«No reprendas a un amigo por un simple fallo, pues hasta la luna que brilla en la noche también mengua», [1]dice un refrán medieval de al-Ándalus.
De todos es sabido que el refranero es un compendio de frases, proverbios o sentencias populares que expresan consejos, experiencias, pensamientos u opiniones, transmitidas de forma oral a través de los siglos, enunciadas a veces en verso o, al menos, con cierta rima asonante para facilitar su memorización.
Los refranes en cualquier periodo histórico y en cualquier país —pues todos suelen tener los suyos— son fruto de la sabiduría popular, una manifestación de sus costumbres basada en la experiencia y en la observación. La mayoría de ellos son aplicables a cualquier tiempo, por muy ancestral que sea su origen, y solo en casos excepcionales quedan obsoletos.
Estos dichos sentenciosos suelen ilustrar las conversaciones de la gente común y, aunque muchos sean de enunciado sencillo, otros pueden encerrar en una breve frase el pensamiento más profundo. Pero no solo surgen espontáneos salpicando las conversaciones del vulgo, sino que incluso han contribuido con su aportación a hacernos más cercanas importantes obras literarias —algunas de ellas pueden acudir a nuestro recuerdo, incluido El Quijote.
Personalmente, siempre he recurrido a los refranes para favorecer la ambientación de mis novelas históricas. Una novela histórica bien documentada no puede limitarse a acudir a los documentos textuales; las fuentes pueden ser muy numerosas y variadas: escritas, arqueológicas, numismáticas, iconográficas… sin olvidar el elemento mágico que siempre logra redondear algunas lagunas —mitos, leyendas, augures, etc.—. Y, por supuesto, en mis novelas históricas jamás ha faltado como fuente el refranero de la época en que se desarrollan los hechos, generalmente, en la España medieval, tanto musulmana como cristiana.
Cuando ponemos en boca de los personajes los refranes de su época, los sentimos más cercanos, nos hablan de sus costumbres y sus experiencias; estos dichos son la sabiduría popular basada en sus vivencias, pero, sobre todo, nos transmiten la filosofía de vida de ese pueblo. Con ellos, los protagonistas nos hablan con sus propias palabras, algo que juzgo esencial en la ambientación de una novela.
Los personajes más idóneos para expresarse por medio de dichos o refranes son los sirvientes, ayas, esclavas, escuderos y lacayos, ya que en sus bocas suena más auténtico el lenguaje popular. No obstante, no deja de haber un refrán para cada persona, únicamente hay que elegir el más adecuado al papel que desempeñan.
«Si tantos halcones la garza combaten, a fe que la maten»,[2] opina un protagonista de mi novela «La Cruz y la Media Luna» al hacer referencia a un noble del siglo XIII, que cae en desgracia y al que de pronto le surgen adversarios por diversos frentes. Este refrán es auténtico castellano medieval. También son castellanos antiguos, aparecidos en otras novelas mías, los siguientes: «Todo tiene enmienda, solo lo que la muerte pliega no hay quien lo despliegue» o «¡No podía faltar la mosca en la sopa!»
Los Refraneros castellanos medievales más conocidos son: Romancea Proberviorum, recopilación de 150 refranes del siglo XIV, y ‘Seniloquium‘, de don Íñigo de Mendoza, Marqués de Santillana, con 494 refranes del siglo XV.
Respecto a los Refraneros de al-Ándalus, resultan fundamentales en mis novelas históricas. La España musulmana nos ha proporcionado una verdadera profusión de refranes, que llegaron a tener su equivalente en los reinos cristianos peninsulares y que permanecieron tras la expulsión de los moriscos. Muchos de ellos continúan vigentes.
Los Refraneros andalusíes a los que más frecuentemente acudo para mi trabajo son el de Abũ Yahyã al-Zaŷŷãlĩ (s. XIII), que compendia más de 2.000 refranes, el de Muhammad ben Sa`id ben Sharãf (s.XIII) y el refranero de Ben Ăsim al-Gharnatĩ, Amzãl al-ãmma —»Refranes del Pueblo»— del siglo XIV. Estos refraneros andalusíes nos aportan amplia información sobre los dialectos de la lengua árabe que se hablaban en diferentes puntos de nuestra península. Mucho debemos al estudio sistemático de los refranes andalusíes realizado por D. Emilio García Gómez, que se inicia con los de ben Abd-Rabbihi, del siglo X.
