Las nueve musas

Yolanda Izard. Lumbre y Ceniza

“La poesía es para mí, entre todos los géneros, la que permite mayor creatividad”

Lumbre y Ceniza, de Yolanda Izard Anaya (Béjar, Salamanca), recibió en 2019 el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana y fue editado por Devenir el mismo año.

En febrero de 2020 fue nominado como finalista del Premio de la Crítica de Castilla Y León.

La antítesis que contiene el título del libro premiado abarca una dualidad conceptual de carácter barroco: luz y oscuridad, plenitud y desolación, pulsión de Tánatos y pulsión de Eros. Lumbre y ceniza es un poemario potente, intenso, lleno de metáforas, en el que destacan la sabia combinación de emotividad y reflexión y la sólida estructura (un poema a modo de pórtico y tres partes) elaborada con los mejores antecedentes de nuestra tradición poética y algunos recursos actualizados de la vanguardia, como la fluidez rítmica de los versículos, la ruptura sintáctica o el encadenamiento de imágenes visionarias

Nace este libro de la exploración interior y del vigor imaginativo, y al mismo tiempo de una observación crítica y sagaz del exterior, del mundo con sus maravillas y horrores. Digamos que la de Yolanda Izard es una poesía de raíces y ramajes, de inmersiones y vuelos.

“Trilogía sucinta” es uno de los poemas que nos ha llamado la atención por contener, a nuestro juicio, una de las claves de Lumbre y ceniza. Repite tres veces el verso «De la oscuridad vengo» para confirmar que procedemos de la nada y que no hay más certeza que la fugacidad de la existencia. Este mismo verso da título a un poema de la tercera sección, cuyo final reproducimos: «De la oscuridad vengo yo, una mujer oscura y luminosa/ que siente la respiración del viento/ y oye el llanto de los álamos».

Yolanda Izard, licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca, ha efectuado también estudios de Bellas Artes y cursó el doctorado en la UNEX y un posgrado en ELE. Ha recibido, entre otros, el XXVIII Premio Cáceres de Novela Corta por Paisajes para evitar la noche (2003), el VII Premio Carolina Coronado de Novela por La mirada atenta (2003) y en 2013 el Premio Andrés Quintanilla de Poesía. Ha publicado, entre otras obras, los poemarios Reliquias del duende (1983), El durmiente y la novia (1997) y Defunciones interiores (2003). Colabora en el suplemento cultural «La sombra del ciprés» de El Norte de Castilla. Ha escrito también en revistas como Revista de Letras o Quimera. Es docente en la Universidad Europea Miguel de Cervantes e imparte su propio taller de escritura en Valladolid.

Yolanda Izard AnayaYolanda, en el extenso poema que inicia tu libro Lumbre y ceniza, cuestionas la misión de la poesía. ¿Qué debe ser la poesía? ¿Cómo te reconoces en ella?

Qué debe ser la poesía… Casi no me atrevo a responder a una pregunta que admite tantas respuestas con las que puedo identificarme, pero si algo hubiera en común en todas ellas sería la huida de lo manido, de lo obvio, de los estereotipos y lugares comunes, de las normas asumidas; y me refiero tanto a aspectos formales como de sentido. ¿Y por qué? Porque la poesía es el lugar de la indagación del ser, es decir, de la pesquisa de la conciencia, de la identidad y del mundo. Si la poesía es el puntal de la fascinación es porque permite explorar lo ignoto de la vida, el gran misterio que somos, las invisibles muescas de nuestra sorprendente y abisal naturaleza, imposible de aprehender del todo ni por la ciencia ni por las religiones ni por lo que llamamos realidad. Y en esta exploración que busca la epifanía se sirve únicamente de las herramientas que le proporciona el lenguaje. Forzar la lengua, extraer de ella sus tesoros y alejarse de clichés y tópicos que entorpecerían la batida, el hallazgo creativo, la hondura; en este emplazamiento es donde mejor me reconozco o me gustaría reconocerme. La misión de la poesía sería, pues, la de abrir caminos inexplorados, sendas secretas en el interior del ser, por eso sus hallazgos son con frecuencia fortuitos y apasionantes, y a veces muy dolorosos.

