Siempre nos han contado que los musulmanes entraron en la península en el siglo VIII desplazando a los reinos cristianos al norte, donde crecieron, se aliaron y comenzaron la reconquista del territorio perdido. Bueno… no diremos que no tenga su parte de verdad, pero desde luego, se trata de una visión parcial de la historia. Una “campaña de marketing” que otorga el derecho a apoderarse de un territorio que llevaba siglos bajo el control de los musulmanes. Una perspectiva que legitima a unos en detrimento de otros. En definitiva, medias verdades.
La historia tiene infinidad de ángulos, y dependiendo desde donde se mire, las conclusiones resultan diferentes. Si digo que “Paco me ha dado una ostia”, éste será sin duda el malo… pero quizás, si voy más atrás en el tiempo y doy más detalles, puede que Paco se haya quedado corto. Lo mismo sucede en el caso de la “Reconquista”, donde los cristianos recuperaron el territorio que les fue arrebatado, si bien, tampoco debemos olvidar en este caso, que la historia la escriben los vencedores.
Si observamos con mayor perspectiva, veremos que antes de la llegada de los romanos, la Península Ibérica era un mosaico de culturas, con pueblos autóctonos como los íberos, celtas y vascos, y la influencia de culturas externas como la fenicia, griega y cartaginesa. Lógicamente y a tenor de que los romanos llegaron a finales del siglo III a.C., no existía ningún núcleo cristiano en la península. El imperio Romano se mantuvo durante unos 700 años en Hispania, y su caída fue un proceso gradual que comenzó con las invasiones germánicas en el siglo V y se consolidó con la llegada de los visigodos en 476 d.C., tras la caída del último emperador romano de Occidente, Rómulo Augusto. La desintegración del dominio romano en la región dio paso a un nuevo orden político y cultural, un reino visigodo que duró más de dos siglos, y cuya capital era Toledo. La sociedad se organizó en un sistema de jerarquía feudal, con el rey a la cabeza y una nobleza que ejercía el poder local, siendo el cristianismo la religión oficial, si bien existían también comunidades judías y musulmanas en la región.
En el año 711, un ejército musulmán proveniente del norte de África cruzó el estrecho de Gibraltar y conquistó la Península Ibérica, poniendo fin al reino visigodo para establecer un nuevo estado al que llamaron al-Ándalus. Un importante centro de cultura, ciencia y comercio, cuya influencia se extendió por Europa, África y Asia. Tras la conquista, los visigodos no fueron expulsados de manera completa. Algunos se integraron en la sociedad de al-Ándalus y se convirtieron al islam (conocidos como muladíes), otros se establecieron en el norte, en lo que hoy son Asturias, Cantabria y el País Vasco, junto a las tribus locales, que a lo largo de la historia y a base de sus luchas contra romanos primero, y vándalos y visigodos después, habían forjado una identidad entre pueblos que daría lugar a los posteriores reinos, siendo el de Asturias el primero de ellos. Fue precisamente aquí, donde se cuajó la insurrección contra la invasión musulmana, lo que marcó el inicio de la “reconquista”.
Es en este punto donde surge mi duda con respecto al término de “reconquista”, ya que si bien los pueblos del norte se pudieron enriquecer de la experiencia visigoda a la hora de establecer los reinos, me cuesta creer que fuesen los nobles visigodos los que asumiesen todo el control, máxime cuando todavía, a principios del siglo IX, en el testamento de Alfonso II de Asturias, se renegaba de ellos culpándoles de la pérdida de Hispania. Por tanto, ¿hablamos de una reconquista por parte visigoda, o de una expansión de los pueblos del norte? Sea como fuere, se inició una lucha contra los musulmanes, primero como defensa de su territorio y forma de vida, y posteriormente como expansión. Una pelea por el poder en la que no sólo se enfrentaron al reino más fuerte, el invasor islámico, sino también a sus propios hermanos y vecinos en pos de satisfacer muchas ambiciones personales.
