He decidido imprimirme un corazón en 3D. Quiero reemplazar el mío, roto de manera desconsiderada, casi infame diría, por una mujer que no tiene corazón. Ya me contacté con un grupo interdisciplinario de especialistas que adelantarán el procedimiento: cirujanos cardiovasculares, ingenieros de software, expertos en biotecnología, técnicos en impresión tridimensional… Lo bueno, eso garantizan, es que uno mismo lo puede programar para que no se agite demasiado al toparse con una ilusión. En otras palabras, el mecanismo pretende evitar que en adelante uno sea demasiado sensible, demasiado comprensivo, demasiado amable, demasiado… Sólo espero que mi cuerpo no sufra otro rechazo.
José Fernando Suárez Isaza
Autorreseña gramatical
Medellín, Colombia, año sesenta y tres. En la distancia, intento adjetivarme objetivamente. Tomo el diccionario: sólo soy un sustantivo común con ansias de calificar.
Me detengo largo tiempo en dos palabras: música y publicidad. Afición y profesión. Paso la página. Más adelante, aparecen diversas expresiones verbales en modo infinitivo, conjugadas de manera irregular y en cantidad variable de tiempo, modo y lugar: Vender, enseñar, transportar…
Escribir.
Me cayó ese “mal de letras” con el sol casi trepado en lo alto. Vinieron las lecturas, los deslumbramientos, los talleres, los aprendizajes. Fiebres muy altas, ideas que rondan, mal dormir. Efectos concomitantes. Algunas historias son ahora aviones de papel (Quitasol, Lexis, editorial U. P. B., Medellín en 100 palabras, Fundación Haceb, editorial Bola de Papel, Mundo de escritores…), valiosos aprendizajes con los que la fantasía se ha echado a volar. Otras, aguardan pista reducidas en hangares: un libro de cuentos, una colección de cien microrrelatos en cien palabras, una novela y un “Cajoncito de recuerdos”. He cometido versos, pero, ¿quién no ha pecado?
Salvo Las nueve musas, que me permite —algo que agradezco— la posibilidad de volar más lejos, es imposible por el momento destacar en mayúsculas un reconocimiento. Puro cuento sería. Mas, sigo aferrado a las letras, como si yo fuera su pronombre posesivo, como si de palabra nos hubiésemos comprometido a estar juntos por siempre en un futuro perfecto.








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