Las nueve musas
Hamlet

William Shakespeare. Hamlet

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Si es verdad, como apunta Ángel-Luis Pujante, en el prólogo a su excelente traducción, Colección Austral, 1994, que cada día se suma un estudio a la ingente bibliografía de Hamlet, este texto no será más que una gota de agua en el océano.

Hoy es muy posible que tengamos que sumar miles de composiciones escolares, que tratan de desentrañar esta aproximación a las vicisitudes del gobierno.

La obra engañosa en su aparente sencillez, llena de fisuras por donde todos podemos penetrar, al mismo tiempo impide, la estrechez de su salida, que formulemos claramente lo que hemos visto y tendremos que considerar con Hamlet, Hércules débil, que tras narrar los sucesos…”El resto es silencio.”

Así desde el silencio, en cientos de lugares, miles de adolescentes, al menos una vez, se plantean como problema el misterio de la relación con el mundo y los otros. Situados en ese plano, como si se hallaran sobre las murallas del castillo de Elsinor, y acabasen de topar con un espectro, preguntan insistentemente, ahondan, parece que por fin van a dar con la clave que permitirá desvelar el enigma, sin embargo, sin que se sepa muy bien por qué, un buen día, desisten.

Pocos años después, la misma angustia se ceba sobre otros, y de nuevo miles de adolescentes interrogan a la esfinge. Ahí está la continuidad de Hamlet: “formula el mundo como pregunta”, ante la extrañeza de quienes celebran su desarrollo y lo consideran asunto fuera de su incumbencia. No porque hayan resuelto el enigma, sino porque, de un modo o de otro, han desistido, quizá por considerar inútil resolver algo que forma parte del contrato social en el que convivimos.

En Hamlet asistimos al nacimiento, desarrollo y consumación de una venganza. Algo que ya es conocido por el público, bien porque han oído la leyenda, o porque alguien les ha hablado de lo que ya es un mito y, aunque así no fuera, caso de ignorarlo, el espectador, puede ser de inmediato puesto al corriente, de modo que, cuando lea o asista a la puesta en escena, sus resortes han sido ya dispuestos, ya que, sin duda, serán tensados.

Pero como lo que sucede ocurre en un príncipe y se trata de asuntos de corte, que rebasan nuestra medida de simples ciudadanos y, en nada nos afectan sus convulsiones, el espectador, puede sentirse tranquilo. Sin embargo, no es así, ya que nos identificamos en ese príncipe que se enamora, enloquece, recrimina a su madre-tía, odia a su tío-padre y rey, recuerda a su padre, se siente espiado y espía. Ya que no sólo es un príncipe, sino fundamentalmente un joven, que aún continúa siéndolo, y que incompetente para tomar decisiones, se ve obligado en conciencia a planificar y llevar a cabo la acción de la venganza.

Por eso se vuelve el más sutil cortesano, simulador entre los simuladores, de modo que descubre en el teatro la mentira, quizá sería mejor referirnos a la simulación, que conduce a la verdad.

Este drama se convierte en un espacio interior, conciencia, donde el autor desnuda a sus personajes y permite al espectador, sin intermediarios, asomarse al vértigo, no tanto de lo que dicen, sino de lo que son los humanos.

La complejidad aumenta cuando por la presencia de los actores, que actúan como tales, se otorga al resto de los presentes en escena, el papel ambiguo de simples mortales. Así la ilusión de cosa vivida resulta perfecta.

No ocurre como en nuestro teatro, todo movimiento, acción, hasta la palabra sucede aprisa para dejar ver el gesto, la picardía, la gana de vivir, el guiño que la vida hace al tiempo, verdadero protagonista. Allí la escena se hace vida, aquí la misma vida entra en escena.

La admiración que siente la época por los actores se resume en esta frase de Hamlet:

Son el compendio y la crónica del mundo.

Más adelante, tras interpretar su admiración por el actor que pone sus sentimientos en una causa que no le afecta, todo para provocar una reacción moral en el público, sigue diciendo:

Mas yo, vil desganado, me arrastro en la apatía como un soñador, impasible ante mi causa y sin decir palabra,

Da a los actores indicaciones de cómo deben efectuar la representación:

Te lo ruego, di el fragmento como te lo he recitado, con soltura de lengua. Mas si voceas, como hacen tantos cómicos, me dará igual que mis versos los diga un pregonero.

Los actores son lo que dicen y, lo que dicen, la palabra, es un ser vivo cuyo significado puede ser múltiple, ambiguo, escurridizo. Una palabra nunca es inocente, depende del momento, también porque siempre dice más de aquello inmediato que nombra y, sobre todo, porque depende de quien la interprete.

Shakespeare piensa que sus personajes deben mantenerse conscientes de lo que dicen, y más que a ninguno, corresponde a Hamlet este privilegio, que se esfuerza por lograr: el hablo como pienso.

Voy a recordar algún pasaje, ocurre a propósito del diálogo con el sepulturero, se burla del presuntuoso refinamiento, la falta de naturalidad, cito:

¡Qué rotundo es el granuja! Como no hilemos delgado nos matarán los equívocos. De veras, Horacio; lo he notado en los últimos tres años: nos hemos vuelto tan finos que hasta el más palurdo le pisa el talón al cortesano y le roza el sabañón.

