Las nueve musas
Trafalgar

El nacimiento del mito en Trafalgar

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Fue en Trafalgar cuando Napoleón Bonaparte perdió el poder de su flota y con ello, la posibilidad de invadir Gran Bretaña.

Por último, en Waterloo, se frustraron definitivamente sus intenciones imperiales de dominar Europa Continental y extender ciertos códigos y principios enunciados durante la Revolución Francesa.

Horatio Nelson 
Horatio Nelson

Los acontecimientos de este período pusieron de manifiesto, entre otros, a dos notables personajes antagónicos, dos extraordinarios estrategas que tuvieron importante relevancia en los destinos de nuestro tiempo: el almirante británico Horatio Nelson y el general francés Napoleón Bonaparte. Sus actos definieron el paso de la Era Moderna a la Contemporánea, alentando nuevas formas del pensamiento; nuevas interpretaciones en el mundo de la cultura, la política y el arte de la contienda.

Aquella vez en Trafalgar, frente a las costas de Cádiz y después de un largo control sobre el Canal de la Mancha, las 61 naves de guerra aliadas francoespañola, se vieron obligadas a enfrentar a los 60 navíos británicos que le salieron al encuentro, desencadenando la batalla naval que resultó decisiva para frustrar los planes de invasión napoleónica sobre Gran Bretaña.

Debido a los meses que llevaban en el mar y la distancia para recibir suministros, el hasta entonces vicealmirante Nelson, se vio obligado a tener que dirimir el encuentro de forma rápida y eficaz. Consensuando con su plana mayor, decidió un plan estratégico que pudiera sorprender a su adversario y vencerlo de modo fulminante. La táctica fue la de no formar sus naves en línea convencional, que según los cánones de la época, indicaban que las cubiertas de babor debían enfrentarse a las de estribor del adversario. Una vez posicionados, debían echar anclas y cañonearse hasta que pudieran abordar o demolerse.

Así fue como el 21 de octubre de 1805, la flota británica atacó en cuña formando una “V” dirigida raudamente al centro de la larga fila de los 61 navíos de la flota napoleónica, comandada entonces, por el vicealmirante francés Villeneuve.

Al inicio de la batalla en Trafalgar, una bala de cañón español cayó al agua cerca de estribor de la nave insignia de la flota británica. Luego, otra a babor volvió a salpicar las cubiertas del Victory; sin duda, el enemigo tenía alcance de fuego. El gigantón Hardy, secretario de Nelson, le hizo notar que sus condecoraciones prendidas en el pecho, lo hacían un blanco fácil y tentador para los francotiradores en la flota enemiga. Nelson le respondió: “Ya es demasiado tarde para cambiar de chaqueta”.

Durante 40 minutos la flota británica formada en “V” avanzó con el Victory a la cabeza. La otra línea estaba encabezaba por el Royal Sovereing comandado por el vicealmirante Cuthbert Collingwood. Sin disparar, ambas alineaciones arremetieron contra la larga fila francoespañola. Los británicos tenían sus razones para no responder con sus armas: una, que las proas de estos barcos estaban débilmente artilladas y la otra era para ahorrar municiones. Lo temerario de la maniobra fue la de continuar con la arremetida mientras soportaban las andanadas de los cañones enemigos, que de tanto en tanto, causaban fatales daños en los velámenes británicos más cercanos.

Durante la embestida, los tripulantes avanzaron tendidos boca abajo sobre las cubiertas debiendo enfrentar los incesantes y erráticos disparos que, sin desanimar el acercamiento, rasgaron los velámenes restándole velocidad a las naves capitanas.

VilleneuveEl Victory, por cuestión de cercanía, fue alcanzado por un disparo de cañón que destrozó el palo mesana[1] y las balas arrasaron sus arrastraderas[2]; inmediatamente después, otra serie de disparos destrozaron el timón.

Nelson no se desanimó; envió a 40 hombres a maniobrar el timón desde la bodega, dirigiéndolos él mismo desde el alcázar.

Durante el avance, una bala de cañón enemigo aplastó al señor Scott mientras hablaba con el capitán Hardy, no el secretario de Nelson, sino el otro Hardy, el segundo oficial del Victory. Nelson tuvo oportunidad de acercarse al cadáver y preguntó: “¿Ése era el señor Scott?” Vio como arrojaban por la borda el cuerpo mutilado para despejar la cubierta y continuar combatiendo. No había tiempo para honores ni velatorios. Nelson se mostró consternado, él no quería terminar así. Posiblemente recordó cuando en Tenerife perdió el antebrazo derecho bajo circunstancias parecidas.

Soportando el intenso cañoneo enemigo, el Victory se desplazó despacio a lo largo de la irregular línea enemiga hasta posicionarse a la par como si tratara de ofrecer un combate tradicional. Repentinamente, viró hacia la vanguardia del adversario para incrustarse en el centro de la formación francoespañola. Así fue como sorpresivamente se lanzó entre el Bucentaure, buque insignia de Villeneuve, y el Redoutable del capitán Jean-Jacques Lucas. Recién en ese momento, Nelson dio órdenes de disparar las carronadas y los cañones de doble disparo, descerrajando todo el potencial de sus armas.

El desconcertante amague inicial de Nelson sobre la vanguardia y luego haber virado intempestivamente en la mitad de la línea sobre el buque insignia, fue quizás el golpe más importante de la batalla.

