Las nueve musas
Poemas de viaje

Poemas de viaje. Una travesía por las Cícladas

En mi opinión, los poemas de viaje deben de reflejar las impresiones vividas de una forma poco críptica, que facilite que el lector se identifique con lo observado por el autor.

Por otra parte, es cierto que un viaje puede sugerir al poeta otro tipo de poemas más líricos o en los que el viaje y el entorno no sea el protagonista del poema, sino que solo haya motivado la inspiración que luego derive hacia un contenido menos relacionado con el viaje en sí, pero esa no es mi concepción de lo que son los “Poemas de viaje”

El poema, la obra poética concreta, ha mantenido desde siempre una relación muy cercana con la descripción de las imágenes, que en el caso de este artículo sobre “Poemas de viaje” se materializaría en las visiones e impresiones de dicho viaje. Ya Simónides de Ceos, lírico griego (VI-V a.C.) indicó que: “La poesía es pintura hablante” y más tarde Horacio, con su “ut pictura poesis” (como la pintura, así es la poesía), colocó a la poesía como dependiente de la imagen. Se podría decir en ese sentido que el poema de viaje debería ser una “écfrasis” de lo visto (intento de imitar con palabras un objeto o un paisaje) o el comentario sobre algo observado. Eso no quiere decir que no aparezca el yo o el tú poético, pero siempre relacionado con esas imágenes del viaje que son el hilo conductor del poema.

Naturalmente, esta no es una opinión dogmática, y cada uno puede clasificar sus poemas como le apetezca, pero creo que es bueno orientar sobre lo que se va a encontrar en un libro. La claridad de la sinopsis siempre es una buena recomendación para que el lector pueda decidir y escoger. Yo intento que mis poemas de viaje permitan al lector acompañarme y desearía que sintiese lo que yo en ese momento. Para facilitar esa transmisión de “lo visto y sentido” suelo llevar una pequeña libreta para tomar apuntes rápidos, que constituyen el núcleo del poema y que luego completo con más tranquilidad.

Voy a tomar como ejemplo algunos de los poemas que he escrito en un reciente viaje de doce días en velero por las islas Cícladas en el centro del Egeo griego. El viaje se inició en Mýkonos y acabó en Santorini, dos islas muy turísticas que no se sitúan entre de mis preferidas, sino todo lo contrario, pero ello fue así para asegurar buenas conexiones de avión de llegada y de salida, y tan solo estuvimos unas horas en ellas. Como preámbulo de esta descripción poética del viaje, estos dos haikús pueden servir como declaración de intenciones sobre alguno de mis deseos al recorrer ese islario de nítidos azules.

 Busco colores
en mi deambular
por el islario.
¿Cuántos azules
en sus mares y cielos
tienen las Cícladas?

Comenzamos en Mýkonos, y destaco la palabra esdrújula sobre esa i griega (ípsilon), porque si no denominamos bien a las cosas, con su nombre tradicional, difícilmente profundizaremos más allá de la visión distorsionada por el turismo. No esperéis algo demasiado profundo de quien denomina a esta isla “Mikonos” porque su visión ha de ser superficial, si ni siquiera conoce su nombre auténtico. De cualquier forma, reconozco la dificultad de imaginar cómo era esta isla antes de su masificación turística.

Mýkonos
Capilla de Mýkonos

Mýkonos es actualmente algo parecido a Ibiza, pero en mi opinión acentuando sus defectos y limitando sus virtudes. Evidentemente, esa es una opinión personal, pero yo que conozco más de 70 islas griegas vengo a estos islarios a buscar otra cosa distinta. Os dejo un poema sobre el ambiente de la Jora (capital) de la isla:

 En calles estrechas
repletas de tiendas,
restaurantes, bares…
una multitud
en la que destacan
las rubias teñidas
de ropa muy prieta
con tacones altos,
y hombres musculosos
que miran con ansia.
La «jora » de Mýkonos,
para unos Sodoma,
para otros Gomorra,
para mí una etapa
punto de partida
a islas más recónditas.