La “reconquista” no fue una simple lucha entre un bloque cristiano y otro musulmán, sino más bien una evolución de los diferentes pueblos que habitaban la península por el control total del territorio y la supremacía. Fueron en este sentido los reinos más jóvenes los que lograron imponerse y dominar la región, eran los reinos de Castilla y Aragón, que poco a poco crecieron y fagocitaron al resto. Fueron VII siglos desde la aparición musulmana y hasta su ocaso, en los que las alianzas, las traiciones, las revueltas y las guerras no siempre se fundamentaban en aspectos religiosos, sino más bien en intereses particulares.
A principios del siglo IX, el Emirato de Córdoba dominaba prácticamente la península, a excepción del norte, donde el recién creado Reino de Asturias hacía frente al invasor e incluso comenzaba su expansión desde la cordillera cantábrica. Además, existían algunos otros núcleos cristianos menores, como el reino de Pamplona y los condados de la marca hispánica (Aragón, Urgell y Barcelona principalmente), dependientes de los monarcas carolingios como defensa de las fronteras frente a la irrupción musulmana.
El reino de Asturias fue ganando territorio, lo que hizo que corte pasase de Oviedo a León, dando así origen en el 910 al reino de León, del que surgirían posteriormente y debido a la extensión territorial, los condados de Castilla y Portugal, así como el reino de Galicia. En el otro extremo, el condado de Aragón se desprendía de la tutela de los reyes francos y se integraba en la dinastía Navarra, el condado de Barcelona se convertía en hegemónico sobre sus vecinos, y el de Urgell, importante sede episcopal, contaba ya con dinastía propia. Si bien en un principio tanto Navarra como los condados se mantuvieron a la defensiva ante el gran potencial bélico musulmán, la desmembración del Emirato Cordobés les permitió pasar a la ofensiva y extender sus territorios.

En la primera mitad del siglo XI, y favorecidos por las disputas internas del emirato, los reinos cristianos habían avanzado y asentado sus posiciones hacia el sur. El reino de León se había extendido hacia el oeste y había fijado su frontera al sur del Duero, el reino de Navarra controlaba los condados de Aragón y Castilla, y el condado de Barcelona dominaba gran parte de Cataluña. Los cordobeses perdían terreno en su pugna con los reinos vecinos. Pero la situación dio otro vuelco con el fallecimiento del monarca Navarro Sancho III en 1035, cuyo reino se desintegró a su muerte, dando origen a la creación del Reino de Aragón y la pérdida del control sobre el condado de Castilla, que posteriormente, en 1065, pasaría a convertirse en reino. Navarra se quedaría así sin posibilidad de expansión, al no tener frontera con los territorios musulmanes y encontrarse encajonado entre los ahora mucho más poderosos Castilla y Aragón, provocando la reducción paulatina de su marca.
Castilla y Aragón irían ampliando sus dominios hacia el sur en detrimento de los cordobeses, y añadiendo territorios cristianos adyacentes. Aragón incluiría los condados catalanes a su corona, mientras Castilla hacía lo propio con los reinos de León y Galicia. El condado de Portugal no obstante, continuaría siendo independiente habiéndose constituido en reino tras emanciparse de León. Para el año 1300 d.C., el panorama peninsular era más claro, los diferentes pueblos, condados y coronas se iban anexionando, y el territorio quedaba dominado por 5 reinos: Castilla, Aragón, Navarra, Portugal y Granada, siendo Castilla el único que lindaba con los musulmanes. La frontera entre ambos reinos, denominada banda morisca, superaba los 1000km.
La aplastante derrota musulmana en la batalla de Navas de Tolosa en 1212, y la incapacidad para mantener la unidad en al-Ándalus, socavaron paulatinamente la autoridad de los almohades, dando origen a los llamados Terceros reinos de Taifas. Entre las diferentes taifas destacó la de Murcia, creada en 1228 y que extendió su dominio sobre todo al-Ándalus, a excepción de las taifas de Valencia y Niebla. Las continuas guerras internas, se veían agravadas por las incesantes incursiones cristianas, minando la paciencia de innumerables caudillos locales que no tenían más remedio que organizarse para hacer frente a los atacantes. En estas circunstancias, y hartos de la incapacidad de su señor para asegurar la marca, Alhamar el Rojo, de la dinastía nazarí, se sublevó contra la Taifa de Murcia en 1232 y se autoproclamó sultán de Arjona, siendo reconocido por diversas oligarquías. Poco a poco, fue ampliando sus territorios, hasta que en 1238 logró su máxima extensión territorial conquistando Málaga, Almería y Granada, donde además, establecería su nueva capital proclamándose rey.
