Las nueve musas
The Brutalist

The Brutalist: el cine como catedral de la Memoria

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En la obertura de The Brutalist (Brady Corbet, 2025), vemos una imagen espectacular de la Estatua de la Libertad invertida, y escuchamos las palabras de Goethe en la voz dulce de una superviviente del Holocausto que ansía reunirse con su marido, un arquitecto judío que ha conseguido escapar del exterminio nazi y llegar al país de las oportunidades.

Brady Corbet

Así comienza una película que con sus 3h35m de duración nos hace vivir una experiencia cinéfila a lo grande, con un intermedio para bocatas y palomitas que pretende retrotraernos en el tiempo hasta aquella infancia de los maravillosos cines de barrio.

El descanso se agradece, pero he de decir que la trama resulta tan absorbente que en ningún momento se hace larga.

En el simbólico y sugerente inicio se nos anticipan las grandes temáticas  que se van a desarrollar a lo largo del metraje: la libertad, tanto individual como colectiva, y la importancia del arte, la memoria y los lazos humanos como garantes de nuestra humanidad.

Estamos ante una película río, una obra poliédrica que aborda, de forma amena y enriquecedora, muchos temas interesantes poniendo en el centro al ser humano; lo que me parece muy de agradecer.

Enseguida sabemos que el protagonista es un talentoso arquitecto judío de origen húngaro que consigue escapar del exterminio nazi y llegar a EEUU. Con él viviremos la tragedia universal de los refugiados de guerra: la discriminación, la soledad, la herida de todo lo perdido, el recuerdo de las terribles experiencias sufridas… Una dramática odisea, que por desgracia, sigue de total actualidad.

Entrando en materia, podemos decir que la película es un demoledor análisis del tan manido sueño americano, desplegado ante nosotros a lo largo de un fresco histórico que comienza en la Isla de Ellis de Nueva York, en una época traumática para millones de seres humanos (la Segunda Guerra Mundial), y termina en los años ochenta, en la Bienal de Venecia.

En este emocionante y documentado paseo cinematográfico por la historia también hay un descarnado estudio de la lucha de clases y de las desigualdades extremas que provoca el Capitalismo, cuando se convierte en un sistema económico y social despiadado, sustentado en la búsqueda a toda costa de dinero y poder, elevándose como una descomunal bota de materialismo que nos aplasta y nos convierte en cosas desechables, cuerpos de usar y tirar que han perdido su valor humano.

Y, aunque se nos muestran muchas y valiosas pinceladas de las ramificaciones que nacen de estas importantes cuestiones, lo que realmente vertebra y preside toda la película es el poderoso tapiz de la naturaleza humana. En él vemos al ser humano en su diversidad, enfrentándose a sus circunstancias, sometido a distintas presiones: el drama, como hemos dicho antes, de los refugiados de guerra (en este caso los judíos que huían de los nazis); el de los migrantes luchando por sobrevivir cada cual a su manera; el de los desempleados que se convierten en pobres de solemnidad y malviven en albergues de caridad, rodeados, paradójicamente, de seres que amasan dinero y viven torturados por sus propios demonios. Un caleidoscopio de la compleja especie humana, con sus luces y sus sombras, con sus misterios impenetrables. Y entre esos misterios vemos brillar el enigma del arte, la llama que lleva dentro el protagonista (simbolizada en la arquitectura), que nunca se apaga y a la que se aferra por encima de todo con la esperanza de crear algo que perdure, algo bello y grandioso que salga de su interior y consiga alzarse sobre un presente de destrucción y muerte.

El filme sigue la estela de grandes clásicos que se han convertido en referentes. Así, sobre la dramática experiencia de los que se ven obligados a huir de su país, y la pesadilla en que tantas veces se convierte ese espejismo llamado sueño americano, puede emparentarse con América, América de Elia Kazan (1963), aunque esta esté ambientada en los últimos años del siglo XIX y el protagonista que emigra a EEUU sea un griego testigo de la opresión de los turcos sobre el pueblo armenio. Lo importante es la profunda y realista visión del conflicto y sus consecuencias humanitarias que los dos directores transmiten, y la manera empática en que nos hacen compartir las peripecias de los personajes.

En cuanto a la lucha del artista por abrirse camino y defender su obra con sangre y sudor por encima de la incomprensión de la sociedad y la esclavitud del dinero, estaría estrechamente vinculada con El Manantial (King Vidor,1949), con la salvedad de que en esta tenemos a un brillante arquitecto -Gary Cooper en el esplendor de su carrera- defensor a ultranza de una individualidad que llevada al extremo se convierte en egoísmo feroz, en la apología del individualismo social y político que defendía Ayn Rand, la autora del guion basado en su propia novela.

