Fernando Mañogil Martínez (Almoradí, 1982), poeta, ensayista, articulista, gestor cultural y profesor de Lengua Castellana y Literatura en el IES Los Montesinos-Remedios Muñoz, ha publicado en la editorial ovetense Sapere Aude su nuevo libro, Derramado en el cauce, vivir en un mundo descreído, un sustancioso ensayo dividido en sesenta y dos capítulos breves.
Empezaré esta reseña recordando el acto de presentación de este libro en la Librería Códex de Orihuela, el pasado mes de junio, ante un público numeroso y atento que participó al final del evento en un coloquio largo y enriquecedor.

Javier Puig presentó el libro con admirable solvencia, leyendo un texto que posteriormente fue publicado en el periódico digital Mundiario. Alabó la valentía del autor al escribir una obra tan pesimista e insobornable. Dijo que si «hay una palabra clave en este libro es la de ‘esperanza’. Su reiteración es llamativa, así como ocasionalmente el empleo de su reverso: la desesperación. Pero esa palabra, esperanza, no está usada, como esperaríamos, en sentido positivo, como lenitivo del dolor concomitante a una vida que a menudo nos decepciona, sino que es vista como una inútil y engañosa muleta existencial». Añadió Javier que «esta valentía al descalificar ese sentimiento tan aparentemente benigno como es la esperanza, de inmediato me recordó una lectura que hice hace bastantes años, la del libro del filósofo francés André Comte-Sponville, cuyo provocativo título era: La felicidad, desesperadamente. La tesis del mismo intentaba demostrar que, quien tiene necesidad de esperar algo, no es feliz, no está en absoluto colmado. En su atrevimiento, iba más allá, al afirmar que es feliz el que está desesperado, quien no necesita esperar nada pues siente que ya lo tiene todo».
Resaltó el presentador que, según Sponville: «Lo contrario de esperar es conocer, actuar y amar. Esta es la única felicidad no fallida». Si bien advirtió que el filósofo francés resulta demasiado «esperanzador» para nuestro autor, pues Fernando Mañogil, por su parte, «rehúye todo asomo de complacencia, elude indicarnos una luz constatable; por el contrario, insiste en una sola y global visión, la que nace de su descreimiento, una actitud que deviene una compleja forma de rebeldía, un atrevido ejercicio por el que se entrega a desenmascarar las creencias más consensuadas, a derribar las paredes con las que nos protegemos de las inconvenientes verdades hasta quedar expuestos a la intemperie de las incertidumbres».
Como siempre, Javier estuvo en su papel de crítico profundo y atento. Tras su intervención, el autor y el presentador mantuvieron un diálogo valioso. Fernando explicó que había escrito un libro de breves cavilaciones en un momento de desesperanza, ante la situación actual del mundo, cada vez más escorado hacia el desastre ecológico, el consumismo desmedido, la falsedad y la deriva política. También mencionó que la pérdida de fe en su propia escritura lo llevó a un periodo de desesperación. Se confesó pesimista y considera que en toda su obra literaria rezuma pesimismo. Sin embargo, resaltó que la escritura de este ensayo, cuyo título se basa en un verso de Leopoldo Panero que forma parte de una cita que encabeza el libro, fue también un necesario desahogo o catarsis que le permitió volver a escribir. De hecho, ya tiene un nuevo poemario que saldrá próximamente.
Fernando admitió que hay contradicciones y aporías en su libro y que, pese al tono brumoso de los fragmentos, en ocasiones se siente feliz, porque uno no puede vivir instalado en un pesimismo contaste. A veces se experimentan momentos de aliento vital y surge como una luz que todo lo absuelve. Añadió que, entre Leibniz («vivimos en el mejor de los mundos posibles») y Hobbes («el hombre es un lobo para el hombre»), se queda con este último. Subrayó que su crítica a la esperanza radica en que suele ser pasiva y estéril, aunque reconoció que es necesaria y comprensible para los más desdichados, las personas desahuciadas y las víctimas de todo tipo de terrores e injusticias. También admitió que ha tratado de evitar el pesimismo extremo e inmovilista del nihilismo.
Estas y otras reflexiones, que omito para no alargar la reseña, resultaron muy esclarecedoras.
Fernando transmite en Derramado en el cauce una desesperación de corte romántico, ya que hay un sentimiento trágico y una postura hiperbólica en sus postulados, a pesar de la reflexión precisa (de ahí el título mismo), que no cae en ingeniosidades desmitificadoras de poco fuste ni en la ironía continuada y empachosa propias del posmodernismo. Su tono ágil y fluido resulta más bien solemne, y no lo digo en el peor sentido. Comparto, con mayor o menor intensidad, este discurso disruptivo como una toma de conciencia radical sobre la pérdida de fe en un mundo encaminado a la catástrofe por la prepotencia y las ansias de poder del ser humano, y comprendo la intempestividad reflexiva de Fernando, fruto de una crisis personal que ya asomó en su último poemario publicado, La apoteosis de la inercia.