Esta gran expansión despertó el recelo de los reinos cristianos y provocó la conquista castellana de Arjona, así como el cerco a la ciudad de Jaén, lo que obligó al líder nazarí en 1246, a pactar la entrega de esta ciudad y declararse vasallo del rey cristiano pagando unas cantidades anuales. El acuerdo le garantizaba una tregua de 20 años y establecía las fronteras entre ambos reinos, lindes que se mantendría durante más de 2 siglos.
El estatus de Granada como territorio tributario y su posición geográfica favorable, con Sierra Nevada como barrera natural, ayudaron a la prosperidad del reino, que actuó como punto de intercambio comercial entre la Europa medieval y el norte de África, además de servir de refugio para los musulmanes que huían de la “Reconquista”. Fue en este reino donde pudo florecer de nuevo la cultura del Islam, con la propia Alhambra como máximo exponente.
A pesar de su prosperidad económica, los conflictos internos eran constantes, lo que aprovecharon los cristianos para arrebatar pequeños territorios al reino granadino. No obstante, los nazaríes también lanzaron razias contra los territorios cristianos, especialmente entre 1351 y 1369, aprovechando la guerra civil castellana, lo que le procuró unos años de paz y la liberación de la interferencia cristiana en su estrategia exterior. Pero la apertura de nuevas rutas comerciales directas desde el reino de Portugal a África hizo que el reino nazarí fuera perdiendo peso una vez entrados en el siglo XV.
Los reinos cristianos tampoco estuvieron exentos de luchas internas e intrigas sucesorias. Ambiciones, circunstancias, pactos y traiciones, que llevaron tanto a Isabel como a Fernando a los reinados de Castilla y Aragón, si bien ninguno de los dos era el heredero inicial o “legítimo” al trono. Fernando fue reconocido sucesor tras el fallecimiento de su medio hermano Carlos, Príncipe de Viana, e Isabel, accedió al poder por medio de las armas, al resultar vencedora en la guerra civil por la corona (1475-1479).
El enfrentamiento tuvo marcado carácter internacional, ya que además de la intervención de Aragón en defensa de los intereses de la esposa de su monarca (Fernando e Isabel, que eran primos segundos, se habían casado en 1469), también participaron Portugal y Francia, ambos por el otro bando, el que defendía los derechos de Juana de Trastámara, menor de edad y única hija del fallecido rey de Castilla Enrique IV (hermano de Isabel por parte de padre).

Con el asentamiento de los reyes católicos en el poder, y la fortaleza que les otorgaba la unión de los dos reinos, pudieron acometerse nuevos proyectos y conquistas que respondían a antiguos deseos y ambiciones, entre las que se encontraba la toma de Granada. La acción militar contra los musulmanes se vio favorecida por la mala situación del reino nazarí, en el que la crisis económica y las luchas internas minaban su capacidad de respuesta. La guerra duro 10 años, un conjunto de campañas que comenzó en 1482 y que culminó con la toma de la capital en 1492. 10 años de conflicto marcados a ritmo de acciones iniciadas en primavera y detenidas en el invierno, 10 años en los que Castilla asumió el peso de las operaciones para conquistar e integrar el último reino musulmán de la península en su territorio. Acababan de este modo VII siglos de presencia islámica, lo que motivó que el Papa Alejandro VI concediese a Isabel y Fernando el título de Reyes Católicos en 1496.
Pero no pensemos que aquí acaba todo, aún quedaban más capítulos por narrar en la ambición y el deseo de unos monarcas que no se conformaban con lo que habían logrado. Se trataba de la misma historia que han escrito diferentes pueblos, en diferentes épocas y con diferentes protagonistas, pero con idéntico guión. Con la unión dinástica personificada en los Reyes Católicos y la caída del reino de Granada eran ya 4 los reinos de la península, Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, aunque la situación no tardaría en cambiar. Aprovechando una disputa entre el rey de Francia y el Papa, y con la excusa de apoyar a este último, en 1512, Fernando el Católico acometió la conquista de Navarra por los acuerdos que mantenía este reino con el francés. Si bien la disputa entre el pontificado y los franceses se solucionó posteriormente, el reino de Navarra jamás fue liberado. No obstante, las revueltas fueron continuas, haciendo que la parte Navarra al otro lado de los pirineos lograra mantenerse independiente hasta que en 1589 el rey Navarro asumió la corona francesa e incorporó gran parte de su territorio a ésta, siendo el resto agregado apenas 30 años después por el siguiente monarca galo, si bien los monarcas franceses siguieron manteniendo siempre el título de “Reyes de Francia y Navarra”.
