Las nueve musas
Librepensadores

Libertad y librepensadores

Universidad Internacional de Valencia

Nunca me he encontrado con un librepensador en persona. Me he encontrado, sí, con personas que se definían a sí mismas de ese modo, pero apenas pasaron la prueba del algodón.

Estoy convencido de que, si me encontrara con uno, creería estar ante una nueva raza de hombre o, aún más, ante un extraterrestre. No ocultaré que yo mismo la he empleado en un tiempo como adjetivo para definirme, y es esta la razón por la que me veo capaz de hacer una crítica, pues sólo lo que nos hemos avergonzado de encontrar en nosotros mismos nos proporciona un enfoque objetivo y benévolo para criticarlo en otros sin desviarnos de la empatía que nos merecen.

No tengo nada contra las palabras compuestas, sino todo lo contario; hay muchos ejemplos de palabras compuestas muy prácticas y muy bellas: cejijunto, bracilargo, bocacalle, telaraña, altibajo, cantamañanas y tantas otras, entre ellas una de las desempleadas hoy en día y que está formada por tres verbos: correveidile.

El problema con la palabra librepensador es que me parece que es un oxímoron, y no a la manera de la palabra altibajo, que es una palabra compuesta por dos antónimos pero que describe perfectamente todas sus acepciones sin incurrir en contradicción con lo que expresa. No. El pensamiento, como el hombre en general, puede disfrutar de grados de libertad, pero no de una libertad absoluta, desde el momento en que el pensamiento es en sí mismo incapaz de crear algo puramente libre, sin acudir a analogías o hipotecarse.

Cuando decimos que un hombre es libre lo que hacemos es representarnos la libertad media del ser humano y, según ésta, calificar de libre o no libre a un hombre según esté por debajo o por encima de esta media. Sólo según esta referencia podemos llamar libre a un hombre sin sentir que estamos abusando del término, pues en última instancia el más libre de los hombres es esclavo de su humanidad, entendida por su limitación en cuanto tal, desde su esclavitud fisiológica a su esclavitud retroactiva, ya que todo lo que es y lo que piensa está supeditado al marco histórico y cultural del lugar donde ha nacido.

En el siglo XXI la palabra librepensador va ligada a la imagen del que rechaza un convencionalismo, sin importar que ese convencionalismo lleve o no razón. Se confunde así con la palabra transgresor. Así, si una persona con un nulo conocimiento de filosofía ni aún de historia de la religión o general, se dice atea, la tendencia del siglo XXI es la de calificarla como librepensadora sin analizar cómo ha llegado a ese ateísmo, si lo es verdaderamente, si le ha sido impuesto desde niño, etc.

Da igual que su pensamiento sea de segunda mano, que repita las falacias más burdas y trilladas, o que diga disparates sobre historia. Pondré un ejemplo. Hace unos años, cuando yo era ateo, un amigo creyente y yo nos encontramos, casi sin darnos cuenta, en un debate sobre Dios y las religiones con un grupo de conocidos. Mi amigo es un creyente heterodoxo, al que no le interesa la Iglesia más que como monumento arquitectónico, y que por supuesto desea la separación de ésta del Estado. Cuando mi amigo dijo que era cristiano, a uno de los que se había calificado como librepensador se le enfelinaron los ojos y se le abombaron las venas del cuello. Comenzó a reprocharle a mi amigo la Inquisición, las torturas, las quemas, y todo cuanto fuera un sucedáneo del cristianismo, que es todo cuanto ha pasado de dos mil años a esta parte. Mi amigo aguantó con un estoicismo impecable, mirando impávido al “librepensador” que se había enfurecido con la palabra cristiano tal como un perro peligroso que ataca al oír una palabra clave. Cuando se le acabaron los lugares comunes de su pensamiento y se apaciguó, mi amigo le contestó serenamente más o menos lo que sigue: «por más que me lo repiten una y otra vez, nunca me deja de sorprender la cantidad de asociaciones que alguien puede desprender de una sola palabra. Veamos: te he dicho que soy cristiano; esa palabra debería significar sólo lo originario, lo primitivo, es decir las enseñanzas de Jesucristo (solidaridad, fraternidad, amor al prójimo, igualdad) que sólo a un loco, crea en su divinidad o no, le podrían disgustar. Pero tu pensamiento ha hecho todo lo contrario: ha acusado a esa palabra de todo cuanto no significa, de todo cuanto le es antónimo. La has asociado a la Inquisición, una institución creada mil años después del cristianismo original, y que se autoproclamaba portavoz de éste. Bien, estarás de acuerdo conmigo en que el hecho de que yo diga que mato en tu nombre, no te hace cómplice ni culpable principal del crimen, siempre que esa mi portavocía sea infundada. Lo que quiero hacerte ver es que has acusado al cristianismo de la Inquisición, cuando una ligera reflexión libre de prejuicios te demuestra que los actos de la Inquisición son en sí mismos anticristianos, y cuando también te lo demuestra la misma historia, pues los herejes a los que perseguía la Inquisición no eran en su mayoría, como se piensa popularmente, ateos, sino cristianos que no querían desviarse de la originalidad del cristianismo, como los cátaros. Entonces tú, que te has definido como librepensador, has hecho lo siguiente: sacar todos los lugares comunes, todas las falacias de asociación que has ido recolectando durante años de los más superficiales de los ateos, y de los que tu pensamiento se impregnó sin filtro previo ni libertad alguna, o al menos no más libertad que la de un fanático religioso. Comprenderás que yo no pueda ponerme a tu altura, pues me daría vergüenza darle la vuelta a tus falacias y acusarte a ti de los crímenes que se hayan cometido, por ejemplo, en los ateísmos de Estado, como si el hecho de que tú fueras ateo te emparentara más con esos crímenes. Lo siento, no puedo. Prefiero sufrir las falacias a emplearlas, pues aunque ello pudiera suponer salir vencedor del debate a ojos de los demás, no lo sería a mis ojos».