Mi discrepancia surge hacia el final del libro, en el antepenúltimo fragmento, número 62. El autor afirma que el fascismo y la democracia son hermanos de sangre, hijos ambos del sistema capitalista, lo cual entronca con otro fragmento anterior, el número 16, en el que Fernando abomina de las ideologías y las considera pensamientos ajenos a él. Este razonamiento radical, aunque no descabellado, necesitaría algunos matices.
Desde luego, el sistema democrático no es incuestionable ni infalibles los políticos que lo representan, y hasta las mejores democracias tienen sus cloacas. Es cierto que muchos dictadores se erigieron como tales después de ser elegidos democráticamente, y que muchos Estados democráticos han derivado en fascismo o en totalitarismos encubiertos, pero hasta que se demuestre lo contrario, la democracia es el poder del pueblo. Y el pueblo, más o menos ignorante, es soberano.
Este sistema político, con todos sus defectos, garantiza unos mínimos de igualdad, libertad y fraternidad que no proporcionan los fascismos ni las dictaduras de otro tipo, sean comunistas, populistas, etcétera. No creo que una democracia real sea comparable a una dictadura fascista ni a un régimen aristocrático donde gobiernen personas elegidas solo por sus privilegios vitalicios. En mi contra, se me podrá argumentar que las democracias de hoy se parecen al despotismo ilustrado («Todo para el pueblo, pero sin el pueblo»), pues se nos hace comulgar con ruedas de molino, haciéndonos creer que los políticos gobiernan en nuestro beneficio cuando se llenan los bolsillos sin vergüenza alguna y el Estado nos convierte en sujetos sumisos. Ocurre, sí, pero muchos de esos políticos han sido procesados, y cada vez son más potentes las leyes anticorrupción. ¿En qué gobierno de los «mejores» o al mando de un caudillo puede el caudillo mismo ser procesado o los privilegiados gobernantes ser depuestos por sus excesos y corruptelas? Ni que decir tiene que tampoco admiten oposición alguna. Otra cosa bien distinta es que los votantes estén ciegos y acaten obedientemente leyes, normas, modas y costumbres impuestas por quienes, en cierto modo, ellos mismos han elegido; y ahí sí coincido con mi amigo Fernando.
Una democracia y sus políticos, salvo que surja una alternativa mejor que aún no se conoce, son necesarios y deseables (aunque algunos, muchos, sean detestables), pues sin ellos solo queda la anarquía, el caudillaje o la dictadura militar. En cuanto a las ideologías, es peligroso evitarlas o renegar de ellas de manera absoluta, pues cuando esto sucede se incurre a menudo en el rojipardismo o en el nihilismo que rechaza el propio Fernando, quien también reconoce que la desesperanza es estéril cuando no propone soluciones. No creo que sea malo tener ideologías, casi todos en mayor o menor medida las tenemos; lo peor de las ideologías surge cuando estas se convierten en fanatismos, imposiciones dogmáticas y premisas de odio.
En otras épocas de la Historia, yo diría que en todas, ha habido dos bandos: los que estaban convencidos de que vivían en el mejor de los mundos posibles y los que creían que el mundo se encaminaba a su fin. Ha habido siempre esperanzados y desesperados, y yo, que no sé si soy optimista o pesimista y que solo sé que la felicidad nos llega con cuentagotas, creo que me situaría en un punto intermedio entre Leibniz y Hobbes. No veo nuestro mundo como algo tan terrible y distópico, al menos en comparación con otras épocas (aunque es cierto, como bien señala Fernando, que ahora tenemos el poder de autoaniquilarnos). Tampoco es el paraíso del buen vivir, es decir, el mejor de los mundos posibles según Leibniz.
Comparto con Spinoza su convicción de que esperanza y miedo se dan la mano y se necesitan mutuamente, y que ambos sentimientos son necesarios para el ser humano, ya que son dos formas de sometimiento, pero también de estímulo para progresar. El problema surge, como señala Fernando en Derramado en el cauce, cuando la esperanza, al igual que el miedo, se vuelve paralizadora e invita a la inacción. De este modo, esperas confiadamente a que te llegue lo que deseas, sin hacer nada. La esperanza ha de ir acompañada de acción, de empuje, de potencia.