Con el Reino de Navarra ocupado y una bula papal legitimando la conquista, prácticamente se consumaba la desaparición de otro reino en la península, con lo que Fernando pasó a anexionar el territorio a la corona de Castilla, si bien primeramente su intención fue la de adscribirlo al reino de Aragón. Quizás el hecho de que Castilla hubiese llevado la mayor parte del peso de la operación, le hizo cambiar de opinión. Sea como fuere, y a pesar de ocupar la regencia de ambos territorios, su primera intención fue la de incluir Navarra a sus dominios de origen en vez de a los de su difunta esposa… cosas del amor, el mismo sentimiento que, como buen cristiano, le hizo asumir la Corona de Castilla en detrimento de su hija (Juana “la loca”), a la que encerró en Tordesillas.
Pasaron los años, pero no las ambiciones, y el tiempo trajo una oportunidad que no podía perderse. En 1578 falleció sin descendencia, en la batalla de Alcazarquivir, el joven rey portugués Sebastián I, al que sustituyó en el trono su tío-abuelo Enrique I. El nuevo soberano había consagrado su vida a la iglesia, con lo que tampoco estaba en disposición de dar continuidad a la dinastía de Avís, y si bien intentó renunciar a su puesto de cardenal para solucionar esta circunstancia, el Papa Gregorio XIII, aliado de los Habsburgo (casa real española), no le dispensó de sus votos. El problema de la sucesión portuguesa estaba servido. La corona debía pasar a una línea trasversal y no faltaron los pretendientes, entre los que se hallaba Felipe II de España, quien envió un comisionado para presentar y argumentar su candidatura, con objeto de ser proclamado sucesor en vida del monarca. Las reticencias del soberano luso, que dejó la compleja cuestión en manos de una junta de juristas, convencieron al rey hispano de la inutilidad de sus gestiones, por lo que continuó con sus consultas para tranquilizar su conciencia y legitimar una invasión en defensa de sus derechos. La guerra pronto estuvo justificada bajo un barniz de fundamentación jurídica.
Tras el fallecimiento de Enrique I a principios de 1580 y sin haberse solucionado aun la cuestión sucesoria, la lucha por el trono había quedado reducida a doña Catalina de Braganza, Felipe II y el prior de Crato. La preponderancia del derecho entre los dos primeros era dudosa, pues si la duquesa de Braganza era descendiente de Manuel I por línea masculina y Felipe II por línea femenina, en cambio, este por ser varón podía alegar mayor legitimidad que doña Catalina. La pretensión del Prior Crato de no tenía ningún valor jurídicamente por ser hijo ilegítimo, pero contaba con el apoyo popular y del bajo clero.
Fue Felipe II el que pronto ocuparía una posición destacada para hacerse con el trono. Contaba con el apoyo de la nobleza y del alto clero portugués, que veían la unión ibérica como altamente beneficiosa para los intereses del reino, sin obviar el hecho de que las opciones de la duquesa de Braganza fueron malogradas por la ineptitud de su esposo, quien en breve tiempo y durante la gestión de los intereses de doña Catalina logró granjearse antipatías y perder apoyos para su causa. Sin embargo, antes de que se adoptase una decisión, Antonio de Crato, que no estaba dispuesto a renunciar a sus derechos, se autoproclamó rey, lo que precipitó la intervención militar española. El gobierno del autoproclamado regente apenas duró treinta días, lo que resistió su ejército que fue derrotado en la batalla de Alcántara, precipitando la caída de las principales ciudades lusas. Vencida la resistencia del último pretendiente al trono y ocupado militarmente el país, Felipe II fue aclamado como rey (Felipe I de Portugal), y reconocido oficialmente por las cortes de Tomar unos meses después. La aceptación se hizo bajo la condición de que los territorios portugueses y sus colonias mantuviesen sus propias instituciones, derechos y privilegios, sin ser anexionadas a Castilla.
