Las nueve musas
Circuncisión de Jesús, Friedrich Herlin, 1466.
Circuncisión de Jesús, Friedrich Herlin, 1466.

Reliquias embarazosas

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Es posible que forme parte del comportamiento atávico del ser humano el afán de conservar objetos minerales, vegetales o animales en los que se condensa el recuerdo —bueno o malo— de una persona, un animal, un lugar o un evento.

Cuando el recuerdo es positivo y el objeto guarda relación con un ser querido, un personaje notorio y admirado o un santo de cualquier religión, hablamos de reliquias.

Santo Sudario de Oviedo
Santo Sudario de Oviedo – De Reinhard Dietrich – Trabajo propio

En la Grecia clásica, como en casi todas las culturas, estaba extendido el culto al héroe, materializándose en la veneración a sus reliquias. Éstas otorgaban protección al poseedor y, en cierta medida, la participación en su prestigio. De igual manera, el cristianismo promovió el culto a los santos por medio de sus reliquias, consideradas como instrumento para el reparto de bendiciones de la divinidad y facilitadoras de indulgencias.

La Iglesia Católica considera tres clases de reliquias. Son reliquias de primer grado las corporales, es decir, las que han formado parte del cuerpo o los fluidos de la persona santa: sangre, sudor, lágrimas, huesos, dientes, pelo, uñas, piel y músculo, o bien las cenizas. De segundo grado serían los objetos —cualquier objeto—que han estado en contacto con la persona santa. Por último, las reliquias textiles, aquellas que han estado en contacto con una reliquia de primer grado, integrarían el tercer grado, junto con la propia tumba del santo. Así pues, las reliquias más importantes de la Cristiandad serían las que han formado parte del cuerpo de Jesucristo, es decir, el Santo Prepucio, y las que han tenido íntimo contacto con ese cuerpo, como el Santo Sudario o la Sábana Santa.

En el mismo sentido, esta clasificación podría ser aplicable a las religiones budista e islámica, cuyas reliquias principales son, respectivamente, los dientes de Buda, que se veneran en varios lugares de Asia, y las barbas del profeta Mahoma, que se encuentran en la Cámara de las Reliquias Sagradas del palacio de Topkapi, en Estambul.

Sin profundizar en las notables repercusiones sociales y económicas que las reliquias religiosas han tenido en la esfera cristiana occidental desde la alta Edad Media, es preciso destacar la emulación que se ha producido en el ámbito civil, sobre todo desde el Renacimiento, para venerar los vestigios de artistas, sabios o políticos de reconocida notoriedad.

Son innumerables los casos de estos personajes —sin connotaciones religiosas— que han sido, literalmente, troceados post mortem. Unas veces son decapitados (Descartes), se les amputan dedos (Galileo) o se les extrae el cerebro (Einstein), por poner algún ejemplo entre centenares —si no miles—de casos.

Muchas tribus de Papúa-Nueva Guinea y de la Amazonia también desmiembran a sus deudos, desecan las cabezas o las reducen a la manera de los jíbaros, pero lo hacen movidos por el cariño y el temor al espíritu del muerto. Sin embargo, esta práctica, en cualquiera de los ámbitos a excepción del forense, cada vez se considera más reprobable y propia de salvajes —en el sentido más peyorativo del término. La Iglesia católica no es una excepción, sobre todo tras el Concilio Vaticano II (1962-1965) y procura por todos los medios ocultar o deshacerse de aquellas reliquias que provoquen escándalo o irrisión, de las reliquias embarazosas, incómodas o equívocas.

Circuncisión de Cristo
Circuncisión de Cristo – Bartolommeo Veneto

Ya el 3 de diciembre de 1900, mediante el Decreto 37-A de la Santa Congregación para la Doctrina de la Fe, el papa León XIII pretendía acabar con la rechifla que suscitaba la reliquia del Santo Prepucio pretendiendo que no se hable, escriba o lea sobre el mismo, reservándose la Santa Sede  el derecho a excomulgar a quien lo hiciera de modo escandaloso o aberrante.

