La aspirina es uno de los fármacos más populares y conocidos del planeta, siendo rara la casa donde no se encuentre al menos un envase de dicho medicamento, en cualquiera de sus formas, o su genérico.
Son muchas sus virtudes, pues alivia el dolor, reduce la inflamación y la fiebre, previene los ataques cardíacos y los accidentes cardiovasculares, también la formación de coágulos, ayuda a combatir las molestias de la gripe y el resfriado, y además, no debemos subestimar su efecto placebo. En definitiva, uno de esos remedios para todo, aplicado por madres y abuelas con mayor o menor acierto. No obstante, no debemos olvidar que se trata de un fármaco y que no es adecuado para todas las personas, pues puede agravar patologías subyacentes o hacer aflorar una alergia existente, por lo que su uso debe ser consultado con un médico.
Si bien su fabricación y comercialización data de 1899, el empleo de su principio activo, junto al de otras sustancias relacionadas, ya eran conocidos hace 4000 años en la antigua Egipto, donde se empleaban remedios derivados del sauce y de otras plantas ricas en salicilato. El propio Hipócrates se refirió al uso del té salicílico como remedio para reducir la fiebre en torno al año 400 A.C, y posteriormente, este tipo de plantas y remedios continuaron formando parte de la medicina tanto en la antigüedad clásica y la edad media, como en los siglos posteriores, hasta llegar a la sintetización del ácido acetilsalicílico durante la segunda mitad del siglo XIX. Pero no fue hasta 1897, cuando científicos de la farmacéutica Bayer comenzaron a investigarlo como un reemplazo menos irritante para los medicamentos estándar de salicilato común, obteniendo como resultado la “Aspirina”, que distribuyeron y vendieron por todo el mundo.
La popularidad y rentabilidad del medicamento, ayudadas por el eficaz papel que jugó al principio de la pandemia de gripe española de 1918, crecieron rápidamente durante la primera mitad del siglo XX, lo que dio lugar a la proliferación de marcas y productos derivados. Si bien esta notoriedad se vio afectada por el desarrollo del paracetamol (1956) y del ibuprofeno (1962), posteriores estudios establecieron su eficacia como agente anticoagulante, lo que volvió a impulsar sus ventas como fármaco preventivo para los ataques de corazón e infartos, así como reductor de las enfermedades ocasionadas por la coagulación sanguínea.
Si bien “aspirina” era el nombre comercial del producto, su gran popularidad llevó a la lexicalización del nombre, es decir, a que la palabra se incorporase al lenguaje debido a su uso funcional. Así, en este caso, como en tantos otros, la marca perdió la representatividad del producto específico, y se volvió genérica. Es lo que hoy en día conocemos como la “vulgarización de la marca”, un proceso más bien negativo para las marcas que representan, ya que a nivel legal implica que el nombre puede ser utilizado por cualquiera de manera indistinta.
La grandeza del ser humano llevó a procesar la aspirina, quizá el medicamento conocido más antiguo que aún sigue utilizándose. Con más de 125 años en el mercado, sus ventas no decaen y son cada vez más los atributos encontrados a un fármaco que comenzó utilizándose como analgésico, y que hoy día triunfa por su acción anticoagulante, ayudando a reducir la formación de trombos sanguíneos y el riesgo cardiovascular. Un efecto anticoagulante que podría ser importante en la lucha contra el cáncer, al menos en ciertos casos, debido a la acción anti metastásica de la aspirina. Desde luego, hablamos de un fármaco cuyo impacto en el mundo ha sido, y está siendo, muy importante. No en vano, se cuenta que el filósofo José Ortega y Gasset bautizó los tiempos modernos como “la era de la aspirina”.
Desde su salida al mercado en 1899, la aspirina no paró de cumplir con hitos realmente importantes. Registrada como marca en Berlín, fue patentada un año después en Estados Unidos. Si bien se lanzó en forma de polvo que se vendía en frascos de vidrio, no tardaron mucho en sacarla al mercado en su clásica forma de tabletas, siendo uno de los primeros medicamentos que se comercializó en esta forma. Los motivos de este cambio pudieron ser básicamente dos, el primero, el de asegurar la dosis, y el segundo hacer frente a la competencia, tanto legal como ilegal, vinculando el nombre de aspirina a su marca.
