LA DIVINA COMEDIA
Cuenta Gibbon en su “Autobiografía” que, antes de leer un nuevo libro, recomendaba a sus estudiantes que, tras echar una mirada al índice, dieran un largo paseo meditando sobre lo que sugerían los títulos, así que siguiendo su consejo he ido a pasear por el río, un río que ya no es sino una alegoría, aunque son necesarios puentes, con dos amenos paseos a un lado y otro, peces que sin estar condenados a muerte suelen picar en los anzuelos de los pacientes pescadores, surcado a menudo por piraguas que surcan veloces sobre las sombras de las palmeras.
He recordado que las palabras: Infierno y Purgatorio, permanecen unidas a imágenes que me aterrorizaban de niño, la voz jesuítica de los ejercicios espirituales, aquellos tres días que, como Infierno, Purgatorio y Cielo, desembocaban en la luz. Después me he pasado a la lectura.
Dante mete en su casa la historia y convive con ella. Convivir es su hazaña más angustiosa. Se interesa por sus conciudadanos, toma partido y levanta juicio público a la historia del mundo conocido, se ve obligado a elegir entre Dios y el César, entre el Papado y el Imperio, lo que le supondrá una largo y definitivo exilio.
Es costumbre en España, supongo que también ocurre en otros muchos países que, el nuevo régimen político cambie los nombres de calles y plazas, cabe deducir que cada ayuntamiento tiene su pequeño infierno donde condena al olvido a los que antes fueron señas de identidad de sus habitantes. No ocurre así en Dante, quien a comienzos del siglo catorce, dejó fijados para la posteridad nombres, hechos, castigos y también premios, tras su recorrido por ese extraño paisaje que hay más allá, al otro lado del tiempo que vivimos.
Dante es sujeto de sus experiencias, ¿cuál es su biografía espiritual? Sabemos que siendo niño sucede el encuentro con la mujer, cuya presencia, viva o muerta, habría de acompañarlo para siempre. Importa poco si este hecho fue real o producto de su fantasía, la descubre a la edad de nueve años: gracia del amor, entendido éste como un proceso que remueve su existencia y la eleva al bien, más adelante en “LA VIDA NUEVA”, pieza fundamental de la poesía, reflexiona sobre ese acontecimiento. El amor le produce tal zozobra que “no sabe por qué sendero emprender un viaje y quiere andar y no sabe adónde dirigirse.” Puede que aquí comience el viaje de su “Comedia”.

Beatriz Portinari, la dama florentina, también la dama Nueve, llega a ser tan popular en esa ciudad, nunca nombrada, que todos corren o se asoman a su paso, para poder contemplarla y, como un anticipo del estado glorioso en que después vamos a conocerla, comentan: “esta no es mujer, es uno de los hermosísimos ángeles del cielo”. Dante escribe ahora su mejor soneto, cuyo primer verso: “Tanto gentile e tanto onesta pare”, seguro que reconocéis. No me resisto a leerlo de nuevo, traducción de Carlos López Narváez:
Tanto es gentil el porte de mi amada
tanto digna de amor cuando saluda,
que toda lengua permanece muda
y a todos avasalla su mirada.
Rauda se aleja oyéndose ensalzada
humildad que la viste y que la escucha,
y es a la tierra cual celeste ayuda
en humano prodigio transformada.
Tanto embeleso el contemplarla inspira,
que al corazón embriaga de ternura:
Lo siente y lo comprende quien la mira.
Y en sus labios cual signo de ventura
vagar parece un rizo de dulzura
que el alma va diciéndole: ¡Suspira!
La escritura modifica su vida, se convierte en búsqueda, y la búsqueda en encuentro, lugar de visiones, este podría ser el proceso, nos dice: “escrito este soneto, tuve una admirable visión en la cual vi tales cosas que me determinaron a no decir nada más de esta bienaventurada hasta tanto que no pudiese yo hablar más dignamente de ella”.
Y se prepara estudiando filosofía, componiendo “EL CONVITE”, “LA MONARQUÍA” y “DE VULGARI ELOQUENTIA”, hasta llegar a “LA DIVINA COMEDIA”.