La veneración del Santo Prepucio deriva del pasaje del Evangelio de San Lucas (2:21-23), en el que relata el cumplimiento del rito judío de la circuncisión de Jesucristo, a los ocho días de su nacimiento, el día que ahora llamamos Año Nuevo, declarado por la Iglesia festividad de la Circuncisión del Señor en 567 y suprimida del calendario eclesiástico en 1969: “El 1º de enero, el Día de la Octava de la Natividad del Señor, es la Solemnidad de María, Madre de Dios, y también la conmemoración de la concesión del Santísimo Nombre de Jesús”. Sin embargo, en las iglesias anglicana y luterana se sigue celebrando la festividad de la Circuncisión.

La leyenda señala que el trocito de piel de la circuncisión fue donado por la Virgen a María Magdalena, quien lo conservó en un recipiente con aceite de nardos, y que un ángel lo entregó al papa san Gregorio a finales del siglo VI. En la noche de Navidad de 800, año de la coronación de Carlomagno como emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, éste lo ofreció al papa León III.

Durante más de siete siglos la reliquia permaneció en Roma, en la iglesia de San Juan de Letrán, pero coexistiendo con otros muchos pretendidos “santos prepucios” —con menor prestigio—repartidos por toda Europa, desde Jerez de la Frontera, Burgos y Santiago hasta Amberes, en Bélgica, o Saint Coulomb, Conques, París y, sobre todo, Charroux en Francia. A todos ellos se les atribuyeron milagros y favores, como el que prestó la reliquia de Coulomb a Catalina de Valois, esposa del rey inglés Enrique V, al favorecer su deficiente fertilidad. De todos modos, el número de los prepucios fue disminuyendo con el paso de los años como consecuencia de las guerras, revoluciones, robos, incendios y propagación del luteranismo y el calvinismo.

El 6 de mayo de 1527 y en los días que siguieron, Roma padeció la peor catástrofe de su historia: el saqueo feroz llevado a cabo por las tropas del emperador Carlos I, compuestas en gran proporción por soldados luteranos. Al igual que los demás templos romanos —salvo la iglesia alemana y la española—San Juan de Letrán sufrió la destrucción y el expolio de la soldadesca enloquecida y la reliquia del Santo Prepucio se dio por perdida. Reapareció años después en un establo de la aldea de la región de Lazio, llamada Calcata y situada a unos 50 km. de Roma, adonde la había llevado y escondido el lansquenete que la había sustraído. No volvió a Roma.

En 1584 el papa Sixto V concedió una indulgencia de diez años a quien acudiera a Calcata a venerarla. En 1640 Urbano XIII rebajó la indulgencia a siete años. Inocencio X y Alejandro VII la mantuvieron y, en 1724, Benedicto XIII la ofreció in perpetuo, con carácter permanente.

A lo largo de todos estos siglos se habían planteado dilemas delicados en el seno de cofradías específicamente dedicadas a la reliquia. Una monja austriaca, Anne Blannbekin (1244-1315), se hizo famosa a finales del siglo XIII por sus extrañas, inquietantes y provocativas manifestaciones de fe, que fueron compiladas por su confesor en la obra Vida y revelaciones y, mucho después, transcritas por el monje Ermenrich que las publicó en 1731 con el título Venerabilis Anetis Blannbekin. Habida cuenta de la peligrosa cercanía a la indecencia blasfema que caracteriza a las experiencias místicas de esta monja, los jesuitas confiscaron las copias y sobrevivió tan solo un manuscrito que se conserva en el monasterio cisterciense de Zuetti, Austria, y que no se publicó hasta el siglo XX (comentado por Wiethaus, Ulrike (2002). Agnes Blannbekin, Viennese Beguine: Life and Revelations. Cambridge: D. S. Brewer.

