Las nueve musas
Réquiem
Promocionamos tu libro

Apenas derribamos la pesada puerta de entrada nos encontramos con el más macabro escenario que jamás ninguno de los que acudimos al llamado de emergencia anónimo había imaginado ver alguna vez, y a pesar de que estábamos acostumbrados a ese tipo de acto de salvajismo desmesurado, aquello había pasado todo límite. El olor nauseabundo nos penetró las fosas nasales sin prevenirnos; algunos, incluso, no pudieron evitar reciclar el almuerzo sobre la alfombra, cubriendo su rostro  y dejando caer las linternas al piso. Los que tuvimos la fortaleza de soportar el insalubre hedor pudimos llegar hasta el otro extremo de la gran sala esquivando brazos  y piernas.

Ahí estaba él, y aunque su deteriorado estado físico no nos permitió estimar una edad precisa, era evidente que se trataba de un adolescente de no más de dieciséis años. Sin percatarse de nuestros gritos de advertencia,  no dejó de tocar el piano de cola en el que estaba sentado, cubierto de sangre, evidentemente ajena, y rodeado de un festín de cuerpos desmembrados a su alrededor. Creo que nadie en ese momento tuvo la claridad mental de procesar lo que estaba pasando. Ningún curso previo,  ni veteranas anécdotas oídas al pasar en los pasillos, o incluso reportes antiguos, nos habían preparado para eso que teníamos enfrente. El chico paseaba sus dedos sobre  las teclas del piano de una manera tan serena, enérgica a la vez, y con tal precisión, que tranquilamente podría ser que estuviéramos frente a un eximio compositor de siglos pasados.

Mientras restaba metros a la distancia que me separaban del joven, les hice señas a los demás para que no hicieran ningún movimiento que pudiera alertarlo. Al momento que dejó una mano libre para pasar la hoja de la partitura que tenía enfrente, tomé impulso y me abalancé sobre él. Al contrario de lo que imaginé que sería una lucha por librarse de mis brazos al rodearle cuello, se quedó inmóvil y sin expresar resistencia alguna. Le puse  las esposas y una mujer del cuerpo le colocó una manta sobre su torso desnudo y lo llevó hacia afuera para el inminente traslado a la dependencia. Los de Científica ya esperaban con todo el equipamiento necesario para barrer todo el sitio; se enfrentaban a una noche larga.

Cuando por fin pude librarme del papeleo, de la prensa, y de dar explicaciones a mis superiores, me dirigí a la sala contigua a la de los interrogatorios. Me costaba juntar valor para entrar ahí después de todo lo que había  experimentado en la casona. Verlo a través del ventanal,  desentendido,  observando todo a su alrededor como si nada hubiera pasado me helaba la sangre. Apenas ingresé, me observó con la mirada perdida, apoyé el café (el tercero desde que había llegado a la dependencia), y me senté frente a él. Aún seguía esposado. A lo largo de mi carrera había visto una cantidad descomunal de rostros de asesinos, violadores, y demás calañas, pero este chico, este chico no encajaba en ningún patrón de aquellos semblantes.

—¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? —dijo estirando sus manos buscando refugio en las mías.

—Eso mismo quiero saber. No soy un hombre de mucha paciencia. Así que…

Se llevó ambas manos a las sienes, y bajando la mirada  comenzó a hablar. A todos los que estaban detrás del vidrio tomando notas, grabando la entrevista, analizando cada movimiento, cada frase, les sorprendió, tanto como a mí, su manera de hablar, cómo usaba las palabras, y hasta el lenguaje (para nada común en un chico de su edad) que utilizaba; por mi parte no dejaba de sorprenderme su semblante aniñado, sereno, pacífico… ¡Si hasta podría afirmar que estaba frente a un puto monaguillo! De esos que cada domingo se coloca al lado de un sacerdote, escucha la misa, y hasta colabora casi de manera mecánica y sincera, prefiriendo ser partícipe de aquel santo acto rutinario antes que estar en una esquina hablando con sus amigos o simplemente pateando una pelota de futbol  como los ídolos, que evidentemente no tenía.

A las tres de la madrugada, comenzó a decir, el reloj de péndulo de la sala de estar hizo vibrar los vidrios de la cristalera con sendas campanadas; como cada noche desde que nos instalamos en la casona, el sueño se veía interrumpido violentamente por el aturdimiento del sorpresivo evento. El sobresalto al que no podíamos acostumbrarnos todavía, se compensaba con una equilibrada paz producto de los dulces acordes en Re Menor del Réquiem de Mozart que la corneta de la vitrola hacía sonar apenas terminado el tercer estruendo metálico; eso menos terrorífico que los penosos gritos que cada tanto se oían desde varios lugares de la antigua construcción.

