Las nueve musas
Abel Azcona

Las hostias y los niños

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Primero os mostraré mi prejuicio. Nunca me sentí creativamente atraído por el performance pues siempre me he sentido escultor y he vivido mi necesidad artística vital sustanciada en una producción de soporte material.

Una expresión basada en la creación de objetos bi o tridimensionales impregnados, a modo de fetiches, de determinadas cargas simbólicas o conceptuales.

Por eso el performance siempre me quedó lejos y dado que durante mi formación como escultor toda enseñanza de lo performático en mi facultad recaía en el departamento de escultura, lo llegué a vivir incluso como algo extraño a mí que forzosamente tenía que conocer y disfrutar.

Esta situación, unida al tedioso amateurismo y los reiterados tópicos que a menudo detectaba en ellos, determinó en mí un cierto rechazo a priori de los performances que sólo el paso del tiempo y la autocrítica, creo, me han ayudado a superar.

Este prejuicio que os he mostrado me llevó en un primer momento a percibir la polémica pieza titulada “Amén” del célebre Abel Azcona,  que ha desencadenado una fuerte reacción por parte del mundo católico español, como poco más que un previsible éxito de marketing artístico basado en una hábil pero, como el propio artista reconoce, conceptualmente facilona y muy visitada idea.

Consiste la pieza en doscientas cuarenta y dos hostias consagradas que el artista fue recolectando durante la Comunión asistiendo a entre ocho y nueve misas diarias, oficiadas en distintas parroquias de Pamplona, ciudad natal de Azcona y de fuerte arraigo del Opus Dei. Con las referidas hostias, el artista escribe en el suelo la palabra “pederastia” y registra fotográficamente el proceso. En su exposición retrospectiva “Desenterrados”, que se llevó a cabo recientemente en una capilla desacralizada de Pamplona, fueron expuestas las fotografías junto a las 242 ostias.

AménLa previsible reacción de los sectores ultra-católicos no se hizo esperar llegando a superar las expectativas, porque seguro que hubo expectativas, con todo un despliegue de denuncias, amenazas, rosarios multitudinarios con fraile arrodillado en las puertas, una tentativa de homicidio y el robo de algunas de las sagradas formas… el registro de toda esta reacción en fotos, documentos y vídeos pasó así a formar una inestimable colaboración a la obra, que al parecer acabó siendo vendida por doscientos ochenta y cinco mil euros a un coleccionista francés. Azcona dice que donará el dinero en su totalidad a dos ONG’s de atención a niños víctimas de abuso.

 

fraile arrodillado en las puertas Uno puede entender, más allá de que comulgue o no con esas creencias, que haya quien se sienta ofendido por la injusta generalización que significa representar un vergonzante fenómeno minoritario, aunque nada desdeñable, con lo que es el símbolo primordial de la iglesia.

No todos los clérigos ni mucho menos son pederastas luego puede resultar injusto y ofensivo generalizar el ataque representándolos con un símbolo común a todos ellos como son las hostias consagradas. Sin embargo  lo que desgraciadamente sí que ha venido siendo una práctica generalizada es la ocultación de la pederastia en el seno de la iglesia y la marginación de sus indefensas víctimas.

No deja de ser curioso, terrible y digno de reflexión que la desaforada reacción se produzca contra quien señala el problema en vez de contra quien lo genera. Nunca el abuso a ningún pobre niño levantó tanta ira y tanta sed de justicia. Ningún monje se ha arrodillado en público frente al abuso,  tampoco nadie en la iglesia se ha levantado ante ello.

A mi modo de ver es este el prisma desde el que se puede entender este trabajo que, pese a su simpleza y posible oportunismo, visibiliza un problema.  La pederastia en el seno de la iglesia era ya  evidente “ad nauseam” antes de Azcona. La reacción por parte del mundo ultracatólico era también cuando menos previsible pero ha quedado una vez más vergonzosamente patente. Otro tema sería discernir si realmente este ataque generalizado promueve alguna nueva reflexión y si en definitiva ayuda a evitar algún abuso o por el contrario llega tarde, justo en un momento en que algo se mueve en la iglesia contra la pederastia, y contribuye al cierre de filas de los sectores más retrógrados dificultando los avances que en el tema se pudieran dar.

Como decía antes, mi prejuicio me llevó a pensar que el tal Azcona era un simple oportunista y que, como en el caso de aquella figura del Papa derribado por un meteorito presentada quince años atrás por Cattelan, el ataque a la iglesia católica le reportaría segura notoriedad contando con la reacción que a buen seguro iba a suscitar.

CattelanEl detalle de la presencia, a mi modo de ver gratuita, de Azcona en las fotos del montaje reforzó en mí esa percepción. También el sutil desplazamiento argumental entre su dura infancia, llena de abusos, y el hecho de que no los hubiera perpetrado nadie de la iglesia me resultó un poco extraño siendo éste un montaje tan claramente enfocado en un carácter autobiográfico.

Antes de lanzarme a escribir este artículo, decidí informarme más a fondo acerca de este artista que en todos los titulares aparecía a mi modo de ver como una reedición más del manido mito romántico del artista maldito. Absolutamente todo lo que hallé publicado sobre él abunda de modo insistente sobre el hecho (él mismo también insiste en ello) de que fue abandonado al nacer por su madre drogadicta y prostituta y que vivió una infancia marginal y llena de abusos hasta su adopción a los siete años por una pudiente y tradicional familia pamplonesa que él abandonó al llegar a adulto.

Cabe decir que toda la existencia de Abel Azcona gravita insistentemente sobre el trauma del abandono y el abuso. De un modo tranquilo y desapasionado explica en una entrevista a Nafar Telebista que él no debería haber nacido. El abandono es para él una especie de negación de su derecho a la existencia. De hecho incluso defiende el aborto como un derecho del menor, una protección a la infancia para evitar a los no nacidos el correr su misma suerte. Asume también con total tranquilidad que no vivirá mucho tiempo y augura que su fin será un último performance… No en vano cuenta haber vivido cinco intentos de suicidio y reconoce haber sufrido un trastorno límite de personalidad.

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En trabajos anteriores no ha dudado en recluirse sesenta días a oscuras en un reducido espacio o exponer su cuerpo travestido a la voluntad del público en las calles de Bogotá en un trabajo acerca de la prostitución en donde pretendía empatizar con su madre prostituyéndose literalmente en las calles y llegando incluso a hormonarse para ello. También, frente a la típica y falaz crítica de que los artistas “no se atreven con los musulmanes” Azcona tiene un trabajo en que se come un Corán y por el que dice haber tenido que pasarse una temporada con escolta.

Es indudable que si todo lo que dice es cierto, Abel Azcona juega fuerte con su obra y muestra un compromiso encomiable y digno de un gran respeto. Quizás sus primeros siete años de vida de corte tan dickensiano, pudiendo haber sido muy duros, podrían haber dado lugar a unas decisiones de vida menos trágicas y a mi parecer tan ilógicamente autodestructivas en alguien tan joven. Porque incluso más allá de la crítica social y política que es lo que él siempre propugna, autodestrucción es lo que sugieren sus palabras.

Un triste espectáculo de autodestrucción en que él al fin el juguete roto se siente valorado y  que parece ser en definitiva la base de su emergente y  convenientemente controvertido éxito en este evanescente mundillo artístico que hoy le acompaña. Ese mundillo que le alienta pero a buen seguro no le acompañará hasta el último acto. En el espectáculo de su inmolación, si es que esta llega a producirse, Abel Azcona estará solo.

Alfredo Llorens

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