Para la década de 1920, la aspirina se había consolidado como un producto indispensable para primeros auxilios en todo el mundo. En 1969, formó parte de la misión Apolo 11, primera misión tripulada que llegó a la luna, como elemento esencial del botiquín que llevaban los astronautas en la nave. En 1982, el farmacólogo Sir John Vane fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina por su descubrimiento acerca de las propiedades antiinflamatorias de la aspirina, como inhibidor de las prostaglandinas (mediadores químicos con importantes funciones en el organismo, que promueven la inflamación). En 1991, se incluyó por primera vez en el Libro Guinness de los Records como el analgésico de mayor venta en el mundo, y para su centenario, en 1999, se introdujo al Museo Nacional de Historia Americana del Instituto Smithsoniano en Estados Unidos. Ya en 2014, amplió su larga historia de innovaciones, incorporando la tecnología de micro partículas activas para ofrecer un alivio del dolor 2 veces más rápido, empezando a actuar a los 6 minutos. Todo ello, sin olvidar que la Aspirina ha sido catalogada como uno de los principales inventos del siglo XX en más de una ocasión.
Pero no todo fue de color de rosa en el exitoso camino de este fármaco. El ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor, y esta historia, al igual que tantas otras, también muestra sus dos caras. No se trata de buenos y malos, pues cada luz proyecta su sombra. Simplemente se trata de la condición humana, que saca a relucir sus bajezas a la hora de atribuir éxitos o depurar responsabilidades, independientemente de quienes sean los verdaderos artífices. Es evidente que la historia se repite a pesar de que los nombres cambien, por lo que desde mediados de los años treinta del siglo pasado, presuntamente se habría atribuido erróneamente el descubrimiento de la Aspirina a Felix Hoffmann, cuando estudios recientes reconocerían a Arthur Eichengrün como el autor más importante. Arthur, hijo de un comerciante judío y doctorado en químicas, había sido contratado en 1896 para hacerse cargo de la división química de Bayer, y ocupó el puesto hasta 1908, año en el que decidió dejar la firma para crear su propio negocio. Su empresa, Cellon Werke, se especializó en derivados del acetato de celulosa, con aplicación en la fabricación de películas fotográficas, lacas, “celuloide”… llegando a ser titular de 47 patentes.
Supuestamente, durante su gestión en Bayer, Eichengrün, conocedor de que la acetilación disminuía la toxicidad de algunos productos, decidió encomendar a Hoffmann, su subordinado, aplicar dicha medida a dos medicamentos de interés que ofrecían problemas de tolerancia, el ácido salicílico, popular por su acción analgésica, antiinflamatoria y antitérmica, pero con el gran inconveniente de ser irritante para el estómago y producir vómitos, y la morfina, potente analgésico que creaba dependencia.
Siguiendo las instrucciones de su superior y los trabajos de Gerhardt y Kraut, que habían acetilizado el ácido salicílico décadas antes, Hoffmann preparó el ácido acetilsalicílico (AAS) consiguiendo mejorar la pureza del producto terminado hasta la calidad farmacéutica. Dos semanas más tarde, acetiló la morfina, sintetizando lo que sería la diacetilmorfina o heroína (bautizada de este modo por la sensación que causaba tras su toma, se cree que el nombre deriva de la palabra “heroica”).
Ambos productos fueron enviados a H. Dreser, Jefe de Farmacología de Bayer por aquel entonces, que tras probar ambos, quedó impresionado por la “heroína” como calmante para la tos y sustituto de la morfina por creerla no adictiva. Los resultados de las pruebas con Ácido Acetilsalicílico también resultaron muy positivos, pero Dreser se opuso a continuar la investigación dada la reputación del ácido salicílico de ser cardiotóxico, un efecto secundario debido posiblemente a las altas dosis que normalmente se empleaban para tratar el reuma.