Cumplida mi descripción con esos hexasílabos, me centro en las singladuras, una vez abandonado el bullicio de esta isla. Nuestra primera intención era remontar hacia el norte para costear Tinos y Andros. No pudo ser porque el “meltemi” (viento del norte) soplaba con una fuerza 6-7 lo que haría muy duras las ceñidas. El mar y el viento siempre tienen la última palabra, por lo que tomamos rumbo de través hacia Syros y el barco soportó magníficamente el vendaval. Solo me faltaban por navegar dos de las 25 cícladas habitadas y no ha podido ser Andros, pero sí que he levantado la carta de Syros. Ya solo me queda una isla por descartar de ese “Islario de pasiones”, título de uno de mis libros de poemas que he tenido la suerte de que haya sido editado en Grecia en una versión bilingüe.

Quedaban dos cartas por abrir
de la escalera de color de Cícladas,
en que los ases conviven con las reinas.
Levanto carta y veo la primera,
solo queda la última que escapa,
la protege un “meltemi” fuerza siete
que hace duros los bordos hacia Andros.
Tendrá que ser en otra singladura
cuando, por fin, ordene
esta escalera de azulones,
este rosario cuyas cuentas
son perlas del “islario de pasiones”
que empecé a descubrir hace un cuarto de siglo.

Syros es la capital administrativa de las Cícladas; en esta travesía evitamos su capital, Ermúpoli, y nos dirigimos a la costa sur y sudoeste. Una zona algo turística, pero de un turismo más tranquilo y familiar, que me recuerda al nuestro de hace muchos años. Tanto es así que pudimos fondear solos en una cala para bañarnos y comer, y luego atracar en un pequeño puerto que me recordó mi juventud perdida cuando nuestras costas soportaban bien el turismo. Otra vez los haikús me permiten un breve apunte:

 Al sur de Syros,
fondeo en soledad:
baño y almuerzo.
Atraco en Fínikas
en un pequeño puerto.
turismo antiguo.
Bar junto al mar,
taberna de pescado,
guisos del campo.

Al día siguiente nos dirigimos a la costa oeste de Kithnos, una de mis cícladas  preferidas y en especial en las partes de su costa, como esta, que están a salvo del turismo. La primera parada fue en Aghios Ioannis (San Juan) una de las muchas calas griegas que llevan el nombre de la capilla que acogen. Compartimos baño y hora de comida con otro velero, que lanzó un cabo de amarre a los tamariscos que crecen en la arena al borde del mar. Por fin hemos llegado a la Grecia que me seduce, lejos del turismo de masas.

Sombra de tamarisco junto al mar,
troncos crecidos en la arena
que un velero utiliza de norays.
Ya hemos llegado a la Grecia de siempre,
en la anterior hay más modernidad
y nosotros somos siempre
amantes de la tradición.

 Para pasar la noche escogimos otra cala cercana, Aghios Stéfanos, solo un poco más civilizada, que tiene la ventaja de disponer de una excelente taberna junto al mar, como cito en estos haikús.

Cala recóndita,
fila de tamariscos
frente al azul,
donde mi Grecia
se quita el maquillaje
de lo turístico.
En el atardecer,
guisos de la taberna
junto a la mar;
y como postre,
cuando surge la luna,
pastel de plata.

 Ya que cito los tamariscos, vale la pena detenerme un poco en este árbol, omnipresente en playas griegas y paseos junto al mar, que proporciona una magnífica sombra, que a veces cubre el agua, y resiste sin problemas los embates del viento.

Sombra de tamarisco, escoge una
no ha llegado a la playa nadie más.

 Quédate un tamarisco que esté libre,
los prefiero con banco y amplia sombra.
No importa el precio, Grecia los regala.

 Hace tiempo que busco el monumento
al primer plantador de tamariscos.

 ¿Se plantó el primer tamarisco junto al mar
o subió el mar a refrescarse hasta su sombra?

Nuestra singladura continúa hacía Sérifos, donde el turismo ha aumentado en los últimos años, aunque lo soporta bastante bien. La isla tiene una de las Joras más agrestes de las Cícladas y desde su cima, en el Kastro medieval, se divisa la amplia bahía de Livadi, y Sifnos que será nuestro próximo destino. Os dejo tres haikús de mi ascensión.

La agreste Jora:
empinados peldaños
trepan al Kastro.
Diviso Sifnos,
nuestra próxima escala
de este rosario.
Sale la luna
e ilumina Livadi,
bosque de mástiles.