Anne Blannbekin no era la única que se preguntaba qué había ocurrido con el Santo Prepucio tras la Ascensión. Una escuela teológica opinaba que a Jesucristo le había crecido un nuevo prepucio al resucitar. Otros, como Leo Allatius o León Alacio, llegaban mucho más lejos. Este sabio teólogo de origen griego (1586-1669) —fue el autor de la primera obra que se conoce sobre los vampiros y otras creencias populares: De Graecorum hodie quorundam opinationibus («Sobre ciertas opiniones actuales de los griegos»)— en su ensayo De Praeputio Domini Nostri Jesu Christi Diatriba (“Debates sobre el Prepucio de Nuestro Señor Jesucristo”) propone la posibilidad de que el prepucio ascendiera a los cielos por su cuenta, pero no para acoplarse al cuerpo de Jesucristo sino para ¡acoplarse como uno de los anillos de Saturno!. En 1610 Galileo Galilei había observado con su telescopio que Saturno tenía “unos apéndices extraños”. En 1655 el holandés Christiaan Huynges vio claramente los anillos, pero Alacio no estuvo conforme: “¡Que va, que va! Lo que eso va a ser es el prepucio de Dios”.

Como es natural, un número creciente de gentes ilustradas dentro del catolicismo y la generalidad de los herejes reformistas asistían con asombro al trafico de las indulgencias y a la proliferación clónica de reliquias, tal como las ridiculizó Calvino en su Tratado de las reliquias, de 1543.

Tratado de las reliquias
Tratado de las reliquias

El Concilio de Trento (1545-1563) fue convocado precisamente para dar respuesta al calvinismo. Sobre el problema de las reliquias, promulgó el decreto Sobre la invocación y adoración de las reliquias y de las imágenes de los santos, que confirmaba la validez de la veneración de los cuerpos de los mártires y de los santos, prohibiendo, al mismo tiempo, toda forma de superstición o búsqueda de lucro. Además, introdujo una nueva norma que consistía en que ninguna reliquia podía ser expuesta para su veneración sin la previa aprobación de una comisión de teólogos nombrada por el papa. Era éste un intento para controlar todo tipo de abusos, que no obstaculizó el progreso de Calcata, con su nueva iglesia, su nueva plaza y la escultura sobre la circuncisión para el altar mayor. Sin embargo, surgió un contratiempo.

En 1856 se descubrió en Charroux un depósito de reliquias entre las cuales se encontraba un Santo Prepucio que, según la prensa francesa, estaba obrando innumerables milagros. Este descubrimiento fue utilizado por los críticos de la encíclica Quanta cura y el Sylabus (Listado recopilatorio de los errores de nuestro tiempo) en los que el papa Pio IX afirma, en 1864, que el cristianismo (de la Iglesia Católica Apostólica y Romana) debe ser la religión de Estado y condena la libertad de culto, pensamiento, imprenta y conciencia. Destaca la tesis que afirma que el Romano Pontífice no puede conciliarse con el progreso, el liberalismo y la cultura moderna.

A pesar del Sylabus, las autoridades eclesiásticas recogieron velas en este asunto mediante el Decreto 37-A, mencionado supra. No obstante, la celebración de Calcata continuó como de costumbre y no se alteró hasta que el terrible terremoto de Messina en 1910 hizo aconsejable el abandono del pueblo por el peligro de derrumbe de las casas.

Los campesinos se instalaron en el valle —en la ahora llamada Calcata la Nueva—y vendieron sus viviendas a precios irrisorios a jóvenes marginales o a artistas nacionales y extranjeros, hippies avant la lettre y drogadictos que pusieron de moda esa aldea, a medio camino entre Roma y Viterbo y ahora conocida como Calcata la Vieja. Se asienta en un promontorio espectacular y es una de las localidades medievales más bonitas y mejor conservadas de Italia.

La fiesta de la Circuncisión y la procesión del Santo Prepucio no se interrumpió hasta que se cometió el robo de la reliquia. El 11 de enero de 1983, don Darío Magnoni, párroco de Calcata, declaró que manos sacrílegas habían hecho desaparecer la reliquia de su habitación, donde se guardaba dentro de una caja de cartón. Cierto es que el párroco había dejado las llaves de la casa por fuera e introducidas en la cerradura. Los carabinieri dijeron que iba a ser casi imposible recuperar algo que no se sabe como es, algunos sostuvieron que la propia Iglesia había fingido un robo para mejor deshacerse de un inconveniente y otros pensaron que el robo era imputable a una secta satánica.