Eichengrün, no conforme con la decisión de Dreser, decidió continuar las pruebas por su cuenta, incluso se dice que probó el medicamento él mismo y que al comprobar que no presentaba los típicos efectos secundarios del ácido salicílico ni le había afectado el corazón, decidió repartir muestras del fármaco a varios médicos de Berlín, que evaluaron muy positivamente el resultado clínico. Sea como fuesen los ensayos, probablemente poco ortodoxos, los resultados fueron muy positivos. Aun así, Dreser seguía oponiéndose. No obstante, las noticias sobre lo positivo de las pruebas no tardaron en llegarle a Carl Duisberg, jefe de investigaciones y posterior CEO de la compañía, que no dudó en tomar cartas en el asunto para “convencer” a Dreser de que programase un ensayo completo del fármaco.
El trabajo de laboratorio confirmó las buenas expectativas. Los resultados, recogidos por Dreser en un reporte, que no mencionaba ni a Hoffman ni a Eichengrün, sirvieron para dar a conocer el nuevo medicamento. Los ensayos clínicos realizados posteriormente en Berlín y en Halle, fueron publicados ese mismo año y demostraron que el AAS era tan eficaz como el ácido salicílico, pero mucho mejor tolerado por los pacientes.
A la vista de los resultados y con la idea de comercializar el producto, Bayer decidió solicitar una patente de procedimiento para revindicar el proceso industrial de fabricación, no podía patentar el producto por ser el ácido salicílico de uso extendido y común. Además, buscó hacer suyo el fármaco otorgándole un nombre y regristrándolo como marca, “Aspirin” (“A” de acetilo, “Spir” por la planta de la que se extrajo inicialmente el AAS, la “Spirea ulmaria”, y la terminación “-in” empleada en muchos medicamentos de la época).
De este modo, Bayer lanzó dos productos al mercado en un breve periodo de tiempo, la “Heroína” y la “Aspirina”. Curiosamente fue la segunda, la que a la postre resultaría más exitosa, la que causó mayor controversia dentro de la firma alemana. La “heroína”, llamada a ser la “sustituta” de la morfina por entenderse menos adictiva que ésta, pronto se revelaría como causante de una adicción mucho más intensa, ya que quedó demostrado que se convierte en gran medida en morfina al ser absorbida en el hígado, por lo que Bayer suspendió su producción en 1913. En 1925, el Comité de Salud de la Sociedad de Naciones, prohibió la diacetilmorfina, aunque se tardó más de tres años en hacer efectiva la restricción. Indicar como curiosidad, que en las farmacias alemanas se pudo adquirir el fármaco hasta 1971.
Si bien Dreser no había mencionado a ninguno de sus compañeros en los informes, durante muchos años atribuyó el descubrimiento de la aspirina únicamente a Hoffman. Resaltar además, que en 1934, Bayer puso únicamente a Hoffman como inventor en la patente americana. Sin embargo, en 1949, Eichengrün, en su artículo “Cincuenta años de la aspirina”, revindicó el mérito del desarrollo de la Aspirina. Alegó que Hoffman solamente había seguido sus indicaciones y que éste desconocía el propósito de lo que estaba haciendo, extremo que apoyó posteriormente (1999) el historiador Walter Sneader, tras una detallada investigación. No obstante, tanto Axel Helmstaedter, Secretario General de la Sociedad Internacional de Historia de la Farmacia, como la propia empresa Bayer, dan credibilidad a la versión de que Hoffman fue el verdadero artífice del fármaco. La firma, lanzó un comunicado de prensa, indicando que de acuerdo con los registros, Hoffman y Eichengrün ocupaban puestos iguales, y que este último, nunca reclamó la prioridad del descubrimiento desde su salida de la empresa en 1908 y hasta su fallecimiento en 1949, y que jamás reclamó ni recibió porcentaje alguno de las ganancias por las ventas del producto. Además, destacó que Sneader no mencionase que Hoffman es el único que aparece como inventor del fármaco en la patente de los Estados Unidos.
