Las nueve musas
Luis Ramos De la Torre

Palabras que pintan, pinturas que hablan

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La serena estrategia de la luz, de Luis Ramos De la Torre

Quienes nos hemos dedicado y nos dedicamos al ars pictorica tenemos la obligación de comprender el ars poetica. Es precisamente la necesidad de introducirnos en el “Misterio” de la “Creación” con mayúsculas lo que nos lleva su traducción por medio de la “creación” humana, con minúsculas.

Rebajas

Somos tan solo un punto en la inmensidad del paisaje, como ese monje que camina ante el mar pintado por Friedrich, o esa pincelada a modo de boya que flota en el agua, insinuada por Turner.

Ante la admiración que sentimos por lo que vemos —aquello de lo que también formamos parte— asumimos que solo se nos será permitido recrear su elocuente silencio a través de los pensamientos hechos palabras o imágenes.

Por ello, desde la escritura se ha recurrido a la creación artística y, desde la creación artística a la escritura. Una y otra se maridan, representando el anverso y el reverso de una misma moneda. Qué interesantes resultan las reflexiones que desde la pintura se transforman en texto, y viceversa. Las acuarelas de Víctor Hugo o Günter Grass, los dibujos de Frank Kafka. Cuán importantes resultan los poemas de Miguel Ángel, las reflexiones científicas de Leonardo da Vinci o las cartas de Vincent van Gogh y Francisco de Goya. También el cine y la música reflexionan escribiendo —Tarkovski o Bresson, Falla o Wagner—.

Este 2023 recién concluido nos ha dejado una de las últimas muestras de esta maravilla o sortilegio que supone el encuentro, comunión o diálogo entre las imágenes y las palabras. Un milagro que ha hecho posible Luis Ramos de la Torre con su libro de poemas La serena estrategia de la luz (Lastura, 2023).

El poeta zamorano venía de demostrarnos la vitalidad del soneto con su libro Mientras pueda decir (Baile del sol, 2022) y, en esta ocasión, nos brinda la oportunidad de sumergirnos en el universo pictórico, de la mano de las imágenes forjadas por el pincel del pintor José María Mezquita Gullón.

Se trata de una edición muy cuidada, acompañada de un contundente prólogo de Fermín Herrero y dotada tanto en cubierta como en interior por algunas de las pinturas ideadas por el citado artista, también zamorano. La obra de Ramos de la Torre es siempre garante de calidad, recogiendo el lector de esa siembra que son sus versos —líneas escritas como tierra fértil arada— un alimento estético y espiritual. Éste le permite disfrutar de una grata musicalidad que encierra un contenido enriquecedor para la experiencia.

En este caso, nos permite profundizar en las distintas capas del oficio del pintor, que no es otro que el de observar para aprender de la Naturaleza y extraer de ella los ingredientes con los que componer sus lienzos. Ramos recorre los distintos estadios de este trabajo, para el que el pintor —como el poeta— debe detenerse en mitad del trasiego de la vida y prestar atención a las cosas que lo merecen.

El estudio visual será fundamental y así lo dejará patente el poeta, puestos a la vez sus ojos en los del pintor al sentirse hermanado con él en esa forma de ver (las palabras que le dedica son claras: “amigo y pintor, y desde él a la mirada”). Por su “cercanía creadora” se producirá ese “cruce de caminos” artístico, según Herrero. Aprehender las cosas para aprenderlas, memorizar sus formas y personalidades para capturarlas en su sentido íntimo, tamizando esta impresión gracias a que la luz y el aire lo permiten.

No hay imágenes ni visión sin la luz, bien lo deja claro Herrero en su estudio preliminar. En esto, será Claudio Rodríguez el maestro, de quien Ramos tanto aprendió como discípulo. “Siempre la claridad viene del cielo; / es un don”, afirmaba en su obra Don de la ebriedad. No obstante, donde hay luz también hay sombra y, por tanto, claroscuros. Esta lección es fundamental y de ella dan ejemplo el pintor y el poeta cuando tratan la realidad. Es por ello que, a modo de cita del propio libro, la voz de Rodríguez vuelve a sonar en la primera línea: “Hay que ver la sombra para ver la luz”. Y aún podría decirse más: existe toda una escala de grises, pues las cosas no son blancas o negras —de ahí su riqueza y también su complejidad—.

