorrer del todo, ese pánico al medir la temperatura cada vez que sentía que esta se elevaba veraniega en mi cuerpo, el terror que ese aparatito digitalice menos de 95, la duda del dormirme y no saber que despertaría para el desayuno, la angustia de no poder despedirme de mi madre, y nuevamente, mis hijos, mi Mona, mi yo y los días que se amontonaban: estúpidos, inertes, lentos, enfermos de covid.

En mi país, en la gran patria que es el mundo, esta pandemia nos ha golpeado un cachetazo de realidad, y ante mi poca fe, sé que no nos mejorará, no alcanzaremos empáticas actitudes, y mucho menos, nos pondremos en los zapatos de los demás: el ser humano es el animal más estúpido, individualista, territorial, cobarde y anti solidario que existe; salvo rayitos de excepción, nuestro destino apunta hacia el fracaso como especie, vamos directo a nuestra propia aniquilación, y esas colas por oxigeno que duran días y que son vendidas al mejor postor, y esas personas que deben salir a las calles a lidiar contra este invisible virus porque si no lo hace su prole que sí es visible, como el hambre, no comerá, y esos tiranos que nos pusimos nosotros mismos de gobernantes son la prueba de que no nos quedan muchas opciones.

Estamos ya cumpliendo más de un año desde que el virus habitante de un murciélago o un camello terminó mutando, evolucionando, y tomando como rehén a estos animalitos tan pintorescos y petulantes que creyeron que con su ciencia y sus saberes aglomerados en google o en youtube burlaríamos a nuestra nueva peste, a esa plaga siglo XXI, a este diluvio universal que no se ve, a este viento huracanado del Macondo de Márquez que viene por nosotros, que nos acosa como violador y que en el mejor de los casos se aburrirá, sentirá compasión, pena y decidirá irse en retirada, convencido que nosotros mismos seremos los que ocasionemos nuestra propia destrucción.

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Renato Salas Peña

Renato Salas Peña
Lima-Perú 1971
Docente universitario, Licenciado en Educación con especialidad en Lengua y Literatura, asimismo llevó una Maestría en Docencia a Nivel Superior y Gestión Educativa.
Ha publicado los poemarios Desde el Colchón, Lima-Vitarte y Corsé
Sus artículos han sido publicados en diversas revistas latinoamericanas y de España, guarda aun con vergüenza un disco con sus composiciones musicales.

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