Sifnos
Sifnos

 Después de otro baño y comida en una cala perdida del norte de Sifnos, fondeamos en su puerto, Kamares, y nos vamos de excursión en coche, ya que las bellezas de esta isla merecen un recorrido en profundidad; por más que en un viaje anterior me quejase, por quejarme, de tanta belleza y le pidiese un poco de locura.

En Sifnos hay tantas iglesias
como días del año, o eso dicen;
también hay arboledas, buenas playas,
pueblos encantadores y artesanos.
Hace ya mucho, me quejé
de sus excesos de belleza
y pedí que tuviera
un poco más de pérfida locura;
los años curan los excesos
y, en estos tiempos, agradezco
la tranquila belleza de esta isla.

 La siguiente isla, Kímolos, ha sido un redescubrimiento, ya que solo pasé unas horas allí hace 15 años. Tanto es así que voy a volver en mi próximo viaje a residir unos días allí. Lo que he visto me ha gustado mucho, las playas de arena blanca, los poblados de pescadores con “sirmatas” (casas cueva) para las barcas y el delicioso pueblo. Creo que la isla se mantiene en ese punto ideal de visitantes fieles y pocos turistas. Ya os lo explicaré:

Baños –frente a la nieve– en Prassa,
fondeo en soledad en Rema –entre casas de barcas–,
ascenso hacia el Jorió –con Kastro medieval–,
cena en la plaza de la iglesia –sin turistas–,
copas en callejones –buena música–,
delicias de otros tiempos y de este,
fusión de épocas que suman.
Unas horas en Kímolos
que quiero prolongar en otro viaje.

La singladura del día siguiente nos lleva a Milos, una isla que nunca ha conseguido seducirme, salvo en algún lugar muy concreto. Además, vuelve a subir el viento y nos quedamos un día atracados y el puerto de Milos, Adamás, es de los más feos de Grecia. Las travesías tienen esto, no siempre manda el navegante. Os dejo un poema escrito en el lugar donde fondeamos para baño y comida, que es de los más apetecibles de la isla:

Emborios, la taberna que ofrece “rooms to let”,
lejos de todo y cerca de aquella casa antigua:
a un metro de la arena con dos embarcaderos
y un pescador sentado junto al mar;
tras él dos buganvillas y una parra,
delante su laúd aparejado,
en medio alguien feliz que irá a pescar su cena.

Apaciguado algo el viento, navegamos hasta Poliegos, una isla deshabitada entre Mílos y Kímolos. Un paraíso de blancas playas, hasta que llegan los barcos de turistas desde Milos. Nos guste o no, en la vida vamos perdiendo paraísos y suerte que los perdemos, porque eso significa que antes hemos podido disfrutarlos.

La isla que nunca fue habitada,
a pesar de sus dos níveas bahías
– aguas preciosas de turquesa azul -,
mantiene su cartel de paraíso,
si eres un navegante mañanero;
porque hacia el medio día
llegan los barcos de turistas
buscando lo perdido y no lo encuentran:
los edenes requieren madrugar.

Folégandros
Folégandros

Esta noche fondeamos en Folégandros, otra de mis islas preferidas. Aunque ya es un lugar turístico mantiene una serie de atractivos, entre ellos su preciosa y animada Jora de las siete plazas. He escrito mucho sobre Folégandros (esdrújula como Mýkonos, pero para mí mucho más atractiva), por eso no añadiré nada más. Os dejo un poema pregunta que escribí hace solo 2 años en una de mis últimas visitas a esta isla, en la que tanto he estado y a la que espero poder volver muchas veces.

¿QUÉ FUE LO QUE ME ATRAJO DE FOLÉGANDROS?

¿El recorrer la Jora que no tiene peldaños,
la de las siete plazas entre viejas capillas
donde cenas y compartes las copas
con las flores y estrellas?

¿O fue el Kastro, el castillo habitado,
el de la calle-patio y estrechos pasadizos
del tiempo detenido e historias de piratas,
que tiene por muralla la roca vertical?

 ¿O esa bahía a la que llaman
“la estación de los barcos”,
donde conviven veleros, ferrys y bañistas
frente a la casa blanca que está rozando el agua
y la luna que crece con su estela en el mar?

 ¿O el blanco monasterio que preside la Jora
en la colina, junto al acantilado,
con su largo camino de zigzags y escalones
desde donde contemplo como se oculta el sol?

