Creo que uno de los mejores regalos que recibimos es la amistad, la tarde que estamos en conversación con los amigos nos salva del tiempo que el reloj implacable roba, hay libros que equivalen a esas tardes, nos liberan del yo con que aparecemos y nos llevan al que desearíamos ser.
De ese juego entre sueño y realidad está hecho el libro que sirve para identificar al español, y por tanto al hombre universal, me refiero al “Quijote”, libro objeto de homenaje cada mes de abril.
La escritura es símbolo de alianza, símbolo quiere decir: yo junto las partes, significa que reúno lo que está partido para devolverle su sentido original. Los antiguos se servían de una tablilla que partían, si al volver a unirlas, coinciden, procedían al reconocimiento. Cuando leemos un libro convertimos el símbolo en realidad.
Los musulmanes han utilizado como imágenes para su decoración textos del Corán. Sólo nos han dejado esas grafías, porque habría sido una falta grave hacer visible aquello que no puede ser visto. Claro que estas grafías se convierten en obra de arte, vemos en ellas el símbolo. Sin que pretenda ser una blasfemia, quizá los grafitis que tratan de animar ciertos parajes de nuestras ciudades tengan algo que ver con estas escrituras. Antes fueron los caligramas, pero, Sin duda, esta es otra historia.
Imaginemos una cometa volando tan alto que las nubes la ocultaran, sólo sabríamos que sigue ahí, por la tensión del hilo que sirve de testimonio.
Con la obra de arte recuperamos su sentido profundo, religioso. Religión, conviene que recordemos, procede de religare, volver a unir. Sobre el papel, sobre la tela, la línea, el color celebran ese encuentro que llamamos Arte. El arte es esa tensión simbólica que nos permite ver lo invisible, invisible es aquello que la rutina no nos deja ver, con el arte recuperamos la primera mirada, porque el arte nos permite estar disponibles. El arte corresponde a ese tipo de materias que son producto de nuestra voluntad, es necesario quererlas para que existan, dice Ortega que el hambre o el frío se nos imponen, pero que, estas otras realidades son el resultado de nuestro querer, dependen de nuestra voluntad.
Hay un viejo proverbio árabe que dice: bebe en el pozo y deja beber, lo que significa que nadie dé por terminada ninguna cuestión, porque nada se acaba, siempre hay otro tiempo y, a través de su cristal, las cosas nunca son iguales. Este símbolo, que es el arte, no se agota nunca.
Un libro es un objeto con una determinada forma geométrica que fácilmente reconocemos, se trata de un paralelepípedo que encierra un conjunto de páginas cuyo contenido es tan variado como el mundo. No siempre ha sido así, cuando Torres de Villarroel, catedrático de matemáticas en la Universidad de Salamanca y pícaro, tuvo que hacer el inventario de las compras que para la biblioteca había realizado en París, se encontró con el problema de identificar como libros los globos terráqueos, con su ingenio, les llamó libros esféricos, y sin duda acertó.
Para tratar lo que hoy vamos a intentar aquí, sería necesario recurrir a los procedimientos que utilizó Ramón Gómez de la Serna en sus conferencias para ciegos. En las que convertía todas las palabras en imágenes por las que los ciegos sintiesen que sus dedos podían atraparlas. Pero, para nosotros, que vemos, conviene recordar lo que decía García Lorca que, si leyéramos un poema a la rosa, con una rosa en la mano, sobraría una de las dos cosas, el poema o la rosa.
Los grabados, las litografías que encontramos en los libros, los cuadros que vemos en una exposición, no son mudos, pero hablan de modo distinto a como lo hace el poema, la narración o el drama. Un texto, aunque se deja ver, es un ver para ser nombrado, de ahí que sólo cuando se lee, alcanza su verdadero ser. Quizá convendría recordar que una buena lectura requiere mucho tiempo, sin duda no menos que ver un cuadro, porque leer y ver son dos ocupaciones que están hechas de tiempo, un tiempo que previamente lo hemos vaciado de las cosas del tiempo, porque el buen lector, como el buen espectador, son coautores, por eso necesitan tanto tiempo.
Las litografías, los grabados, dibujos y óleos, como los poemas, los cuentos o cualquier otro texto, antes de ser, han sido página blanca. La página es el desierto y es la misma sed y su camino: sed de decir. Para unos, travesía agónica, para otros, gozo de sucesivos encuentros, siempre prólogo de un final que nunca llega.