En 2007 un periodista norteamericano llamado David Farley viajó a Calcata para investigar el robo y relata la experiencia en su primer libro: An Irreverent Curiosity: In Search of the Church’s Strangest Relic in Italy’s Oddest Town (“Una curiosidad irreverente: en busca de la más extraña de las reliquias de la Iglesia en la localidad más antigua de Italia” Penguin, 2009), considerado uno de los mejores libros de viajes del año por la revista Los Angeles Times y por WorldHum.com (mejor relato de viajes en Internet) y uno de los mejores libros de la década según el Dubuque Telegraph Herald. En octubre de 2010 recibió el premio Thomas Lowell al mejor libro de viajes. Además, en 2014 la revista National Geographic rodó con él un documental para la televisión que se titula The quest for the holy foreeskin (“En busca del Santo Prepucio”).

David Farley relata la entrevista que mantuvo con el párroco. Entre copa y copa de vino, el periodista pudo darse cuenta del grado de aggiornamento que el Concilio Vaticano II había inculcado en el sacerdote. Se dio cuenta de que no creía, en absoluto, en las propiedades de la reliquia y no manifestaba el menor interés en recuperarla. Cuando Farley le dijo que el relicario en el que se guardaba la reliquia era perfectamente identificable, inconfundible, don Darío Magnoni le respondió: «¿Pero tú sabes lo pequeño que era el prepucio? —cogió unas diminutas migas de pan que había sobre la mesa en la que habían cenado— Era como esto, como esto… nada, insignificante».

Al margen de la religión, en el orden civil la consideración de las reliquias embarazosas relacionadas con la sexualidad de personajes importantes puede tener enfoques opuestos. Por lo general, las instituciones públicas las ocultan y quieren desembarazarse de ellas por considerar que menoscaban la dignidad del fallecido, cuando no la del país. En el lado contrario, algunos individuos con espíritu empresarial ven en el morbo que provocan esas reliquias una inmejorable ocasión de negocio. Este es, por ejemplo, el caso de Igor Kniazkin, urólogo y sexólogo ruso que, en 2004, inauguró en San Petersburgo un museo del erotismo cuya pièce de résistence es el enorme pene del monje Igor Rasputin, el taumaturgo que se ganó la voluntad del último zar por detener las frecuentes hemorragias del heredero del trono, y se ganó legendaria fama por sus proezas sexuales con las damas de la corte rusa. Una versión sin confirmar cuenta que esa reliquia fue llevada a París durante la revolución soviética y allí fue objeto de extraños ritos de fertilidad practicados por los exiliados. Aunque muchos ponen en duda que la pieza sea auténtica, Igor Kniazkin asegura que la compró a un anticuario parisino por 8.000 dólares “junto con archivos que contienen cartas manuscritas del monje”.

Pene de Rasputín
Pene de Rasputín

En el extremo contrario, en el anti-exhibicionismo, se sitúan las autoridades egipcias con respecto al desaparecido pene de Tutankamón. La momia de este faraón fue examinada con rayos X en 1968 y se descubrió que le faltaba el pene. La tumba había sido descubierta por Howard Carter en 1922 y en la exhumación había actuado como arqueólogo camarógrafo Harry Burton, fallecido en 1940, que se había quedado a solas con el cadáver una vez retiradas las vendas. Sobre él recayeron las sospechas, pero su familia ha guardado un silencio absoluto.

A partir de 1968 comenzó a extenderse la opinión de que este irreverente pillaje había sido la causa de la famosa maldición de la momia. Los comentarios se prolongaron hasta 2006, año en que el conocido director del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto, Dr. Zahi Hawass, afirmó que había redescubierto en el sarcófago el pene que se le habría caído en 1968. De todos es conocido el respeto con el que la oficialidad egipcia trata a sus ancestrales soberanos y algunos se preguntan si ese miembro reaparecido no se le habrá caído previamente a una momia de interés menor.

En este mismo sentido actúan las autoridades francesas, negándose tan siquiera a comentar que a son premier Empereur, Napoleón Bonaparte, le cercenaron el pene deshonrosamente tras su muerte y es en la actualidad propiedad de las hijas de un conocido urólogo norteamericano.