 ¿O el resto de la isla cuajada de bancales
en la que ves azul a babor y a estribor,
y donde todavía encuentras “kalderimia”
con burros que transportan la vida en sus alforjas?

 La siguiente singladura nos lleva a hacer el baño y comida en la poco turística Síkinos, en la playa de Aghios Giorgos que no visité cuando estuve en esta isla, porque no había caico (barca) ni carretera. Luego fondeamos para cenar y dormir en Manganari al sur de la isla de Íos, bahía que no visitaba desde hace 12 años y que por suerte se mantiene bastante bien.

Hay un San Jorge en cada isla
donde puedes bañarte,
los hay recónditos, turísticos o mixtos.
No conocía el de Síkinos, que es mixto,
con siete tamariscos y otras siete sombrillas,
una taberna con poca actividad
y, por supuesto, una capilla.
Fondeado cerca de la arena,
recuerdo que intenté venir aquí hace años,
pero entonces no había carretera
y el caico no salía el mes de junio.

Depende lo que cuentes,
una docena es mucho o poco,
en este caso cuento años y es bastante,
por eso no sé yo
lo que voy a encontrar en Manganari en Íos
De momento, lo encuentro todo igual,
la misma arena blanca
y el mismo mar azul
y, más o menos, los mismos bungalows:
en resumen, es una suerte
que algunos paraísos aún resistan.

 Todos los viajes tienen su final y este se acerca en otra isla muy turística y que tampoco es de mis preferidas, Santorini, salvo por algunas de sus puestas de sol y la visión nocturna de su caldera. De momento, navegamos un rato cerca de sus acantilados interiores y vamos a fondear a su isla filial Thirasía, mucho más tranquila que su isla madre. Por cierto, eso me sirve para reafirmar la visita a esta isla, en la que solo había estado brevemente en una escala del ferry.

Tuve que fondear en un velero
al buscar descartar a Zirasía,
ya que una escala en ferry no me vale
si quiero añadir isla al islario.
La hermana pobre no recibe cruceros,
ni es hollada por recuas de turistas
disputándose plaza en el ocaso;
tampoco tiene hoteles cinco estrellas
que se cuelguen en el acantilado.
Pero, a pesar de todo, la prefiero
a su hermana mayor, a Santorini,
porque ser pobre da monedas de paz
y puedes disfrutar en soledad
de la puesta del sol
que muere cada tarde tras Folégandros.

Por fin llegamos a destino y fondeamos con dificultades al sur de Santorini, frente a la turística playa de Kamari, que no tiene ningún encanto. Como alguno de mis colegas no conocía la isla, hacemos el tradicional tour turístico, intentando evitar las aglomeraciones y volviendo de noche por el camino de ronda de Firostefani a Firá, para mí lo mejor de la isla.

La masificación turística,
la cutrez del entorno de Kamari,
Firá con sus bazares que ignoran lo local,
Ía que juega a pija
y tienes que luchar por un espacio
si quieres observar el ocaso del sol…
Todo lo olvido y lo consiento
cuando de la noche bajo por la ronda
desde Firostefani hasta Firá,
contemplando la plata en la caldera
y los miles de luces colgadas de sus bordes.

Estas son las pequeñas muestras de poemas de este viaje en velero de 11 singladuras, de las que una fue de tierra en Milos. Si queréis una descripción más detallada de la bitácora, la encontraréis en esa página de mi blog. Como os dije al inicio, he intentado que los poemas sean sencillos y descriptivos y me ayuden a recordar el viaje, o a que vosotros os intereséis por este entorno y me acompañéis virtualmente.

Al acabar un viaje
rememoras lo visto y lo sentido,
para que no se pierda en las nieblas del tiempo.
¡Qué mejor que un poema,
que nos sirva de núcleo del recuerdo.

Respecto a la estructura de los poemas que he escogido, hay unos cuantos haikús que permiten dar una breve descripción de lo visto con sus estrofas de tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, y en general, son poemas polimétricos de estructura impar (heptasílabos, eneasílabos, endecasílabos, dodecasílabos de 7+5 y alejandrinos) que dan un cierto ritmo a lo explicado sin caer en un corsé monométrico. El inicial sobre Mýkonos sí que está formado por hexasílabos, pero en ese caso se busca la sátira más que la descripción. La estructura formal de un poema tiene su importancia, ya que es lo que lo distingue de la prosa. Por otra parte, la estructura versal, que no debe dividirse sin ton ni son, obliga a una cierta concisión de lo explicado, que me parece adecuada para estos breves apuntes de viaje.