Pero, volvamos al corazón, este amor, sombra del divino, encarnado en una mujer que representa la poesía y la fe, no puede ser descubierto, de ahí la simulación.
¿Es simulacro la escritura? Sin duda. Se oculta, porque lo que se dice, no debe caer en manos de ignorantes, y porque la espiritualidad, sólo puede ser alcanzada indirectamente. De ahí la importancia de la alegoría.
A veces, las cosas son tan significativas como las palabras. Ocurre que, vagamos por calles que desembocan en plazas, y que estas plazas muestran claramente el significado de la ciudad. Basta pensar en el desplazamiento del centro urbano ocurrido en cualquier ciudad, Si pensamos en la ciudad de los años setenta podríamos titularlo: de lo sagrado a lo profano. Y es que una catedral, un cuadro pueden ser leídos, pensamos en un retablo, cada imagen por su posición constituye una frase, hay toda una historia no escrita.
Existe una carta dirigida al Cangrande de la Scala de Verona, donde Dante comenta la “Divina Comedia”, dice así:
“El asunto de toda la obra, en sentido literal, es simplemente el estado de las almas después de la muerte, pues todo el desarrollo de la obra será alrededor de este tema. Pero, si consideramos la obra en su aspecto alegórico, el tema es el hombre sometido, por los méritos y deméritos de su libre albedrío, a la justicia del premio y el castigo”.
Construir una alegoría significa que existe tanto la realidad como lo ilusorio, es el paso previo a la espiritualidad. El mundo deja de ser mudo y habla como si fuese joven, como si aún no se hubiese disgregado en fragmentos que han olvidado el origen.
Si sumamos su condición de exiliado, completaremos el perfil de Dante. Pienso que quien ha sido arrojado de su tierra, siente la tierra, y, como no la pisa, aunque la recorra una y mil veces, en su interior, esa tierra, su tierra, se transforma, deja de ser un pequeño espacio acotado, para convertirse en otra realidad, única realidad de su vida, lo que produce ese desgarro y esa lucidez donde se hacen presentes los recuerdos, la memoria de las gentes conocidas, memoria moral, pues por su condición, el desterrado no puede dejar de juzgar.
Al mismo tiempo, esa privación convierte al exiliado en ciudadano del mundo. En “De vulgari eloquentia” llega a esta conclusión: “la patria es el mundo, como lo es para los peces el agua”.
Desde la distancia, las cosas y las gentes cobran otro significado, aparecen caminos que, ahora, ve con claridad, también con rencor y odio, porque el exiliado no ha elegido esa atalaya que clarifica. Y como nada es suyo, las cosas empiezan a parecerle ilusorias, de ahí que no sólo proceda a levantar su alegoría particular, sino que necesita para seguir viviendo, convertir en alegoría todo lo que le rodea, pues quizá sea la única manera de poseerlo.
Como “Alicia en el país de las maravillas” sabe que atravesar la frontera va a ser peligroso, tiene miedo. Cierto que en este tiempo lo natural y lo sobrenatural aparecen unidos por un vínculo indisoluble, y que el milagro no es nada extraordinario, sino la manera de recomponer esta unidad. Dante une dos realidades: la ambigüedad de vivir y la de aquellos que han recibido el ser de la muerte.
De nuevo esta obra es un viaje y, como todo viaje, comporta riesgos. El poeta peregrino se interna en lo desconocido de la mano de su maestro. DEJAD AQUÍ TODA ESPERANZA, y entramos en las cosas secretas, entramos en lo eterno. Eternidad a la medida de un hombre políticamente incorrecto, cuya personalidad va a matizar todo lo que toca. De ahí esa atmósfera de visión y profecía en que sucede la obra.
Expondré muy sucintamente su trayectoria:
No recogeré aquí “los suspiros, llantos y profundos ayes que resuenan en ese aire sin estrellas”, primero los indiferentes, que nunca vivieron la verdad, y como consecuencia han sido ninguneados, creo que sublima así el destierro, el temor a ser olvidado, la necesidad, ya renacentista, de exponer lo que se siente y lo que se piensa. “Novela del no yo” ha sido llamada.