Aunque el asunto había sido objeto de comentarios en las revistas médicas de la década de 1960, cobró especial notoriedad tras la publicación de la novela Peter Doyle, de John Vernon (Random House Inc, 1º de abril de 1991) profesor de literatura inglesa en la Universidad de Binghamton, Nueva York, que fue ampliamente comentada en el suplemento de libros del New York Times en julio de 1992.

Vernon había encontrado casualmente una escéptica referencia a la mutilación imperial en la obra, de 1974, del médico escocés Frank M. Richardson, titulada Napoleon´s Death: an Inquest.

A partir de entonces, otros muchos autores han desarrollado el tema, destacando en el ámbito anglófono Tony Perrottet (“Napoleon’s Privates: 2,500 Years of History UnzippedNew York: Harper Entertainment, 2008, traducido al español como 2500 años de historia al desnudo: las más estrafalarias, disparatadas y singulares anécdotas de la humanidad”); Christopher Shay, “Napoleon’s Penis.” (“El pene de Napoleón”; Time Magazine, Mayo 10, 2011); Graeme DonaldLoose Cannons: 101 Myths, Mishaps, and Misadventures of Military History (“Balas perdidas: 101 mitos, contratiempos y desventuras de la historia militar”; Guilford, CT: Lyons Press, 2009).

Como es bien sabido, tras la derrota de Waterloo en 1815, los británicos desterraron a Napoleón a una de sus más apartadas posesiones, la isla de Santa Elena, situada a más de 1.800 km. de distancia de la costa más cercana, en Angola, esperando que no se repetiría una fuga como la que había protagonizado en la isla de Elba.

El prisionero llegó a la isla acompañado de algunos seguidores, entre los que destacaba su fiel criado personal, su valet, conocido como el mameluco Alí, cuyo nombre verdadero era Louis-Etienne Saint-Denis y había nacido en Versalles. Durante casi seis años, Alí contribuyó a mejorar las condiciones del confinamiento actuando también como bibliotecario e incluso como florista, elaborando con plantas y otros productos locales el perfume que su señor tanto echaba de menos. En 1826 publicó sus recuerdos (“Souvenirs”) y en 1840 —tras el traslado de los restos mortales de Napoleón a París—el Journal inédit du retour des cendres (“Diario inédito del retorno de las cenizas”); las dos obras constituyen una valiosa fuente de información.

Años más tarde, en 1819, fueron destinados a la isla tres corsos, dos capellanes y un médico, seleccionados por el cardenal Fesch que era obispo de Lyon y pariente de la madre de Napoleón, Maria Leticia Remolino, a la que se daba el tratamiento de “Madame Mère”, “Señora Madre”.

El principal de los dos capellanes era el anciano Antonio Buonavita, que llegó enfermo y tuvo que regresar a Europa pronto, de manera que los últimos sacramentos le fueron administrados al emperador por el joven cura Angelo Paul Vignali. Curiosamente este sacerdote tenia una certificación que le habilitaba para ejercer la medicina y la cirugía, pero el cardenal Fesch le había prohibido su práctica: “Yo le destino como segundo limosnero del emperador. Los conocimientos de medicina que tenga nunca le dispensarán a Vd. de considerarse otra cosa que limosnero y no los ejercerá a menos que así se le pida”.

El tercero era un médico también joven, Francesco Carlo Antommarchi, que llegaba para sustituir al médico irlandés Barry Edward O´Meara, devuelto a Europa por haber incurrido en el desagrado de las autoridades británicas al quejarse del trato otorgado al prisionero y de la insalubridad de la localidad.

