La greguería no es tanto una manera de ver el mundo, como una manera de hacerlo, esto es, deshacerlo, para aproximarnos a este hombre sin atributos, testigo, antes que sujeto, del siglo XX. Ramón Gómez de la Serna, por supuesto no es sólo la greguería, aunque, quizá sin ella habría naufragado en un mar de estilos surcado por corrientes confusas.

Atrae de Ramón su descomponer realidades. Rompe con el prejuicio que exige para el momento una palabra determinada, desautomatiza el espacio, la cosa, el vacío, un color. El lector, semejante al espectador, se ve sorprendido por esas figuras que rompen con el orden que la educación, la tradición, ha mantenido. Entonces entiende que todo puede ser distinto, nuevo. La gran guerra, la gripe española, la nueva arquitectura de la Bauhaus, el futurismo, el cubismo, el surrealismo, el ultraísmo, y otras vanguardias, junto al cine, automóvil, avión, le han dado al mundo una cuarta dimensión, por eso es necesario ponerse al día, alterar la percepción, descubrir nuevos caminos.
Ramón trastrueca la realidad habitual, su objetivo es destruir la ordenación programada, busca la conciencia que subyace, la suya y la nuestra, la mía en singular. En la experiencia de escritor o lector, quiere que el hombre viva, se viva. La greguería supone una revolución óptica, basta llevar las cosas al límite, y adquieren así un tacto distinto, recobran otro tipo de palpitación.
Recuerda a un Unamuno que convocara todas las imágenes del mundo para desenterrar el cuerpo intacto de lo real. En “El hombre perdido”,1947, declara:
Me interesan esos lectores más que los otros claudicantes y amanerados que aman los libros de argumento seguido en que hay credibilidades rancias en las que se puede creer.
La intención de Ramón sería acuñar de nuevo la palabra, inyectarle contrasentidos, equívocos que convirtieran su esqueleto rígido en cosa inestable, fluida, capaz de soportar una inverosímil perspectiva desde la que se nos ofrecerían esas zonas opacas, mudas, ciegas, hasta que todo se llenase de transparencia.
Para ello aísla una brevísima parcela cuyas características podríamos sintetizar en subjetividad y minimalismo expositivo, fórmula apropiada para apresar, hacer ver, la sorpresa que toda palabra contiene. La greguería no aspira a convencer, ni describir, se limita a presentar con su parpadeo insistente algo de lo que vemos en la mirada que se asoma a la realidad.
Limita con la poesía. A veces en la greguería descubrimos el verso que se ha desprendido del poema: Las rosas se suicidan. Aunque, más bien parece el cuaderno de notas de un poeta que no se ha atrevido a consumar el poema de su descubrimiento, o bien que entiende que el resto del texto es prescindible, pues ya está dicho lo que pretendía. Tiende a un tipo de síntesis que reúne lo que se ha querido decir y agrega originalidad, ironía, ingenio para que el resultado muestre la imagen como recién creada.
La greguería supone el sedal del pescador al que el pez ha mordido en el anzuelo, pero cuando vamos a recogerlo, el pez se burla, se esconde de nuevo, mientras el sedal pierde la tensión de su captura. Da lugar a esos momentos en los que descubrimos lo nuevo que parecía olvidado. Otras veces semeja el tratado ascético de un monje que gozara violando normas ortodoxas.
La greguería se adapta a todos los ismos, hasta crea el suyo propio: el Ramonismo. Si nos situamos en lo que dice Ortega sobre el arte nuevo: La deshumanización del arte, veremos que coincide en tendencias, así: 1º a la deshumanización del arte; 2º a evitar las formas vivas; 3º hacer que la obra de arte no sea sino obra de arte; 4º considerar el arte como juego, y nada más; 5º a una esencial ironía; 6º a eludir toda falsedad; 7º el arte, según los artistas jóvenes, es una cosa sin trascendencia alguna.
