La muerte de Robert Louis Stevenson, a quien no conocía personalmente, le produjo a Marcel Schwob una gran tristeza como si se tratase de la muerte de un hermano, porque además de una gran admiración por sus libros sentía por el autor de La isla del tesoro algo fraternal.
Para consolarse escribió un lúcido ensayo que es muy útil para entender los mecanismos de la magia literaria de Stevenson, tan admirada pero tan difícil de desentrañar. Pero no le pareció suficiente y, armándose de valor, el enfermizo Marcel Schwob pensó en ir a visitar la tumba polinesia de su escritor favorito para rendirle un último homenaje.
Los sueños cuando se realizan, a veces, se realizan en forma de pesadilla. Schwob fue hasta la remota Samoa a finales de 1901 y, al llegar, no tuvo fuerzas para subir una pequeña colina para visitar la tumba de Stevenson y despedirse del amigo que le había dado la literatura. Gravemente enfermo, febril, no soportando el clima, decepcionado por la isla de Upolu, por los estúpidos residentes blancos, abatido y desesperado, hasta intentó acabar con su vida, arrojándose al mar. Se lo impidió Ting, su criado chino.
Todo esto lo cuenta él mismo en las cartas que, en forma de diario, le escribía a su esposa, la actriz Marguerite Moreno. Estas cartas se convirtieron más tarde en el alucinante librito Viaje a Samoa (José J de Olañeta, editor.) El paraíso soñado se había convertido en un infierno azul turquesa .
Fue un viaje extraño. Fue ir a la otra parte del mundo para regresar apresuradamente a la seguridad de un hospital francés y a la compañía de su esposa. Fue ir a las antípodas para volver inmediatamente porque creyó que se estaba muriendo .
El mar y el cielo son los protagonistas de este libro de espejismos escrito por alguien que cree que le ha llegado su última hora. Schwob va relatando, casi día a día, lo que ve desde la cubierta de los diferentes barcos en los que viaja: lunas como machetes de plata, agobiantes mares de zafiro, diluvios grises, playas de una blancura macabra, franjas deslumbrantes de espuma, brumas de oro, grandes olas concéntricas de color amarillo, ciudades de betún en las nubes, islotes siniestros, paisajes condenados, soles oscuros, cielos blancos. Uno se pregunta qué droga tomó Marcel Schwob durante el viaje.
Amante de las profundas bibliotecas y de la literatura aventurera, este judío estudioso, salió de las confortables salas de lectura parisinas y vivió una auténtica aventura que casi acabó con su vida. Una vida frágil como un jarrón de cristal. Pero como dice Borges, que era uno de ellos “ En todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas”.
Su caso puede recordar al de Emilio Salgari, célebre por haber escrito muchos libros sobre los piratas de los Mares del Sur, cuando nunca estuvo en aquellos mares. Escritores enamorados de las aventuras, de los paisajes exóticos, de los héroes valientes, magníficos soñadores que no se alejan de su escritorio, de las enciclopedias y de los diccionarios y que solo viajan y viven aventuras con la imaginación.
Al poco tiempo de volver de Samoa, el 26 de Febrero de 1905, Marcel Schwob moría de una simple gripe. Tenía 37 años. Pero los libros que escribió (además de Viaje a Samoa ,Vidas imaginarias, El libro de Monelle , La cruzada de los niños y numerosos cuentos ) han sido y siguen siendo admirados por muchos grandes escritores y gozan de buena salud en las librerías gracias a la inmensa minoría de sus fieles lectores.
Nunca es tarde para leer a Marcel Schwob.
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