Por otra parte, creo que la esperanza es tóxica porque le exigimos demasiado; esperamos demasiado de ella. Por eso escribió María Zambrano que la mejor esperanza es la que no se espera. Este estado de ánimo, hermoso por definición, es sin duda una alternativa a la crueldad y la maldad, y nos permite edificar entre las ruinas y soportar los espantos. La esperanza nos ayuda a mirar hacia el porvenir con una mirada optimista, se nos presenta como la llave amiga de un futuro incierto, pero debemos desconfiar de ella porque también es traicionera y tramposa, ya que suele incumplir sus promesas. No pocas veces nos embelesa prometiéndonos recompensas que nunca llegarán y sueños que jamás se cumplirán, haciéndonos creer que podemos obtener logros imposibles. La esperanza no siempre juega limpio y la mayoría de las veces coloniza nuestra imaginación sin colmar nuestras expectativas, pero la necesitamos. Necesitamos de sus maravillosas promesas; necesitamos saber que está con nosotros, que no nos abandona, que creemos en sus bondades. Gracias a ella, sentimos menos aguda la garra de la infelicidad. Por eso nuestro poeta Miguel Hernández pidió en el peor de sus momentos que le dejaran la esperanza. Quien alcanza la desesperación absoluta, es decir, quien no se aferra al asidero de la esperanza, está muerto, aunque siga viviendo. Por eso, como denuncia Fernando, son tan miserables los que trafican con ella.
Antes que la esperanza, yo reivindico el fervor, que proviene del latín fervere, que significa ‘hervir’ y tiene la misma raíz que ‘fiebre’. El hervor del poeta permite que se cueza la obra. Paradójicamente, la fiebre ha impulsado a Fernando a escribir, a pesar de que él descrea de su propia escritura y piense que a los demás pueda resultarles un acto inútil. Es una fiebre que puede ser controlada pero no ignorada, y que lleva implícita la verdad, la autenticidad del temblor, de la necesidad de escribir lo que uno debe escribir, aunque esté fuera de modas y dictados. El fervor es la fe del poeta, y pese a este libro, se mantiene vivo en Fernando. No así en muchos vates actuales, absolutamente descreídos, aunque no renuncien ni a sus sotanas ni a sus púlpitos.
Está claro que el autor de este ensayo había confiado demasiado en su propia escritura, había esperado más de lo que esta le ha dado, y tras el desengaño necesitaba este potente y necesario desahogo para pasar página. En este proceso, se muestra duro, áspero e hipercrítico, pero también su dignidad insobornable actúa como una cura de humildad y un ejercicio de autocrítica. En todas las páginas resuena el mismo leitmotiv: la escritura es inútil, la razón no es liberadora, sino una cruel falacia; los intelectuales, personas deplorables; el mundo, una oscura ciénaga abocada al desastre; y el individuo está aprisionado en un mundo sin historia, ideales ni utopías, restringido a los medios de supervivencia y sujeto a las leyes implacables del mercado.
Quizá para no hacer más denso su ensayo, carga todas las tintas negativas en la cultura occidental y sus desmanes (desde la creación de una civilización opresora y la telaraña del colonialismo—ahora la globalización—hasta la irrefrenable expansión de la tecnología y las «supersticiones de la ciencia» que él menciona), mientras obvia las masacres de las dictaduras de uno y otro signo en Oriente, así como el auge desmesurado de la tecnología en países asiáticos. Sin embargo, no tiene fe alguna en ningún sistema racional y arremete contra la Cultura con mayúsculas, contemplada como una visión holística que se supone alberga los mejores ideales del ser humano: la atracción compulsiva por la belleza, la unidad y el conocimiento, y por todo aquello que nos trae armonía interior y exterior.
Su discurso (y utilizo un término que el autor niega, pues asegura no tener discurso) podría parecer nihilista, pero resuena moralista, aunque él rechace la moral. Cierto que es una moral sumamente negativa y enriquecedora, savonaroliana y nietzscheana, pues nuestro amigo utiliza el martillo para llevar a cabo una crítica de la cultura consumista, planteando problemas morales que deja sin resolver, ya que no se cree con ninguna autoridad para aportar soluciones. De hecho, se muestra implacable consigo mismo cuando recuerda sus ínfulas narcisistas de escritor (véanse, como ejemplos, los fragmentos 30, 31 y 32) y concluye: «Mentí sobre mí mismo y escribí demasiadas páginas acaso sin valor. La esperanza volvió a arruinar mi trabajo.»
Las preguntas inmediatas que surgen al lector de este libro son las siguientes: ¿Por qué, si su autor es un hombre tan desengañado y considera que cualquier esfuerzo literario, artístico e intelectual es inútil y detesta la escritura misma, sigue escribiendo poemas y no ha dejado de publicar reseñas literarias que suelen ser atentas y generosas? ¿Por qué sigue leyendo con fruición? ¿Por qué, en fin, este volumen no es su despedida definitiva como escritor?