Dante somatiza la perversión que contempla de tal modo que a menudo cae rendido por el sueño, a través de sus ojos vemos las imágenes de una horrible pesadilla. Con cuanto dolor se compadece de Paolo y Francesca, qué delicadeza la de Francesca para aludir eludiendo: “Aquel día ya no seguimos leyendo”.
Si aceptamos que la poesía es un método de conocimiento, el poeta, proyecta su palabra con el fin de llegar a más. Del Infierno destacaría que caminan, antes que, por lugares determinados, por el mismo abismo. Ese estar siempre al borde, con peligro, porque les mueve la necesidad y no el placer. Hay un momento en que dice a Virgilio: “¡Oh sol, que despejas toda vista turbada! De tal modo me satisfaces cuando resuelves mis dudas, que no menos que saber, me agrada dudar”
Los condenados quieren hablar con el que vive, que actuará como correo, quieren que de ellos se tenga memoria. Recuérdese la vida de la fama de Manrique, aquí quizá con una finalidad didáctica, porque son el mar, así un ladrón de ornamentos sagrados, después de vaticinarle desastres para Florencia, afirma: “Te lo digo para causarte dolor”.
He aquí el sarcasmo con que trata a su ciudad: “¡Llénate de gozo, Florencia, puesto que eres tan grande que tu fama vuela por la tierra y el mar, y tu nombre se extiende por el infierno!”
Quizá una de las escenas más terribles sucede entre el conde Ugolino y el arzobispo Ruggieri, la tragedia del conde al ver morir a sus hijos de hambre, su misma hambre le hace devorar los cadáveres de sus hijos. El cuadro es surrealista:
”vi a dos que estaban helados en una misma fosa, puestos de modo que la cabeza del uno parecía el sombrero del otro, y, al modo que el pan se come por hambre, así el de arriba le clavó los dientes al otro allí donde el cerebro se une por la nuca”.
El Purgatorio es una áspera montaña, pero la luz es otra, de tal modo que dice: “Resurja aquí la muerta poesía”. De los conocidos encuentra allí al músico Casella que canta “Amor que me habla desde el pensamiento”, obra del mismo Dante. La eternidad no es olvido.
Terrible es la visión de Italia: “¡Ah Italia esclava, casa del dolor, nave sin piloto en gran tempestad, no señora de provincias, sino puta!”

El Purgatorio es tierra de poetas, aquí, Estacio, descubre a su admirado Virgilio, hay un momento en que parece estamos en “El viaje al Parnaso”, cuando encuentra a Guido Guinizelli, su maestro, y a Arnaldo Daniel.
En la cumbre de la montaña se encuentra el Paraíso terrenal y allí dos ríos el Leteo y el Eunoe, el uno quita la memoria del pecado, el otro, devuelve la de toda buena acción. Aquí Beatriz sustituye a Virgilio, pasamos a la Gloria.
Comienza la liberación de la mente, aún pregunta, aunque pronto, va a situarse en la inefabilidad, la palabra es ya insuficiente. Dante no abandona su interés por el presente-futuro, tanto personal como político. Se sirve de la profecía, aquí habla su padre:
“Tú dejarás las cosas más dilectamente amadas, que es el primer dolor que produce la primera saeta del arco del exilio. Tú probarás como sabe el pan ajeno y qué duro es bajar y subir las escaleras de los otros. Y lo que más te pesará sobre las espaldas será la compañía malvada y necia con la cual caerás en este valle”.
En el cielo existen esferas, llamas, rayos luminosos, luces que se acercan a gran velocidad. Preside lo incorpóreo, todos son espíritus ya purificados, metafóricamente pueden ser entendidos como comunicación sin obstáculos y amor perfecto.
Beatriz, alter ego, ataca despiadadamente la corrupción de la iglesia, canto 29, la predicación de patrañas, el comercio de indulgencias y las falsas promesas de los predicadores.
Finalmente, Beatriz, es sustituida por San Bernardo. Así hemos pasado de la razón, Virgilio, a la teología, Beatriz y, por fin, la Gracia. El lenguaje es ya del todo insuficiente:
“De aquí en adelante, lo que vi fue más de lo que puede indicar nuestra habla, que es impotente para expresar tal visión, y la memoria es incapaz de abarcar tanto exceso de grandeza”.
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