Este es sólo un ejemplo, pero se puede ampliar a cualquier posición o postura. Cuando más sospecho de que alguien tiene un pensamiento de segunda mano, es cuando se califica como librepensador. Animo al lector a probarlo, y no sólo contra aquellos librepensadores que defiendan una idea contraria a la nuestra, sino, en un acto de honestidad, con aquellos que defienden nuestra misma postura.

Si usted es ateo, y se encuentra con otro ateo que se hace llamar librepensador, hágase pasar por creyente (si no es tan dogmático como para no encontrar buenos argumentos en la creencia) y podrá observar la cantidad de lugares comunes y pensamientos prestados con los que el otro defiende su postura; si usted es creyente, y se encuentra con otro creyente que se hace llamar librepensador, hágase pasar por ateo (si no es tan dogmático como para no encontrar buenos argumentos en el ateísmo) y se dará cuenta de que de librepensador sólo tiene, y le sobra, el nombre.

Lo mismo puede hacer con personas de izquierda o de derecha en el ámbito político. Aunque debo reconocer, siendo simpatizante de izquierdas, que es la izquierda quien más abusa de esta palabra, antes de soltar una retahila de discuros más antiguos que el mal hablar. Porque un librepensador deberá darnos pensamientos nuevos por libres, y eso es lo que nunca sucede.

Los pensamientos más originales y novedosos de la historia no lo son más que en cuanto agregan una nueva visión, una nueva vía, a un pensamiento heredado por la familia humana. Así un idólatra de Nietzsche puede sentirse defraudado al conocer cuan poco original era su pensamiento, ya que éste era una copia poética y envuelta en retórica de los pensamientos de Stirner, Emerson, Schopenhauer, y tantos otros pensadores anteriores a él. De manera análoga el librepensador del siglo XXI es una persona que repite viejos pensamientos con palabras nuevas, y que realmente es tan ingenuo que cree no sufrir influencia ninguna del mundo exterior que condicione su pensamiento, y tan inconscientemente soberbio como para calificarse así. Sin embargo, cuatro preguntas estratégicas, al modo mayeútico, sirven para asaltar su pretendido pensamiento inexpugnable y provocarles una irritación que muestra los síntomas de una urticaria en el orgullo.

Y es que la libertad es un concepto sobre el que apenas reflexionan quienes más utilizan esa palabra como estandarte. La libertad no está en un camino y no en otro, sino que es la capacidad de elección entre los dos caminos.