No obstante, la investigación de los cuadernos de laboratorio de Bayer parece dar la razón a Sneader, sin obviar que se dan dos circunstancias de peso que favorecen su tesis: la salida de Eichengrün de la compañía en 1908, cuyos motivos reales desconocemos y que invitaría a pensar que la empresa preferiría “premiar” a alguien que se mantuviese en la firma, y el hecho de que fuese judío. No debemos olvidar que la patente existente, la de Estados Unidos, es de 1934, en pleno apogeo Nazi, con lo que otorgar el mérito a un hebreo no parece lo más lógico para la época. La historia oficial, cuenta que Hoffmann emprendió la búsqueda de una solución para aliviar el sufrimiento de su padre, enfermo reumático que no toleraba bien la medicación, los salicilatos. Podría ser, pero desde mi punto de vista, suena demasiado heroico y sentimental, con cierto aroma a propaganda nacionalsocialista. Además, no debemos olvidar que Eichengrün fue un hombre rico y que murió apenas dos semanas más tarde de publicar el artículo donde ofrecía su versión del desarrollo de la Aspirina, con lo que podríamos descartar el móvil económico y también un reconocimiento que pudiese disfrutar en vida. Sin duda era consciente de que no le quedaba mucho, por lo que no le veo apenas sentido al hecho de que inventase una historia de ese calado.

Está claro que solo los implicados conocían los hechos reales, y que cada uno tendría su versión de los sucedido, filtrado por su prisma y distorsionado por el tiempo, que salvo Eichengrün, se llevaron a la tumba, pero lo que me parece claro es que por algún motivo excluyeron al químico hebreo y que su aportación fue más importante de lo que nos cuentan. No parece lógico pensar que un hombre con 47 patentes y avalado por un desarrollo empresarial innovador de éxito, que ocupaba un puesto de responsabilidad, no aportase nada en el desarrollo del producto estrella de una firma como Bayer, en la que trabajó durante 12 años. En ese caso, yo lo hubiese despedido.
Pero la autoría no fue la única controversia que rodeó a la Aspirina, ya que el paso de los años y el devenir de los acontecimientos le enfrentaron a dos guerras mundiales, con el hándicap de formar parte del bando perdedor, a una pandemia, a una guerra fría y un largo etcétera de situaciones a las que hubo de adaptarse.
Cuando se inició la producción de la aspirina en 1899, Bayer estaba comprometida firmemente con la norma de medicamentos éticos (aquellos que solo se podían obtener a través de un farmacéutico, por lo general con una receta médica), por lo que comenzó la distribución enviando pequeños paquetes a doctores, farmacéuticos y hospitales con información relativa a su modo de administración. La buena acogida animó a la empresa a asegurar la patente y marca comercial lo antes posible.
Ante la creciente competencia, Bayer inició una estrategia comercial con el objetivo de consolidar la conexión entre la empresa y el producto, debía proteger unas ventas lucrativas que no cesaban de crecer; cambió el formato, pasando a vender el AAS en forma de píldoras prensadas que lucían el logotipo de la empresa, fomentó la producción local para evitar los aranceles, persiguió el contrabando, y luchó contra la violación de patentes entre otras acciones. Acciones que le valieron las críticas de los periódicos sensacionalistas e incluso los de la Asociación Médica de Estados Unidos, especialmente después de la ley de pureza de alimentos y drogas de 1906, que impedía a los medicamentos a estar registrados con un nombre comercial. Bayer cumplió con la legalidad inscribiendo la aspirina con un nombre genérico intencionalmente enrevesado (éster de ácido monoacético de ácido salicílico) para, en la práctica, forzar el uso del nombre comercial.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, las cosas se complicaron para Bayer, ya que sus principales mercados estaban en el bloque opuesto, y además, el fenol, tan necesario para la síntesis del AAS, también era requerido para la fabricación de explosivos. El mercado británico se cerró inmediatamente a las empresas alemanas, y posteriormente las marcas de Bayer fueron invalidadas, por lo que cualquier empresa podría utilizar el término “aspirina”, ocurriendo algo similar en Australia. En los Estados Unidos, al entrar en el conflicto más tarde, la filial de Bayer en el país continuaba bajo el control alemán, si bien la guerra interrumpió los vínculos entre la planta americana y la germana, además de que la escasez de fenol amenazó con reducir la producción de aspirina, y las importaciones a través del Océano Atlántico fueron bloqueadas por la marina británica.
