Manual de desees / Manual de diosas. Publicado en 2022 por Ediciones Torremozas en español, lengua materna de la autora, en edición monolingüe, y ahora por Compte d’Aure y que ve la luz en edición bilingüe en la cuidadosa traducción de Josep Anton Vidal, recorre la historia de una sumisión impuesta. La de un colectivo entero.
Reconforta ver que la poesía puede ser mucho más que una vana entelequia, una artificiosa construcción de una voz poética con la intención de buscar en un alma pretendidos sentimientos profundos y oscuros. ¡Hay tanta de esa clase! Y sobra toda. Como si fuera producida por lo que ahora llaman inteligencia artificial, cuando la leemos tenemos la impresión de que hasta la palabra inteligencia está de más, porque de lo que se trata en general en estos casos es de producir un efecto de íntima sensibilidad en el lector que por la críptica y forzada combinación de las palabras se desenmascara como fariseísmo. Es por eso por lo que debemos agradecer tanto la poesía que aborda con seriedad, sinceridad y buena pluma la temática que explora.
El libro explora minuciosamente la historia de la condición femenina y el eterno yugo de sumisión y cosificación a que la mujer ha sido sometida. Lo hace desde el dolor profundo, ahora sí, de una alma sincera, la voz poética, que desgrana las causas desde el origen bíblico: “Tantos libros / -los santos, los profanos- / no han servido para dar testimonio / de una penosa historia / mal contada. // […] (Historia); “Caín o Abel. ¿ Alguna hija acaso? / La llave del arcano es el origen” (Madres), o “Quisiste concluir tu obra con pobres materiales. / ¿Una costilla? ¿Una broma? / Habías creado / un destino implacable” (Castigo), un destino impuesto desde el principio de los tiempos, que, como una maldición eterna sin tregua, nos persigue: “Las mujeres del siglo XXI / seguimos atadas a las viejas herrumbres. / Nos describen sin vernos. / Borran cualquier signo de la vida licuada” (Pitonisas). El sujeto poético pone al descubierto los diversos y matizados síntomas en que se manifiesta la absoluta mirada patriarcal que impera: “Las mujeres desnudas solo pueden / exponerse en los museos. / Se las exhiben seres muy poderosos / como si fueran los amos. / Se tiene que pagar entrada” (Como Dios la trajo al mundo). La contundente conclusión es estremecedora y remite de manera implícita a la otra realidad a que está sometido el cuerpo femenino. Pero el yo poético quiere prevenir también: “No salgáis de la cueva. / […] // Aquí la dicha está domesticada. / Luce una brillante correa / alrededor del cuello / […] // No os dejéis engañar, / no salgáis de la cueva. / Fuera, el destierro amenaza / en todas direcciones” (Aviso). Y en otro de tantos otros registros del calvario femenino: “[…] // Es la no-llaga. / Se nutre del no-amor, de no-mirada. // Es pura inanición, circuncindada de sobras, / atropellando el cuerpo que claudica” (Maltrato). Y dirigiéndose al mundo masculino excluyente y mortificador le exhorta: […] // Queremos verte, / hombre desnudo en el proscenio. / […] // sin piedras, sin cuchillos, / sin la mano que hiere, / sin la mano que mata” (Anhelos). O se refiere a la infantilización programada y a la predestinación impuesta a la maternidad de la mujer desde la niñez: “La hija aprende el oficio / jugando con sus muñecas. […] // La niña juega siempre en su alcoba. / No ha conseguido / escapar de la cuna” (Hija). O “[…] // He visto a la niña / crecer más deprisa que el verdugo / con la esperanza de escapar / en el último momento” (Misterio). Una esperanza que no llega: “El ayer aparece / como un gran lienzo tela blanco, / acribillado de colores ausentes. […] (Lo que no hice), porque “Si somos invisibles, /¿ como nos reconocerán nuestros hijos? // […] No conocemos nuestra historia / ni la vuestra, hijos nuestros” (Invisibles). Y es esta invisibilidad la que la autora pretende compensar y ayudar a reparar con la brizna de esperanza que quizás sus letras esparzan a los vientos de quienes un día las lean.
El libro dedica la segunda parte, Modesto saber, a las diosas y a los personajes mitológicos de la cultura clásica, eslabones de la misma cadena de infortunios, tan cómplice, que refuerza la eterna educación sensiblera de los cuentos de hadas dirigidos a las niñas: “[…] // No sabía que el río / era un príncipe encantado / y escondía una fiera en su lecho. / […] // No sabía que el río / era un ser trashumante / y que su única meta era ahogarla / entre las dos orillas” (Ninfa). La palabra vigilante es recurrente, no por casualidad: hay quien vela para mantener la fortaleza inexpugnable.
Carmen Plaza, cultiva la poesía desde hace tiempo. La autora escribe en verso blanco con sensible sentido del ritmo. Burgalesa de nacimiento, desde hace muchos años arraigada en Cataluña, es autora de una larga lista de poemarios y ha sido galardonada con varias distinciones. Leer su poesía es un placer que ilustra, alienta y repara.
Carmen Plaza
Manual de diosas / Manual de deeses
Traducción al catalán de Josep Anton Vidal
Editorial Comte d’Aure, 2024, 156 pp.
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