En tu obra poética, y especialmente en los poemas que componen este libro, la palabra está al servicio de la integridad ética y de la conciencia estética, lo cual no es habitual en los poetas actuales, que suelen decantarse por una u otra opción.

Sí, es cierto. Como insinué antes, tengo una gran conciencia estética. La poesía es para mí, entre todos los géneros, la que permite mayor creatividad verbal y es sin duda el terreno propicio para la libertad y quizá también por ello en algunos de mis poemas proclamo y defiendo tanto la libertad de expresión como la huida de proclamas y constricciones ideológicas. Creo, sí, que es aconsejable apostar por la ética en la escritura de poesía porque es parte consustancial a la vida del hombre en su relación con los otros, con la naturaleza y con el mundo. Y consigo mismo, pues la poesía trata también de la vida del espíritu. Escribir es para mí algo profundamente espiritual (que no religioso), explora la vida interior.

En la primera sección de Lumbre y ceniza identificas y asumes el dolor, concretamente la pérdida del padre. En el último poema de la segunda sección dedicas a tu madre un poema conmovedor. ¿La poesía puede servir como un remedio terapéutico? ¿Cuánto de autobiográfica tiene tu escritura?

La poesía no sé si es un remedio terapéutico, quizá sea pedirle demasiado, pero en todo caso es un bálsamo para las heridas del alma, una catarsis que permite descargar experiencias dolorosas vivenciándolas y un revulsivo también contra la trivialidad. Nos permite nombrar lo que parece innombrable, dar voz, mediante la introspección, a nuestros más oscuros o recónditos deseos y sentimientos, a nuestra naturaleza misteriosa, a los enigmas de nuestro sufrimiento. Al menos es esto lo que he tratado de hacer en Lumbre y ceniza, que es, de entre mis libros de poesía, el más personal, y quizá podría tratarse de autobiográfico si no fuera porque la biografía está solo insinuada, dentro de lo que podría denominarse biografía poética, que nunca es la vida misma sino una recreación emocional, una invención poética y sentimental, el mapa de la vida interior, pues trata de lo inasible, de la vida del espíritu a través de símbolos y metáforas.

En “Bebe el agua en que se mira, aludes abiertamente a la cita que has elegido de Lezama Lima. Dice así: «La poesía ni dice, ni oculta, sino hace señales.» Y dices tú: «Sabía que la poesía solo hace señales, / como la luz». ¿La poesía como una llamada invisible?

Sí, desde luego, la poesía es una llamada invisible hacia lo invisible, un rastreo de todo lo misterioso que somos, de lo que aún desconocemos de nosotros mismos porque la realidad es limitada y muestra tan solo la punta del iceberg. La poesía es una zambullida a ciegas en ese inmenso universo inexplorado y oscuro que somos para dar sentido a nuestro caos. Así creo que hay que interpretar la cita de Lezama Lima y que bien podrá ser también mi propia poética: hacer señales.

¿Nunca eres el mismo cuando despiertas?

No lo queremos saber pero es verdad, nunca somos los mismos al despertar, y en este despertar incluyo el metafórico. Despertar al conocimiento y a la conciencia desde la oscuridad trasciende el sentido de tu naturaleza y de tus creencias: te permite salir al claro del bosque y cambiar la perspectiva de la mirada. Esto lo hace la poesía, a veces: te obliga a abrir los ojos y saberte otro, otro que a veces es múltiple o, en todo caso, distinto al que había cerrado los ojos sumido en la ceguera. Los sueños, en el sentido literal, son maravillosamente reveladores: nos hablan de la vida secreta escondida en el inconsciente y en el subconsciente: eso que somos de verdad, en nuestra más íntima y auténtica esencia, alejados de los condicionamientos, sinsentidos y manipulaciones de la “realidad” consciente.