Se iniciaba un ilusionante camino para ambos reinos, en el que por primera vez toda la península ibérica compartía un mismo monarca. Portugal se mantuvo cuasi independiente, con un importante imperio en ultramar que le otorgaba grandes ventajas económicas, y con un monarca comprometido a defender el vasto imperio portugués (se extendía por América, Asia y África). Los nobles aumentaron su poder político y económico bajo el reinado de Felipe II. No obstante, la situación fue deteriorándose paulatinamente tras el fallecimiento del monarca, produciéndose la pérdida de algunas colonias portuguesas, así como la de su influencia internacional. El posterior aumento de impuestos, la limitación a la que se sometió el comercio luso, los perjuicios ocasionados por los conflictos que afectaban a España y la crisis económica, entre otros factores, derivaron en el arraigo de un espíritu de sublevación que se desató finalmente en 1640. La rebelión gozó del apoyo de todas las clases sociales portuguesas, aunque parte de la alta aristocracia, la jerarquía eclesiástica y la burguesía siguió manteniéndose partidaria de los Habsburgo.
Los rebeldes presentaron la insurrección como una restauración del orden legítimo frente a la tiranía extranjera, una acción nacional de recuperación de la independencia. No obstante, se trataba de una maniobra orquestada por una minoría privilegiada para recuperar el poder político y proteger sus intereses. Proclamaron rey al duque de Braganza (Juan IV de Portugal), instaurando así una nueva dinastía, y se dispusieron a cambiar el statu quo por uno más acorde a sus propias necesidades.
Los años posteriores (1640-1668) se caracterizaron por los continuos enfrentamientos entre España y Portugal, con un frente de batalla que se mantuvo prácticamente estático debido a que ambos reinos estaban también involucrados en otras guerras, conflictos que consideraron prioritarios, como fue el caso de la sublevación de Cataluña para España. Sea como fuere, los portugueses lograron su objetivo tras 28 años de lucha, ya que en 1668 se firmó el tratado de Lisboa, por el cual España reconocía la soberanía del reino vecino. Se había logrado la independencia, pero no sin hipotecar buena parte de la economía en una serie de acuerdos con Inglaterra, Francia y las Provincias Unidas de los Países Bajos. Una cara victoria para la cual resultó fundamental la necesidad de España de atender otros frentes, y el interés de terceras potencias en limitar el poder del imperio español. Para los Austrias, la ruptura de la unidad ibérica supuso el fin de su hegemonía en Europa occidental y la imposibilidad de recobrarla.
La toma de Portugal había supuesto la culminación de un proceso iniciado con la entrada musulmana en la península ibérica. Casi VIII siglos de reconfiguración de un mapa de poder, en el que los reinos más fuertes absorbieron a los más débiles hasta que sólo quedó uno (si bien Portugal logró finalmente su independencia). El proceso no se detuvo con la toma de Granada en 1492, con la desaparición de al-Ándalus, sino que continuó alimentado por las ansias personales de poder de los diferentes monarcas, nobles y gobernantes. Un desarrollo en el que las alianzas nunca entendieron de credos ni de lazos familiares, sino de intereses y conveniencias disfrazadas de nobles motivos. La misma historia de siempre, un enemigo al que se deshumaniza y dibuja como la encarnación del mal, para lograr adhesión global a luchas personales. El sacrificio de muchos en beneficio de una minoría. No hay más que analizar el levantamiento de Portugal en 1640, o ver las innumerables veces en las que cristianos y musulmanes se aliaron, sin obviar las luchas internas y guerras civiles por alcanzar el poder. Por tanto, me cuesta creer en la “Reconquista”, en la lucha cristiana para expulsar a los “infieles” de la península. La veo más como una de esas grandes justificaciones para arrastrar al pueblo a una guerra que no es suya, a un conflicto que no le traerá nada bueno. Que yo sepa, ni Navarra ni Portugal eran reinos musulmanes, así que va a resultar que Paco, el de la ostia, se había quedado corto.

















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