En la Proclama futurista a los españoles, 1910, por F.T. Marinetti, traducida por Ramón, se dice en el comienzo:
¡Futurismo! ¡Insurrección! ¡Algarada! ¡Festejo con música wagneriana! ¡Modernismo! ¡Violencia sideral! ¡Circulación en el aparato venoso de la vida! ¡Antiuniversitarismo! ¡Tala de cipreses! ¡Iconoclastia! ¡Pedrada en un ojo de la luna! ¡Movimiento sísmico resquebrajador que da vueltas a las tierras para renovarlas y darlas lozanía!…
Y cierra con estas palabras:
Guardaos de atraer sobre España las grotescas caravanas de ricos cosmopolitas, que pasean su snobismo ignorante, su inquieto cretinismo, su sed maligna de nostalgia y sus sexos rancios, en lugar de emplear sus últimas energías y sus riquezas en la construcción del futuro.
Vuestros hoteles son malos, vuestras catedrales se desmoronan en polvo…¡Tanto mejor!¡Tanto mejor!¡Alegraos!…Os hacen falta grandes puertos comerciales, ciudades industriosas y campiñas fertilizadas por vuestros jugosos ríos aún sin canalizar…
¡No queráis hace de España otra Italia de Baedeker: estación climatérica de primer orden, mil museos, cien mil panoramas y ruinas a placer!…
Aparecen ya greguerías, las primeras que salpican con su inocencia de imagen, la prosa y los versos de sus contemporáneos.
Unas palabras arrastran a las otras, la imagen, la metáfora, alcanzan valor por sí y en sí, se las persigue, se las busca en el recién descubierto vocabulario del mundo.
El grito, el gesto, el cartel, traen consigo una frecuencia inusitada de greguerías. Bastaría aislar, trocear, cualquiera de los manifiestos de la época para que se nos llenasen las manos. A su vez podríamos intuir que, si agrupamos varias greguerías, al modo de teselas, quizá aparecería el mosaico. También cabría pensar que la retórica discursiva ha cambiado, de la frase ciceroniana, recuérdese la devoción al discurso de Castelar, hemos pasado a la composición de Azorín.
El fragmento es una nueva dimensión, frente a la totalidad como objetivo, el escritor reconoce que es preciso alejarse de aquella prosa, humanazarla, el hombre y la mujer pierden o disminuyen el interés por una formulación que sería propia de los dioses y los clásicos.
Gaspar Gómez de la Serna describe así este nuevo modo que es el estilo de Ramón:…la novedad radical introducida por el ramonismo en ese mundo de los ismos que creía haberse liberado de la realidad es…, la realidad misma multiplicada y potenciada casi hasta el infinito. La cosa menor; la cosa cotidiana, deshecha u olvidada, la cosa-objeto; la cosa-ciudad; la cosa-hombre, y todo eso, no en su realidad estática, inventarial, sino en su capacidad iridiscente de realidad productora de realidad.
¿Cómo se comportan las palabras? Sucede que: la cosa, el objeto captado por los sentidos, es presentado en una situación. Al reflejarse en la pluma de Ramón es captada como imagen, que necesita ser impresionada en el cliché de la palabra. Palabra que de nuevo será reducida a objeto, serie de letras. La palabra pasa al mundo de las cosas. Finalmente, esta nueva materia, se convierte en primera materia.
Pongamos algunos ejemplos que lo confirman:
El abrazo es un collar, pero sin broche
La almohada siempre es una convaleciente
Búho: gato emplumado.
Panacea es la cesta del pan
Motocicleta: cabra loca
La situación puede ser provocada, siempre condicionada por el talante del escritor para quien viene a ser una especie de ritmo interno. O bien hay una experiencia cotidiana en la que se superpone la intención a la imagen. La experiencia viene a ser de este tipo: veo una caja vacía, sobre el lavabo; en mi mano el tapón. Tiro el tapón.
Hay que partir de un determinado clímax, sin esta suposición nos perderíamos en el laberinto. La palabra enriquecida por nuevas perspectivas va adquiriendo cierto sentido mítico.
Hay un mundo mineral, la palabra-cosas, desprovisto de vida y muerte, que está ahí con nosotros y se inhibe, como cosa irreal, siendo lo más real y palpable, el no sueño. Ya hemos dicho que la greguería no pretende enlazar, formar cadenas, sino al contrario, deslabonar. La enumeración caótica, que resulta, se presenta como un bodegón de ruidos y sensaciones, de actitudes y situaciones. La palabra, al ocupar su espacio dentro de la línea, pone su pincelada sobre el cuadro.
