Como sabemos, la retórica clásica distingue varias fases en el proceso de elaboración de un discurso (inventio, dispositio, elocutio, memoria y actio), a cuya combinación debe someterse el mensaje oral —y, a la postre, el escrito— para su correcta consecución.[1] Sin embargo, antes de comenzar a elaborar el discurso en cuestión, es decir, antes de someterlo al proceso mencionado, el orador tiene que analizar el tema que desea abordar desde aristas más profundas y complejas. Esto supone, claro, una preparación previa, la misma que le ayudará a conocer todas las particularidades y matices que encierra el asunto elegido.
En retórica, como es lógico, resulta esencial estar al tanto de las posibilidades de desarrollo del tema del discurso, sobre todo si se pretende encauzar competentemente sus distintas fases de elaboración. Dicho de otra forma, el tema es siempre anterior al proceso de construcción que terminará fijando el discurso en una alocución o en un texto.
El tema del discurso o materia artis es un concepto que, por su amplitud, puede estudiarse desde distintos ángulos. En primer lugar, puede examinarse desde un punto de vista externo, atendiendo a su destinatario y a las circunstancias derivadas del propio hecho comunicativo: es aquí donde la conocida clasificación aristotélica de los géneros retóricos (judicial, deliberativo y demostrativo) encuentra su merecido lugar en tanto ejemplo. Asimismo, el tema puede ser encarado desde una perspectiva inmanente.
Con respecto a esto, el predominio que históricamente han tenido lo judicial y político como campo de actuación de la retórica nos permite aseverar que, en incontables ocasiones, el núcleo del discurso cristaliza en un duelo entre dos partes opuestas, tanto en su enfoque como en su tratamiento. El tema o asunto, por lo tanto, se convertiría en una polémica o quaestio.[2]
Para no extendernos demasiado, en este artículo solo analizaremos el tema del discurso desde la perspectiva de los géneros retóricos, dejando las quaestiones para un futuro trabajo.
Los géneros retóricos
En sentido estricto, los géneros retóricos antiguos (judicial, deliberativo y demostrativo) son tipos de discursos delimitados en buena medida por su destinatario; de este hecho concreto derivan los demás elementos que los caracterizan. Esta difundidísima clasificación ha provocado que, en la práctica, los géneros retóricos se hayan convertido en sinónimos de tipos o clases de discurso, y así los consideraremos en lo sucesivo.
- Género judicial (genus iudiciale). El género judicial está representado fundamentalmente por los discursos pronunciados ante un juez; el objetivo del orador es acusar o defender, en torno a la alternativa justicia/injusticia; el asunto que origina la causa pertenece al pasado. Se trata, pues, de enjuiciar lo justo o injusto de una determinada acción con respecto a la ley, lo que implica que tales discursos puedan orientarse en dos direcciones, en ningún modo excluyentes: por un lado, hacia la comprobación del hecho; por el otro, hacia la interpretación de la ley en lo atingente a su aplicación a dicha acción. Ambas direcciones fueron sistematizadas por la retórica, que supo diferenciar entre genus rationale (o valorativo) y genus legale.[3]
- Género deliberativo o forense (genus deliberativum). Se manifiesta esencialmente en los discursos pronunciados en una asamblea o foro. El orador pretende aconsejar o disuadir, apoyado en la antinomia útil/perjudicial. El núcleo de la causa es un hecho que se confirmará en el futuro.
- Género demostrativo o epidíctico (genus demonstrativum). Se concreta normalmente en los discursos sobre una persona o cosa a la que se trata de ensalzar o denigrar ante un público específico. Frente a los anteriores, el género demostrativo presenta la particularidad de que no es necesario tomar una decisión sobre el tema del discurso, lo que le confiere un carácter menos práctico y dialéctico: no se centra ya en la discusión sobre un pleito judicial o un asunto político; por el contrario, cobra más protagonismo el propio discurso como objeto de valor artístico. Se advierte aquí el vínculo entre retórica y literatura, vínculo que se extendió a los otros dos géneros cuando las condiciones políticas los redujeron a meros ejercicios escolares cuya finalidad era apenas la exhibición de una técnica y no tanto su utilidad práctica.
Durante la Edad Media, a los géneros clásicos se les sumarán las artes: ars praedicandi, ars dictandi y ars poetriae.[4] La principal novedad de estas incorporaciones reside en que, a excepción del primer caso, estas nuevas modalidades no son orales, sino que implican la escritura.[5] En relación con esto, podemos asegurar que el ars poetriae señala la entrada explícita de la literatura en el terreno de la reflexión retórica.
- Ars praedicandi. Es la técnica de elaborar sermones. Los tratados sobre esta disciplina están compuestos por consejos prácticos dirigidos al orador cristiano, que, como buen adoctrinador, debe idear sermones elocuentes y atractivos para los fieles.
- Ars dictandi (o ars dictaminis). Es el arte de escribir cartas. Esta modalidad está compuesta por repertorios de fórmulas fijas que, dependiendo de la materia tratada y del destinatario, permiten establecer mecánicamente los escritos.
- Ars poetriae. Las ars poetriae son tratados teóricos que conjugan preceptos gramaticales, métricos y retóricos, cuya aplicación permitirá al lector atento convertirse en un buen poeta. Retórica, gramática y poética confluyen de manera explícita en esta modalidad.
Como salta a la vista, las ars poetriae pueden resultarnos todavía dignas de estudio, no solo por su carácter fundacional en lo concerniente a las preceptivas poéticas, literarias y estilísticas, sino también por haber marcado el camino hacia la adquisición de un buen decir, adquisición que, sin duda, trascenderá los límites de cualquier tipo de texto en el que el discurso (o, mejor dicho, su tema), finalmente, se concrete.
[1] El mensaje escrito, naturalmente, se rige por el mismo proceso enumerado entre paréntesis, aunque, por obvias razones, puede prescindir de las dos últimas fases. Véase mis artículos «Breves consideraciones acerca del proceso de escritura» e «Inventar, disponer, expresar: tres momentos fundamentales en el proceso de escritura».
[2] La retórica, fiel a su actitud totalizadora en el análisis de los discursos, sistematiza y clasifica estas quaestiones, atendiendo criterios tales como su nivel de complejidad, su nivel de concreción y el elemento nuclear de la discusión (o status).
[3] Resulta evidente que dichos subtipos actúan conjuntamente en la práctica de un proceso judicial. Defensa y acusación pueden, en un momento dado, orientar el proceso hacia una u otra vía de desarrollo, según sus intereses.
[4] Véase Antonio Azaustre y Juan Casas. Manual de retórica española, Ariel, Barcelona, 2015.
[5] Véase nota 1.
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