Con intención de asegurar el suministro de fenol, y ayudar a su país en el conflicto, agentes alemanes organizaron en EEUU lo que fue conocido posteriormente como la “la gran trama del fenol”. Para 1915 y como consecuencia de la guerra, la demanda y el precio del fenol se habían disparado hasta el punto que la planta de aspirina de Bayer se vio obligada a reducir drásticamente su producción. Era un momento especialmente delicado, ya que la empresa estaba implantando una nueva estrategia de marca para afrontar la expiración de la patente de la aspirina en los Estados Unidos. Pero Bayer no era la única empresa que necesitaba este compuesto, lo mismo le sucedía a Thomas Alva Edison, que lo requería para la fabricación de discos fonográficos. Ante esta situación, Edison decidió construir una fábrica de fenol capaz de bombear doce toneladas por día.
Si bien EEUU se mantenía oficialmente neutral, su simpatía hacia los aliados resultaba cada vez más evidente, por lo que los alemanes optaron por crear una empresa ficticia con objeto de comprar los excedentes de fenol a Edison. Para julio de 1915, disponiendo de unas tres toneladas de fenol diarias, la producción de la aspirina pronto se puso en línea. Para cuando se destapó la trama, apenas unos meses después, el acuerdo había producido ya una ganancia de más de dos millones de dólares, y se disponía de suficiente excedente para mantener la planta de aspirina en funcionamiento durante muchos meses. Hay que destacar que si bien el ardid no había sido ilegal, ya que EEUU era oficialmente neutral, la noticia generó una gran presión pública que llevó al fin del acuerdo, y obligó a Edison a vender su excedente al ejército.

Una vez que Estados Unidos declaró oficialmente la guerra a Alemania en abril de 1917, las empresas de capital alemán fueron investigadas. Bayer, para evitar tener que entregar sus ganancias y activos al gobierno americano, pasó sus valores a una nueva empresa, nominalmente propiedad de estadounidenses, pero bajo su control. La treta fue descubierta y todos los bienes incautados. Las propiedades, patentes y marcas americanas de Bayer fueron subastadas, incluyendo el nombre de la marca y su logotipo. Todos ellos fueron recuperados por Bayer en 1994 a cambio de un billón de dólares americanos.
Con la llegada de la Gripe española en 1918, la aspirina consolidó su reputación como medicamento eficaz. Su capacidad antitérmica dio a muchos pacientes fuerza para poder enfrentar y superar la infección, ganando de este modo prestigio entre personas y profesionales, si bien es verdad que algunos pensaron que los alemanes habían colocado el virus de la gripe española en las aspirinas para crear la pandemia como táctica de guerra. Creo que a todos nos suenan este tipo de teorías, sin duda, la historia se repite.
En 1920 la marca comercial “aspirina” se convirtió oficialmente en genérica para la venta al público en los EE. UU., lo que unido al auge del medicamento a raíz de la gripe española, animó a múltiples empresas a fabricar y comercializar el producto. En este contexto, la reacción de la empresa Sterling Products, que había adquirido los derechos de la propiedad intelectual de Bayer en USA, no se hizo esperar. Con el objetivo de vender el producto tanto en EEUU como en el extranjero, y aprovechando las pérdidas de la empresa alemana como consecuencia de las disposiciones de reparaciones de guerra del Tratado de Versalles de 1919, acordó con éstos, compartir beneficios en las Américas, Australia, Sudáfrica y Gran Bretaña, de la mayoría de los medicamentos de Bayer, a cambio de recibir asistencia técnica para la elaboración de los mismos.