El historiador francés Frédéric Masson (1847-1923) comenta la desafortunada selección de este nuevo personal:

Existía el medio de proporcionarle (al emperador) como compañía un hombre de ciencia y un hombre de fe; se podía aliviar su cuerpo, distraer su espíritu, divertir su imaginación, procurar a su desgracia el único consuelo y véase qué hombres se le enviaban para convivir con él, entretenerle y cuidarle física y moralmente. Por acostumbrado que estuviera a la inepcia de Fesch, esta vez no podía comprenderlo. Hubiérase dicho que había elegido a posta a esos tres corsos para mostrar, frente a un corso genial, lo que Córcega podía ofrecer de inercia, de intrigas y de ignorancia: un viejo que, cuando la apoplejía no le volvía mudo, balbuceaba alternativamente en español y en italiano sobre sus misiones eclesiásticas en México y parecía ignorarlo todo de cualquier otro hemisferio (sic); un joven sacerdote que si verdaderamente había estudiado en el seminario de Saint Sulpice y en un seminario romano, como se ha dicho, daba la mas lamentable impresión de la instrucción que allí recibió; y por último un hombre terrible, loco de vanidad, de ambición y de ánimo de lucro, no maleducado, pues la rusticidad a veces tiene algo bueno, sino audaz, confianzudo y considerándose igual a todos si no superior: una idea de si mismo sorprendente que complementaba una ignorancia tranquila y un aplomo imperturbable” (Napoléon Inconnu. Traducción del redactor).

A las 17,49 del sábado 5 de mayo de 1821 murió Napoleón Bonaparte aquejado de un cáncer de estómago, la misma enfermedad que había causado la muerte de su padre como él mismo comentaba (recientemente, se ha descubierto que en los cabellos del emperador hay una cantidad de arsénico tan grande que justificaría la sospecha de muerte por asesinato).

Cuando Antommarchi llegó a la isla en septiembre de 1819, la enfermedad de Napoleón estaba muy avanzada y éste, que no congenió con su nuevo galeno —al que todos consideraban poco civilizado y zafio—le confió expresamente la misión de autopsiar sus restos para prevenir a su hijo, el duque de Reichstadt, frente a una enfermedad que creía hereditaria.

Antommarchi practicó la autopsia en presencia de 17 testigos franceses y británicos sabiendo que Napoleón le había excluido de su testamento y extrajo el hígado y el estómago del cadáver para examinaros y luego introducirlos en unos recipientes llenos de alcohol etílico. También realizó una máscara mortuoria de Napoleón. Y pronto comenzaron a correr rumores en París y en Londres de que los ayudantes del doctor habían regresado de Santa Elena con multitud de reliquias imperiales: recortes de uñas, cabellos, dientes, trozos de sábanas ensangrentadas, trozos de intestino… Antommarchi emprendió un viaje hacia Polonia y dejó en casa de unos amigos londinenses la máscara mortuoria y varios trozos de intestino. Acabó muriendo en Cuba.

El 27 de mayo de 1821 el padre Angelo Paul Vignali embarcó en el Camel junto con otras personas del servicio imperial y sesenta y cinco días más tarde llegó a Londres. Ahora podía considerarse rico gracias a los cien mil francos que le había legado el emperador para edificar una casa al lado de Ponte Nuovo di Rustino, en la zona norte de Córcega, donde se situaba la gran casa familiar de los Vignali. El testamento dice textualmente: “À l´abbé Vignali, cent mille francs; je desire qu´íl bâtise sa maison prés de Ponte Nuovo di Rustino”. Como es natural, llevaba consigo las pertenencias relacionadas con los rituales católicos y muchas reliquias del emperador, entre ellos “un tendón extraído por el doctor Antommarchi en el momento de la autopsia” (tal como figura en la relación de todos estos bienes que se publicó en 1924), aunque él no tenía empacho en explicar a todos que no se trataba de un tendón sino de un pene.

En Córcega las reyertas de aldea y la tradición de la vendetta seguían plenamente vigentes. En 1836, Angelo Giovanni Vignali, padre del sacerdote, volvió a ser alcalde de Bisinchi y cometió el error de exigir una rendición de cuentas de los alcaldes precedentes. Los alcaldes que quedan en entredicho sospecharon que el padre Vignali estaba detrás de la decisión paterna y, en la noche del 14 de junio sonó en la aldea un disparo —que nadie sale a investigar— y a la mañana siguiente se encuentran el cadáver de Vignali fulminado y medio colgado en la ventana abierta de su habitación, en el segundo piso de la casa, con un balazo en la cabeza.