Hace tiempo que escribo este tipo de poemas y he recogido mis experiencias de 25 años viajando por más de 75 islas griegas en un libro que he publicado recientemente “Por las islas griegas”, que recoge poemas de viaje y mis indicaciones de los lugares o establecimientos que prefiero en cada isla. Por ello, es una suerte de guía poético turística en mi línea de defender los poemas como un medio de comunicación sujeto a unas ciertas normas de ritmo, que los diferencian de la prosa. Cada uno tiene sus preferencias poéticas y las mías suelen ir más por ahí que por lo críptico y la exaltación de vivencias muy interiores y personales que difícilmente pueden trasladarse al lector.

La expresión poética es muy amplia y cada uno se siente a gusto escribiendo o leyendo un tipo de poemas, pero en mi caso opino que en los poemas de viaje debe primar la sencillez y el intento de transmitir lo visto y sentido.

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Ricardo Fernández Esteban

Ricardo Fernández Esteban

Ricardo Fernández Esteban, nacido en Barcelona, es ingeniero industrial y licenciado en filología hispánica. Ha dedicado su vida profesional a las finanzas de empresa, ejercido la docencia en universidades y escuelas de negocios, y participado en numerosas asociaciones profesionales.

Aunque siempre le interesó la literatura, ha comenzado a publicar en este siglo cuando pudo adquirir el tiempo necesario.

Dentro del género poético, empezó con la edición de una trilogía, “Cuadernos de las islas griegas”, que describían lo visto y sentido en sus viajes por las islas griegas; y recientemente ha publicado “Por las islas griegas”, un libro de viajes a modo de guía poética y personal que recorre más de 20 años de estancias y travesías por más de 70 islas y los mares que las rodean. Además, tiene editado un libro de poemas sobre la adicción por la navegación y las islas, “Islario de pasiones” (del que existe una versión bilingüe en griego y castellano), que duda entre seguir en el camino o buscar un destino; un libro de rimas, “Pensando en vosotras”, sobre las relaciones del narrador con las mujeres que se han cruzado en la senda de su vida; un poemario digital inspirado en la pintura, “De museos por Madrid”, que permite ver las obras de que tratan los poemas; y un tratado de métrica, “Métrica poética del español”, donde analiza con numerosos ejemplos todos los elementos que distinguen a los poemas de la prosa, dirigido tanto quienes escriben como a los lectores de poesía.

También ha publicado un libro de minirrelatos, “Cuentas de cuentos”, que busca conseguir la complicidad y sorpresa del lector en esas cortas historias que destilan la vida de sus personajes. Asimismo, ha participado en numerosas antologías y mantiene desde 2010 un blog de poesía “La palabra es mágica” (lapalabraesmagica.blogspot.com) en el que divulga obra propia publicada o inédita, y de otros poetas, que ya ha superado el millón de visitantes.

Organiza y participa en numerosos actos culturales y es ferviente defensor de acercar la poesía y la literatura al público, con medios tradicionales o innovadores. Es miembro de la Junta Directiva de la ACEC (Asociación Colegial de Escritores de Cataluña) y de la del colectivo de escritores “El Laberinto de Ariadna”.

BIBLIOGRAFÍA

POESÍA
Cuadernos de las islas griegas, 2006.
Adendas del Dodecaneso, 2009.
Más islas, más adendas de Grecia, 2010.
Pensando en Vosotras, 2011. SIAL Ediciones, Madrid.
De museos por Madrid, 2020. Digital en Amazon.
Islario de pasiones, 2020&2021. Papel y digital en Amazon.
Νησολόγιο παθών / Islario de pasiones, 2021, Editorial Παράξενες Μέδες, Rethymno (Grecia). En edición bilingüe traducida por Maira Fournari.
Por las islas griegas, 2021. Papel y digital en Amazon.
La palabra es mágica, (2010-2021). Blog poético: www.lapalabraesmagica.com

TEXTOS DIDÁCTICOS
Métrica poética del español, 2020. Papel en Amazon.

RELATOS CORTOS
Cuentas de cuentos. Papel: 2015. Ònix editor, Barcelona.
Cuentas de cuentos. Digital: 2019. Luz azul ediciones, Barcelona

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