Para Herrero, hay en el libro de Ramos y en la obra de  Mezquita una “tensión de contrarios”, una “dialéctica luz / sombra” calibrada, a fin de que “no se convierta en mera pugna o antinomia” sino que “alcance un equilibrio del que pueda desprenderse la armonía, el orden representativo” y “lírico”. En su libro de ensayos Hacia lo verdadero (2022), Ramos recuerda que “la luz, la claridad y las sombras, serán claves para poeta y pintor, y al lado de esa luz, por supuesto la necesidad de contemplar la naturaleza o las cosas desde esa mirada especialmente reveladora que los ensimisma y acapara”. También el poema inicial describe a la luz como “reto” y “ofrenda”, mientras que la “sombra” es “su sustento”. La suma de ambas resulta el “cómputo” necesario, debiendo saber medirse una y otra.

Como decíamos, junto a la luz está la oscuridad y la sombra. Todo ello no ocupa lugar ni pesa, como el aire, pero resulta fundamental para comprender lo demás: “Igual que nadie puede ver / su propia coronilla, / o los ojos nunca podrán verse el uno al otro; / la sombra es solo cruce, / nunca encuentro, / cuerpo a tierra sin densidad, / sin alma desde el suelo. / Pero a veces hay más vida en la penumbra / que en el cuerpo ignorante de su propia herida”.

El título del libro remite precisamente a la importancia del elemento lumínico como favorecedor del ambiente propicio para la creación. El autor recupera de forma bien curiosa el último verso del poemario como emblema. De esta forma cierra el libro de forma circular, como uróboros luminoso. El pintor parece integrarse en la propia Naturaleza, al modo de los poemas orientales (“sencillo, igual que el pájaro y el óxido, / asumes entre intentos, / la serena estrategia de la luz”). Junto a esta “estrategia” estructural, hallamos otra bien llamativa: la inclusión de lo que podríamos considerar títulos o conceptos englobadores de cada poema al final de cada uno. Incluidos entre paréntesis, encontramos a su vez en ellos los títulos temáticos de los cuadros a los que posiblemente refiera Ramos de la Torre, obra de Mezquita.

Tras la luz, hay otros elementos necesarios en el libro. Por ejemplo, ese tiempo sobrenatural o “sagrado” en que tiene lugar el trabajo del artista, cuando ha de enfrentarse al medio para hacer brotar su creación. Un misterio “que abre la claridad y torna en arte”, afirmándose la realidad y alzándose en lo intangible: “Nada parece ahora más intenso / que este ir y venir haciéndose al color y al tacto, / nada más real que su sigilo y su entrega. / ¡Qué sagrado en su misterio el lugar! ¡Qué serena la transfiguración del aire”.

El poeta describe al pintor penetrando “en lo natural”, aproximando la “distancia”. Se produce entonces un diálogo entre el paisaje y su morador, donde “el lugar es siempre quien propone” y el que se ofrece y, aunque nunca se mueva, influye en el observador, que “mide”.

La medida a través de la observación es también recurrente en este inventario de cosas presentes. Será la que finalmente se convierta en “imagen”, sirviendo para hilvanar la luz a la materia. La luz y el aire ofrecen su secreto al pintor, “izado en lienzo, / transformado”. Son instantes en que “todo es tensión, / los dedos, el brazo, el hombro, el pincel, / los músculos del cuello, el gesto”. Se intuyen “corrientes que fluyen buscando lo visible”. La vida como mecanismo que exige esa tensión y ese impulso como lo que hace funcionar sus engranajes.