Tras la Segunda Guerra Mundial, y a raíz de la nueva derrota alemana, Sterling Products adquirió el otro 50% de Bayer Ltd., filial británica de la marca que compartía con su socio tecnológico. En aquella época, la cuota de mercado de la aspirina de Bayer era pequeña en el Reino Unido, por lo que inició la búsqueda de nuevos analgésicos que le permitiesen competir más eficazmente. Después de encontrar varios medicamentos basados en el AAS, que cosecharon un éxito moderado, trabajaron con una sustancia encontrada por los científicos de Yale en 1946, el acetaminofén o paracetamol. En 1956, tras realizar los ensayos clínicos, Bayer Ltd. introdujo el nuevo fármaco al mercado británico bajo la marca comercial de “Panadol”. No obstante, no se comercializó en los Estados Unidos ni en otros países donde la Aspirina Bayer dominaba el mercado.
No tardaron en proliferar empresas que también fabricaban y comercializaban el paracetamol, absorbiendo gran parte de las ventas de la aspirina. Posteriormente, y paralelamente, en 1962 se lanzó otro analgésico, antiinflamatorio, al mercado, el ibuprofeno, de forma que para la década de 1970 la aspirina tenía dos importantes competidores y relativamente poca demanda. Las ventas continuaron descendiendo en la década de 1980, sobre todo cuando se pudo adquirir el ibuprofeno sin receta y cuando varios estudios sugirieron que había una relación entre el consumo infantil de aspirina y el Síndrome de Reye, una enfermedad potencialmente mortal.
Pero a finales de los 80 se produjo un punto de inflexión. Si bien la capacidad anticoagulante de la aspirina era conocida desde la década de 1950, y se habían realizado estudios durante la década de los 60 y los 70 con la idea de utilizar esta propiedad para prevenir enfermedades relativas a la coagulación sanguínea (ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares), no fue hasta finales de los 80, cuando nuevas técnicas permitieron demostrar la eficacia del fármaco como medicamento para el corazón y comenzó a emplearse ampliamente para prevenir ataques al corazón. Sus ventas no tardaron en recuperarse.
La aspirina, puesta a la venta hace más 125 años, continúa siendo el agente analgésico-antipirético y antiinflamatorio más prescripto, siendo además el estándar para la comparación y evaluación de otros fármacos. Su consumo anual se estima en 120.000 millones de tabletas, cifras a las que han contribuido sus beneficios cardiovasculares. A ello se unen las numerosas investigaciones más recientes que apuntan a su posible acción contra el cáncer, una vía aún en exploración pero que apunta a un posible nuevo campo de aplicación para este medicamento clásico. Sin embargo, debido a que es de fácil obtención, suele subestimarse su utilidad.
La Aspirina ha sido sin duda uno de los mayores éxitos de la farmacología. Conocida hace miles de años, supieron sacar lo mejor para obtener un medicamento cuyas bondades no dejan de sorprendernos, pero como todo en la vida también tiene su cara oculta, y no hablamos únicamente del producto, sino también del proceso de nacimiento y desarrollo del fármaco, ya que las personas implicadas resultaron claros exponentes de la dualidad humana, de la capacidad del hombre para hacer lo mejor y lo peor, de la miseria humana, de esa supuesta honestidad que no cuesta corromper en presencia de estímulos tan básicos como el dinero y la fama, sin obviar el sexo ni el poder. Grandes motores que han movido el mundo desde sus inicios, y ante los cuales son pocos los que mantienen unos principios éticos. Son estas pocas personas las que merecen la pena, y a las que por desgracia, no se las cataloga de honestas, admirables o ejemplares, si no que se les trata de “Gilipollas”. Menudo mundo este, en el que triunfan los corruptos y se desprecia la integridad, si bien todos somos políticamente correctos. Pero no nos engañemos, que el que no roba, es porque no puede… salvo honrosas excepciones.


















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