Hereda los bienes del sacerdote su padre primero, y a la muerte de éste su hermana Roxana, casada con Ginnettini, y luego el hijo único de estos, Carlo Maria Giannettini, que será alcalde de Bisinchi como su abuelo de 1855 a 1865 y de 1870 a 1919. No tuvo descendencia masculina y en 1916 vendió la colección napoleónica a la empresa de libros raros de los hermanos Maggs, radicada en el nº 48 de Bedford square, en Londres. Se cuenta que el pene de Napoleón fue entregado dentro de un cuidado estuche de Cartier.

Los negociantes Maggs vendieron el lote en 1924 por 400 libras (unos 2.000 dólares de entonces) a la Rosembach Company de Nueva York, empresa fundada en 1902 y dedicada igualmente a los libros raros y objetos artísticos. La empresa pronto editó un catálogo ilustrado, con el título Description of the Vignali Collection of the Relics of Napoleon, cuyo contenido resume así el Time Magazine del 12 de mayo de 1924:

La colección consta de unas 40 piezas, la mitad de las cuales consisten en documentos. Las más interesantes son: la máscara mortuoria moldeada por el Dr. Antomarchi, médico de Napoleón; una carta de Antomarchi a Vignali; la última taza utilizada por el exemperador francés, un vaso de plata grabado con el escudo imperial; un cuchillo, un tenedor y una cuchara de plata también grabados con las armas imperiales; una camisa, pañuelos, un par de calzones blancos, chalecos blancos de piqué, ropajes eclesiásticos de la capilla de Longwood, algunos de ellos marcados con el monograma imperial; por último, la reliquia más desagradable, un tendón momificado extraído post mortem del cuerpo del exemperador”. Con respecto a este “tendón” el catálogo aclara: “La autenticidad de esta notable reliquia ha sido confirmada últimamente por la publicación en la Revue des Deux Mondes (1852) de una memoria póstuma de Saint-Denis (alias Ali), en la que expresamente declara que él y Vignali quitaron trocitos del cadáver de Napoleón durante la autopsia.(Traducción del redactor)

Y aquí es pertinente interrumpir el relato para preguntarse quien se apropió realmente del pene de Napoleón, porque ¿qué razones tendría el doctor Antommarchi para regalarle el pene a Vignali? ¿qué problemas tendría Vignali, siendo competente en cirugía y medicina, si hubiera querido hacerse con el pene?; un confesor, un capellán parece ser la persona menos susceptible de despertar sospechas por acercarse a un cadáver y tocarlo.

Al notable doctor, librero y anticuario Abraham Simon Wolf Rosenbach no pareció preocuparle la autoría de la disección. Entronizó el pene en una exquisita caja de piel de Rusia y terciopelo azul para mostrarla a sus amistades y hacer comentarios de toda índole. Disfrutó de su adquisición pues “sentía —según sus biógrafos— un placer rabelesiano al hablar de las reliquias de Napoleón”, aunque esas reliquias nunca formaron parte de la biblioteca y museo Rosembach. Sin embargo, en 1927 toda la colección se exhibió en el Museo de Arte Francés de Nueva York, suscitando comentarios de periodistas como el siguiente: “Sensibleros autocompasivos resoplan; mujeres superficiales sofocan risitas, señalando con el dedo. En una caja de cristal ven algo que parece una tira maltratada de cordón de zapatos de piel o una anguila reseca”. El pene había quedado expuesto al aire y se había encogido considerablemente.

La compañía Rosembach cerró sus puertas tras el fallecimiento del dueño en 1952. Para entonces ya se había vendido la colección napoleónica (en 1947) a otro empresario del ramo del coleccionismo, Donald Hyde. Al fallecimiento de éste en 1966, su viuda, Mary, traspasó el lote entero a John F. Fleming quien, a su vez, lo vendió por 35.000 dólares a Bruce Gimelson, también dedicado al negocio del coleccionismo. Gimelson sabía que no era fácil la venta y en 1969 puso el asunto en manos de la casa de subastas Christie´s de Londres, fijando el precio de reserva en lo mismo que él había pagado. La subasta fue un fracaso; no solo nadie pujó por esa cantidad sino que, además, los tabloides británicos, aplicando el sentido del humor a un terror atávico en todo hombre —como es el de la emasculación—y al recuerdo del odiado enemigo francés, se burlaron publicando en grandes titulares “Not Tonight, Josephine!”(“¡Esta noche no, Josefina!”), frase que, según se dice, pronunciaba el pequeño corso las veces que no se sentía muy inspirado.