Más adelante, tras aceptar el duelo con Laertes, vuelve a insistir sobre este punto al comentar la ridícula jerga del cortesano Osric, sustituto de Polonio:

Le haríamos ceremonia a la teta antes de mamar. Este y otros muchos de su cuerda, que tanto cautivan a nuestro frívolo mundo, sólo han pescado la jerga de moda y las fórmulas externas: un surtido de pamemas que los saca adelante entre las mentes más cultas, pero prueba a soplarles y les revientas las pompas.

Los intérpretes son espías y a su vez son espiados, por lo que las palabras que dicen son siempre colocadas bajo sospecha, será necesario recurrir a la locura para esquivar esta realidad.

Intuimos que en Hamlet la locura es una estrategia que le permite decir y hacer, para levantar sospechas y despabilar conciencias, al mismo tiempo una crítica de la razón, de la razón de estado, no obstante, todos creen que se trata de una etapa transitoria, pues obedece al dolor por la pérdida de su padre y las precipitadas bodas de su madre, o el rechazo de su amada. La locura de Ofelia, en perfecta simetría, se desata con la muerte del padre, pero se inicia por la confusión que resulta del encuentro con Hamlet.

Hamlet hace hablar a la locura; en Ofelia, la demencia habla por ella. Ambos muestra, con su incoherencia, la contradicción de la comunicación, la palabra se convierte en un síntoma.

Esta obra parece que dijese: todo poder, si se juzga en razón, es ilegítimo, ya que exige la anulación de alguien para que otro goce de sus privilegios. Podríamos asegurar que, el juego político se basa en la oportunidad, por tanto, es la estrategia y no la moral, quien rige las decisiones del gobierno.

De este modo la legitimidad de un estado se basa en la ilegitimidad. Este principio paradójico, maquiavélico, está plenamente asumido, de modo que, si algo huele a podrido en Dinamarca, es porque así debe ser, ya que la corrupción es parte necesaria del sistema. La realidad, aquello que Calderón llamaría el delito mayor del hombre, sin duda, es haber nacido. Dicho de otro modo, haber nacido para sobrevivir en sociedad, en cualquier gobierno del mundo.

Para mostrar al hombre se sirve del monólogo, procedimiento que permite el acceso a otras realidades, tal como Hamlet confiesa a Horacio:

Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que sueña nuestra filosofía.

Da cuenta así de una complejidad que sobrepasa lo racional. El monólogo es el instrumento que más nos aproxima a la vida: transparente la superficie, deja ver la hondura del alma.

Produce la ilusión del ser y funda una manera que comprende contemplación y acción, a lo que contribuye la ausencia de interlocutor, referente que, al temporalizar, contextualizar, diluiría la fuerza dramática.

En la escena decimocuarta de “Luces de bohemia”, Valle-Inclán, durante el entierro de Max Estrella, tras parodiar a los sepultureros de Hamlet, celebra el encuentro entre el Marqués de Bradomín y Rubén Darío, ambos recuerdan a Ofelia, Rubén pregunta:

¿No ama usted al divino William?

Contesta el Marqués:

En el tiempo de mis veleidades literarias, lo elegí por maestro. ¡Es admirable! Con un filósofo tímido y una niña boba en fuerza de inocencia, ha realizado el prodigio de crear la más bella tragedia. Querido Rubén, Hamlet y Ofelia, en nuestra dramática española, serían dos tipos regocijados: ¡Un tímido y una niña boba! ¡Lo que hubieran hecho los gloriosos hermanos Quintero!

Para cerrar esta lectura recordaré la novela de Paulino Masip, publicada en México, 1944: “el diario de Hamlet García”, que empieza así:

 1º de enero de 1935. No soy príncipe de Dinamarca, ni me baten vientos contrarios en la encrucijada de un drama doméstico. Mi padre no fue rey, sino de su casa, y la viudez de mi madre tan honorable como su vida conyugal. Pero me llamo Hamlet. Si tuve Ofelia, como casé con ella, dejó de serlo porque la hice madre y se convirtió en doña Ofelia…

Me llamo Hamlet. Soy profesor ambulante de metafísica. Mi profesión me proporciona honra suficiente y provecho escaso. Ambos me bastan. Mi mujer me pone ejemplos de vidas contemporáneas en apariencia más logradas, pero ella ignora que las formas del mundo son inciertas y capciosas…

Me llamo Hamlet García y he nacido en Madrid.

¿Qué significa? Quizá que, aunque no se haya nacido príncipe en Dinamarca, y se enmarque en aquellos erráticos años del XX, casado con doña Ofelia, pese a todo, Hamlet, pero García, “profesor ambulante de metafísica”, sin duda, ha nacido en Madrid. Certeza que le basta para soportar una vida, huérfana de toda clase de éxitos.

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JOSÉ LUIS MARTÍNEZ VALERO

José Luis Martínez Valero

José Luis Martínez Valero. Águilas, 1941

Catedrático de Enseñanza Media de Lengua y Literatura Españolas.

Ha publicado: Poesía (1982), La puerta falsa (2002), La espalda del fotógrafo (2003), Tres actores y un escenario (2006), Tres monólogos (2007) Plaza de Belluga (2009) El escritor y su paisaje (2009) Libro abierto (2010), Merced 22 (2013), Daniel en Auderghem (2015), Puerto de Sombra (2017), Sintaxis (2019), Otoño en Babel (2022), Antología del Veintisiete en Murcia (Mayo, 2024)

Ha coordinado el ciclo de Poesía en el Archivo (2007, 2008 y 2009).

Guionista en los documentales: Miguel Espinosa y Jorge Guillén en Murcia.
Aguafuertista e ilustrador.

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