—¿Gritos? ¿Qué clase de gritos? ¿Alguno de tus hermanos sufría pesadillas? —consulté mirando de reojo al cristal espejado dando a entender mi sorpresa ante el tes timonio.

Él negó con la cabeza. Los gritos, prosiguió, venían de todas partes; del sótano, del altillo, y de muchas otras dependencias de la casona. Al principio nos desvelábamos y no podíamos seguir descansando, mi padre había llamado al 911 en muchas oportunidades. Nos metíamos en su habitación junto a mi madre, mientras él recorría cada sitio con su arma, buscando quién sabe qué. A medida que pasó el tiempo nos fuimos acostumbrando a aquel peculiar acto hasta que luego le restamos importancia. Mi madre contactó al sacerdote de la iglesia a la que íbamos cada domingo, porque creía que solo Dios iba a dar nos las respuestas.

¿El Réquiem? Me quedé pensando, y según pude averiguar por culpa de ese impulso curioso de querer saberlo todo, es una misa; un acto litúrgico religioso interpretado con la finalidad de velar por la salvación de almas y darles un apacible descanso. Proviene del latín Réquiem (Descanso) y fue reformada por el Papa Pio V a pedido del Concilio de Trento en el año 1570. El más famoso Réquiem no deja de ser el compuesto por Wolfgang Amadeus Mozart, pocos meses antes de morir, y que no pudo concluir en su totalidad; tarea que quedó, por pedido de la viuda, en manos de su discípulo Franz Xaver Süssma yr, y no en las de Antonio Salieri, como erróneamente se dio a entender en muchas oportunidades. Los diarios ubicados en la biblioteca del sótano de la casona, el testimonio del joven, y otros documentos históricos avalaron  esa afirmación.

Pero no quiero pecar de desprolijo al momento de relatar lo acontecido en la casona emplazada en la parte alta del área metropolitana de Viena porque, a decir verdad, es tanta la información que manejé desde la noche en cuestión, que hasta a mí me costó ordenarlos para exponerlos como pruebas de lo que realmente había sucedido en aquella histórica casona. Una vez reunido todo el material de investigación, tuve que improvisar ese rompecabezas casi imposible de armar. Los hechos se contradecían con las pericias psiquiátricas realizadas por el equipo de la departamental, y necesité varios días para lograr entender, al menos una parte, de un trasfondo que más adelante pude comprobar que nunca llegué a conocer.

Anna María Walburga, madre del joven, de cuarenta y  cinco años de edad, que tenía un cargo en el American International School de Viena como profesora de la materia de Arte Precolombino, asesinada;  su esposo,  Alexander Steiner, de cincuenta y tres años de edad, y que se desempeñaba como director de la más tradicional Filarmónica de Viena, asesinado; Lukas, Florian y Jason Steiner, de entre catorce y veintiún años, hijos de la familia, asesinados; y Sophie Lidner, ama de llaves de la familia de sesenta años, asesinada.

Se habían mudado desde Krems a Viena cuando Alexander tomó el cargo en la Filarmónica, y su esposa Anna María no tardó en conseguir el empleo en la escuela donde pronto logró mejorar la calidad educativa de cada  uno de los alumnos que la adoraban.

La prensa ya barajaba descabelladas hipótesis, publicando en periódicos y  en sus canales virtuales todo tipo de locuras asociadas a “La Masacre de Viena”. La familia Steiner era muy apreciada, respetada en los círculos más exclusivos del ámbito artístico y educativo de toda Austria. Y las presiones para que el desastre quedara concluido de la manera más diplomática posible, tardaron quince minutos en llegar. Apenas el niño había entrado en el vehículo que lo trasladó hasta el mismo lugar donde se encontraba ahora, mi  teléfono tenía tres llamadas perdidas: la del jefe policial, la del alcalde, y una tercera, la que realmente me mostró la magnitud de lo que estábamos enfrentando, realizada desde la oficina del gobernador. En ese momento todos los de mi equipo de investigación supimos que corríamos contra el reloj para llegar al fondo de todo, y que no teníamos margen de error. Había mucho en juego, nuestras carreras, la imagen del departamento y hasta el oficio de la gobernación; el caso no solo había tomado notoriedad nacional, sino que ya estaban llegando al país medios internacionales para cubrir el acontecimiento.