Gimelson volvió a intentar la venta el 26 de octubre de 1977, pero esta vez disgregando la colección en París, en la casa de subastas Drouot-Rive Gauche. Casi todos los lotes fueron adjudicados a representantes del Museo de los Inválidos, pero no el pene, del que nada quiere saber ni comprobar la incomodada Francia oficial, aunque nada sería más aclaratorio y definitivo que un análisis de ADN.

Sin embargo, ese lote interesó sobremanera al doctor John K. Lattimer, un conocido urólogo norteamericano, profesor en la Universidad de Columbia y coleccionista de reliquias históricas tales como el cuello manchado de sangre de la camisa que llevaba el presidente Lincoln cuando fue asesinado en un teatro, o la ampolla de cianuro de Herman Goering (Lattimer había prestado servicios médicos a los presos nazis durante el juicio de Nuremberg). También participó en la autopsia del presidente Kennedy y conservaba alguna reliquia de la limusina presidencial. Con pruebas fiables de laboratorio, comprobó que los restos —ni siquiera llegan a los 4 centímetros—correspondían, efectivamente, al tejido de un pene humano. “En erección, habría alcanzado un máximo de 6,6 centímetros”, según una nota del doctor, que únicamente quería impedir que la figura de Napoleón no fuera tratada con dignidad. Para ello, pagó 13.000 francos franceses (unos 3.000 dólares, equivalentes a casi 13.000 de la actualidad —2022) y se llevó el pene a su casa de Englewood, New Jersey, donde guardó —bajo su cama y dentro de un maletín— el estuchito de piel que lo contiene. La reliquia allí permaneció fuera de la vista hasta la muerte del Dr. Lattimer en 2007. Se había negado en redondo a exhibirlo y ni siquiera permitió a la Sociedad Napoleónica de América que lo fotografiase.

Tras el fallecimiento de Lattimer, el escritor y periodista Tony Perrottet consiguió que la hija del doctor, Evan Lattimer, una mujer a la que describe como elegante, bien peinada y “nada sospechosa de guardar penes cercenados en el sótano”, respondiera a sus preguntas y le permitiera ver la reliquia. Hasta e momento, Evan Lattimer ha rechazado ofertas por el pene que rondan los cien mil dólares y tan solo ha permitido su contemplación a una decena de personas. Aunque parezca difícil de creer, el miembro continúa sin haber sido filmado ni fotografiado ¡nunca! Perrottet lo describe como “ciertamente pequeño, encogido hasta el tamaño del dedo de un bebé, con arrugada piel blanca y la desecada carne beis”.   

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José Antonio Álvarez-Uría Rico

Nace en Pola de Siero, Asturias, el 31 de octubre de 1944.

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo (1965) y diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España (1973).

Impartió clases de lengua española como profesor auxiliar en la Wallington Grammar School for Boys, Londres (1967-68).

Colaboró en la elaboración del informe para las Naciones Unidas sobre la descolonización del Sahara Occidental (1974). Es miembro del Instituto de Cultura de Sahara.

Trabajó como traductor autónomo para la Organización Sindical española, las editoriales Saltés, Júcar, Alhambra, el Ministerio de Educación y Ciencia, la Organización de Estados Americanos y la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.) (1974-1998).

Trabajó en Ginebra como traductor oficial de la O.M.C. (1999)

Prestó servicios como técnico en los Ministerios de Trabajo, Asuntos Sociales y Economía y Hacienda (1979 a 2009).

Dirigió la revista Cibelae de la Corporación Iberoamericana de Loterías y Apuestas de Estado (2003 a 2009).

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Las bestias nazis

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