En cambio, The brutalist transmite un mensaje muy distinto. Aquí, el protagonista (un Adrien Brody superlativo, en la estela de su oscarizado personaje en la magnífica El pianista, de Roman Polanski) es un visionario de la arquitectura que nunca olvida su tragedia como superviviente del Holocausto, una tragedia que sabe colectiva y que le hace ser consciente de que su talento creativo se nutre, en parte, de sus propias experiencias, esas que vive y sufre en compañía de otros, y que en consecuencia, necesita a los demás para poder vivir pero también para desarrollar su creatividad. En este sentido la película deja clara su advertencia: somos seres sociales, nos necesitamos los unos a los otros y juntos debemos conformar una sociedad donde podamos desarrollar nuestros talentos en libertad. Un mensaje diametralmente opuesto al de Ayn Rand.

Holocausto

Por momentos épica, muchas veces intimista y casi siempre realista y sombría, en la película no hay concesiones al sentimentalismo, no parece que el director busque la emoción fácil en el espectador sino hacerlo reflexionar sobre la complejidad y la crudeza de las cuestiones que plantea.

Como parte de la magia del cine, las maravillosas elipsis se llenan de metáforas que hacen avanzar el tiempo por décadas muy bien resumidas. Vemos cómo las locomotoras cabalgan sobre las praderas al ritmo trepidante en que pasan los años y EEUU se va convirtiendo en un coloso económico, y a la vez seguimos escuchando cartas leídas en off que nos ayudan a entender los cambios que se producían en la vida de los personajes, cuyo progreso personal avanzaba mucho más lentamente que el de la Nación.

Imágenes espectaculares y metafóricas (la inicial de la Estatua de la libertad bocabajo, las de la obra titánica que el millonario americano encarga al protagonista, o las de la parte italiana en las canteras de mármol de Carrara, una parte que ilustra de forma magistral cómo la belleza puede convivir con la sordidez y la infamia) se unen con otras centradas en la intimidad de los personajes, en la expresividad de sus gestos, de sus miradas: la cara impasible del magnate (estupendo Guy Pearce), un hombre prepotente y cruel, pero también un ser atormentado y complejo; la de la mujer del protagonista (la versátil Felicity Jones que dota a su personaje de una poderosa sensibilidad), una lingüista culta y refinada, superviviente como su marido del horror nazi; la de su sobrina (Raffey Cassey), que encierra en su mutismo el horror de lo vivido; y especialmente los primeros planos del protagonista, un Adrián Brody que sabe expresar el dolor y la rabia, y también los atisbos de esperanza, de los que lo han perdido todo y tienen que volver a empezar lejos de su país de origen, de su hogar, cargando una mochila insoportable de recuerdos y traumas.

Tratar temas de esta envergadura y no caer en la simplificación o la superficialidad no es tarea fácil, y a mi parecer el director lo consigue a través de un magnifico guion, unas poderosas imágenes y unas grandes interpretaciones que nos ayudan a entender el devenir de la historia, desde la Segunda Mundial hasta nuestros días, interpelándonos sobre cuestiones de vital importancia que siguen sin resolverse.

Por último, y no menos importante, hay que mencionar la metáfora del título, que hace referencia al Brutalismo en la arquitectura: un estilo minimalista, sobrio y desnudo, que surgió en el Reino Unido en los años 50 y que pretende poner el foco en el interior silencioso de cada uno de sus edificios huyendo de cualquier atisbo de ostentación. Eso es lo que, de alguna manera, busca nuestro protagonista en medio de la época convulsa, cruel y ruidosa que le ha tocado vivir y que en muchos aspectos continúa a día de hoy.

La escena final en la Bienal de Venecia parece decirnos que cada obra de arte, cada creación artística, tiene el poder de custodiar la Memoria, de guardar en su corazón nuestra propia Historia. Y nos hace recordar, nos hace comprender que somos Memoria, y que sin ella no podríamos sobrevivir.

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Mª Engracia Sigüenza Pacheco

Mª Engracia Sigüenza Pacheco (Orihuela, 1963) es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación, en la especialidad de Psicología, por la Universidad de Murcia.

Trabajó en el campo de la psicología clínica, ha ejercido la docencia en institutos de la provincia de Alicante y actualmente se dedica a la orientación educativa.

Ha participado en diversas antologías, libros colectivos, exposiciones y montajes audiovisuales, y ha publicado artículos y poemas en revistas y periódicos.

Su poema “Utopías” resultó finalista con mención Honorífica en el I Premio Nacional de Poesía Villa de Madrid 2015, y su microrrelato “La joven” ganó el V Concurso de microrrelatos convocado por la editorial ACEN.

Ha publicado los poemarios El fuego del mar (Celesta, 2018) y Huellas en el paraíso (Ars Poética, 2019).

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