«(…) Ese hombre ha entrado, pequeño, inocente, en estado de/ gracia, / en el enigma de la nada». ¿Qué es para ti “estado de gracia”?

El estado de gracia es ese momento tan infrecuente y tan poderoso de máxima intensidad en tu relación con el mundo: de pureza esencial, de ingravidez, de conciencia suprema de lo que eres. Sucede pocas veces, pero cuando sucede, lo sabes: que has trascendido tu naturaleza mortal, imperfecta, rastrera, y adquieres el don de abandonarte, de ser sin pulsiones, sin peso, sin pasado, sin heridas ni sus secuelas, sin cargas ni barreras. Una comunión con el mundo. Lo que Romain Rolland llamó sentimiento oceánico y que Sigmund Freud definió como el sentimiento de completitud e inmensidad de los recién nacidos y de los místicos, de pertenencia al todo y de identificación con todo en una totalidad bella en sí misma. Pienso que en cierta forma se parece a esos arrebatos de extremada lucidez propios de los episodios de profunda inspiración.

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En el imponente poema “Los cadáveres de Paul Celan”, citas sucesivamente a una serie de poetas y escritores perseguidos y marginados que trascendieron al límite de la cordura. El poema se cierra con esta hermosa paradoja: «La palabra es un cadáver que informa de su muerte. /Si no fuera por ella ignoraríamos al hombre».

Es una paradoja que de algún modo también define a la poesía: como el oxímoron, sirve para hablar de lo desconocido e inasible, de esa otra realidad que nos conforma y que es invisible. Sin la paradoja, sin el oxímoron, no podríamos acercarla y decirla. La palabra informa de nuestras limitaciones, pero también abre inconmensurables territorios inexplorados. Y en todos ellos, está el hombre. Con sus desdichas y sus grandezas, con su volatilidad y sus abismos y sus alturas. En el caso de este poema, con el horror al que es expuesto el hombre en situaciones límites, inconmensurablemente aterradoras.

Nos gustaría saber de la importancia que te suscitan los avicornios, puesto que los mencionas en más de una ocasión en este poemario.

La primera persona que me habló de los avicornios fue José Antonio Sánchez Paso, amigo y escritor, que nos propuso, a una serie de escritores y artistas plásticos, que recreáramos para la publicación de un libro a esta ave del bestiario fantástico bejarano. Yo escribí un relato y posteriormente el poema del libro que le dedico a José Antonio. El avicornio acabó configurando en mi ideario poético a ese ser dotado de características disímiles propias de especies muy distintas, una encarnación de la increíble fuerza transmutadora de la creación, que te conecta con esos otros que también eres y con la capacidad de trascender la superficie de la realidad, de hendirla y sobrepasarla. Un recurso para hablar del vuelo espiritual y creativo.

¿No crees que a veces el entusiasmo creativo puede abandonar al poeta a su suerte? ¿Cómo distinguir el entusiasmo de la genuina inspiración?

Para responder a esta pregunta, primero hay que creer en la inspiración, eso tan denostado por algunos escritores que afirman que es mejor que la inspiración te encuentre trabajando. Bueno, yo lo creo también, que es mejor que te encuentre trabajando, pero además no dudo de su existencia, que definiría como un estado de mayor comprensión de la realidad, de suma concentración, tan orgánica que te permite ser enteramente lo que escribes, desconectar del mundo del todo y tener la sensación de que la escritura es anterior a tu voluntad. Cuando sucede, te sientes inmerso en una especie de placer beatífico. Pero el entusiasmo tiene más que ver, me parece, con la pasión por lo que haces, por ese potente impulsor que te permite no desfallecer a pesar de las limitaciones, los errores, los hachazos y fallos de la escritura. El entusiasmo creativo está muy bien, pero después, si conviene (y para saber si conviene se necesita apartarse emocionalmente de lo escrito) viene la fase esencial de trabajo, limpieza, desbrozado y poda. No se puede fiar todo al entusiasmo, hay que aprovechar esos momentos de inspiración, de arrebato creativo, no tan frecuentes como quisiéramos. Y, a propósito, muchos de ellos se generan durante un período de máxima concentración; es decir, pueden ser efectos colaterales del proceso del trabajo, los impulsa la propia escritura, que parece conectar con algo ajeno a ti.