El desierto es el tiempo de creación, porque es un tiempo que se ha desocupado, donde el autor queda como abandonado, es el momento en el que todo es posible, pero también puede ocurrir que no suceda nada, y el sol, allá arriba, se muestre implacable y la sed aumente.
Tanto el texto como las ilustraciones, cuando están terminados están completos, son ya una realidad más. Ambos tienen sus límites y están fijados para siempre, de tal modo que cada ingrediente, ya sea el color, la línea o la palabra, ha de permanecer justo en la posición donde decidió el autor, porque si no fuese así, la imagen o el poema, corren el peligro de ser de todos, es decir, de nadie, y lo que pudo ser una obra de arte, queda convertido en un pastiche sin valor.
Machado con cierto regusto silogístico lo dice así:
Las artes plásticas trabajan con materia bruta.
La materia lírica es la palabra: la palabra no es materia bruta.
Toda poesía es, en cierto modo, un palimpsesto.
Palimpsesto no es otra cosa que el texto grabado sobre una superficie que, pese a haber sido borrada, conserva la huella del escrito anterior, de tal modo que se puede leer el antiguo texto. Creo que todo arte en cierta medida podría definirse como palimpsesto, pues debajo de toda obra de arte late otra obra que fue origen de la que contemplamos ahora. Si la palabra conserva la memoria de los que la han empleado, también la materia guarda otra memoria. En ambas es el autor quien las coloca al alcance de nuestra mirada, para que así lleguemos a dar con su origen.
Quiero decir que debajo del texto que estamos leyendo late otro, que no está escrito, aquel que debe descubrir cada uno, por eso hay tantas lecturas. Cosa que podemos trasladar fácilmente a la pintura, por eso, repito, hay tantas interpretaciones. A este propósito en sus “Meditaciones del Quijote” nos recuerda Ortega que:
Solía Leonardo de Vinci poner a sus alumnos frente a una tapia, con el fin de que se acostumbraran a intuir en las formas de las piedras, en las líneas de sus junturas, en los juegos de sombra y claridad, multitud de formas imaginarias. Platónico en el fondo de su ser, buscaba en la realidad Leonardo sólo el paráclito, el despertador del espíritu.
Para Platón, conocer es recordar, reconocer, como veis volvemos a la tablilla de la que hablamos al principio, volvemos al símbolo.
También en todo cuadro hay, si lo sabemos ver, un fragmento que anuncia lo que ha de venir. A veces es un color, cierto tratamiento de la luz, algo borroso que descubrimos a través de un detalle, ese paisaje del fondo que apenas destaca, camino que otros van a seguir.
Al parecer los impresionistas europeos descubren en los papeles en que venían envueltos muchos objetos de Japón, determinadas técnicas. Picasso aprende de las máscaras africanas. Algo semejante ocurre con la poesía, siempre encontraremos un verso que nos oriente, palabras que pasan a ser piedra angular sobre la que van a girar los nuevos poemas. Y es que, el pintor y el poeta, aunque viven en un tiempo, trabajan fuera de la urgencia de ese tiempo, y así, como no están sometidos a su tiranía, pueden aplicar el oído a todo lo que late bajo la superficie, allí donde se comunica lo esencial.
Gerald Brenan, inglés que decidió vivir en España, por los años veinte, decepcionado de una Inglaterra que había llevado a la muerte a millones de jóvenes en la primera guerra mundial, y porque, nuestro país, era muy barato, cuenta en su biografía de San Juan de la Cruz esta anécdota localizada en el convento del Calvario, muy cerca de Beas de Segura:
Una de las monjas, una muchacha sencilla, llamada Catalina, que hacía la cocina, le preguntó en una ocasión por qué cuando ella pasaba junto al estanque del jardín, las ranas, que estaban sentadas en el borde, se zambullían en el agua y se ocultaban. Fray Juan replicó que ése era el lugar en que se sentían más seguras. Tan sólo allí podían defenderse y estar a salvo. Y así había de hacer también ella: huir de las criaturas y zambullirse en lo hondo, y centro que es Dios, escondiéndose en él.
Anécdota que recuerda uno de esos cuentos orientales en donde se nos dice mucho a partir de algo cotidiano, es el resultado de mantener la atención puesta en lo fundamental. Este ir a lo hondo es el mejor deseo del artista, claro que lo esencial no tiene por qué ser algo profundo, eterno y sagrado, puede tratarse de un soplo de ironía, a veces un rasgo de humor que interrumpa la ridícula seriedad ritual.