En Los muertos y las muertas, 1942, leemos: Si no, sería canto en árbol lejano, escapada sin saber dónde, muerte de la prensa en un suscriptor, inutilidad de las trompetas, timo de enterradores, líquenes sobre piedra, violines de hueso, contusión de muletas, trastorno de ojos, gritos deshinchados, préstamo de devolución, gesto incurable.
Es cierto que la obra de Ramón no obedece a una ideología, nada más contrario, aunque, sin duda, es difícil ser estricto hecho y presentación, no obstante, su ética, fundada en la ausencia de todo compromiso que no sea estético, se manifiesta por sus imágenes y metáforas, y lo hace en la antidisciplina de la greguería. En El torero Caracho, 1926, declara:
Todos tenían el doctorado, la cultura, lo que podría llamarse el engaño de la vida. Lo que la mete en fábricas en vez de valles, quedaba fuera.
Allí estaban los cerebros de cemento que son pilastras de la vida, y entre ellos algunos menestrales de gran cabeza cuadrada sobre la que flotaba la gorra plana.
Consecuencia de este compromiso personal, será su intento de novela nebulosa: El hombre perdido, 1947. Novela y vida buscan al lector que ha surgido de la catástrofe. Con ella Ramón quiere presentarnos la nueva realidad:
Hay una realidad que no es surrealista, ni realidad subreal, sino una realidad lateral.
Final de una guerra, los ciudadanos ya no se mueven por una sola voz, por un gesto, sino que la tierra y el hombre vuelven a estar sin marca, descalificados. Pronto se verán apresados por otra monotonía, tras la euforia de la paz, caerá en la escasez cotidiana. Ramón quiere dar fe de su descubrimiento, agregarle espontaneidad, casualidad a la vida diaria:
Esta obra es como cuando se sale de una película de bañistas rubias y se ve caída en el suelo de la calle, junto a la valla, una mujer rubia de verdad.
Convertido en un estrambótico evangelista, su parábola viene dada en el jeroglífico de las cosas:
Nada respondía en la casa. Las paredes eran celestinas y esa agua que va por el agujero de los rebasamientos se llevaba el secreto.
Su novela se hace hermética, en un proceso de transubstanciación personal, por eso se parece a una confesión: El hombre perdido es el hombre perdido por bueno, el que no quiso creer en lo convencional, el que no cejó en su náusea por la lucha por la vida sórdida y agremiada, el que en vez de lo regular y lo escalonado prefiere lo informe, la pura ráfaga de observaciones, alucinaciones y hojas secas que pasan por las páginas de los libros.
Por eso también se dirige a un público lateral, que ronda por la literatura sin aún haber hallado el libro que los justifique, que garantice en su cabecera la verdad de cada día: Quizá haya acertado con el ritmo de esas almas deslavazadas con las que los novelistas profesionales no han querido contar. Yo quiero calmarles con mi específico, con mi nebulosina cortical.
La novela se transforma en un intento de evasión, contando, como instrumento útil, la mima realidad que le cerca. Consideremos alguna de sus características:
- a) Causalidad subjetiva: Pensar en una excursión mañanera, saliendo temprano de la estación del Norte era inútil, porque no estaba abierta la tienda del pan, ni habían bostezado bastante las porteras en la mañana gris.
- b) De la realidad total a la realidad lateral: Todo se nos ha muerto, pero queda el puesto con cadenas del vendedor ambulante o la verja del piso bajo.
- c) Diálogos con personajes insólitos. En realidad, monólogos de un solitario, como él mismo confiesa con relación a su teatro en soledad: maneras de no estar solo con mis deseos de un arte arbitrario,
- d) Presencia de lo anecdótico: Papeles azules corrían detrás de papeles rosas.
- e) Búsqueda en objetos cotidianos: He comprado un queso para ver si estaba dentro y he partido muchas nueces inútilmente.
El procedimiento narrativo se convierte en enumeración de datos, enlazados por una causalidad sutil. Cada capítulo tiene la unidad del mosaico, un mosaico de pequeñas piezas vitales, fragmentos, cuya asociación es trabajo exclusivo del autor, que no atiende a otra cosa que no sea el ritmo burbujeante con que van brotando las imágenes, por lo que la obra se llena de personales intuiciones que, por su hermetismo, logran el calmante del ritmo y hacen, con su arquitectura, que la vida sea más asequible. Y así, cuando el lector consigue descubrir esa realidad marginal que cerca su persona, el libro ha alcanzado su objetivo.
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