Tu obra poética bascula entre lo presente y lo ausente, y también asoma un misticismo que reniega de la trascendencia, de todo orden ritual.

Sí, es así, al menos en este libro, cuya temporalidad se debate, como es propio de toda elegía, entre lo que se es en el presente y lo que se ha perdido. Porque el tiempo, como escribió César Aira, «ese misterio que derrota a nuestro pensamiento, nos produce un miedo mayor que todos los miedos». Y añade: «Y me pregunto si todo acto creador, cuando surge de una experiencia auténtica, no será una alianza con las potencias demiúrgicas del miedo». Y yo, como él, no sé cómo me las he arreglado para sobrevivir al miedo, si es que lo he logrado, al miedo a las pérdidas, al paso del tiempo, al abandono y la soledad, que trato de exorcizar con la escritura.

 Y también hay cierto misticismo, pero es verdad que desvinculado de lo religioso; se trataría de una trascendencia en libertad, desconectada de todo impulso ritual, en efecto.

¿Estás de acuerdo con Steiner en que «el raquitismo del lenguaje ha condenado a la mediocridad a buena parte de la literatura contemporánea»?

Sin duda. Es una lástima que en buena medida se haya dejado de explorar el lenguaje mediante la transgresión y la creatividad, porque el pensamiento se produce en el ámbito del lenguaje. Creo que se ha confundido demasiadas veces la naturalidad de la escritura con la simplicidad, con lo que se ha generado una aterradora pobreza de pensamiento. Como decía Juan Marsé, la patria del escritor no es la lengua, sino el lenguaje. Pobre patria la del escritor contemporáneo, condenada a la atrofia de ideas, a la repetición y el mimetismo, a la ausencia de variedad en sus lenguajes, a la uniformidad depauperada. Aunque me gustaría añadir que me parece igual de aberrante e insustancial  lo simplón que resultan los excesos retóricos, lo impostado o lo puramente decorativo.

¿Crees que es necesario presentarse a las convocatorias de premios de poesía?

Bueno, no sería necesario si hubiera más salidas para la publicación. Pero tal y como están las cosas actualmente, con las editoriales independientes asfixiadas por la crisis y con las editoriales de prestigio sumidas en la desgana y en el miedo al riesgo que supone apostar por la calidad frente a las ventas, no queda otro remedio.

¿Duelen las estancias de sequía o, por el contrario, las crees necesarias para dar paso a nuevas cosechas?

Ambas cosas: duelen, pero de ellas se sale (si se sale) fortalecido. A veces hay que romper con tus propios modelos, asfixiar al escritor de oficio en que te puedes haber convertido para que emerja el creativo, para abrir nuevos caminos, para no repetirse, para ahondar más y mejor.

Por último, ¿cómo compaginas el ejercicio poético con la escritura de novelas, artículos y ensayos?  ¿Los discursos distintos se complementan entre sí sin solapamiento posible?

Pues lo compagino, la verdad, sin ningún problema. Escribo novelas, relatos, poesía, artículos, con distinta disposición, aunque al final siempre hay en todos ellos algo solo mío, que muchas veces procede de un hondo sentido poético que impregna todos esos géneros distintos y les aporta una voz personal. Me siento muy cómoda en todos ellos, pero en lo que más tiempo invierto, proporcionalmente, es en las reseñas porque soy una lectora meticulosa que lee con lápiz en la mano y que espera que no se le escape nada relevante.

Ada Soriano

José Luis Zerón Huguet


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