Cuando pude volver a concentrarme, el joven seguía hablando de los “gritos” que asaltaban la tranquilidad de esas noches. En un momento, dijo antes de interrumpir su testimonio para beber un sorbo de agua, fuimos conscientes que deberíamos vivir con “eso”. La misma tarde de la visita del Padre Leopold, volvimos de la escuela con mis hermanos y encontramos a mi padre repasando una sonata frente al espejo de la sala moviendo fervientemente la batuta al momento del Tempo Vivo de la Sonata para piano op. 81 de Beethoven.  La señora Lidner nos esperaba sonriente con la merienda en el comedor principal. Casi al terminar, mi padre ingresó para preguntarnos por nuestra jornada. Al expresar curiosidad por el paradero de nuestra madre, nos dijo que no nos preocupáramos pero que desde hacía unas horas estaba ingresada en la Clínica Semmelweis por una herida accidental  con un “objeto cortante”. No nos permitió ir a visitarla porque, según él, era una pérdida de tiempo ante la poca importancia de la herida. No quería que una preocupación causada por algo tan poco trascendente interfiriera en nuestros estudios.

Sentí unos suaves golpes en la puerta antes de que uno de mis ayudantes ingresara para darme una carpeta. El reporte médico de la Semmelweis indicaba que, en efecto, Anna María Walburga había sido ingresada esa misma tarde por Alexander Steiner, pero por algo más que un simple accidente doméstico. Según la propia Anna María, había sentido que se desvanecía y que su mano había dado con una cuchilla cuando cayó al piso. Al despertar ya se encontraba en observación, con la muñeca vendada y hablando con el encargado del Departamento de Psiquiatría del nosocomio. Terminé de leer el documento y dejé la carpeta sobre la mesa. Nada tenía sentido. A medida que creía que estaba llegando a dilucidar la situación como para que la investigación tomara un rumbo concreto, siempre aparecía algo que me hacía retroceder los pocos pasos que estaba dando. El tiempo nos jugaba en contra, y sabía que los minutos ya no estaban a nuestro favor. Por eso mismo, a medida que el joven avanzaba  en su relato, del otro lado del vidrio y en cada escritorio de la dependencia, había un ejército de seres robotizados que buscaban documentos para aportar a la causa.

—¿Qué estabas tocando en el piano cuando llegamos a tu casa?

—¿El piano? ¿De qué habla, señor? Yo solo practico violín. ¿Estaba sentado al piano?

En ese momento, y sacándome del estupor que esas preguntas, presuntamente sinceras, me dejaron sin palabras, los tímidos golpes en la puerta volvieron a escucharse dentro de la hermeticidad de la sala de interrogatorios. Otro de los asistentes me alcanzó una partitura manchada con sangre dentro de una bolsa de evidencias;  el joven, al verla, no mostró la mirada de impresión que yo mismo habré expresado en ese momento. La dejé sobre la mesa frente él. La observó unos instantes, y algo en su mirada me dijo que conocía de qué se trataba. Era evidente que conocía la historia del Réquiem, por cómo se iluminaban sus ojos con cada cosa que decía respecto a una de las obras más significativas de Mozart, y por lo que eso significó en la familia.

El joven pidió permiso para levantarse. Llevábamos varias horas en el proceso y cualquier ser humano, incluyendo a un acusado de un homicidio múltiple, con una inminente condena a muerte, tanto por la opinión pública, como por las leyes que juzgaban sus actos, sentiría la necesidad de estirar las piernas. Un guardia entró, cambió la disposición de las esposas, y el joven se paró para dar pequeños pasos frente a mí. Luego de unos minutos donde realmente se notó la satisfacción de sentir sus músculos en movimiento, tomó la partitura, pensativo, y empezó a hablar dándome la espalda.

Mi padre estaba muy emocionado, nunca lo había visto  así. Luego de varias negociaciones que demandaron meses, y de obtener los permisos con fines de investigación, había logrado obtener la partitura original del Réquiem de Mozart y llevarlas a la casa. La que supuestamente una  noche tormentosa le había encargado el misterioso hombre vestido de negro, que había llegado hasta su casa, la misma en la que estamos viviendo ahora, en un carruaje negro tirado por dos corceles negros. Más tarde se supo que ese misterioso hombre de negro era un emisario del Conde Franz Von Walsegg, y que él, Mozart, en sus últimos destellos de cordura comenzó a componer como si se tratara de un encargo más de los que solía pedirle el conde para vanagloriarse frente a su corte ejecutándola como propia.  Mozart, en sus últimos días ya preso de un delirio incontrolable a causa de su grave enfermedad llegó a creer que ese emisario no era más que la mismísima muerte que venía a buscarlo; sin saberlo jamás, el gran artista había dado los primeros soplos de magnificencia transcribiendo gran parte de ese Réquiem sin saber que sería el suyo propio.

No pudimos hacer más. Las escasas pruebas con las que contábamos a su favor no libraron al único y principal sospechoso de la “Masacre en la Casa de Mozart”. Si bien todas las acusaciones, justificadas por la infinita cantidad de pruebas y documentos en su contra, declaraban a nuestro detenido como culpable indiscutible, una leve certeza dentro de mí me decía que se nos escapaba algo. La hora de la ejecución ya había sido dictaminada por el juez, los medios se hicieron eco de la noticia y el mundo entero estaba al tanto de que a las tres de la mañana la vida del joven se apagaría para siempre.

