Las nueve musas
Porfirio Díaz

La ópera durante el porfiriato

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Se conoce como porfiriato el periodo comprendido ente 1876, con la subida al poder de Porfirio Díaz y el 25 de mayo de 1911, cuando abandona el país después de haber firmado los tratados de Ciudad Juárez, consecuencia de los levantamientos armados con los que se dio comienzo a la Revolución Mexicana.

Durante todo este periodo bajo su gobierno de 35 años, México vivía una paz forzada pero sumamente necesaria después de todo el proceso sangriento de la independencia, la liberación de la invasión francesa y la guerra de la Reforma promulgada por Benito Juárez (1806-1872). Este periodo, de gran influencia francesa en lo cultural y en lo social, marcó una forma de vida basada en las haciendas y las minas como medios básicos de creación de riqueza, en la educación a la europea y en una enorme diferencia de clases sociales. Sin embargo, la educación, la cultura y el ocio tuvieron una etapa de desarrollo poco frecuente en el devenir histórico de nuestro país.

La ópera ocupaba un importante lugar en las actividades sociales de la sociedad porfirista. Dentro y fuera de las ciudades capitales, la ópera se representaba con mucha frecuencia y gozaba de gran popularidad.

“La afición mexicana por este género es tradicional: antes de la Revolución, grandes cantantes desfilaron por teatro de la capital y de la provincia, donde los había capaces de albergar a las compañías en gira; hubo una vez, como lo relata Armando de María y Campos (…) en que se reunieran dos compañías simultáneamente en la misma ciudad, lo que daba lugar a la formación de bandos de aficionados y se avivaba aún más el interés por las representaciones”[1]

Ir a la ópera no sólo era una diversión, sino que seguía siendo una manera de socializar y educar, sobre todo a las mujeres, además de lograr una sociedad más civilizada. La lírica y la música de concierto siempre tuvieron el papel de agentes civilizadores y de termómetro del desarrollo cultural de un país. Es por eso que se habla de funciones para soldados y para obreros, de hecho, Ramón Pulido Granata documenta una gran actividad que incluye una compañía de ópera para obreros en 1904 cuyas presentaciones tuvieron lugar incluso cuando ya había comenzado la revolución mexicana en 1910.

Después de la criticable decisión de derruir el Teatro Nacional para abrir una calle y mientras se construía su sustituto que sería el Palacio de Bellas Artes (cuyo proceso de construcción fue muy largo, tortuoso y detenido por la guerra revolucionaria, por lo cual estuvo listo para albergar representaciones hasta muy entrada la década de los años 20), el Teatro Arbeu fue proclamado el teatro oficial de las representaciones operísticas. En su escenario cantaría la famosa coloratura italiana Luisa Teatrazzini (1871-1940) en 1903 dando con ese histórico momento inicio a una de las temporadas más memorables de la ópera en México, en la cual, entre otras cosas se estrenó Werther de Jules Massenet.  Esto significó un cambio en el repertorio, rescatando el amor por el bel canto  y abrió el interés de las estrellas internacionales por presentarse en nuestro país, como nos lo hace saber Francesco Milella en su artículo: El barbero mexicano, el siglo XX publicado en 2016 por la revista Música en México:

Su llegada a México en 1903 fue para el público y la prensa mexicana de esos años el evento del siglo ya que se trataba de la Diva más admirada y cotizada a nivel mundial. El amplio repertorio que la soprano florentina había preparado para el público de México incluía, además de Lucia di Lammermoor, Traviata, e I Puritani, también El Barbero de Sevilla, ópera que presentó en el Teatro Arbeu el 29 de octubre de 1903 con un triunfo sin precedentes. La experiencia de Luisa Tetrazzini, afortunadamente, dio inicio en México a una fase de extraordinaria calidad musical: todas las grandes voces del momento, después de la temporada de ópera en el Colón de Buenos Aires durante los meses de verano, se trasladaban a México en otoño antes de volver a sus teatros europeos y norteamericanos para las temporadas de invierno.[2]

Entre 1904 y 1910 la ópera mexicana viviría una de sus épocas de esplendor. Con funciones en diferentes teatros a lo largo de todo el año, algunas de ellas de carácter masivo para soldados, obreros y gente que no acudía regularmente a un teatro, e incluso había haciendas que tenían teatros para representaciones operísticas.