– Al-insãn yudabbiru wa-l-Lãh yuqaddiru, que significa «El hombre propone y Dios dispone».[3]
– Mientras se pone la legañosa el velo, el mercado de hilados se ha dispersado. Podría tener un equivalente en «A quien madruga, Dios le ayuda».
– Burro por burro, más vale el que conoce la casa. Podría corresponderse con «Más vale malo conocido que bueno por conocer».
– Huyendo de un león feroz, metiose en el cubil de otro peor.[4] Podría equivaler a «Ir de mal en peor» y, más actual, «Salir de Guatemala para entrar en Guatepeor».
– Paso a paso y que arree el que sigue. «El que venga detrás que arree».
– Todo pardillo en su espiga. «Cada mochuelo a su olivo».
– El mono no es nada, aunque vista brocado de seda. Del que, evidentemente, deriva «Aunque la mona se vista de seda, mona se queda».
– No desesperes, que Alá, tras dificultar las cosas, las allana. Dios aprieta, pero no ahoga.
– Más vale tostón que hambre. «A falta de pan, buenas son tortas».
– Ese es espada mellada en vaina labrada. «Vale más la envoltura que la criatura».
– Cuando veas la barba de tu vecino pelar, pon la tuya a remojo.
– Al tuerto en el país de los ciegos se le llama «el de los ojos».
– Nadie reza hasta oír el trueno.
– Todos los caminos llevan a la mezquita.
– Las paredes tienen oídos.
– Más inútil que candil al sol.[5]
– No se encuentran pájaros sino en sembrados.
– La caballerosidad orilla los defectos.
– Mientras no cae el burro, no se rompe el odre.
– Más conocido que el arrayán en la casa de la boda.
– Con dinero se disimula la ignorancia de los necios.
– Para recoger el fruto de la paciencia hay que probar antes su amargor.
– Dile que va a morirse para que se dé por pagado con la calentura.
– Él y sus cosas, hasta la fosa.
– Sin el auxilio de Allãh no se ilustra a un pollino.
Etc. etc. etc.
Hay que reseñar que estos refranes andalusíes, en su lengua árabe original, suelen rimar, pero pierden la rima con la traducción literal. Raro es el refrán andalusí que no posee su equivalente en los posteriores castellanos, puesto que muchos de estos derivan de aquellos, como es evidente, por ejemplo, en «El Conde Lucanor» [6].
Los refranes de al-Ándalus son el reflejo de una sociedad que concede enorme importancia a la enseñanza de la experiencia —del padre al hijo, del maestro al discípulo, del anciano al joven…—, al igual que a través de ellos se subraya el valor del trabajo bien hecho.
– No encuentras pájaros más que en sembrados y donde veas la tierra regada y húmeda.
– La suerte suplirá al esfuerzo de quien bien trabaja.
– ¡A cuántos que deberían pedir ideas se las piden!
– Puede afeárseme la calidad de las rimas en mis versos, pero no lo que de ellos sacan en limpio las vacas.
– Esperanza sin obras no pasa de deseo.
– Asunto que no te importa confíaselo a tu padrastro.
– La hermosura no aprovecha al hermoso si la afea con sus hechos.
– Por mucho que sepas, más te falta.
[1] – «El Collar de Aljófar», novela histórica de Carmen Panadero.
[2] – «La Cruz y la Media Luna», novela histórica de Carmen Panadero.
[3] – Refranero andalusí de Abũ Yahyã al-Zaŷŷãlĩ (traducción de Emilio García Gómez).
[4] – Refranero andalusí de Abũ Abd-Allãh Muhammad ibn Sa`id ibn Sharaf al-Yudãmi.
[5] -‘Amzãl al-ãmma’ (Refranes del pueblo), de Ibn Ăsim al-Garnathĩ, traducción de Marina Marugán.- Edit. HIPERION, Madrid, 1994.
[6] – El Refranero andalusí en el Conde Lucanor, de José Mohedano Barceló. «La influencia del Refranero Andalusí sobre el Refranero Español», de Nadia Lachiri.
Última actualización de los productos de Amazon el 2023-10-01 / Los precios y la disponibilidad pueden ser distintos a los publicados.
Añadir comentario