Las nueve musas
Misterio
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                                                                               Tengo una vida que llevar,
tengo un alma que alimentar,
tengo un sueño al que prestar atención,
y eso es todo lo que necesito
Rufus Wainwright, Going to a town

Poca gente ajena a la medicina comprende
                                        que la mayor tortura para los médicos es la incertidumbre
Henry Marsh, Ante todo no hagas daño

 El neurocirujano británico Henry Marsh escribe, en su impactante y excepcional libro de memorias Ante todo no hagas daño (Salamandra, 2014) que, en ocasiones, si la disección se vuelve especialmente difícil, hace una pequeña pausa, se queda observando el cerebro que está operando y se pregunta: “¿De verdad mis pensamientos están hechos de lo mismo que este bulto sólido de proteínas grasas cubierto por vasos sanguíneos que tengo ante mí?”. Y como la respuesta siempre es sí, y semejante idea le parece disparatada e inaprensible prosigue con la operación.

Rebajas

Me parece una reflexión preciosa, llena de humildad y sabiduría, que resume de forma muy visual los enigmas que nos rodean; una de las muchas que contiene un libro capaz de extraer poesía de la más descarnada realidad; un libro que destila verdad, plantea dilemas y deja una huella imperecedera, provocando la admiración hacia quienes ejercen esa labor esencial, arriesgada, fascinante y compleja que es la medicina. Y un libro donde el autor demuestra una maestría en el arte de la narración comparable a la que despliega en su oficio de neurocirujano (existe un documental sobre su trabajo titulado El cirujano inglés, premiado con un Emmy).

Dicho esto, resulta innegable que el hecho de que nuestros pensamientos, sentimientos y emociones, de alguna forma, se encuentren en esa masa de grasa, en ese laberinto del encéfalo, donde encajan perfectamente todas las piezas causa perplejidad.

La ciencia trabaja con interrogantes, busca las respuestas enfrentándose a un mar de incertidumbre, a dilemas éticos de toda índole, e indiscutiblemente, nos ha hecho avanzar a pasos de gigante, pero sigue encontrándose cara a cara con el misterio; con ese halo que envuelve a la vida y al acto de crear.

En palabras de Marsh: << (…) En neurociencia, a eso se le llama “el problema de la integración”: el hecho extraordinario, que nadie es capaz ni de empezar a explicar, de que de la mera materia bruta pueda surgir la conciencia y la sensación. >>

Ciencia, arte y misterio van de la mano, conforman nuestro estar en el mundo.

Y la música quizá sea el arte más puro, el más primigenio y poderoso –según el hermosísimo y terrible mito de Orfeo, este, con su música, podía calmar a las bestias, conmover a los árboles y detener el curso de ríos-, y también el más inmediato, el que antes nos penetra porque de alguna manera lo llevamos dentro.

Esto pudimos experimentarlo en el maravilloso concierto que Rufus Wainwright ofreció el pasado viernes en el Teatro Circo de Murcia. Un teatro, abarrotado, que se rindió a los pies de un artista con un poder de seducción que lo acerca al mito griego. Un virtuoso humilde y apasionado que nos regaló su don excepcional y nos transportó a otra dimensión. Todos los que tuvimos la suerte de asistir a esta experiencia musical casi imposible de narrar parecíamos abducidos, el silencio era total, ni un parpadeo durante cada canción, solo el estallido final de los aplausos y los bravos para intentar expresar tanta dicha.

Tiene mucho de prodigio que una persona acompañada solo de su voz y de un piano o una guitarra sea capaz de inspirar tan profundas emociones. Su arte nos mecía, nos elevaba, nos hacía soñar y conmovernos hasta las lágrimas. Una actuación planificada que rebosaba naturalidad y sencillez, un despliegue de canciones que fue in crescendo hasta culminar con el Hallelujah de Leonard Cohen, canción himno para todos los melómanos, de un poeta y cantautor ya inmortal con el que Rufus está íntimamente relacionado (también en lo personal, ya que es el abuelo de su hija).

Fue la noche de un Creador en estado de gracia, una noche donde brilló esa magia que los humanos necesitamos para poder sobrellevar una existencia anclada en la incertidumbre. La magia que nos ha llevado a inventar las narraciones, la mitología y  el arte desde la Noche de los Tiempos.

Rufus pertenece a ese Olimpo de los dioses que nosotros mismos hemos inventado. Posee un fuego prometeico, dionisíaco. Su voz, intensa y rica en matices, crea una atmósfera única capaz de alejar la realidad que nos comprime. Aunque su cercanía y su entrega, la vulnerabilidad que desprende en cada interpretación y sus letras poéticas lo hacen profundamente humano.

Al final, con el todo el teatro en pie, alguien de las primeras filas se acercó al escenario y le entregó un pequeño ramo de flores. Después vinieron tres maravillosos bises, y mientras nos regalaba las últimas canciones, las flores, que lo acompañaban sobre el regazo del piano, parecían una metáfora de nuestros corazones.

Creo que la ciencia nunca conseguirá desentrañar todos los misterios que nos rodean, y tampoco sería bueno. A día de hoy, necesitamos los interrogantes, el misterio que nos espolea, que puede avivar la pasión de un científico, de un carpintero o de un poeta.

El escritor argentino Abelardo Castillo dice en su libro Ser escritor (Seix Barral, 2005), que un escritor es un buscador de tesoros; que solo se escriben borradores, y que un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso. Son ideas que comparto plenamente. Yo siento esa búsqueda, esa continua insatisfacción, como una fiebre que enciende mi pasión-inspiración obligándome a escribir y reescribir.

En una de sus últimas entrevistas, Rufus responde así al periodista: “En el momento histórico que vivimos, el de la inteligencia artificial, la música folk nos acerca a cosas reales. Necesitaba hablar desde el corazón sobre temas sensibles”.

Y para llevar a cabo esa necesidad, para alcanzar la creación el artista se nutre de todo lo vivido y sentido, de aquello que alimenta sus conexiones cerebrales y la sangre que bombea su corazón. Que sepa transmitirlo con intensidad y consiga tocar el alma de sus semejantes, forma parte del misterio; el mismo capaz de convertir la tristeza y el desasosiego en una obra de arte, en un tesoro.

Pues eso. Busquemos los tesoros, la vida está llena de ellos, y pueden regalarnos momentos de felicidad absoluta.

De la incertidumbre, que genera dolor y ansiedad, puede nacer la belleza. Puro misterio.

Cabecera: Henry Marsh De Photo by Mykola Vasylechko. Світлина Миколи Василечка., CC BY-SA 4.0, 

 

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Mª Engracia Sigüenza Pacheco

Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Orihuela, 1963) es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología, por la Universidad de Murcia.

Trabajó en el campo de la psicología clínica, ha ejercido la docencia en institutos de la provincia de Alicante y actualmente se dedica a la orientación educativa.

Ha participado en diversas antologías, libros colectivos, exposiciones y montajes audiovisuales, y ha publicado artículos y poemas en revistas y periódicos.

Su poema “Utopías” resultó finalista con mención Honorífica en el I Premio Nacional de Poesía Villa de Madrid 2015, y su microrrelato “La joven” ganó el V Concurso de microrrelatos convocado por la editorial ACEN.

Ha publicado los poemarios El fuego del mar (Celesta, 2018) y Huellas en el paraíso (Ars Poética, 2019).

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