Salí de la dependencia a media noche, luego de tratar de asimilar los hechos, revisando una tras otra las pruebas, viendo los videos, escuchando los audios, pero nada apuntaba a otra dirección. Regresaba a mi departamento luego de tantas horas sin dormir para intentar descansar   un poco, cuando un raro impulso me hizo cambiar de dirección y me llevó otra vez hacia la casona. Estacioné el coche, tomé la partitura e ingresé mostrando mis credenciales a los efectivos apostados en la puerta. Recorrí la sala con la mirada mientras me acercaba a la zona del piano. Los de limpieza se esmeraron lo suficiente para intentar borrar todo rastro de sangre de la escena. La casa se veía bella, se respiraba historia, la impronta de siglos pasados invadieron cada partícula de mi ser, y hasta me sentí afortunado de estar pisando el mismo suelo que siglos atrás había transitado el más increíble de los compositores de toda la historia.

Observé mi reloj pulsera y maldije por lo bajo. Faltaban apenas unos minutos para que la corta vida de ese joven se extinguiera con un último suspiro. A las tres de la mañana el reloj de péndulo hizo vibrar los vidrios de la cristalera de la sala con cada sonido metálico. Me senté frente al piano, saqué la partitura aún manchada con sangre fresca, la coloqué en el atril y, sin saber cómo, empecé a tocar las notas que flotaban en el pentagrama del Réquiem. Varias linternas me alumbraron el rostro, y a medida que los gritos de advertencia se hicieron eco en mis oídos, más aumentaba la intensidad del sonido cada vez que mis dedos golpeaban cada tecla con fuerza. Observé uno a uno a los efectivos que me rodearon, saqué mi pistola reglamentaria, y todo se oscureció al primer fogonazo.

Juan Ignacio Soimu

Juan Ignacio Soimu. Escritor argentino del género thriller-terror, miembro de la Sade (Sociedad Argentina de Escritores), filial Campana. Nació en la ciudad de Campana (Buenos Aires-Argentina), el 8 de octubre de 1981. Hizo radio, durante algunas temporadas, en el programa “Noche de letras”. También escribió guiones de cine; uno de ellos, llamado “Contra todos”, fue filmado por un director independiente de Zárate. Y tuvo una banda de punk rock melódico, “The Mhaplex”, en la que componía, cantaba y tocaba la guitarra. Actualmente, trabaja en la corrección de una novela de suspenso y en la escritura de un nuevo thriller psicológico histórico.

Libros publicados por el autor:

Ellos o nosotros, 2006.

De muerte, intriga y suspenso, 2009. Compilado de relatos que abarca el género terror-suspenso.

El escritor de la tragedia, 2016. Thriller psicológico.

Orígenes, 2016. Thriller fantástico.

-Reedición de El escritor de la tragedia y Orígenes, 2024.

Blestemat, junio 2024. Compilado de catorce relatos (género terror-suspenso).

Última actualización de los productos de Amazon el 2026-07-18 / Los precios y la disponibilidad pueden ser distintos a los publicados.

Stella Maris Roque

Stella Maris Roque

Stella Maris Roque es Argentina y vive en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Es Técnica Universitaria en Periodismo y Correctora de Textos.

A través de Librería Libros de Papel trabaja con autores independientes en la difusión de la trayectoria literaria y realiza gestiones con editoriales, acompaña al autor en todo el proceso desde la corrección hasta que el libro sale de la imprenta.

También a través del armado de páginas de Fb, You Tube, búsqueda de medios para entrevistas radiales o en tv on line, Stella busca la difusión de cada escritor o escritora a través de la librería.

En 2012 comenzó vendiendo libros usados y luego en 2019 incorporó libros nuevos. Librería Libros de Papel es una librería que se hace presencial cuando lleva todos los libros a ferias de libros o de emprendedoras. Empezó con uno o dos libros, al día de hoy reúne más de 1000 títulos, entre los que hay cuentos, novelas, autoayuda, poesía, infantil, ensayos, etc.

Los libros se venden a través de Mercado Libre, en listas de difusión, por Facebook e Instagram. También en las ferias a las que acude todos los meses.

Los dos pilares de Stella Roque son el periodismo y la literatura. Luego, viene la corrección de textos y su librería Libros de Papel. Estas cuatro áreas integran un trabajo que Stella Roque realiza en pos de hacer que tanto libros como escritores encuentren soluciones o alternativas para darse a conocer y poder comercializar sus libros en diferentes puntos de la ciudad, del país y dentro de plataformas virtuales de venta.

También escribe desde los nueve años, durante sus ratos libres. Ha publicado en medios digitales, revistas impresas y libros, bajo seudónimo.

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