Los marinos del Redoutable, se prepararon para abordar al Victory en su arremetida, pero los garfios no alcanzaron a la cubierta que se mostraba muy alta desde el buque del capitán Lucas. Éste tenía entrenados a un buen equipo de francotiradores, que al cruzarse con el Victory quedaron a una distancia de aproximadamente 15 metros, permitiendo que desde las cofas[3], los francotiradores pudieran hacer sus disparos de mosquetes sobre los hombres en la cubierta del Victory, donde entremezclado con la tropa se encontraban dos oficiales, el secretario gigantón encargado de transmitir las órdenes y un hombre bajo con llamativas medallas en el pecho y una manga cosida al uniforme.

Todos los marineros galos sabían quién debía ser el manco, y dispararon a mansalva, unos sobre el gigantón y otros sobre ese pecho brillante de medallas. Muchas balas de mosquete hicieron impacto certero, pero una sola alcanzó su objetivo más importante.

La tripulación del Victory se estremeció. Por un momento el tiempo pareció detenerse y varios hombres corrieron a auxiliar al vicealmirante que cayó herido en el pecho. Comprobaron que su secretario había muerto, pero Nelson aún estaba con vida. Lo llevaron de urgencia a la bodega donde el doctor Beatty atendía a los heridos en un improvisado quirófano de a bordo.

Aunque le habían tapado las medallas con un pañuelo de cuello, el resto de la tripulación supo enseguida que su comandante había sido fatalmente herido.

La bala se había alojado en su cuerpo provocándole una hemorragia interna y una lesión medular que lo inmovilizó desde la cintura a los pies.

El segundo en el mando era Collinwood, pero estando Nelson vivo aún, se hizo cargo el segundo oficial del buque insignia, el capitán Hardy, quien siguió dirigiendo el combate.

En el desconcierto, desde el Redoutable sonó el clarín y la orden de “¡à l’abordage!”. Si bien las barandillas del Victory estaban muy altas para los garfios del buque francés, el penol principal se había incrustado en la cubierta del Victory y por ese accidental puente, los marinos franceses iniciaron el abordaje sin el éxito deseado, ya que fueron repelidos a sable y pistola.

Victory
Nave Victory

Mientras Nelson agonizaba, escuchó a sus hombres luchar encarnizadamente, y a los cañones de los navíos que no dejaban de tronar, produciendo un ruido tan ensordecedor, que no permitía oír otras voces que no fueran las de las armas con aliento a pólvora.

Un joven guardiamarina inglés de 19 años, John Pollard, continuó disparando su mosquete sobre los francotiradores que habían baleado la cubierta del Victory desde el Redoutable. Derribó a cuatro franceses, sin saber cual de todos ellos había sido el que había herido de muerte a su héroe naval. Pero sintió que había vengado la afrenta.

Maduraba la tarde cuando Nelson, con un hilo de voz, exclamó: “¡Oh Victory, Victory, cómo distraes a mi pobre cerebro!”.

A las 16:00, el capitán Hardy se le acercó para informarle que unos 14 ó 15 barcos enemigos ya se habían rendido. Nelson respondió que él había apostado por 20, poco después agregó: “No me tiréis por la borda”. Ya no podía ver, estaba ciego, pero seguramente tuvo presente la imagen del cadáver del señor Scott.

—“Oh, no, claro está que no” —le contestó el capitán Hardy.

Según los registros de bitácora, en aquellos instantes finales se dio el siguiente diálogo en la escena final de la vida del almirante más admirado en la historia naval de todo el mundo:

—“Entonces… ya sabéis qué tenéis que hacer —susurró Nelson—. Dadme la indulgencia, Hardy”.

El capitán Hardy lo besó en la frente —“Ahora ya estoy satisfecho, gracias a Dios he cumplido con mi deber” —Hardy volvió a besarle.

—“¿Quién eres?” —preguntó Nelson.

—“Soy Hardy”.

—“Dios os bendiga, Hardy”.

El capitán se retiró para dejarle el lugar al doctor Beatty que continuó masajeándole el pecho. En ese momento, el médico le oyó decir: “Doctor, no he sido un gran pecador”; mencionó algo sobre lady Hamilton y le pidió que no se olvidaran de su hija Horatia.

El doctor Beatty se acercó a su rostro de expresión serena y alcanzó a oír en un suave murmullo: —“Gracias a Dios he cumplido con mi deber…”; Nelson exhaló y ya no volvió a respirar. En ese momento moría el hombre y nacía el mito.

El cuerpo de Nelson no fue arrojado por la borda como debía hacerse con los cadáveres para evitar epidemias en la nave; fue conservado dentro de un barril con brandy y custodiado por un centinela de honor durante el resto del penoso viaje de regreso. Hasta que dos meses más tarde, el 22 de diciembre, arribaron a Gran Bretaña. En la Catedral de San Pablo se celebraron las exequias en un marco de tanta pompa como hubiera correspondido a un joven rey.

Aquella vez en Trafalgar murió el hombre para dar nacimiento al mito. Dejaba dos cosas: un tradicional ejemplo a la marinería moderna, y definitivamente a Napoleón sin flota. Desde entonces, en muchos países los uniformes navales llevan en el cuello un lazo de soguín para ahorcarse antes de ser rendidos y un viso negro en su honor, como señal de luto.

Eduardo Jorge Arcuri Márquez

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