Juan Gris, fundador del Cubismo junto con Picasso y Georges Braque, desaparecido muy joven, en una conferencia que dio en la Sorbona, comenzó preguntando con qué se hace un clavo, es una cuestión a la que solemos responder recurriendo a lo material y, así decimos, un clavo se hace con hierro, con acero… Él contestó: un clavo se hace con la idea del clavo, de no ser así con hierro o con acero, podemos hacer unas tijeras, o un cuchillo, o cualquier otro objeto. La idea, hemos de ir a la idea que cada uno tiene del mundo.
Si estamos de acuerdo en que todo artista busca esa idea, lo que llamaremos lo esencial, conviene ahora, plantear otra cuestión: ¿las distintas artes se corresponden? ¿Qué relación hay entre la escritura y la pintura, ya sea en grabado, litografía, serigrafía, o cualquier otra técnica?
Propongo esta cuestión para que juntos nos acerquemos a lo que pudo ser la unidad, que es sin duda lo esencial. Y es que el arte siempre trata de restaurar esa armonía, que quizá pudo ocurrir cuando el mundo no era mudo y todo era entendido por todos, porque el lenguaje era común. Es decir hubo un tiempo en el que todos los medios de expresión eran vecinos, imaginemos una escena de caza que una mano primitiva trata de plasmar sobre la roca de Altamira, sin duda está contando algo, pero también dicen que, al dejarlo ahí en imagen, se ha apropiado de las almas de esos animales, alcanza así un sentido religioso, y también podría añadir que muestra y por eso transmite las técnicas de caza, pero por qué lo hace de esa manera, y la respuesta está en que sin saberlo acaba de inaugurar la memoria de los hombres.
Si vamos a tratar de la relación pintores y poetas, preguntémonos cuál es el sentido que estimamos más importante en un pintor, y seguro que contestaréis, sin ningún género de dudas, la vista; bien, ahora, ¿cuál es el que estimamos más importante en el poeta?, y probablemente podamos contestar que también es la vista. Decía García Lorca que el poeta era catedrático en los cinco sentidos y que el primero era la vista. Bien, si es la vista en uno y en otro, ya tenemos un punto en común, cabe preguntarse ahora ¿qué es ver?, y cómo proceden el pintor y el poeta. Ver será interpretar la realidad, hacerla pasar por el tamiz del yo.
En “La Deshumanización del arte”, Ortega lo dejó claro con un ejemplo; cuenta que está agonizando un prócer y que, ante el lecho, se encuentra su mujer, el médico y amigo de la familia, un periodista y un pintor. La implicación emocional de los personajes de la escena sigue el mismo orden en que los he enumerado, la mujer, por supuesto es la primera y el pintor es el último, como es éste el que ahora nos interesa, dice de él que está atento a las luces, a la composición del cuadro en el que va a incluir el lecho donde yace el moribundo, la figura dolorida y sin rostro de la mujer, y el médico atendiendo a ambos, ha eliminado al periodista. Qué haría el poeta en esta escena, seguramente trataría de recoger las emociones, tanto del rostro que en el cuadro no se muestra, como las del doctor, supondría cómo va a describir el periodista este momento, qué hueco va dejar y que expectativas se ofrecen al país, cuáles han sido los proyectos que este hombre ha cumplido y cuales los que ha dejado sin cumplir, qué idea tenía del mundo y qué ideas tenía para su país.
Mientras que el pintor procede a iniciar su cuadro, hace apuntes, algunas manchas, el poeta, entra en un mutismo absoluto, no puede hablar directamente de la muerte, no puede señalar los rostros doloridos, ni tan siquiera la pluma temblorosa del periodista, en ese instante pasan tantas cosas por su mente, que es como si estuviera vacía.
No habéis visto que, si hago girar un disco donde estén todos los colores, el color que resulta es el blanco, pues bien, el poeta, lo ve todo blanco, se queda en blanco, pero ve. Esa manera de ver se transformará en un poema, antes o después, quizá sea una elegía tal como “Las coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique, quizá “La elegía de Ramón Sijé”, o aquel “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” de García Lorca, un romance anónimo, una saeta, traspasada de dolor, la historia de cada uno lo dirá.


















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