Sería en el año 1907 cuando se daría el debut de Fanny Anitúa (1887-1968), una joven contralto que daba un recital en agradecimiento a la beca que le otorgaba Justo Sierra (1848-1912), el entonces ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, en nombre del presidente Porfirio Díaz para estudiar en Europa. La segunda gran diva mexicana seguiría los pasos de Ángela Peralta (1845-1883), ganando para nuestro país enormes reconocimientos y haciendo una carrera que hasta el propio Giacomo Puccini reconoció.

La música en el ámbito privado era sobre todo asunto de mujeres, la mayor parte de las señoritas educadas debían saber tocar el piano o algún instrumento y cantar. Las reuniones en los salones de la alta sociedad seguían siendo frecuentes y tenían un sentido de intelectualidad que quizá ahora nos parezca imposible.

También es cierto que “Se puede decir que casi todas las actividades de entretenimiento de la época tenían que ver con la música. Por un lado, los bailes y la música de salón y por el otro la ópera, la opereta, la zarzuela, el cancán y el ballet, eran los espectáculos más populares durante el porfiriato.” Así nos lo describe el artículo Microhistorias: Entre óperas y valses, la música en el porfiriato.[3]

Sin embargo, paradójicamente y como ya es costumbre en nuestra historia, los compositores mexicanos de ópera de este periodo no tuvieron más fáciles sus estrenos y algunos, como el caso de Anita de Melesio Morales, tuvo que tener lugar un siglo después. Desgraciadamente otras ni siquiera fueron tomadas en cuenta.

La Revolución mexicana no terminó con la actividad operística. Aún en medio de la virulencia social, las compañías de ópera hacían giras como lo he mencionado en mi artículo pasado.

La ópera conoció nuestro continente en el siglo XVIII, pero siempre encontró la fuerza para quedarse en nuestra sociedad siglo tras siglo, revolución tras revolución. Con una persistencia que, a la fecha, nos sigue sorprendiendo.

[1] INBA, 1958: 95

[2] EL BARBERO MEXICANO: EL SIGLO XX

[3] Microhistorias: Entre óperas y valses, la música en el porfiriato

(imagen de cabecera Entrada del general Porfirio Díaz a Puebla, óleo de Francisco de Paula Mendoza)

 

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Enid Negrete - Ópera

Enid Negrete

Enid Negrete se ha formado profesionalmente tanto en el medio musical como en el ámbito teatral. Es Doctora en Artes Escénicas por la Universidad Autónoma de Barcelona. Reside en esta ciudad desde hace quince años, donde ha trabajado como productora y directora de escena de teatro y ópera, así como especialista en archivos operísticos, crítico, profesora y articulista.

Como investigadora fue la primera en estudiar los archivos históricos de los dos teatros más importantes de ópera de España: El teatro Real de Madrid (actualmente consultable en el Institut del Teatre) y el Archivo histórico de la Sociedad del Gran Teatro del Liceo de Barcelona (en proceso de digitalización por la UAB). De 2013 a 2016 fue investigadora invitada del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información “Carlos Chávez” del Instituto Nacional de Bellas Artes de México, donde realizó el diseño de la primera línea de investigación de la ópera en México.

Desde el año 2006 ha colaborado en diferentes publicaciones especializadas en ópera, música clásica y artes escénicas, tales como Ópera Actual, Opus Musica, La onda, Revista ADE de la Asociación de Directores de Escena de España, Heterofonía y Recomana.cat.

Actualmente es la presidenta de la Fundación Arte contra Violencia dedicada a apoyar a los artistas de escasos recursos, dar formación profesional y difundir el arte mexicano en Cataluña.

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