Las nueve musas
americanismos

Una rápida mirada a la cuestión de los americanismos

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Llamamos americanismos a los vocablos, acepciones y giros propios de la América hispanohablante. En este amplio conjunto léxico se incluyen las palabras creadas por los colonizadores para nombrar lo que por primera vez estos veían; las de los idiomas indígenas pronto introducidas en el español; las del español peninsular que pasaron con cambios fonéticos o semánticos al español hablado en el Nuevo Continente, y, por último, las de procedencia extranjera que, gradualmente, se fueron incorporando al español americano.

Las más comunes, sin duda, son las que se tomaron de las lenguas indígenas para designar animales (puma, jaguar, caimán, coyote, guacamayo, colibrí, vicuña, alpaca, cóndor, etc.), cultivos (tabaco, maíz, tomate, papa, cacao, cacahuate, etc.), objetos (canoa, jícara, petate, etc.), lugares (puna, pampa, chacra, etc.), fenómenos de la naturaleza (huracán) y pueblos desconocidos hasta entonces (coya, caníbal, caribe, etc.). La mayoría de estas voces, gracias a la involuntaria pero inevitable difusión llevada a cabo por el español ibérico, pasaron luego a otras muchas lenguas europeas, en algunos casos con ligeras variaciones fonéticas (jaguar, en inglés, se escribe igual que en español, pero se pronuncia /yaguar/), en otros, con algún visible cambio morfológico (tabaco, en inglés, se escribe tobacco).

Los americanismos que más rápidamente se incorporaron a nuestro léxico fueron los de origen arahuaco, y esto se debe a que los pueblos de esta extensa familia se encontraron con los españoles antes que ningún otro pueblo de la zona. De hecho, la palabra canoa, de ese mismo origen, ya aparece en el Diccionario de Nebrija de 1495. De origen arahuaco son también maíz, batata, baquiano, guayaba, hamaca, tabaco y tiburón. Otras son de procedencia azteca, como cacao, chocolate, jícara y tomate, y otras de origen quichua, como cancha, guano y papa. Del mismo modo, algunas denominaciones geográficas terminaron por emplearse, a partir de un curioso efecto toponímico, para distinguir los productos que en ellas se ofrecían, y, así, en ciertas regiones americanas, se llamó durante un tiempo soconusco al chocolate y guayaquil o caracas al cacao.[1]

Asimismo, tienen su interés —aunque posiblemente en menor grado— los americanismos creados por los propios hispanohablantes del continente, algunas veces, sobre la base de vocablos autóctonos, otras, sobre la base de vocablos del español peninsular. Los primeros son incalculables y, como fundamentalmente se refieren a la flora y la fauna de las Américas, no cabe duda de que constituyen un inestimable aporte al léxico de nuestra lengua. Los americanismos formados a partir del español de la península suelen ser simples variantes fonéticas o morfológicas, como sucede cuando se emplea apanar por empanar, amellar por mellar, hondar por ahondar, alborotoso por alborotado, cegatero por cegato, hambruna por hambrina, etc., aunque, en ocasiones, también, derivaciones o ampliaciones semánticas más o menos acertadas, como sucede cuando se emplea apandorgarse por apoltronarse (de pandorga, ‘mujer gruesa y floja’), bodoque por chichón, entrevero por desorden o confusión, jalón por tirón, tajada por cuchillada, etc.[2]

Mención aparte merecen los americanismos formados a partir de voces extranjeras, y no precisamente por su número y relevancia, sino más bien por lo contrario. En efecto, las palabras propias de América creadas sobre la base de un vocablo de foránea procedencia son escasísimas y se explican por el mismo proceso que advertimos en la formación de extranjerismos.

Ahora bien, independientemente de sus innegables aportes lexicográficos, los americanismos supieron convertirse alguna vez en un problema. Su incorporación en el Diccionario oficial de la Academia representaba para muchos un gravísimo riesgo: el de sepultar el léxico tradicional del español —es decir, el común a las naciones que hablan la lengua de Cervantes— bajo un aluvión de voces novedosas, pero de no muy justificada utilidad. Esta preocupación, que tenía ribetes de polémica, duró casi medio siglo: desde fines del XIX hasta la mitad del XX, para mayor (aunque no suficiente) exactitud.

La manera de conciliar el planteo de la falta de espacio en el Diccionario oficial para todos los americanismos con el deseo de recogerlos en un solo volumen queda expuesta en El idioma como instrumento y el Diccionario como símbolo, breve texto publicado en 1944 por Julio Casares, en el cual se ratifica la vieja intención de elaborar un diccionario solo de americanismos, pero que contara con el rigor académico que poseían los diccionarios por entonces vigentes de la en su momento limpiadora, fijadora y esplendorosa institución.

Sin embargo, las mismas razones que retrasaron la publicación de una nueva gramática oficial aplazaron la elaboración del tan esperado Diccionario de americanismos, que recién pudo materializarse en 2010,[3] gracias al impulso dado por el Diccionario panhispánico de dudas de 2005 y a la remozada orientación de la RAE en lo tocante a política lingüística, impulso y orientación que se profundizaron en 2009 con la aparición de La nueva gramática de la lengua española y en 2010 con la de la Ortografía de la lengua española, obras ideadas en conjunto con la ASALE.

[1] Datos muy interesantes sobre este punto pueden observarse en el capítulo XII de Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, de Rufino José Cuervo (Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1955).

[2] De estas acepciones metafóricas se han nutrido siempre los idiomas, y no hay en ellas, en general, nada que merezca censura.

[3] Véase la «Presentación» de Víctor García de la Concha al citado Diccionario de americanismos (Madrid, Espasa-Calpe, 2010).

 

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Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi

Flavio Crescenzi nació en 1973 en la provincia de Córdoba, Argentina.

Es docente de Lengua y Literatura, y hace varios años que se dedica a la asesoría literaria, la corrección de textos y la redacción de contenidos.

Ha dictado seminarios de crítica literaria a nivel universitario y coordinado talleres de escritura creativa y escritura académica en diversos centros culturales de su país.

Cuenta con seis libros de poesía publicados, los dos últimos de ellos en prosa:
• «Por todo sol, la sed» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2000);
• «La gratuidad de la amenaza» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2001);
• «Íngrimo e insular» (Ediciones El Tranvía, Buenos Aires, 2005);
• «La ciudad con Laura» (Sediento Editores, México, 2012);
• «Elucubraciones de un "flâneur"» (Ediciones Camelot América, México, 2018).
• «Las horas que limando están el día: diario lírico de una pandemia» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Su primer ensayo, «Leer al surrealismo», fue publicado por Editorial Quadrata y la Biblioteca Nacional de la República Argentina en febrero de 2014.

Tiene hasta la fecha dos trabajos sobre gramática publicados:
• «Del nominativo al ablativo: una introducción a los casos gramaticales» (Editorial Académica Española, 2019).
• «Me queda la palabra: inquietudes de un asesor lingüístico» (Editorial Autores de Argentina, Buenos Aires, 2023).

Desde 2009 colabora en distintos medios con artículos de crítica cultural y literaria.

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