Fernando se hace las mismas preguntas, pero responde con evasivas o suposiciones altaneras («debo escribir por atavismo, ya que no creo en la literatura»). sin embargo, el tono prepotente de sus respuestas queda mitigado por su constante autocrítica («con los medios de que dispongo y mis enormes limitaciones, ni siquiera hago lo que puedo: hago lo que se me ocurre»). Es decir, escribe y lee, y seguirá escribiendo y leyendo porque no puede dejar de hacerlo, aunque le repugne el mundillo literario y a veces le asalten aterradoras certezas negativas acerca de su propia obra literaria. Fernando hace suyo este aforismo de Cioran: «El verdadero escritor no piensa en el estilo ni en la literatura: escribe…, simple y llanamente, es decir, ve realidades y no palabras».
En el fragmento número siete (titulado «Cómo apesto»), Fernando escribe: «Hay otra cosa que me irrita de los escritores y, sobre todo, no soporto de mí mismo cuando escribo: el aire de suficiencia, la pose de sabiduría que acompaña a este ejercicio inútil del monólogo sobre el papel (…) menudo tufo de vanagloria el de cualquier escritor. ¡Cómo apesto!» Este texto me ha sobrecogido porque yo mismo, en más de una ocasión, he sentido esa vanagloria que aborrezco y he notado que yo también olía a petulancia y estupidez. Esto me ocurre, sobre todo, cuando opino, juzgo o asevero en mi diario, en una reseña o en un ensayo.
Por otra parte, no está mal una cierta dosis homeopática de satisfacción ante el trabajo bien hecho; da seguridad en nuestras propias convicciones, y un humilde reconocimiento a uno mismo sin caer en la estupidez. Creo que es legítimo que uno crea en lo que hace cuando trata de hacerlo bien y sin grandes ambiciones ni afanes prensiles.
La rotundidad con que se expresa el autor en este libro esconde dudas e incertidumbres, lo cual no es negativo, pues la duda, si no deviene en pusilanimidad, puede ser preventiva e incluso enriquecedora. El autor se mueve entre la necesidad de escribir y de trascender, y el deseo de detenerse y no tener grandes expectativas. Derramado en el cauce dialoga con varios autores; Javier Puig menciona a Comte-Sponville, Lao Tse y Wittgenstein, quienes abogaban por el silencio ante aquello que resulta inexpresable. Fernando Mañogil insiste una y otra vez en la inutilidad de la escritura, ya que para él ni siquiera sirve «para importunar el silencio».
Yo añado algunas confluencias más, ateniéndome al tono brutalmente confesional, a la sobredosis de negatividad y a la estructura fragmentaria del libro (no es casualidad que el fragmento 25 se titule «Apetito del infierno»): Rimbaud (Una temporada en el infierno), Pessoa (El libro del desasosiego) y Hugo von Hofmannsthal (Carta de Lord Chandos). En la Carta, hay una profunda reflexión sobre una experiencia personal y literaria cuyos elementos fundamentales podrían definirse como crisis del lenguaje y desintegración del yo. Para Chandos-Hofmannsthal, las palabras han dejado de ajustarse a las cosas, y el lenguaje es incapaz de plasmar la profundidad de lo real. Aunque el sentimiento inmediato de lo sagrado, inmanente en toda realidad que embarga a Chandos, no está presente en la escritura de Fernando, sí hay en ambos una evidente pérdida de fe en el lenguaje.
Por ejemplo, Fernando finaliza el fragmento 22 de Derramado en el cauce, titulado «¿Recurso existencial?», con esta aseveración categórica: «La verdad no está hecha de palabra». Al leer los capítulos de este libro, recuerdo las célebres palabras de desarraigo de Luis Cernuda, escritas como radical pórtico a la primera edición de Antología de la poesía española (1932) de Gerardo Diego: «No sé nada, no quiero nada, no espero nada. Y si aún pudiera esperarlo, sólo sería morir allí donde no hubiese penetrado aún esta grotesca civilización que envanece a los hombres». También resuenan en este libro otros escritores y filósofos maestros del pesimismo: Schopenhauer, Kierkegaard, De Quincey, el Nietzsche más intempestivo, Artaud, Cioran, Bukowski, Panero, Albiac…
En definitiva, Derramado en el cauce es un ensayo inclasificable, corrosivo en sus certezas e incertidumbres, rebelde sin pretensiones ni respuestas, valiente y bien escrito, con una claridad expositiva libre de artificios, a pesar de que el autor afirme haber dejado de creer en el lenguaje y reniegue del pensamiento. Sin duda, no dejará indiferentes a los lectores.
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