También está la cota o altura de los elementos que ocupan el espacio, donde en ocasiones lo aparentemente insignificante se vuelve grandioso: “Lo pequeño ajusta mucho más / de lo que signa su cómputo, / amplia y rasga el espacio, desbroza la cantidad y se decanta. / Así, sencillo y menudo el gorrión / crece en su canto; / así, un punto cualquiera, y no al azar, gana el infinito. / No por mucho abarcar / se asegura el lugar y el trayecto. / ¡Piénsalo en cotas!”. El punto surge como origen de todo al ser la mínima unidad.

Sobra decir que sin la citada mirada, tan importante, las cosas no podrían dar testimonio de su existencia. Por ello, esa mirada representa otro de los temas fundamentales en este “tratado de la pintura”. La mirada necesita de la luz, pero a su vez ésta lleva a la “claridad”, a encontrar lo buscado en quien ve: “Y ¿qué es mirar? / ¿darse, ofrecerse, o simplemente sentir? / Y otra vez se alza ante ti la claridad, / lo tácito, / lo oculto abriendo sin tapujos su propuesta”. Mirar para desentrañar lo que a simplemente parece que no está, que no existe. No sólo lo físico, sino también lo que implica y trasciende: lo espiritual.

El poeta incide en el proceso de análisis del pintor ante lo que tiene delante: “Ahora toca alzarse, / interpretar / la claridad del bosque y su temblor, / el baile del sol con las ramas de los árboles. […] Solo es cuestión / de sentir el arrojo de lo intacto, / de seguir y avanzar, / de liberar la ardura del deseo”. Y es que el artista no sólo debe de estudiar las fórmulas de la Naturaleza, sino también detectar lo que interiormente quiere reflejar, dejarse fluir oyendo su propia voz. Doble tarea nada fácil, donde no siempre se consigue lo que se busca y a veces surge la frustración, lucha perdida en ocasiones por la autoexigencia y propia crítica, además de por el propio entorno, áspero e ingrato: “La luz es a veces un ángel extraño / que se niega a dar paso y abrir lo visible. […] Todo está más confuso, / la pupila es azar. / Hoy ya no pintas más”.

Esa pugna por lograr cristalizar el objetivo último por parte del pintor y su resultado positivo serán lo que determinen la finalización de una obra, así como su aspecto final. Por el camino habrán quedado experiencia, aprendizaje y conocimiento del medio, compenetración con él y extracción de una porción de su secreto o verdad íntima. Del mismo modo, la lectura de este poemario nos habrá permitido la adquisición de cada uno de estos factores. Un regalo que a más de uno le hará sentir la necesidad de conocer un poco más los secretos que entraña la poética o la pintura. Sus puntos comunes y necesarios.

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Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo

Javier Mateo Hidalgo. Madrid (1988).

Es Doctor en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, investigador independiente, crítico cultural y poeta.

A lo largo de su trayectoria ha publicado artículos académicos en diversas revistas especializadas como Síneris, Femeris, Asri, E-Innova, Archivos de la Filmoteca, Re-Visiones, Cuadernos para la Investigación de la Literatura Hispánica, Aniav, Quaderns de Cine, Miguel Hernández Communication Journal o Espacio, Tiempo y Forma, Anales de Literatura Española.

Así mismo, ha participado como ponente en diferentes congresos nacionales e internacionales organizados por prestigiosas instituciones como el Instituto Cervantes, la Universidad Complutense o la Autónoma de Madrid, la de Alcalá de Henares, la Politécnica de Valencia o la de Huelva.

También colabora en revistas digitales como Ethic, Zenda (XL Semanal), Mutaciones, Cualia, Culturamas o República de las Letras, en medios de prensa como El Imparcial, El periódico de aquí o Crónicas de Siyâsa, y en el programa radiofónico Frecuencia 7 de Los 40 Principales, en la Cadena Ser.

Entre sus libros publicados, destacan los poemarios El mar vertical (galardonado con el accésit del Leopoldo de Luis en 2019), Ataraxia (Almadenes, 2022) o La imagen sonora (Vitrubio, 2023).

También es autor del volumen sobre séptimo arte De la llegada en tren a la salida en caravana: 126 hitos de la Historia del cine (1895-2021) (NPQ Editores)

Actualmente compagina estas actividades con su trabajo como docente.

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