Las nueve musas
sueño del niño
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Esta es la historia de un niño que quiso su sueño hacer realidad. Su padre, viéndolo plácidamente dormido, se percató de que bajo esos párpados inquietos —cascaritas de huevo que anticipan la vida— palpitaba la génesis del mundo.

Brotaron entonces de sus ojos azules mares in­mensos, cadenas de montañas entrelazadas de las que corrieron hilos de agua fresca, vientos agi­tados que impulsaron la esfera haciéndola girar como carrusel de ilusiones.

Surgieron luego, en el sueño irrefrenable de este niño, microbios, peces, insectos, plantas, flores, pájaros, dinosaurios y algo más.

Su amoroso padre, comprensivo, aún permite que el niño siga soñando.

José Fernando Suárez Isaza

José Fernando Suárez Isaza

Autorreseña gramatical

Medellín, Colombia, año sesenta y tres. En la distancia, intento adjetivarme objetivamente. Tomo el diccionario: sólo soy un sustantivo común con ansias de calificar.

Me detengo largo tiempo en dos palabras: música y publicidad. Afición y profesión. Paso la página. Más adelante, aparecen diversas expresiones verbales en modo infinitivo, conjugadas de manera irregular y en cantidad variable de tiempo, modo y lugar: Vender, enseñar, transportar…

Escribir.

Me cayó ese “mal de letras” con el sol casi trepado en lo alto. Vinieron las lecturas, los deslumbramientos, los talleres, los aprendizajes. Fiebres muy altas, ideas que rondan, mal dormir. Efectos concomitantes. Algunas historias son ahora aviones de papel (Quitasol, Lexis, editorial U. P. B., Medellín en 100 palabras, Fundación Haceb, editorial Bola de Papel, Mundo de escritores…), valiosos aprendizajes con los que la fantasía se ha echado a volar. Otras, aguardan pista reducidas en hangares: un libro de cuentos, una colección de cien microrrelatos en cien palabras, una novela y un “Cajoncito de recuerdos”. He cometido versos, pero, ¿quién no ha pecado?

Salvo Las nueve musas, que me permite —algo que agradezco— la posibilidad de volar más lejos, es imposible por el momento destacar en mayúsculas un reconocimiento. Puro cuento sería. Mas, sigo aferrado a las letras, como si yo fuera su pronombre posesivo, como si de palabra nos hubiésemos comprometido a estar juntos por siempre en un futuro perfecto.

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