La idea de libertad llega a ser tan frívola en algunos grupos que la defienden que acaban defendiendo la caricatura de la libertad, una libertad con rasgos distorsionados, algunos más pequeños de lo que debieran, otros desproporcionadamente grandes. Por supuesto que la mayoría de personas considerarán más libre a una mujer europea que trabaja, pongamos por caso, en una sucursal de un banco, que a una mujer árabe cubierta con un velo. Es, ciertamente, la primera impresión. Pero profundicemos en ello. Siempre que partamos de que la mujer árabe no ha sido obligada de forma directa, imperativa, si su decisión es la de llevar velo aún cuando no esté casada ni sea una imposición familiar, es tan libre como cualquiera. Está, si, influida por su cultura, como no puede ser de otra manera. ¿Pero es que acaso la mujer de la sucursal no lo está? Veamos: a primera vista, por sus rasgos exteriores, por su forma de vestir, nos aparecerá como alguien indudablemente más libre, ¿pero acaso no está ella también totalmente influenciada por su cultura, la occidental? Esa mujer compra la ropa de marca que los anuncios le imponen, compra mil productos estéticos para cubrir las expectativas de la sociedad en que vive, pasa hambre para mantener el tipo, cumple unos horarios férreos, debe mostrar la imagen que su cultura, a través de la religión capitalista, le impone, aunque sea contra su salud y los zapatos de alto tacón le ampollen los pies. ¿Acaso no vemos aquí una martirización religiosa, la de la religión capitalista a la que se refería Walter Benjamin? Tras una reflexión menos superficial vemos que esas dos mujeres son igual de libres o esclavas. Que mientras una debe rezar a una hora señalada, la otra debe comer a una hora señalada; que mientras una usa un velo impuesto por su cultura, la otra usa otra más amplia variedad de ropa pero también impuesta por su cultura; que mientras una está agobiada por las tareas del hogar, la otra está agobiada por las tareas fuera del hogar; que mientras una parece obligada a contraer matrimonio, la otra parece obligada a rechazarlo. Y así encontramos analogías y coincidencias en todos los puntos, hasta darnos cuenta de que se trata de dos tipos de libertad, o de esclavitud, que apenas se diferencian por la forma y no por el fondo.

Nuestra generación encuentra faltos de libertad, esclavos inconscientes y absurdos, a las personas que acuden a misa un domingo, y sin embargo encuentra natural y libre acudir ese mismo domingo a las tiendas de moda, a los restaurantes de comida rápida, a cualquier establecimiento cerrado de la ciudad donde poder adorar y adquirir imágenes sagradas. Yo mismo he sentido una especie de desprecio intelectual por las personas que acuden a misa, al no compartir ni participar de ese acto. El lector, sin embargo, puede reflexionar sobre el hecho, aun a riesgo de herirse el orgullo: tanto el hombre que acude a misa como el hombre moderno que acude a los establecimientos comerciales, lo hacen por una acuciante necesidad de idolatría; los dos necesitan de la liturgia, de las imágenes, del espectáculo; los dos (en esto pierde el hombre moderno) se dejan el dinero en ello; ambos se someten a un poder más alto, a algo omnipresente e intangible. De modo que, aunque yo no acuda a misa ni crea en la institución de la Iglesia, me parecen ridículos aquellos librepensadores que con aires de suficiencia pretenden hacernos creer que nuestros abuelos eran unos palurdos por acudir a misa a ver imágenes y dejar su dinero en el cepillo, y que sin embargo es mucho más racional encerrarnos en un cine a ver imágenes y dejar nuestro dinero en la entrada.

Sí, la modernidad es lo más antiguo que existe, pero la actual modernidad sufre de una arrogancia y soberbia contra el pasado que es sólo síntoma de que vive en el ojo del huracán de la ignorancia, ajeno a su propia estupidez.

Esa libertad manufacturada, estereotipada y frívola con que pretenden regalarnos los políticos en su función de heraldos del verdadero poder, es cualquier cosa menos libertad. Conviene tener, sí, un pensamiento lo más libre posible para prevenirnos precisamente de algunos librepensadores y de la concepción de libertad que quieren, paradójicamente, imponernos. Una libertad única, regurgitada, que pretenden hacernos engullir para que no podamos percatarnos de qué está hecha.

Cuando la libertad que nos brindan va en una única dirección, cuando es una libertad predestinada y preconcebida, y no una libertad que nos ofrece varias vías de decisión y en la que tenemos que tomar parte activa y no pasiva, conviene rechazarla como si fuera el traje liberal de la esclavitud.

Si vamos a poder hablar tan sólo de lo que es políticamente correcto, si una libertad impuesta va a coaccionar nuestra libertad de conciencia, entonces la libertad es un convencionalismo adulterado hasta perder su esencia, y conviene entonces que los que creemos en una verdadera libertad comencemos a sospechar de la libertad impuesta y de los librepensadores de etiqueta.

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina (Mallorca, 1 de abril de 1986) es un escritor español.

Aunque sus comienzos estuvieron enfocados hacia la poesía y la narrativa (ganador II Premio Palabra sobre Palabra de Relato Breve) su escritura ha ido dirigiéndose cada vez más hacia el artículo y el ensayo.

Su pensamiento está marcado por su retorno al cristianismo y se caracteriza por su crítica a la posmodernidad, el capitalismo, el comunismo, y la izquierda y derecha políticas.

Actualmente se encuentra ultimando un ensayo.

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